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Copas con historia

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  • Laura López Altares
  • 2019-04-30 00:00:00

El poderoso Santo Grial es la copa más deseada y perseguida de todos los tiempos, pero no es la única que ha hecho historia. Algunas simbolizan la abundancia, otras la ira o la feminidad, y todas ellas comparten la delicada misión de guiar diferentes elixires hasta nuestro paladar. 


Sabiduría, inmortalidad, amor, ira, felicidad, salvación, destino, feminidad, abundancia... El simbolismo que rodea la figura de la copa es inmenso y muy poderoso. Es el recipiente por excelencia, ese que ha albergado en su interior todo tipo de elixires sagrados y terrenales. Porque la copa ha jugado un papel fundamental en la historia del vino, pero también en nuestra propia historia.
Los dioses del Olimpo, tomando el néctar de la vida eterna en copa de oro. Las valkirias, llevando a los guerreros caídos en batalla hasta el Valhalla, donde beberían hidromiel –dicen que es la bebida alcohólica más antigua de la humanidad– en retorcidos cuernos junto a los dioses vikingos para toda la eternidad. Esos mismos cuernos (se hacían a partir de la cornamenta de animales), acompañando a los todavía mortales guerreros en los banquetes previos al combate.
Jesucristo, apurando su última copa de vino en el misterioso Santo Grial, la reliquia más buscada de todos los tiempos. Su discípulo secreto José de Arimatea, recogiendo en ese legendario cáliz la sangre vertida en la cruz. Caballeros de la Mesa Redonda, templarios, sociedades secretas, nazis... y hasta el mismísimo Indiana Jones, persiguiendo (¿sin suerte?) aquel fascinante objeto de extraordinario poder.
La malograda reina María Antonieta (¿o tal vez Madame de Pompadour?), inspirando la creación de la primera copa de champagne. El nicaragüense Rubén Darío, dedicando un poema a La copa de las hadas celtas, capaces de hacer realidad en sueños los anhelos más profundos. James Bond, sosteniendo su sempiterna copa de Martini mezclado (que no agitado) en la barra de un elegante bar. El pecho izquierdo de la supermodelo Kate Moss, musa grunge, inmortalizado para siempre en una copa de champagne (creada por el restaurante londinense 34 Mayfair). O una icónica Jennifer Lawrence, aferrándose a una copa de vino mientras saltaba butacas en los Oscars de 2018.
Hay copas con mucha historia e infinitas historias con copas. Pero, ¿cómo llegó la copa a convertirse en ese prodigioso y delicado instrumento que conocemos hoy en día?
Hace millones de años, nuestros antepasados aprovechaban los elementos que les brindaba su entorno para fabricar rudimentarios recipientes donde beber. Luego llegarían los cuencos de madera, ritones de curiosas formas, primigenias y rústicas copas... Y entonces ocurrió, los fenicios descubrieron el vidrio gracias a una afortunada casualidad, y civilizaciones como la egipcia o la romana lo utilizaron para fabricar todo tipo de objetos, y por supuesto copas.  
Las formas, los tamaños y los materiales (barro, cerámica, mármol, bronce, plata, oro, con piedras preciosas incrustadas, grabadas...) se adaptaron a los gustos y avances de cada época. A finales del siglo XVII se empezó a trabajar el cristal, y con él las copas empezaron a volverse más ligeras, gráciles y bellas.
Pero la verdadera revolución copera llegaría con los Riedel: Johann Leopold, tercera generación, fue quien puso los cimientos del imperio cristalero de la familia en el norte de Bohemia (República Checa). Más de dos siglos y medio después, la undécima generación defiende el legado de sus antepasados con el mismo espíritu creativo y de excelencia que antaño, dando a la copa el valor que merece.
Porque una copa es muchísimo más que un objeto: en ella, el vino se mece y se muestra ante nosotros con exquisita desnudez, aguardando el contacto del primer trago, guiado con firme sutileza hasta las papilas gustativas, recodo de placer en el que comienza su viaje a los centros.

   

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