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Coteaux du Languedoc: Donde el sur comienza

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Los vinos del siglo XXI vendrán del Sur. De la región de Coteaux du Languedoc, por ejemplo, un entramado muy compacto de Denominaciones que abarca varias zonas climáticas y terruños, por lo que la paleta de vinos que ofrece es casi infinita. Las mejores bazas de la región son: excelentes condiciones naturales, una naturaleza misteriosamente aromática, sorprendentemente intacta, y una conspiración de vinicultores que le ha jurado venganza al prepotente Norte.

El Sur comienza justo pasado Toulouse. Pero al menos la transición es suave, si uno se va acercando sigilosamente y por detrás al Languedoc, destino del viaje, desde Burdeos, desde Agen, desde Carcassonne; en cualquier caso, es más suave que abrirse paso por la fuerza desde Lyon y Valence, a través del valle del Ródano, torturándose en tres carriles por las prolíferas aglomeraciones de Avignon, Nîmes y Montpellier.
De vez en cuando, me cruzaba con camiones cisterna cuya matrícula termina en 33, código del Departamento de Gironda, que regresaban a su lugar de origen. Probablemente transportes de vino barato a granel desde el Midi a Burdeos. Lo que durante siglos sirvió para dar fuerza a los Grands crus en años malos, antes de que Monsieur Chaptal inventara la chaptalización, gracias a la cual los Barones de la Remolacha del Norte amasarían fortunas, hoy se embotella como vino de mesa o bien como “vins de cépage” a la moda, actualmente producidos en las grandes bodegas del Midi con la misma liberalidad que antaño el “gros rouge à fort degré”, un vino peleón de muchos grados destinado a los míseros trabajadores de las fábricas del Norte.
La misma distancia que hoy se puede cubrir en cuatro horas, por la vía fluvial duraba alrededor de una semana: inaugurado en 1681, tras un tiempo de ejecución de obra de sólo 15 años, el “Canal du Midi” condujo durante 300 años toda una flota de buques de transporte desde Sète hasta Burdeos y vuelta. La impresionante construcción de 241 kilómetros de longitud, 126 puentes, 64 esclusas y 55 acueductos fue proyectada por Pierre-Paul Riquet, el acaudalado intendente de la Región, que destruyó la obra de su vida y fue realizada gracias a Colbert, Ministro de Luis XIV. El gigante del vino de mesa Castel, la mayor casa comercial de vinos de Francia, fue una de las últimas casas comerciales establecidas en la Gironda en transportar su vino desde el Midi a Burdeos por el Canal: 12 buques de carga a granel, cada uno de ellos cargado con 15.000 hectolitros de vino, navegaban dos veces al mes desde Sallèles d’Aude, junto a Narbona, hasta Burdeos y vuelta. Ésta sería la última línea regular, que se suspendió en 1989. En este umbrío camino de agua, jalonado por 45.005 (!) árboles, ya sólo retozan los turistas deseosos de descansar dejándose impregnar por un pasado romanticismo marinero. El vino, por su parte, viaja raudo en estruendosos camiones cisterna rojo y plata de 40 toneladas rumbo a las cadenas de embotellado de Burdeos.
Pero las grandes casas comerciales de Burdeos no son las únicas en lanzar vinos varietales con la Denominación de Vino de la Región “vin de pays d’Oc”, desde que ya no es posible amasar fortunas sólo con vinos de marca de Burdeos. Hasta hace poco, era de buen tono arrugar la nariz con desprecio ante los vinos del Midi, pero poco a poco empieza a considerarse elegante invertir allí en algunas docenas de hectáreas de cepas. Quien hace cinco o seis años miraba con deseo hacia Burdeos o la Toscana, hoy se establece en el Languedoc. Hombres de negocios y del mundo del espectáculo con ánimo de cambiar, comerciantes a la caza de vinos que aún permitan trabajar con un cierto margen, pero también jóvenes vinicultores de Borgoña y Burdeos a la busca de cepas que aún se puedan pagar, hoy todos se lanzan sobre los viñedos del Midi; una vez más, los malparados han sido el puñado de vinicultores que han realizado allí un durísimo trabajo preparatorio, a los que la Región debe su creciente fama. Hace apenas diez años, algunos municipios regalaban cepas a los campesinos interesados, sólo para que, al menos, se cultivara la tierra de viñedos. Hoy por hoy, encontrar buenas parcelas DOC en los distritos en auge del Languedoc es como encontrar una aguja en el pajar de las aproximadamente 300.000 hectáreas de superficie plantada.
La “California francesa” es el apodo que los manager de las fábricas de vino, orgullosamente, han dado a su Región y, con ello, han conseguido que se interesen por el Midi incluso los auténticos californianos: Mondavi quiere hacer fuertes inversiones en la Región, con la intención de crear de la nada una Winery propia. Desde hace ya varios años llena el hueco que le hizo la filoxera en su producción de Napa con millones de botellas de vinos varietales procedentes del pays d’Oc. Los vinos primeur de esta Región hacen furor en Japón, sembrando el terror en el Beaujolais primeur, ya algo empolvado. Qué ingenuos debemos ser los cándidos periodistas cuando damos importancia a valores tan nebulosos como el terruño, la tipicidad y la individualidad. Cabernet Sauvignon, Chardonnay y Merlot hoy son marcas como pueden serlo Coca-Cola o Heineken. No importa dónde se fabrique el contenido. Lo que se suministra es calidad industrialmente medible según las normas ISO, un mar de vino de gigantescas dimensiones, en el que la individualidad se ahoga miserablemente.
Y ya que estaban tan metidos en materia, los estrategas del vino de la Región han lanzado una nueva ofensiva: luchan por la Appellation contrôlée Languedoc que abarcaría suprarregionalmente, como es el caso de Burdeos, todos los vinos de la Región Languedoc-Roussillon. ¡300.000 hectáreas reunidas en una sola zona! ¡Tres veces más que Burdeos, casi un diez por ciento de la producción mundial de vino en el mismo paquete! Con todos los tipos de variedades y vino que se puedan imaginar. Así, se pueden mezclar, hacer coupages y adulterar vinos de las procedencias más diversas. Qué paraíso para mayoristas y especuladores. Qué desastre para todos aquellos que aún creen en la individualidad y la variedad. ¿Es que la designación “vins de pays d’Oc”, que permite la mayor libertad a vinicultores y comerciantes, no basta para englobar adecuadamente todos los vinos de esta Región? Pero casi nadie tiene oídos para críticas tan pedantes. ¿Por qué no se habría de aprovechar el momento en el que, por fin, al Midi le va mejor? ¿Acaso Burdeos, el valle del Ródano y la Borgoña no tienen una estructura similar? Pues nada, la Denominación general Languedoc terminará por imponerse, se realizará cueste lo que cueste: ya sólo es cuestión de tiempo.

