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La batalla de Toro

  • Redacción
  • 1999-02-01 00:00:00

Ya está en la calle “Amant”, el primer tinto de Toro elaborado por un “forastero”. Es la primera batalla de una guerra apenas esbozada, el comienzo de una invasión en tierras de vino históricas, acostumbradas a la soledad y al triunfo de la constancia. Antonio Sanz, “trotavinos” vallisoletano, es la avanzadilla de una legión de “ribereños” que han visto en Toro la panacea a la imparable inflación de los precios de la uva.

Allí “Tinto Fino”, aquí “Tinta de Toro”, y siempre Tempranillo. Vega Sicilia, Mauro, Alejandro Fernández, Lurton, Marcos Eguren, Matarromera, y algún norteamericano, son las bodegas que están invirtiendo en Toro. Compran viñedo, levantan instalaciones de elaboración, hacen pruebas, sueñan.... y desde la inexpugnable torre albarrana de su Gran Colegiata, Manuel Fariña les contempla y sonríe complacido.
No es para menos. Hace tan sólo cinco años nadie apostaba un duro por estos vinos de Toro, pletóricos y entrañables, de gran cuerpo y color, aroma intenso, carnosos y muy tánicos. Vinos con el grado alcohólico subido a los que Manuel Fariña descarnó, adelgazó, redujo su poderosa estructura para afinarlos, hacerlos asequibles, y permitir su entrada en el mundo elitista de los vinos finos. Fue en épocas del imperio riojano y la arrogancia de Ribera del Duero escalando los primeros puestos en el ranking nacional de los mejores tintos. Manuel Fariña, con su Colegiata, grande y pequeña, se hizo notar. Pero no eran tiempos para terceros. Parecía más una curiosidad en un mar de graneles impersonales. Fariña supo aguantar en solitario, jugando al escondite con la ruina, hasta que encontró apoyo y reconocimiento de la crítica más desprejuiciada. Yo mismo le asomé a las páginas del diario El País en 1992.
Hasta que, hace unos años, llegó su hora. El gusto por el tanino suave, maduro, frutoso, la búsqueda del color perdido frente a la romántica palidez de los claretes, California en fin, dictando que los polifenoles eran el mensaje, empezaron a hacer justicia en Toro, la olvidada, la menospreciada.
Pero no sólo Fariña, al fin y al cabo también un “forastero” venido aquí cuando todos se iban. Otro hombre sabio y prudente sabía de la inmensa riqueza de estas tierras y su varietal glorioso: Antonio Sanz, que antes de iniciar su andadura como “enólogo de fortuna” en tierras vallisoletanas, dirigió durante once años los destinos técnicos de la Coop. de Morales de Toro, todo un ejemplo de buen hacer. Ahora Antonio Sanz tiene 12 hectáreas de viñedo en Toro y una bodega en el mimo término municipal de la ciudad con un pequeño parque de barricas donde crían su 97. Y es el primero de los “forasteros” en sacar al mercado un tinto. Su hijo y continuador está entusiasmado con la experiencia: “Estamos plantando variedades experimentales como la Syrah, Petit Verdot y Zifnandel, porque es increíble lo que pueden dar de sí estas tierras”.
¿Un nuevo Priorato? Tal vez. Lo cierto es que las características edafológicas de Toro, con tierras de cascajo en la superficie y una capa arcillosa en la profundidad, su gran diferencial térmico noche/día, las brillantes y abundantes horas de sol, la capacidad de absorber y retener el agua en sus profundidades telúricas sin encharcarse cuando llueve, la salud envidiable en suma de un viñedo nacido para la gloria, permiten soñar.
Como sueña Pablo Álvarez, Director General de Vega Sicilia, que está impulsando la presencia de esta bodega emblemática en Toro. De momento ya tiene unas 40 hectáreas, y espera alcanzar las 70. “El problema -señala con un gesto levemente resignado- es que es muy difícil encontrar viñas con 30 años de edad y con plantación directa, y lo poco que hay está muy dividido por culpa del minifundio”. Esta búsqueda del viñedo viejo al abrigo de la filoxera es obligada si se quiere, como quiere Vega Sicilia, elaborar en Toro un vino de acusada personalidad, dentro de los parámetros internacionales de un vino de gran calidad. “Vega Sicilia solo puede hacer vinos grandes, y, a ser posible, grandes entre los grandes”. Las primeras experiencias de vinificación de las vendimias del 97 y 98, elaboradas en Trespinedos, indican que van por buen camino. El proyecto plantea construir una bodega en Morales de Toro, y elaborar allí un máximo de 200.000 botellas al año, de un vino criando en roble para el que todavía no tienen nombre.
Quien sí lo tiene, y bien puesto, es el vino de Mauro: “San Román”, por San Román de Hornija donde se encuentran sus 9 hectáreas de viñedo, con posibilidad de crecer hasta las 12, y otras 18 hectáreas que ya tiene apalabradas. El proyecto prevé una producción de 30.000 botellas que costarán en torno a las 2.000 ptas cada una. Vino de terruño, cuya primera cosecha del 98 ha sido elaborada por Mariano García en la Coop. de Morales. Me muestra con indisimulado orgullo su vino, todavía en fase de crianza, pero que ya apunta poderío, gran concentración, y un color rojo cereza con vocación de tinta china. La impresión no puede ser mejor. “Tengo, mucha fe en este vino de Toro -me comenta- y espero que dé la talla, porque, de lo contrario, no lo saco”. Mariano es así, no le gustan la mediocridades, tal vez la vívida experiencia de Vega Sicilia. “Mejor no hablar, -señala con un fondo de amargura que desecha inmediatamente con una sonrisa abierta- va a dar que hablar, ya verás”. Y en el horizonte, una nueva bodega con capacidad para 300.000 botellas. “No hemos venido aquí para sacar un vino de segunda”.
Tampoco ha venido con esas intenciones Alejandro Fernández, aunque prefiere permanecer fuera de la Denominación de Origen. La razón tal vez se encuentre en su gigantesco proyecto de bodega con 200 hectáreas de viñedo incluido, 100 para el año 99 y las otras para el 2000. “Mi objetivo es el millón de botellas, y de altísima calidad, que conste” -puntualiza mientras me sirve un vaso de su vino “Dehesa Guareña”, un tinto casi de ébano. “Espero sacarlo a mediados de este año. Los que lo han probado se deshacen en elogios” -indica mientras observa mi reacción. Bueno, muy bueno, tal vez un poco rústico, bravura sin elegancia, pero todavía tiene que hacerse, afinarse. Así es Alejandro Fernández, un hombre sin término medio. Tenía que venir a Toro y lo ha hecho a lo grande, para acallar bocas y seguir asombrando con sus nuevos vinos. Es su particular y peculiar escalada hacia la potencia. Un riesgo que le divierte y excita. De momento ha comprado una explotación agropecuaria con 700 hectáreas, con ganadería de toros de lidia, caballos, cerdos, ovejas, y una impresionante bodega subterránea que está ampliando y acondicionando. Obra gigantesca que supondrá, una vez terminada, el mayor centro de producción vitivinícola de la zona. Su vino, que ya reposa en 800 barricas de roble nuevo, prefiere ampararse en la más genérica denominación “Tierra de Vino”, algo que no le hace mucha gracia al Presidente del Consejo Regulador de la DO Toro, Antonio Roldán Calvo: “No ha tenido el detalle de enviar un sólo papel, ni de visitarnos”.
Son las primeras escaramuzas de una batalla en la que se decide el futuro de Toro. Porque la atracción que la inmensa calidad de su vinífera “Tinta de Toro”, incluso de sus viejísimas y prefiloxéricas garnachas, está provocando en bodegueros que han tenido que pagar hasta 400 ptas el kilo de uva, es muy grande. Pero venir e Toro a curarse en salud sería un mal remedio. Aquí hay una aventura con guión propio. Las condiciones históricas, sociológicas, culturales, vitivinícolas para convertirse en una DO de gran prestigio, están ahí. Pero, son los hombres los que finalmente hacen la historia.


