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La taberna: una frontera vital (I)

  • Redacción
  • 2007-09-01 00:00:00

DEste cuadro del holandés Adriaen van Ostade (s. XVII), “El bebedor”, es todo un símbolo del cambio de temática que se produce en la pintura holandesa. Un hombre solo, de porte apacible, con un vaso en la mano, se dispone a degustar una bebida. Fuera quedan las faenas diarias, los pesares y las alegrías de la vida diaria. Estamos en una taberna y Ostade nos ofrece la feliz quietud y el sosiego merecidos. En este caso no existe ese espacio comunicativo comunitario, a no ser al fondo del cuadro, que es una de las características de las tabernas. Un espacio que encierra una amalgamada gavilla de relaciones sociales de todo tipo. Y es que las tabernas (palabra, por cierto, que cada vez se diluye más) no tienen como única función el degustar el vino. En ellas, el vino es un trasunto de la vida que recoge, condensa y justifica el incesante borboteo del bullir vital. Existen las tabernas, ciertamente, como habitáculos humanos en donde reina y se desahoga la masculinidad a través de un vaso de vino y, por ende, aflora en la mayoría de las ocasiones la agresividad y el descontrol manifiesto. Aunque en modo alguno se pueda despreciar el servicio prestado de las tabernas como catalizador de los conflictos sociales y familiares. Amores y momentos desabridos de nuestra existencia fluyen y se entierran en las tabernas. Ellas son el seguro refugio para los que trabajan fuera de casa. Ya en 1538 el jurado almeriense Alonso de Ortega exponía ante la Chancillería de Granada que: «los dichos hombres de la mar, por tener sus casas lexos y estar pescando e trabajando alli, les hera necesario que tomasen la comida en los bodegones e tabernas», y en las ordenanzas de Antequera se dice que: «algunos estrangeros e otros desta çibdad que son personas trabaxadores y ganaderos se estan en las tavernas comiendo y vebiendo». Pocas mujeres han transitado por las tabernas, ya el “Código de Hammurabi” prohíbe su entrada en estos lugares: «Ley 110: Si una sacerdotisa que no viva en el claustro ha abierto una taberna de vino de dátiles con sésamo, o ha entrado para beber vino de dátiles en la casa de vino de dátiles con sésamo, a esta mujer liberal se la quemará.» Y Apuleyo recoge ese carácter negativo de las tabernas, que también es una de sus características: «Era un mancebo de esta ciudad que está aquí cerca, hidalgo y noble de linaje, caballero asaz rico; pero era dado a los vicios de lujuria y tabernas, andando de continuo en los mesones y burdeles acompañado de compañía de ladrones y ensuciando sus manos con sangre humana, el cual se llamaba Trasilo: tal era su fama y así se decía de él.» Por algo en “Las Partidas” encontramos estas palabras: «ni aun entrar en tabernas a beber, fuera de que lo hiciesen obligados, andando caminos, ni deben ser hacedores de juegos por escarnio porque los vengan a ver las gentes como los hacen, y si otros hombres los hicieren, no deben los clerigos venir alli porque se hacen alli muchas villanias y desaposturas.»

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