Sufrirá esta estructuración artificial precisamente la suprarregión que actualmente cosecha mayores éxitos. Lleva también la Denominación regional Languedoc en su nombre, pero añadido a “Coteaux”, lo que significa, por lo menos en teoría, que dichos vinos proceden de laderas mejor situadas. El (buen) ejemplo de Coteaux du Languedoc ciertamente es el más utilizado para justificar la DOC Languedoc. Pero una unión (algo arbitraria en este caso, lo admitimos) de 138 términos municipales, 7 zonas climáticas, 3 Crus y 12 terruños, alrededor de 12.000 hectáreas de viñas y un contingente unitario de cepas, ¿puede compararse con una región muchísimo mayor, en la que todo está permitido y nada está prohibido? Es cierto que Coteaux du Languedoc surgió como Denominación en parte para garantizar a los vinicultores de esas regiones una presentación y un nombre comunes. Pero, ¿acaso no fue uno de los argumentos prioritarios para la obtención de la DOC la voluntad de reunir en una unidad mayor algunas de las regiones conocidas como zonas de calidad a lo largo de la Historia, parte de ellas desde los tiempos de la colonización griega y romana?
Quatourze, una de las zonas vitícolas más antiguas, quizá la más antigua del mundo, actualmente rodeada por la ciudad de Narbona y amenazada de desaparición. Saint-Chinian y Fougères, los dos Crus de las colinas, situados en un paisaje salvajemente hermoso al pie de las montañas de Larzac. Clape, esa árida peña calcárea junto al mar Mediterráneo, que en tiempos de los romanos aun era una isla rodeada por el salado oleaje, con sus frescos blancos y sus tintos con aromas de mar y de resina de pino. Saint-Saturnin y Montpeyroux, con sus vinos recios y vigorosos. Pic Saint-Loup, donde Mourvèdre y Syrah maduran con resultados especialmente interesantes. Lo que allí, en Coteaux du Languedoc se expresa en infinita variedad, lo que acaba de empezar a expresarse, ha creado dinámica y ha conseguido elevar un poco la confianza en sí mismos de bodegueros y vinicultores, pronto habrá de verse aplastado, pisoteado y destruido por una supra-Denominación que los volverá a todos iguales.
Sin embargo, salvo en muy raras ocasiones, es imposible detener la marcha del mundo. ¡Aprovechemos, pues, el momento favorable! Descubramos, experimentemos, perdámonos y paseemos por las Coteaux antes de que se construya la presa de Languedoc y los terruños y pueblos queden cubiertos por las olas de lodo de la producción en masa, como ya sucedió hace cien, doscientos, dos mil años. Porque la Historia no hace más que repetirse: en el siglo II después de Cristo, el emperador Domiciano hizo roturar la mitad de la superficie de viñedos de la Provincia Narbonensis para detener el exceso de producción al que se había llegado, porque con el “vinum Narbonense” se podía hacer fortuna rápidamente. Con esta medida quizá sencillamente pretendiera favorecer la producción de vinos de calidad y evitar que la fructífera llanura, en realidad reservada para el trigo, también se adoquinara de vides.
En el siglo XVII se forzó la producción de brandy, de más fácil conservación y, por tanto, más apto para el transporte y, con ello, el cultivo de variedades adecuadas a la producción de aguardiente, en detrimento de la producción de vino de calidad.
A principios de este siglo llegaron a producirse revueltas, algunas de ellas sangrientas, de los vinicultores, que sufrían una crisis de ventas nunca vista. Había precedido a esta crisis un boom sin igual del vino, que había convertido una región vinícola que, hasta entonces, se nombraba en la misma frase junto a Burdeos y Borgoña, en un desierto de masificación con 640.000 (!) hectáreas de cepas en las que variedades productivas, ricas en azúcar y de color intenso como Carignan y Aramon habían desplazado a las viejas variedades de calidad. Decididamente, el sur de Francia ha aprendido bien poco de su Historia.

Un arco desde Narbona
hasta Nîmes
Las Coteaux du Languedoc son un anfiteatro, un semicírculo formado por soleadas colinas, con la vid como actor y el mar Mediterráneo de público. ¿A quién habrá que agradecerle esta imagen poética de la Región? ¿Y por qué no una mandolina, con la autopista como cuerda tensada que enlaza ambos extremos por el camino más corto desde Narbona hasta Montpellier y Nîmes? Y que canta la canción de la variedad: variedad de zonas climáticas, de terruños, de personas, de vinos. Celtas, griegos, romanos, ostrogodos, francos, sarracenos y catalanes han colonizado esta tierra en oleadas sucesivas, han construido puertos, pueblos, conventos y ciudades, han hecho cultivable la pobre tierra, han plantado viñas y olivos, y cada uno ha dejado un trocito de su cultura que se ha integrado en un todo único para Europa y para el mundo, unido por un paisaje de colorido salvaje e indomable. Un crisol es esta región, una fusión que, una vez más, da la razón a los que la comparan con California.

