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Château Pétrus. ¡Aleluya!

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Las obras de arte no deberían estar colgadas en los museos, y los vinos no deberían agriarse por considerarlos exclusivamente una inversión financiera. Abogamos por los placeres celestiales. Así que: láncense a volar. Los mitos no los crea nadie, se crean a sí mismos. Los vinos legendarios surgen cuando el contenido de la botella es el correspondiente. Delicado y sabio, como la añada de 1947. Denso y aterciopelado, como la de 1961. Vigoroso y elegante, como la de 1970. Redondo y dulce, como la de 1982. Errático y supremo, como el de 1989. De una armonía fuera de lo común, como todos los Château Pétrus. Las apariencias apenas cuentan. ¿El château? Es una construcción absolutamente normal, no tiene un parque ostentoso, no tiene frisos de estuco ni está recubierto de brillante pan de oro. ¿La botella? Es la bordelesa corriente. ¿La etiqueta? Barroca y anticuada. Y aun así, el auténtico amante del vino de Burdeos, curtido con todos los premiers crus, es incapaz de tirar una botella vacía de Château Pétrus al contenedor de reciclaje de cristal. La coloca sobre la repisa de la chimenea o en un rincón de la bodega, junto a sus botellas más especiales. Y no por su valor, ya convertido en humo, agotado, bebido. No como trofeo de caza o pieza para presumir, sino como símbolo de agradecimiento, como señal de respeto, como expresión tangible de un feliz recuerdo intangible. Los hombres y los vinos son efímeros. Pero no su aura. Sí, a Pétrus uno se enfrenta con respeto. Respeto ante un vino fuera de lo común, de un terruño fuera de lo común, descubierto, mejorado, hecho grande por algunas personas fuera de lo común. Pétrus está al margen de cualquier vulgaridad. Su vino es espiritual. Pétrus es el Santo Grial de todos los aventureros del vino. La finca poco vistosa que alberga la bodega y las oficinas se convierte en lugar de peregrinación, en un Jerusalén del vino llamado Pomerol, y el cruzado del vino que, tras librar una larga batalla administrativa, alcanza el milagro de ser admitido en su interior quisiera caer de rodillas y besar el suelo de puro agradecimiento. La bodega En el Grial del vino Una vez superada la reverencia que se siente ante las sagradas salas, la visita a la bodega es rápida. Una cámara de fermentación se abre al viñedo. Pétrus está plantado de Merlot en un 95 por ciento. En el vino terminado, el porcentaje con frecuencia es de un cien por cien. Para conservar su complejidad hay que cogerlo con pinzas, porque el Merlot es más frágil que el Cabernet. Por eso apenas existen reglas para su vinificación. El proceso de fermentación se lleva a cabo en cemento sin recubrir. Unos tubos de refrigeración en su interior permiten un control preciso de la temperatura. El Merlot tiende a la reducción y el cemento es un buen paliativo, porque es térmicamente neutral, reduce el aporte de oxígeno y, gracias a su estructura superficial, favorece la microbiología del vino joven. Todo ello es beneficioso para el desarrollo de los aromas y frena la extracción. Pétrus nunca ha sido un monstruo musculoso y no quiere llegar a serlo. Tras la fermentación alcohólica y maloláctica en el tanque, en febrero se catan los distintos lotes. Los mejores se ensamblan para formar el joven Pétrus y se maduran en barricas ligeramente tostadas. La parte de madera nueva es del 50 por ciento. Por regla general, el vino se embotella tras 18 meses de crianza en barrica. El terruño El lodo es la clave El secreto de Pétrus está a la vista de todos y mide exactamente 11 hectáreas, 48 áreas, 58 centiáreas. El viñedo de Pétrus está a 40 metros sobre el nivel del mar, en el punto más alto de la meseta de Pomerol. Los suelos de esta meseta se componen de rocalla formada durante la glaciación de Günz, la primera del Cuaternario, que contiene hasta un 60 por ciento de gravilla de sílex y cuarzo, además de una pequeñísima parte de gneis, mezclada con tierra fina de un alto contenido en arena. La meseta de cantos rodados se apoya sobre un subsuelo de asperón con el perfil de