Son el espíritu de la noche, del aperitivo, de la sobremesa. Un canto a la imaginación Texto: Martine Beaulieu
El cóctel no se priva de nada. Desde presentarse tan transparente como el agua, hasta teñirse de color neón puticlub. Y, lo mismo que un plato tradicional, es con la excelencia de su materia prima con lo que consigue gran parte de su éxito. Materia prima que, en este caso, se llama destilado o licor base y que él envuelve en lo que se identifica con el nombre de cóctel, la gran salsa de los espirituosos. Una salsa tan digna como la de las cocinas de antaño, pero que también ha dejado varios regueros a lo largo y ancho de su dilatada historia. ¡Tanto se le ama como se le desprecia! Una agitada vida de pasión para una bebida con un aura de glamour que tan solo conoce bien algún que otro mitólogo. Una prohibición prodigiosa Aquí tenemos una salsa única ensayada durante ¡muchos! años con cobayas humanas, sin que casi nadie se diese cuenta de lo que encierra o esconde. A veces, en épocas heroicas, las materias primas podían seleccionarse entre un alcohol elaborado en una bañera, otro destilado en una cafetera o, a falta de proveedor, un alcohol desinfectante legalmente comprado en una farmacia. ¡Y funcionó de maravilla! La prohibición fue una década prodigiosa para la creatividad y la invención en la coctelera. Aquí y allí, en los speakeasy, en los garitos clandestinos que salpicaban la madrugada, los esforzados despachadores de estas materias primas sudaron la gota gorda para enmascarar su sabor abyecto. Que si una soda, una coca, una limonada, o un chorrito de esto y lo otro o mucho zumo y, a removerlo todo. Lo mismo con algún buen whisky o ron de contrabando cuyo trago había que alargar, ya que era un bien escaso. Y, por supuesto, a la vez, engañar con las apariencias a algún que otro incauto inspector. Tanto se las ingeniaron estos vocacionales aprendices que muchas recetas de los grandes cócteles clásicos nacieron, se acuñaron o fueron inspiradas en esta loca era del siglo pasado cuando el Gobierno estadounidense ilegalizó el comercio de alcohol. Nada mejor que la prohibición para excitar la imaginación. ¡Señor, sí, señor! Esto se convirtió en una salsa a prueba de bombas… Cóctel de ilustres personajes Y las virtudes de la genial mezcla no las pasó por alto in siquiera la imaginación calenturienta de Agatha Christie, que cogió un veneno mortal y lo camufló en una receta para dárselo a un personaje de una de sus novelas. Eso ya pasó, pero el ideario y el recetario perduran… Que una purísima abstemia Lee Remick, al probar por vez primera un Alexandra, tanto se deleitara en la película Días de vino y rosas que no soltó su copa hasta que la muerte las separó, es muy significativo. Que un francés de la categoría de Jean Cocteau -además de escritor, académico de su propia lengua- clamara que ojalá su apellido fuera el plural de la palabra cóctel también dice mucho… Y así con un largo etcétera de ilustres personajes consagrados a esta poderosa exhibición de los espirituosos. Porque cabe recalcar que en las épocas de estas personalidades y también en la nuestra, el ojo protector de la ley al fin permitió que los destilados y licores se elaborasen sin tasa en el planeta haciéndose potables, buenos unos y otros mucho mejores. Por eso, en las manos de los grandes chefs de la coctelería -barmen y barwomen- el cóctel es hoy un traje hecho a medida para que luzca su cuerpo espirituoso. Nada que ver con un Wonderbra que realza lo que no se tiene.
Etimología del cóctel . El femenino de barman debe ser barwoman. Llamar barmaid a la chica de la barra significa etimológicamente la doncella de servicio. Y no es eso. . El oficio del coctelero -hoy llamado mixólogo- no acaba en el trago. Requiere buenas dosis de don de gentes, psicología, discreción e incluso, para ser perfecto, dotes de buen conversador en distintos idiomas. . El cóctel es una bebida antialcohólica. Al buen aficionado y al coctelero le importan las proporciones, los aderezos, el pepino del nuevo gin-tonic. Al dipsómano, fuera de la ginebra, todo le importa un pepino. . Los cócteles más adulterados y falsificados son los más simples, los más perfectos, como el mítico Dry Martini, que puede no llevar ni vermú.
Martine Beaulieu nació en Quebec (Canadá), pero lleva toda su vida en España desgranando con su acento afrancesado los secretos de la coctelería y el bar a través de radio, libros y artículos en toda la prensa especializada. Aunque su bebida favorita es, sin duda, el vino.
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