Noventa minutos dura el viaje desde Narbona hasta Nîmes por la autopista que surca las fértiles llanuras de Aude y Hérault, a lo largo de los terrenos de aluvión de los lagos de Thau, Frontignan, Maguelone y Mauguio, la zona pantanosa junto a Montpellier. Sólo roza los bordes de las zonas de vinos de calidad. La serpiente de asfalto parte Quatourze en dos a la altura de Narbona, se retuerce por los viñedos de Picpoul de Pinet y se traga zonas de vides junto a La Méjanelle, en Montpellier. Pero no se puede decir que transmita una impresión real de las Coteaux du Languedoc.
Pues éstas son semejantes a una cornucopia, con sus terruños y microclimas tan distintos, con sus especiales pagos y sus grandes vinos, con sus vinicultores y vinicultoras de talento, de esos que realmente trabajan en sus viñedos y en sus bodegas, que se ensucian personalmente las manos, no como los duques y princesas del vino, vestidos de rigurosa etiqueta, a los que nosotros, periodistas de la prensa especializada en vinos a la busca de historias que contar sobre la gente, presentamos servilmente en bandeja de plata pulida, como también hace cada vez más la prensa diaria y semanal desde que el vino fue urgido a salir de su gueto y está haciendo carrera como medida para retener lectores y como aportación económica a través de la publicidad.
Pero esta región, contrariamente a las de Burdeos, Champagne o Borgoña, ha sacado poco provecho de tanta abundancia, que derrocha generosamente sobre el visitante. Quizá por suerte. Lo que en aquellas regiones se celebra como descubrimiento sensacional, como el nuevo vino de culto, como la nueva estrella de la enología, en ésta es cotidiano, a menudo alegre y pintoresco, pero no pocas veces amargo y penoso. Es normal, al fin y al cabo: cuando las regiones más septentrionales aún no poseían las variedades adecuadas que pudieran resistir el clima más frío, el oficio de hacer vino ya tenía varios siglos de tradición en el Languedoc. Pocos de sus buenos vinicultores que se ufanan de sus conocimientos en cuestiones de bodega le dejarán pasar a su cuvier, que frecuentemente parece un cobertizo, bien equipado por dentro, pero construido funcionalmente y levantado lo más barato posible, con bloques de hormigón celular. Allí, hacer vino es un oficio, ni un arte ni una ciencia. Al que estropea su vino se le considera un imbécil que no distingue el mosto de los hollejos. A cambio, le pasean a uno durante horas por los viñedos, le hacen oler un puñado de tierra, admirar la belleza del paisaje y asombrarse ante los arbustos y las hierbas de la garriga, de la campiña, y le obligan a catar el vino de la última barrica, la más escondida. ¡Ay del que, en ese momento, escatime comentarios, alabanzas o críticas!
La naturalidad y sencillez de esta modestia, tan agradable para el visitante, es la suerte y la cruz de esta Región. Seamos sinceros: en las Coteaux du Languedoc hay un potencial que a los Barones del Vino de muchas regiones septentrionales les tendría que provocar noches de insomnio. ¿Acaso los mejores vinos de Montpeyroux no poseen la fuerte estructura de aristas de los mejores Baroli? ¿O los vinos superiores de Saint-Georges d’Orques o de La Méjanelle la fruta y la finura de un Saint-Julien o un Margaux? Y los sequísimos blancos de Pinet, ¿no poseen la frescura de un Albariño de las Rías Baixas? Pero apenas nadie se atreve a hablar de este potencial. ¿La razón de ello? Quizá precisamente porque estas comparaciones hacen aguas y son tan tontas y superficiales, tan necias como aquellos que las emplean de vez en cuando. Precisamente ahí reside la auténtica grandeza de los grandes vinos de Languedoc: en su increíble, poco convencional, incomparable y apenas concebible singularidad.
Pues por suerte, aún son pocas fincas las que se dedican al estilo internacional de barrica, fuerza y zumo, tan apreciado por los bebedores de moda. Incluso en éstos, de vez en cuando, aflora la casa paterna. Naturalmente que existe una moda que favorece variedades como la Syrah, que es la que mejor soporta la barrica y la que se acerca más a las expectativas de la moda del vino. Pero, contrariamente a la Cabernet Sauvignon, su característica varietal se queda corta frente a las condiciones climáticas. Vent d’Espagne, Méditerranée y Mistral son los nombres de las fuertes brisas que se ensañan en un abrir y cerrar de ojos con todo intento de igualar. Pizarra, arcilla margosa, piedra caliza partida y guijarros de río son los suelos que prontamente ponen límites allí, en las Coteaux, a las impresionantes cosechas habituales en la fértil llanura. Aunque la Syrah siga avanzando en vanguardia: en las laderas del Languedoc sigue creciendo un gran número de otras variedades, incluso parece como si la moda del “Tout-Syrah” ya tocara a retirada. Cinsault, Mourvèdre, Grenache e incluso la tan denostada Carignan vuelven a hallar favor ante los ojos del bodeguero interesado en la individualidad y la variedad, y quizá mañana llegue un renacimiento de la Clairette, la Picpoul o la Cunoise.