una colina muy plana. Sobre estos suelos con un buen drenaje, excelentes por áridos y con contenido de silicio, por ello más bien ácidos o neutrales, crecen los mejores vinos de Pomerol. La geología de esta meseta tiene una excepción, un punto blanco en el mapa, que representa una zona de lodo que llega hasta ocho metros de profundidad: eso es Pétrus. El lodo rara vez aflora a la superficie. Generalmente se sitúa como estrato entre el humus y el subsuelo. En el viñedo de Pétrus, ya en la superficie la parte de lodo es de un 15 por ciento. A 60 centímetros de profundidad supone un 20 por ciento, a 80 centímetros casi un 30 por ciento. A mayor profundidad, la parte de lodo va en aumento, hasta un 60 por ciento. Tal grosor indica que no se trata de un sedimento: Pétrus posee un terruño que surgió de las profundidades. Tan sólo sus vecinos Évangile y Vieux Château poseen parcelas de lodo. En el caso de Pétrus, se trata del 90 por ciento de la superficie. Teniendo en cuenta que sus apenas doce hectáreas producen anualmente unas 26.000 botellas (el resto de la cosecha se vende a granel de manera anónima como AOC Pomerol), ni siquiera se da el caso de que una botella de Pétrus contenga vino de suelos de grava. Puede que Pétrus no guste a algunos. Pero no se puede negar su rango excepcional. Es el único gran vino del mundo que crece sobre suelos de puro lodo El creador del vino Todo lo bueno viene del cielo Olivier Brrouët, enólogo de Pétrus, asegura que “tomar decisiones significa estudiar mil parámetros y sacar de ellos la conclusión correcta. Y ésta a veces significa dejar que las cosas sigan su curso. 2009 ha sido uno de esos años en los que había que dejar en paz a las cepas”. Con tales aseveraciones, se revela como enólogo de la nueva generación, cuyo trabajo no sólo empieza en la bodega, lo cual no es óbice para apostar por las más modernas técnicas en ella. “Los ensayos en los que una máquina de precisión asistida por ordenador sustituye a las personas en la mesa de selección me han convencido”. Por el contrario, cuestiona tres métodos habituales que, en su opinión, influyen en el vino de manera demasiado superficial. “La reducción del ácido láctico en la barrica produce vinos que brillan en una cata en primeur, pero al cabo de algunos años de maduración, ese efecto se pierde. La vendimia en verde genera vinos toscos con un elevado contenido de alcohol y profunda acidez. Y la poda de hojas oscurece el color, pero los taninos se debilitan y pierden su mineralidad, lo que influye negativamente en la capacidad de guarda”. Entre líneas se puede leer un credo: no quiero músculos de culturista, quiero vinos con contenido y profundidad. El contenido Falsificaciones desagradables La Mona Lisa, ¿está de verdad en el Louvre? ¿Es en realidad un Château Pétrus lo que hay en la botella? Casi ningún otro vino es falsificado con tanta frecuencia como se falsifica el Château Pétrus, a pesar de todos los esfuerzos que hace su propietario por evitarlo. Y se debería ser bastante cuidadoso con las ofertas de origen desconocido en Internet. Quien tenga dudas sobre la autenticidad de su Pétrus puede solicitar un análisis a la bodega. Pero esto tiene su precio: si la botella es falsa no se devuelve a su propietario, sino enviada a los inspectores de aduanas. Pétrus es un clásico vino-inversión. Las añadas más viejas se encuentran generalmente en subastas. En España Pétrus no tiene un distribuidor exclusivo, se reparte entre las empresas con más vocación internacional, como Alma Vinos Únicos, Lavinia o Primeras Marcas. En Suiza suele ser ofrecido, casi siempre por botellas, por Mövenpick; en Alemania se consigue a través de Hawesko, Vinea, C & D, Bacchus, Segnitz y Schlumberger; y en Austria, a través de E & M. Müller y Wein & Co. Pero insistimos: ¡Cuidado con aquellas ofertas de origen incierto! Las mejores añadas de Pétrus 1947, 1949, 1959, 1961, 1970, 1982, 1989, 1990, 1998, 2000, 2005, 2008 Grandes Pétrus de «pequeñas» añadas 1964, 1967, 1971, 1985, 1995, 2007 Cotizaciones actuales de algunas añadas de Pétrus: 2005: ~ 3.000 e 2004: ~ 800 e 2000: ~ 3.000 e 1998: ~ 2.000 e 1995: ~ 1.400 