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Alianza eterna

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  • Laura López Altares
  • 2020-05-07 00:00:00

El vino tiene un poderoso significado litúrgico que le ha hecho partícipe de celebraciones religiosas tan aparentemente dispares como las bacanales romanas y las misas cristianas. Su identificación con la sangre divina es uno de los símbolos más sugestivos que existen.


P rodigioso, pero profundamente terrenal. Adorado por descreídos y devotos, el vino se ha convertido en hilo conductor de la cultura mediterránea, cimentada por diferentes civilizaciones y creencias. Todas ellas, seducidas por aquella palpitante bebida que las conducía al éxtasis y las hacía sentir más cerca de la divinidad.
Desde el principio de los tiempos se le ha atribuido un carácter sagrado: regalo de los dioses, capaz de dotar a los mortales de cualidades excepcionales, recurrente ofrenda, elemento de adivinación... e incluso sangre divina.
De hecho, la teóloga P. Rech sostiene que el vino –la sangre de las uvas– es "la parábola más hermosa de la pasión vital que emana de la vida y muerte de un dios". Resulta fácil ver el paralelismo que se da entre las atormentadas vides y figuras como Dioniso o Jesucristo: de su necesario sacrificio (el dolor como sublimación es inherente al cristianismo) brota una segunda vida con un significado mucho más valioso.
Como explica Iñigo Jauregui Ezquibela en su artículo "El valor simbólico del vino en las tradiciones religiosas mediterráneas: de Ugarit a la Ley Seca" (Revista Iberoamericana de Viticultura, Agroindustria y Ruralidad, mayo de 2015), la prensa adquiere un significado muy potente: "Las uvas también son maltratadas, reducidas a pedazos, estrujadas en la prensa y convertidas en mosto-sangre. Pero cuando el fuego de la fermentación se apodera de él, sufre una transmutación y nace a una segunda vida [...] El mosto que escurre de las bayas simboliza la sangre derramada de Cristo; el lagar, el Gólgota, el lugar de su crucifixión y, al mismo tiempo, la fuente de la que mana la vida eterna".
El valor simbólico del vino en el cristianismo es extraordinario, y hay quien defiende que la Biblia, repleta de referencias a la vid y al vino, fue el primer tratado de viticultura de la Historia: Noé embriagado de vino –esta escena aparece en los frescos del Génesis que pintó Miguel Ángel en la Capilla Sixtina– o Jesucristo convirtiendo el agua en vino en las Bodas de Caná y obrando su primer milagro –tema que inspiró el imponente óleo de El Veronés– son solo algunos de los pasajes más significativos con esta bebida como protagonista. En el Evangelio según San Juan aparece una de las metáforas más poderosas y sugerentes del cristianismo, que identifica a Jesucristo con la propia viña: "Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el viñador. Todo sarmiento que en mí no da fruto, lo corta, y todo el que da fruto, lo limpia, para que dé más fruto". Aunque sin duda, el acto litúrgico de la Eucaristía, instaurado en la Última Cena y oficializado en el Concilio de Trento (1545-1563), es la representación más universal de la eterna alianza entre vino y religión. Como apunta José A. Molina Gómez en El vino en la religión de los Padres: "La sangre de la uva era la sangre del Nuevo Testamento que había de ser bebida el día de fiesta".
Es fascinante que el nexo de unión de religiones tan dispares como el cristianismo, la mitología clásica, el Egipto faraónico (MiVino 253), el Judaísmo (MiVino 232) o el Islam –su relación con el vino penduló entre la complacencia y la censura– fuera ese fervor por la vid y el vino: los llevaron a territorios conquistados, los defendieron de enemigos como la Ley Seca (MiVino 239)... y los convirtieron en inagotable fuente de inspiración artística. 

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