Quien quiera comprender los vinos del Languedoc, primero tendrá que entender su flora. Se impone una caminata por los yermos, por el monte bajo de la garriga, donde florecen romero, tomillo y ajedrea, donde hunde sus raíces en los suelos más pobres la “chêne kermes”, encina verdal enana como un bonsai, la espinosa “salsepareille” o zarzaparrilla, que se agarra a la ropa con sus púas y se enreda en la melena, matas de pistacho y el enebro, con esa madera de misterioso perfume que recuerda delicadamente a Oriente. Es posible que estos aromas resulten anacrónicos en la estrecha aridez aséptica de las cocinas empotradas modernas y solo se destaquen allí donde humea un fuego de leña y un ragú de cordero hecho con las piezas inferiores, pero tan sabrosas, del animal que se va estofando suavemente con vino blanco y algo de aceite de oliva en una olla de hierro colado, a fuego lento, con nabos y puerros tiernos, vino blanco ácido, ajo, un poco de laurel y romero. ¿Los grandes Burdeos para los habitantes de las ciudades en sus áticos y los vinos especiados del Languedoc para los campesinos y proletarios? En ese caso, prefiero ser proletario y me deleito como un sibarita de lo que Dios y la Naturaleza me ofrecen allí: vinos frutales, alegres, espléndidos y llenos, y una cocina a lo pobre de vigorosa sencillez.
Muchas recetas tradicionales apenas ocupan dos o tres líneas en un pequeño manual, “La cuisine en Languedoc” de André Bonnaure, publicado en 1971. Los higos frescos se sirven acompañados de jamón crudo bien curado, o con embutido seco de la Montagne noire. Se preparan las patatas cocidas enterradas en la ceniza de la chimenea, se pelan y se cortan en rodajas, y se sirven con queso fresco y vinagreta. Se sirven caracoles preparados de 101 maneras. O bien, pruebe usted la siguiente receta para una ensalada refrescante, que se sirve fría o tibia: se cuecen las judías blancas hasta que estén en su punto, se mezclan con tiras de bacalao bien desalado y un poco de ajo y se sirven con una vinagreta de vinagre suave de vino blanco y aceite de oliva prensado en frío de Clérmont l’Hérault. Y para acompañar, el jugoso tinto de André Leenhart Pic Saint-Loup “Terres rouges” del año pasado, o el Picpoul de Pinet, de Jourdan.

En otoño o en invierno es cuando hay que descubrir las Coteaux du Languedoc. A principios de noviembre, cuando el vino está terminando de fermentar en la cuba y las hojas de las vides resplandecen en mil colores. O a finales de febrero, cuando el sol luce suavemente, inundando las laderas de luz dorada durante todo el día. Es cierto que los alojamientos señoriales, los pocos Relais-Château de la Región, los (ya de por sí poco frecuentes) paradores de lujo están cerrados y sus propietarios descansan en el Caribe de la estresante temporada de verano. Obligadamente, habrá que albergarse en una de las ciudades, en Narbona o en Montpellier. En compensación, la naturaleza siempre verde de la garriga y de las colinas de la campiña está magnífica y vacía de gente, mucho más agradable para pasear que en pleno verano, cuando en los caminos el calor hace vibrar el aire, los turistas se agolpan y la luz acerada y un polvo seco impregnan el paisaje de un tono gris desfallecido.
Esta región posee una estructura compleja. Por una parte, hay tres Crus que se presentan como tres DOC independientes, pero que también pueden embotellar sus vinos como Coteaux du Languedoc: Saint-Chinian, Fougères y Clairette du Languedoc, siendo esta última, por su parte, una especie de supra-Denominación para vinos blancos de la variedad de uva Clairette, secos, sabrosos, dulces o “rancios”, es decir, elaborados de manera similar al Jerez. Los expertos distinguen siete zonas climáticas: Terrasses de Béziers, Terrasses de Larsac, Grès de Montpellier, por nombrar sólo unas cuantas, fanfarronadas sólo comprensibles a los iniciados. Se distinguen además, más bien por razones exclusivamente históricas, un total de 12 terruños, especie de Denominaciones comarcales según el modelo bordelés, hasta hoy reunidos bajo el techo de las Coteaux du Languedoc pero destinados a sub-Denominaciones independientes y de importancia muy distinta: mientras algunos tienen tanto éxito que apenas pueden satisfacer la demanda, como por ejemplo la zona Pic Saint-Loup, otros pierden cada vez más envergadura, como Quatourze o Saint-Drézery.
Otros terruños no han logrado llegar a ser zona propia, aunque en realidad la merecerían, como por ejemplo las laderas que rodean Pézenas, con sus vinos llenos de fuerza, bien estructurados y, a pesar de ello, frutales (Domaine des Aurelles y Prieuré de Saint-Jean de Bebian son ejemplos de fincas superiores que celebran actualmente grandes éxitos) o bien Langlade, junto a Nîmes, cuyos vinos (por ejemplo, los de la empresa de calidad Henri Arnal) se diferencian grandemente de los demás Coteaux du Languedoc y se asemejan mucho más a un Côtes du Rhône. Por tanto, dejemos descansar las teorías, así como los tres Crus Saint-Chinian, Fougères y Clairette du Languedoc, a los que queremos dedicar un reportaje completo en otro momento. Emprendamos ya el viaje de exploración desde Narbona hasta Nîmes.