e 1990: ~ 2.700 e 1989: ~ 2.500 e 1985: ~ 800 e 1982: ~ 3.500 e 1971: ~ 1.500 e (Valores estimados) La gloria Mitos, creadores, misioneros El auge de la finca comenzó con la familia Arnaud, que adquirió la parcela llamada Pétrus en el año 1770. Pero no sería hasta cien años después cuando Pétrus desplazó a su vecino Vieux Château Certan de la cúspide de la (extraoficial) clasificación de Pomerol. Los Arnaud fueron considerados magos de la vinicultura. ¿A quién le iba a extrañar? Otros hechiceros (y hechiceras) han hecho grande a Pétrus. Una de ellas fue Madame Edmond Loubat, propietaria del mejor restaurante de Libourne, que compró Pétrus en 1923 y lo promocionó desde entonces, por ejemplo regalándole a la Reina de Inglaterra una mágnum doble para su enlace nupcial, lo que inmediatamente le valió una invitación a la boda. En el mejor restaurante de Londres, a falta de dinero en efectivo, pagó con una botella de Pétrus. También el comerciante de vinos Jean-Pierre Moueix es unos de ellos, pues dedicó su vida al Pétrus. Después de la guerra, cruzó el Atlántico (¡en un avión de hélice, con escala en Groenlandia!) y supo entusiasmar con el Pétrus a Einstein y a los Kennedy. Una vez al día, al viñedo O también Jean-Claude Berrouët, que empezó a trabajar para Pétrus como jovencísimo enólogo en 1964 y actualmente ejerce de supervisor desde un segundo plano. Desde 2009, el enólogo de Pétrus es su hijo Olivier, el agradable joven que aparece en la página 28. Hoy la leyenda está al cuidado del propietario Jean-François Moueix, hijo de Jean-Pierre, y su hermano Christian, que se ha hecho cargo de la casa comercial de su padre. Por lo tanto, cinco hombres vigilan la fidelidad al estilo y el ensamblaje, aunando innovación con experiencia: Jean-François y Christian Moueix, Jean-Claude y Olivier Berrouët, y el enólogo François Veysser. Olivier es el responsable de las decisiones técnicas. Y no se ve como hechicero, sino como pragmático. Respeta la experiencia de los mayores, pero también confía mucho en su capacidad de observación. “Tenemos que volver a aprender a vivir con la planta. Así podremos actuar profilácticamente y reducir al mínimo imprescindible la intervención en el viñedo. A partir del mes de abril, voy al viñedo una vez al día”, dice. Realmente, ¿qué significa caro? El equipo de Pétrus trabaja desde hace años en la multiplicación de cepas de su propio viñedo y está llevando a cabo experimentos con el cultivo ecológico. Actualmente dispone ya de 120 clones seleccionados de masas, basándose en el material de una parcela del año 1920. La importancia que en Pétrus se otorga a la vid también se pone de manifiesto en el hecho de que, tras la devastadora helada de 1956, no arrancaran las cepas para plantar nuevas, como hicieron casi todos sus vecinos, sino que injertaran de nuevo las raíces. De este modo, en muy poco tiempo volvieron a disponer de plantas con un sistema radical bien desarrollado. La característica esencial de este vino único no es la potencia ni la riqueza, sino ese singular equilibrio entre mineralidad, aterciopelado y dulzor noble y sedoso, esa feliz armonía que, aunque ya es perceptible en el vino joven, no alcanza su plenitud hasta los 15 o 20 años de edad, según la añada. Pocos vinos basados en la Merlot maduran de manera tan excelente como Pétrus, muy pocos se vuelven cada vez mejores y más hermosos pasados 8, 10 o 15 años. Una botella de Pétrus es, en primer lugar, deliciosa, en segundo lugar valiosa, y en tercer lugar, cara. Muy cara. Por menos de 800 euros no se puede adquirir ninguna que sea bebible, y las grandes añadas se disparan hasta los 2.000 y 3.000 euros la unidad. Es una pena, tan lamentable como el precio de un Soulages o un Sigmar Polke. Las obras de arte no deberían estar en los museos y los vinos no deberían agriarse en búnkeres antiatómicos por considerarlos una inversión. El hecho de que las cosas sean así no tiene nada que ver con el objeto, sino con el sujeto. Hacer acopio de bienes es humano, pero disfrutar es divino. Quizá valga la pena ir al cielo. Pétrus ya está esperando.

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