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Bodegas catalanas en California El sueño americano

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Tres de las más emblemáticas empresas viticultoras catalanas, Torres, Codorníu y Freixenet, son la avanzadilla española en los viñedos californianos y, por ende, en el complejo mercado estadounidense, con tres bodegas de carácter bien diferenciado: Marimar Torres, Artesa y Gloria Ferrer.

Si bien es cierto que los inicios de la viticultura en California guardan relación con la llegada de los primeros misioneros españoles
-probablemente, el primero en traer viñas a la región fue Fray Junípero Serra, en 1769- y con la difusión que los franciscanos hicieron del viñedo, lo cierto es que el comienzo de la historia moderna del vino en esa zona de América está marcado por la decadencia de esas misiones, con la consiguiente desaparición de prensas y viñedos. A partir de ese momento, el testigo vinífero fue recogido por los descendientes de los primeros colonos, de los orígenes más diversos, que se ocuparon de importar a los valles californianos cepas de distintas variedades, principalmente francesas.

La invasión espumosa
Pero el boom de los vinos de California no se produjo hasta dos siglos más tarde, cuando los caldos estadounidenses comenzaron a ganar merecida fama y llegaron las empresas europeas para invertir, sobre todo en los valles de Sonoma y Napa. Los productores de Champagne se cuentan entre los primeros: Chandon tuvo su primera cosecha californiana en 1973, y diez años después florecieron las de Louis Roederer y Mumm. Parecía que el futuro enológico de California pasaba principalmente por los espumosos. Y sin duda por esa razón allí se presentaron las dos casas españolas que más experiencia tienen en este tipo de vinos: Freixenet y Codorníu.
El Grupo Freixenet desembarcó en Sonoma Valley en 1986, en el distrito de Carneros, fundando la bodega Gloria Ferrer y plantando cincuenta hectáreas de viñedo con cepas Chardonnay y Pinot Noir, con clones importados de Champagne. Dos años después, la crítica saludaba favorablemente el primer espumoso americano de la casa, elaborado según el método champenoise.
Desde entonces, los espumosos de Gloria Ferrer han recibido numerosos premios en concursos internacionales, con una gama en la que destacan el Sonoma Brut -elaborado con un 82% de Pinot Noir y un 18% de Chadonnay, con dos años de crianza-, el Blanc de Noirs -que contiene una selección de hasta veinte clones distintos de Pinot Noir- y el Royal Cuvée de añada, una cuvée especial que se lanzó coincidiendo con la visita de los reyes a la bodega, en 1987. Desde 1991, Gloria Ferrer, que está dirigida por el español Diego Jiménez, también ha iniciado la elaboración de vinos tranquilos, con la plantación de cepas de Merlot y Syrah.

Artesa, cambio de rumbo
Cerca del estandarte de Freixenet en California, también en el distrito de Carneros (aunque ya en la zona de Napa Valley), se plantaron en 1985 las primeras ciento cincuenta hectáreas de Chardonnay y Pinot Noir de propiedad del Grupo Codorníu. Los primeros espumosos californianos de la antigua casa catalana -un Brut y un Brut Rosé- vieron la luz en 1990, pero pronto la familia Raventós, propietaria de Codorníu, comprobó que el negocio no era viable, a pesar de la gran inversión destinada a producir 180.000 cajas de espumosos de gama media y del fastuoso edificio de la bodega, diseñado por Domingo Triay (el mismo que proyectó la bodega Raimat).
El problema residía en que el mercado americano no llegaba a diferenciar los cavas de la casa Codorníu elaborados en Sant Sadurní d’Anoia -de precio más asequible- con los espumosos de Codorníu Napa. Así fue como 1997, con un nuevo director, el estadounidense Michael Keaton, el grupo decide cambiar los métodos y la denominación de la bodega. A partir de entonces se llama Artesa (de «artesano», en catalán) y se dedica especialmente a la elaboración de vinos no espumosos. Con nueva imagen y nuevo nombre, la bodega ha adquirido nuevos viñedos y replantado otros, para producir desde entonces monovarietales. En este momento, Artesa tiene en el mercado cuatro vinos blancos -un Sauvignon Blanc y tres Chadonnay: uno de Napa, otro de Carnero y otro Reserva- y seis tintos -dos Pinot Noir, un Reserva y otro de Carnero; dos Merlot, uno de Napa y otro de Sonoma; y dos Cabernet Sauvignon, uno de Napa y otro de Alexander Valley-, y prevé lanzar en breve al mercado un Tempranillo y un espumoso de lujo, que según fuentes de la bodega se llamará Joya.

Un château catalán en Sonoma
Marimar Torres, la viticultora catalana hija del gran patriarca Miguel Torres y hermana del bodeguero que dirige actualmente la empresa familiar en Vilafranca del Penedés, comenzó a plantar vides en 1983, con un propósito bien distinto que sus coterráneos, Freixenet y Codorníu. Desde el comienzo, diseñó su bodega al estilo de un châteaux francés, plantando las cepas muy cerca del suelo y siguiendo con primor la evolución de cada planta. Además, las viñas que conforman el Don Miguel Vineyard -en homenaje a su padre- en el Russian River Valley de Sonoma se componen tan sólo de doce hectáreas de Chardonnay y once de Pinot Noir, que merecen todo tipo de cuidados: desde búhos que protegen a las vides de los roedores hasta cultivos de cobertura que atraen insectos beneficiosos, en la mejor filosofía de los cultivos orgánicos. Además, Marimar jamás se planteó la elaboración de espumosos, sino que centró sus esfuerzos en presentar dos monovarietales de calidad, un Chardonnay largo y cremoso que delata la crianza en roble y un Pinot Noir que mejora paulatinamente conforme pasan las cosechas. Recientemente ha sacado al mercado un Chardonnay 98 Dobles Lías, en producción limitada de 250 cajas. Se trata de una técnica poco habitual, de origen borgoñés, según la cual, después de la fermentación, se mantiene el vino en contacto con las lías doce meses más de lo habitual, añadiéndose lías del Chardonnay básico de la casa. El resultado es un vino de aromas intensos y complejos, que según algunos catadores «recuerda a ciertos Mersault de culto por su potencia y untuosidad».
Marimar Torres, que ahora cambia su marca a Marimar (con el añadido Torres Estate en letra pequeña), está en plena expansión. Acaba de adquirir una propiedad de 73 hectáreas en la Denominación de Origen Sonoma Coast, según la bodeguera, «probablemente la mejor zona de California para la producción de Pinot Noir, una variedad difícil y esquiva que sólo prospera en el mejor terroir». Allí Marimar prevé plantar unas 24 hectáreas de esta cepa, «lo cual puede parecer una proporción pequeña con respecto al tamaño de la propiedad, pero lo cierto es que para ser el condado de Sonoma no está nada mal». Los nuevos viñedos llevarán el nombre de su madre, Doña Margarita, denominación que continúa poniendo acento español a la realidad de los vinos californianos, escenario diverso y complejo pero que ya no resulta ajeno a nuestros empresarios vinícolas.

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