Narbona,
cuna del vino francés
“Narbonne - berceau de la vigne française”, reza la inscripción al pie del ánfora gigante que adorna el islote circular del acceso a la autopista Narbona-Este: Narbona, cuna de la vinicultura francesa. Hay numerosos testimonios de una antigua cultura del vino alrededor de la antigua capital de la provincia romana de Gallia Narbonensis. En el museo del Oppidum de Ansérune pueden admirarse vasijas para beber de origen griego y romano. En Sallèlles d’Aude había un taller de cerámica galo-romana donde se cocían, en quince hornos de aspecto moderno, ánforas con una capacidad de 30 litros casi como en una cadena de montaje: se puede averiguar cómo lo hacían en el Amphoretum, el museo de ánforas, que merece una visita.
Quatourze está generalmente considerado el viñedo más antiguo de Francia. Hoy, sus suelos de piedra quebrantada rojiza, cuarzo y piedra arenisca están divididos en dos por la autopista y amenazados de urbanización. Sólo unas 200 hectáreas escasas siguen plantadas de cepas: una sola cooperativa vitivinícola y dos vinicultores independientes ofrecen resistencia contra la creciente ciudad y hacen unos vinos tintos de sangre caliente, algo rústicos, y un rosado alegre para el verano. Mucho más activo es el terruño de La Clape. La que fuera isla, actualmente ya no está rodeada por el mar, pero sigue separada del continente, estrictamente hablando, por el Étang de Bages, la autopista y la desembocadura del Aude. Es un pedazo independiente de tierra afortunada, una reserva de la naturaleza de belleza salvaje a la que ni siquiera las carreteras de comunicación con la localidad costera Narbonne-Plage han dañado mucho. Puede que en verano haya mucho movimiento en la playa de Narbona, pero en invierno la costa y las autovías parecen desiertas. Esta región produce vinos tintos, blancos y rosados. Como allí las cepas no están mucho más alejadas del mar Mediterráneo que en Bandol, el reino de la uva Mourvèdre, esta variedad encuentra en La Clape condiciones especialmente buenas y, así, se cuenta entre las auténticas esperanzas del terruño.Hasta hace poco, a La Clape le faltaba un líder propiamente dicho. Y eso que fincas como Roquette sur mer, Pech Caleyran y Pech Redon siempre habían elaborado vinos bastante esmerados. Pero no se ha extendido ni su fama ni la de su terruño. Esto parece estar cambiando desde que un acaudalado agente inmobiliario se ha instalado en la región y ha puesto en funcionamiento una finca-modelo según el paradigma californiano, la Domaine de l’Hospitalet, una obra de arte global para el turismo del vino, dispuesta de manera inteligente y didáctica, con 90 hectáreas de viñedos, varios museos, un restaurante y un hotel propios. Pues bien, aunque prefiera los vinos tradicionales de La Clape, con sus balsámicas notas especiadas y su agradable sabor salado: a pesar de todo, me quito respetuosamente el sombrero ante los vinos de Domaine l’Hospitalet que, si bien son un poco demasiado pulidos y un poco demasiado a la moda y parecen de uso simplificado, sin embargo están perfectamente hechos. Una impresión de la belleza paisajística la puede dar un paseo hasta la pequeña capilla de Nôtre-Dame des Auzils, a la que se llega desde Gruissan, haciendo parte del camino en coche, pero el final a pie, atravesando el idílicamente situado “Cimetière de marine”, el Cementerio de marina, donde se ha dedicado un último recuerdo a un gran número de lobos de mar desaparecidos en alta mar. No se deje confundir: las cepas al norte y al oeste de Gruissan no pertenecen (quién sabe por qué motivos) a la Denominación Coteaux du Languedoc. Lo que le sirve el bodeguero de Château Le Buis, lo que invita a la cata, ya lleva la Denominación Corbières, que tiene un enclave como una cuña dentro del terruño de La Clape.

Intermezzo junto al mar
Para ser un auténtico turista, hay que ir al mar. En Narbonne-Plage, en Valréas, en Palavas-les-flots o en La Grande Motte se puede admirar lo que la gente corriente entiende por placeres del baño, por lo menos según los operadores turísticos franceses, que han edificado allí un monumento al turismo masificado muy poco digno de elogio. Pueblos enteros de hormigón, construidos rápidamente, urbanizaciones de apartamentos estrechos como conejeras, dancings y pizzerías en las que todo es posible excepto el auténtico disfrute, todo eso ha conquistado la costa, ha ocupado las inmensas playas de arena, ha incorporado los pueblos de los pescadores que allí se ganan duramente el pan, extrañamente intactos por la actividad de los meses de verano, arriesgando, como mucho, de vez en cuando una mirada escéptica hacia un trocito de pecho desnudo o un muslo artificialmente bronceado, sólo para volverse otra vez rápidamente hacia la mar, la única a la que han jurado fidelidad. Concédase un par de horas de dolce far niente en uno de los puertos pesqueros que rodean al Étang de Thau, conocido por sus bancos de ostras y mejillones, de Sète o Le Grau du Roi. Contemple el retorno de las oxidadas chalupas, con sus asmáticos motores diesel, a los que rondan bandadas de gaviotas; observe cómo los marineros clasifican su escaso botín, cómo friegan las corroídas tablas, cómo doblan y remiendan las quebradizas redes. Y cuando haya respirado suficiente brisa marina y apriete el hambre, váyase a comer pescado y marisco a alguno de los locales del puerto, que en temporada baja sólo albergan a los oriundos. Le ofrecerán calamares, lubinas y salmonetes recién pescados; siempre que el camarero haya reconocido en usted a un sibarita interesante, le susurrará oficiosamente al oído la oferta del día. Al común de los mortales le pondrán delante la carta con la oferta corriente del congelador.
Naturalmente, aceptará usted catar un blanco de la región, un Clape o un Picpoul de Pinet. Este vino, que en el caso ideal es sencillo, singularmente frutal, vivaz y fresco, y que le va tan bien al marisco como sólo puede hacerlo un Muscadet de la zona de Nantes, se cultiva a orillas del Étang de Thau. Desgraciadamente, se presenta con demasiada frecuencia en una no muy fresca variante extrañamente oxidativa, con un impertinente perfume a hinojo y manzana reineta, que se parece más al aperitivo del tipo vermú Noilly-Prat (que se produce en Marseillan, dentro de la zona de Picpoul), que a la imagen ideal de un vino blanco con aguja. Pero mientras no se le meta en un corsé de barrica a la moda, es muy agradable para acompañar al pescado. Si quiere usted saber cómo sabe el verdadero Pinet, el auténtico, el original, cómprese un par de botellas de Picpoul de Felines-Jourdan y una docena de ostras frescas, que se las abra el pescadero, algo de pan blanco y mantequilla, ¡y váyase de picnic al mar!

