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Dostoyevski y el sufrimiento de la bebida

  • Redacción
  • 2008-12-01 00:00:00

No fue una relación amable la que Dostoyevski mantuvo con la bebida. Sin duda, lo explica su biografía. La temprana muerte de su madre por tuberculosis sumió a su padre en la depresión y en el alcoholismo. Cuando sólo tenía 18 años, le llegó la noticia de la muerte de su padre. Se cuenta que sus siervos, enfurecidos tras uno de sus brutales arranques de violencia provocados por la bebida, le inmovilizaron y le hicieron beber vodka hasta que murió ahogado. Dostoyevski se culpó de este hecho por haber deseado, en muchas ocasiones, la muerte de su padre. El propio Freud se fijó en estos hechos para redactar su famoso artículo Dostoyevski y el parricidio. Muchos de sus personajes se mueven en ambientes explosivos que los conducen a un nihilismo autodestructivo, acompañado casi siempre por la bebida. Son, en palabras de S. Zweig, “hombres todos adultos, todos hombres hechos, que andan por el mundo a tientas como los ciegos y tienen la torpeza de los borrachos. Los vemos detenerse, mirar en derredor, hacer todo género de preguntas, para aventurarse de nuevo, sin esperar respuesta, hacia lo desconocido”. Personajes que se agarran febrilmente a la bebida para hurgar con crueldad en la llaga de su sufrimiento: “¿Creen que no lo siento? Cuanto más bebo, más sufro. Por eso, para sentir más, para sufrir más, me entrego a la bebida. Bebo para sufrir más profundamente.” Ante la desesperación de la vida rota, la bebida constituye ese refugio amargo en una existencia destrozada: “Entre tanto, quedé cesante, no por culpa mía, sino a causa de ciertos cambios burocráticos. Entonces me entregué a la bebida. Ya hace año y medio que nos instalamos en esta capital magnífica. Aquí encontré un empleo, pero pronto lo perdí. ¿Comprende, señor? Esta vez fui yo el culpable: ya me dominaba el vicio de la bebida. Ahora vivimos en un rincón que nos tiene alquilado Amalia.” La bebida aparece en los momentos trágicos, como en esta escena de crudo dramatismo: “Al llegar a la posada, Mikolai se había quitado una cruz de plata de su cuello y la había entregado al dueño de la posada para que se la cambiara por vodka. Se le dio la bebida. Minutos después, una campesina vio en una cochera vecina a un hombre que evidentemente iba a ahorcarse.” Beber es uno de los parámetros que fijan la degradación de una sociedad: “Llegó ante un gran edificio donde todo eran figones y establecimientos de bebidas. De ellos salían continuamente mujeres destocadas y vestidas con negligencia, y formaban grupos aquí y allá, especialmente al borde de las escaleras que conducían a los tugurios de mala fama del subsuelo.” Y, por supuesto, es la medida exacta del declive y hundimiento: “Cree que esta historia es conmovedora y no se da cuenta de su necedad. A mi juicio, ese alcohólico que fue empleado de intendencia es más inteligente que ella. Cuando menos, se ve en seguida que está dominado por la bebida y que hasta el último destello de su lucidez ha naufragado en alcohol.”

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