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Días de Vino y Cultura: La taberna: una frontera vital (II)

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Habíamos visto en el artículo anterior cómo en las tabernas se depositaba todo un repertorio de contenidos vitales de amplio y complejo espectro. Recordemos la poesía de los goliardos, entrañables vagabundos cultos que recorrían las tabernas. En ellas bebían, amaban, robaban, jugaban, gozaban de la vida y, con ello, dinamitaban todo el orden intelectual establecido; “meum est propositum in taberna mori”, éste era su lema. Nada quedaba fuera de sus críticas: obispos, primados, monjes, canónigos, y el mismo Papa. En 1803, en un monasterio benedictino de Beuern, se encontraron una colección de 300 poemas de principios del siglo XIII, escritos por clérigos. El compositor alemán Carl Orff recopiló 25 de estos poemas en la famosa cantata Carmina Burana. Ésta es una muestra: «Algún juego, alguna bebida,/ algo que disfruten unos y otros/ de aquellos que se quedan a jugar./ Algunos están desnudos,/ otros están vestidos,/ y otros cubiertos con sacos./ Ninguno teme a la muerte,/ y echan suertes en honor a Baco.» Una manera de entender la vida, un trozo de la copa vital que ofrecen las tabernas, donde se funde lo profano con lo sagrado. Alonso de Villegas advierte de sus peligros, aunque el antídoto que propone resulta poco atractivo: «Vido otro monje moço en una taberna y bodegón, de lo cual mostró sentimiento y pena. Aguardó a que saliesse, llevóle a un lugar apartado y díxole: ¿cómo te atreves a entrar en lugar semejante, donde oirás lo que no querrías y verás lo que no devrías, estando en compañía y a una mesa comiendo y beviendo entre mugeres y hombres libres y poco honestos? No quieras, hijo mío, no quieras, yo te ruego, hazer cosa semejante, sino huye al desierto, donde con el favor de Dios te podrás salvar.» Y es que en las tabernas rezuman esos gozosos mostos de la existencia. Valera así nos las presenta: «Anoche, Florentino Sanz y yo hicimos de Fausto y Mefistófeles con dos modistillas muy guapas, y nos regocijamos en grande en una taberna, donde todo el gasto de vino del Rin y comida no pasó de un duro de nuestra moneda. Allí las introdujimos en la cámara del vino, in cellam vinariam, y el nardo dio su olor. ¡Ojalá que orégano sea y no alcarabea!» Incluso para Baroja la taberna es un recurso vital imprescindible: «Cuando entraba en la taberna llevaba el corazón oprimido y la cabeza pesada y llena de ideas feas, y a medida que iba bebiendo sentía que el corazón se le ensanchaba, y respiraba mejor, y los pensamientos alegres se le metían en la cabeza. Luego, al salir de la taberna, por más esfuerzos que hacía, le era imposible conservar la seriedad, y la risa le retozaba en los labios. Entonces llegaban a su memoria canciones de su tierra, y las cantaba, llevando el compás al andar.» Y en el cuadro de Ostade que reproducimos, la taberna se convierte en un receptáculo de convivencia apacible, diríamos, incluso, un espacio culto en el que se tutean música, bebida y el sosegado fumar en pipa.

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