De Béziers
a Montpeyroux
Fue en Pézenas donde Molière adoptó su seudónimo y descubrió su vocación de escritor de teatro de la Grande Nation. Al recorrer la zona, no debería dejar de visitar esta pequeña ciudad pintoresca y probar los patés dulces de carne de carnero, grasa de riñones y Cedrat, una especialidad que Pézenas tiene que agradecer a un irascible Lord de la Vieja Inglaterra. Pézenas no ha conseguido elevarse a la categoría de “Terroir” (“terruño”), aunque sus viñedos parezcan una continuación natural del círculo que se extiende desde Saint-Chinian por Faugères hasta Cabrières, y que allí algunas bodegas hagan muy buenos vinos.
Cabrières es un pueblo de 200 almas al pie del Pic de Vissou, de 480 metros de altura. Un bodeguero independiente y una cooperativa vitivinícola extraordinariamente activa producen vinos blancos, en parte de sorprendente formato. Gran parte de los suelos que rodean a Cabrières son de pizarra. La variedad de cepa Clairette, pero también la Syrah, encuentran allí unas condiciones excelentes. Testigos de ello son las Cuvées de vino tinto y blanco Foulcand-Cabanon y las Cuvées Château de Cabrières, elaboradas en madera nueva, de la pequeña gran cooperativa de apenas 400 hectáreas. Los suelos de pizarra producen en el mejor de los casos unos vinos frutales y de estructura delicada. Justamente esa frutalidad jugosa, fina, amable, es la que se abre paso en la copa cuando uno ha conseguido atravesar los aromas de madera nueva de un Château Cabrières, posiblemente con insuficiente embotellado - francamente, habría hecho falta más tacto en el manejo de la madera-. Desde Cabrières hasta Clermont-l’Hérault sólo hay un tiro de piedra. La cooperative oléicole, sita en medio de la pequeña ciudad, además del aceite corriente de olivas compradas, también ofrece un aceite prensado en frío de aceitunas locales de la variedad Verdale de l’Hérault, uno de los aceites de oliva más sabrosos y agradables de toda Francia. Y si ahora, además, empezara a extenderme con las bellezas naturales y los lugares de interés turístico alrededor de Clermont-Lac de Salagou, Cirque de Mourèze, Grotte de Clamouse, Saint-Guilhem le Désert-, este reportaje no tendría fin. Por ello, volvamos rápidamente al tema del vino, con el que también pueden llenarse libros, y dirijámonos a la siguiente meta de nuestro viaje, los terruños Saint-Saturnin y Montpeyroux.
Nos encontramos al pie de las montañas de Larsac y, una vez más, las condiciones geológicas y climatológicas son muy especiales. Tras la crisis de la filoxera, la vid se desplazó hacia la fértil llanura. Pero los mejores suelos de piedra calcárea partida están en las laderas protegidas del viento. Allí, incluso la vituperada Carignan halla unas condiciones que suavizan algo sus habituales rasgos rústicos. Sylvain Fadat (Domaine de L’Aupilhac en Montpeyroux) hace un vino de mesa decididamente frutal con uvas de viejas cepas de esta variedad que puede considerarse como uno de los pocos vinos varietales puros Carignan realmente buenos de toda la Región y que casi no tiene nada que envidiarle al Montpeyroux con DOC de la misma bodega, una mezcla a partes similares de las variedades Grenache, Syrah, Mourvèdre y Carignan, además de un poco de Cinsault.
Montpeyroux y Saint-Saturnin (un terruño que requiere prácticamente para sí sola la cooperativa vitivinícola del lugar que ha sabido hacerse un buen nombre con su “vin d’une nuit”, el vino de una noche, similar al primeur) son conocidos por sus vinos fuertes, recios, especialmente bien estructurados, que a veces, en su juventud, pueden resultar bastante abruptos y mucosos. Las Cuvées elaboradas exclusivamente con la variedad Syrah parecen suavizar algo esta tendencia a lo rústico. Los vinos llenos, intensos, elaborados en madera nueva, como “côte rousse” y “côte dorée” de la bodega superior Domaine de l’Aiguelière ilustran muy bien esta tendencia y celebran tales éxitos que resulta difícil conseguir una sola botella. Confieso que me agrada mucho más el otro, el auténtico estilo de los Montpeyroux de un Sylvain Fadat.
Al menos otros tres bodegueros de esta Región merecen ser mencionados: Alain Chabanon, quien con “L’Esprit de Font Caude” ofrece un vino especialmente frutal y jugoso, elaborado con un 90 por ciento de Syrah y un 10 por ciento de Grenache: las cosechas de sólo 14 hectolitros para el del 95, una larga maceración y cuidadosa elaboración en discreta madera nueva hablan en favor de las aspiraciones cualitativas del bodeguero, Olivier Jullien, asentado muy cerca de allí, en Jonquières. Sus vinos “sólo” llevan la denominación Coteaux du Languedoc. Pero esto no parece molestar a los que le tienen afición, porque están prácticamente siempre agotados; y Guilhem Dardé, un vinicultor de buena cepa, que elabora

Primer recorrido:
La Clape
Tomar la salida de la autopista Narbona-Este en dirección a Narbonne-Plage, pasando el Domaine l’Hospitalet. Desde Narbonne-Plage, seguir los indicadores hacia Château Roquette sur mer y continuar en dirección al Instituto de Investigación INRA y Nôtre-Dame des Auzils. Seguir por la carretera sin asfaltar hasta el aparcamiento del Cimetière marin. Continuar a pie hasta la capilla. La subida dura alrededor de 20 minutos. Sobre la meseta tras la capilla se puede tomar un piscolabis hermosísimo, con vistas sobre los viñedos y el mar. (Atención: hacer fuego es peligroso también en invierno, y está terminantemente prohibido). Volver desde el aparcamiento a la D 328, bien en dirección a Gruissan, bien de vuelta a Narbonne-Plage. Por Moujan hasta Vinassan, Coursan y Salles d’Aude, pasando por el Château Pech Caleyran, que tiene una de las viejas bodegas de cubas más impresionantes, actualmente en posesión de los herederos de Antoine de Saint-Exupéry.
Otros lugares de interés: el Museo de ánforas en Sallèles d’Aude y el Museo del Oppidum en Ansérune.

Segundo recorrido: de Montpellier
a Béziers
Desde Montpellier por la A 9 hasta Sète (puerto). Continuar bordeando el Étang de Thau, por Bouzigues (bancos de marisco), Mèze, Pinet, Marseillan (visita a la bodega Noilly-Prat) y Florensac por la D 32 hasta Castelnau y hasta Pézenas (visita a la ciudad). Autovía N 9 a Lézignan la Cèbe (capital de las cebollas dulces para ensalada que venden al borde de la carretera: a quien le guste la cebolla y viaje solo, que pruebe a degustarla cruda, troceadita sobre pan con mantequilla) y a continuación, por la D 124 a Fontès y Cabrières. Se puede hacer una pequeña excursión desde Pézenas hasta la finca vinícola Prieuré de St-Jean de Bebian, explotada por dos periodistas franceses retirados, especializados en vinos. En el centro de Cabrières (justo detrás de la iglesia), un pequeño callejón lleva hasta el caserío Mas Routh. Se puede ir en coche, pero es mejor en bicicleta o a pie. Una maravillosa manera de sentir la naturaleza. Los que practiquen senderismo y mountain bike, los que quieran explorar estos magníficos parajes a pie, pueden comprar en una librería o en un “Tabac” de Pézenas el mapa detallado local del IGN. De Cabrières a Clermont l’Hérault (aceite de oliva en la coopérative oléicole, en el mismo centro de la pequeña ciudad). Se pueden hacer excursiones alrededor del Lac de Salagou. O bien, por Ceyras y Jonquières hasta Montpeyroux. Al llegar a Gignac, volver por la N 109 a Montpellier. Salida St-Georges d’Orques. Dejar el coche en el aparcamiento junto al islote circular a la entrada del pueblo y dirigirse a pie por las viñas hacia la torrefacción de café Favre. Desde la colina, la vista alcanza hasta Montpellier y el mar.

Tercer recorrido:
al este de
Montpellier
Desde Montpellier por Castelnau le Lez, Clapiers y Prades hasta Saint-Mathieu de Tréviers. (Denominación Pic St-Loup). Allí, por Saint-Mathieu-le-vieux al aparcamiento para subir al Château de Montferrand y Pic Saint-Loup (seguir los indicadores de “Château Montferrand”). Desde el aparcamiento (cuidado, no dejar nada visible en el coche) a pie por la garriga hasta el mirador Château de Montferrand (ida y vuelta, dos horas escasas). Hay otras varias posibilidades para el senderismo, entre otras el camino de montaña hasta el Pic Saint-Loup. (Utilizar el mapa de la Región del IGN). Muy poco después de Saint-Mathieu, tomar la D 1 y luego la D 126 en dirección a Saint-Martin de Londres, pasando ante los viñedos de Mas Brughière y Domaine de l’Hortus hasta el puerto de montaña (aparcamiento). Subida al mirador (cruz). De vuelta a Valflaunès y Saint-Mathieu por la D 1 a Sainte-Bauzille. (Justo detrás de la bodega del vinicultor Pierre Clavel se bifurca un camino que lleva a un mirador desde el que se puede disfrutar de una magnífica vista; la subida dura aproximadamente una hora). Por Gallargues a Sommières. Si hay tiempo, excursión a Langlade, junto a Nîmes. De Sommières, pasando por Castries y de vuelta a Montpellier, o bien por Lunel y Masillargues a Aigues-Mortes y Le Grau du Roi (puerto pesquero). Por La Grande Motte y Carnon-Plage, dirección Montpellier. Poco después del aeropuerto de Fréjorgues, la D 189 en dirección a Mauguio. Poco antes de llegar a Mauguio, doblar a la izquierda por la D 24. Después del paso subterráneo de la autopista, doblar a la derecha en dirección Mas de Calage (terruño La Méjanelle).

Información práctica para un viaje al Languedoc
La mejor época para realizar un viaje de descubrimiento de esta región es entre Octubre y Marzo, es decir, fuera de la temporada alta. Aunque muchos albergues estarán cerrados entonces, se puede encontrar alojamiento ventajoso en uno de los centros urbanos. Pero para una estancia, también son recomendables los meses de Mayo, Junio y Septiembre. Un buen punto de partida es la alegre ciudad universitaria de Montpellier, una vez acostumbrados a la un tanto problemática situación del tráfico. El centro, pintoresco casco antiguo con sus zonas peatonales, merece una visita. Se impone comprar una buena guía turística: quien domine el francés, encontrará en la librería Fnac en Montpellier (en el centro comercial de la Place de la Comédie) bastantes obras interesantes sobre esta región.
Visitas a vinicultores: Quien engalana su empresa con carteles como “vente directe à la propriété” o “dégustation-vente”, por lo general recibe sin cita previa. Pero los vinicultores de calidad de la Región habitualmente carecen de infraestructura para recibir turistas. Porque están todos personalmente trabajando en la bodega o el viñedo, sólo reciben visitas con cita previa.
Comprar vino: El Mas Saporta, donde tiene su sede la cabeza de la organización de vinicultores del Languedoc, situada cerca de la salida de autopista de Montpellier, ofrece en su superficie comercial una excelente selección de vinos de la región a precios como en la propia finca. Si lo desea, allí podrán ayudarle a organizar su viaje enológico. (Dirección: Mas Saporta, 34 070 Lattes, Tel. 04 67 04 44 Fax 04 67 58 05 15.)
Rutas de viaje: En los recuadros al margen de las páginas anteriores encontrará tres recorridos para descubrir la Región. Quien disponga de poco tiempo, podrá conocer así la Región en tres días. Quien quiera profundizar un poco, en lugar de estar sentado en el coche todo el rato, debería tomarse por lo menos una semana, es decir, un mínimo de dos días por recorrido.
Mapa: Michelin 240, Languedoc-Roussillon. Para completar: mapas locales para senderismo (1:25 000), en venta en los respectivos Journaux/Tabac o en las librerías de la Región: pedir los mapas azules IGN.

Dónde dormir:
- Hotel Le Guilhem, 18, rue Jean-Jacques Rousseau, Tel 04 67 52 90 90. Es un hotel bonito y confortable al borde del casco antiguo, céntrico a la par que bien comunicado, una vez habituado al caos de tráfico de Montpellier. Recepción agradable y precios sensatos.
- Auberge des vignes, route de Narbonne-Plage, 11 100 Narbonne, Tel. 04 68 45 28 50. Fax 04 68 45 28 78. Se trata del complejo turístico de Domaine de l’Hospitalet en La Clape, con hotel y dos buenos restaurantes. Confortable, agradable y de precios sensatos.
- Auberge du Pont Romain. 30 250 Sommières. Tel. 04 66 80 00. Es un hotel especialmente confortable, en una antigua y rehabilitada fábrica de alfombras y destilería de aguardiente. Precios bastante buenos. Restaurante propio.

Dónde comer:
- Le Jardin des Sens, 11, avenue Saint-Lazare, Montpellier, Tel. 04 67 79 63 38. El restaurante más conocido de toda la Región. Cocina creativa a la manera colorista del sur. No es barato. Reservar.
- Maison de la Lozère, 27, rue l’Aiguillerie, Montpellier, Tel. 04 67 66 36 10. Cocina regional, muy buena selección de Coteaux du Languedoc, precios sensatos.
- Le Petit Jardin, 20, rue Jean-Jacques Rousseau, Montpellier, Tel. 04 67 60 78 78. Cocina buena y abigarrada, hermosa decoración, buenos precios, servicio atento.
- Le Portanel, 11 100 Narbonne-Bages, Tel. 04 68 42 81 66. Buena cocina de pescado en el Étang de Bages, buena carta de vinos, precios sensatos.
- Le Bougainvillier, 3, bd. de l’esplanade, 34 150 Gignac, Tel. 04 67 57 50 83. Recepción agradable, buena cocina con un toque regional, terraza.
- La Côte Bleue, av. Louis-Tudesq, 34 140 Bouzigues. Tel. 04 67 78 30 87. Buena carta de vinos regionales, buena cocina de pescado, precios bastante sensatos. Hotel de tres estrellas sin mucho carácter, pero espléndidamente situado.
- Les Muscardins, 19, route des Cévennes, 34 380 Saint-Martin de Londres, Tel. 04 67 55 75 90. Excelente cocina para los muy exigentes.
- L’Amphore, 7, quai Maximin-Licciardi, 34 200 Sète, Tel. 04 67 74 42 59. Cocina de pescado sencilla a buen precio.
- La Marine, 29 quai Général Durand, 34 200 Sète. Tel. 04 67 74 30 03. Cocina sencilla para presupuestos bajos.
- Le Grau du Roi en el puerto pesquero: Le Saint-Pierre. Bouzigues: Le Bistrot du Port.

Prefijo de Francia: 07 * 33

Vista general de Coteaux Languedoc
Las Coteaux du Languedoc abarcan alrededor de 50.000 hectáreas en 138 términos municipales de los Departamentos de Hérault, Aude y Gard. Pero en la actualidad, sólo están en producción alrededor de 12.000 hectáreas. La Denominación reconoce tres Crus, que podrían presentarse como Denominaciones individuales: Saint-Chinian, Faugères y Clairette de Languedoc, reservada a los vinos blancos de la variedad Clairette y restringida geográficamente a la zona situada al norte de Pézenas (alrededor de Cabrières hasta llegar a Ceyras). Además, se distinguen un total de 12 terruños que no son zonas de Denominación de Origen con nombre propio, pero que podrían llegar a serlo y que están autorizados a llevar el nombre de su Región en la etiqueta: Quatourze, La Clape, Picpoul de Pinet, Cabrières, Saint-Saturnin, Montpeyroux, Pic Saint-Loup, Saint-Georges d’Orques, La Méjanelle, Saint-Christol, Saint-Drézery y Verargues.
Las cosechas máximas permitidas en la Denominación general se sitúan en 50 hl./ha. La proximidad mínima entre plantas alcanza 4.000 vides/ha.
Se cultivan las siguientes variedades:



Principales variedades tintas:
- Carignan (máximo 40 por ciento del contingente de vides): sigue siendo la variedad principal de esta región. Produce vinos de color intenso, bien estructurados, pero en general algo rústicos. Sólo es interesante con cosechas bajas y cepas viejas.
- Cinsault (máximo 40 por ciento del contingente de vides): utilizada sobre todo para los rosados, pero tratada adecuadamente produce vinos tintos de estructura extraordinariamente delicada, frescos y sedosos, que no se sostienen por la estructura de taninos sino por el frescor.
- Mourvèdre (un mínimo de 10 por ciento del contingente de vides): variedad de calidad que, especialmente en La Clape, Saint-Georges d’Orques y en algunas zonas del Pic Saint-Loup, produce unos vinos llenos, de intenso color y aroma balsámico, con potencial de envejecimiento.
- Syrah (un mínimo de 10 por ciento del contingente de vides): variedad de moda en alza. Halla las mejores condiciones en los suelos de pizarra de Cabrières, en Montpeyroux, Pic Saint-Loup y La Méjanelle, pero da buenos resultados por todas las Coteaux. Vinos frutales, llenos, con aromas de cereza y grosella.
- Grenache: variedad de calidad, cuyas excelencias se están redescubriendo poco a poco en la actualidad. Con bajas cosechas, produce vinos especialmente frutales y de alto contenido de alcohol.

- Variedades adicionales: (generalmente no más de un 10 por ciento del contingente de vides) Picpoul noir, Terret noir, Counoise noir y Grenache rosé.

Disposiciones adicionales:
Una disposición del sindicato exige desde hace poco que Grenache, Syrah y Mourvèdre comporten por lo menos el 50 por ciento del contingente de cepas y que Carignan y Cinsault puedan formar parte de la composición de una Cuvée en un máximo de 50 por ciento. Pic Saint-Loup: una Cuvée debe constar de por lo menos dos de las tres variedades Syrah, Mourvèdre y Grenache, y la parte de Cinsault y Carignan no puede suponer más de un 10 por ciento.

Vinos blancos:
Coteaux du Languedoc: por lo menos dos de las variedades Grenache, Clairette, Bourbolenc y Picpoul. Además, se permiten Marsanne, Roussanne, Rolle (en un máximo de 50 por ciento), además de Maccabeo, Terret, Carignan, Ugni blanc (en un máximo de un 30 por ciento).
Disposiciones adicionales de La Clape: por lo menos 60 por ciento de la variedad Bourbolenc. Disposiciones adicionales de Picpoul de Pinet: 100 por cien de la variedad Picpoul.

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