ENTREVISTA

Antonio Roldán Calvo Presidente del Consejo Regulador de la DO Toro


Antonio Roldán es viticultor de toda la vida. Varias generaciones de gentes dedicadas al cultivo de la viña avalan la trayectoria vital entusiasta de este hombre maduro. Preside también la Coop. Vino de Toro, fundada hace 25 años, y sobre sus recios hombros recae la tarea de absorber la “invasión” de bodegueros de Rueda, Ribera del Duero o Rioja.

-¿A qué se debe el actual interés de distintas bodegas de zonas colindantes por la DO Toro?
-El vino de Toro está demostrando que se encuentra en línea con lo que demanda el consumidor, lo que no ocurría años anteriores cuando se consideraban nuestros vinos como demasiado corpulentos y alcohólicos. Así que hoy tienen mejor mercado que nunca. Además, y esto es importante para las bodegas, sobre todo de Ribera del Duero o Rueda, nuestra uva fundamental, la Tinta de Toro, tiene un ciclo vegetativo que le permite estar al abrigo de los problemas climatológicos que afectan a otras zonas, por lo que nuestras vendimias son muy regulares, generalmente de calidad muy buena, y sanas. 

-¿Cómo cree que afectan las dificultades que están experimentando a la hora de comprar uva en Ribera del Duero?
-Los precios en las distintas zonas colindantes a Toro se han disparado, y yo personalmente creo que hay muchas empresas interesadas en nuestra uva, que ha permanecido con precios estables y comparativamente mucho más bajos. Ese interés es legítimo pero puede llevar a algunas empresas poco escrupulosas a caer en la tentación de jugar a dos barajas. Como, por ejemplo, que cuente con instalaciones en otras zonas y que cuando ese vino no pueda defenderse con los precios abusivos que ha alcanzado la uva, intente resarcirse con los vinos tintos de Toro. Eso puede perjudicar a la DO si no exigimos el control de a dónde van esas uvas.

-La semejanza de la Tinta de Toro con la Tinta Fina o Tempranillo permite hacer vinos buenos a precios más competitivos. ¿Por eso vienen?
-Todas las bodegas que vengan en plan serio tendrán las puertas abiertas, y el Consejo se va a volcar con ellas. Pero las que vengan con la intención de jugar a dos barajas lo van a tener muy difícil.

-Parece casi una obligación, en zonas con vinos tintos de gran calidad, el autorizar otras variedades como Cabernet sauvignon...

-Hay que hacer un seguimiento exhaustivo de las variedades. En el caso de la Coop. de Toro nos hemos preocupado por llevar el control, y plantar Tinta de Toro siempre. Si queremos hacer un vino de Toro que no sea una moda de unos años hay que proteger nuestra personalidad, porque mal se puede estar a la moda si se ha perdido la raíz. El peligro es que a la vuelta de unos años tengamos que decir que esto ni es vino de Toro ni nada que se le parezca. Por lo tanto hay que cuidar la imagen, adaptada a las nuevas tecnologías, pero que sea apoyada en su uva principal, la tinta de Toro.

-¿No se corre el riesgo de que las nuevas bodegas trasladen el problema de la escasez de uva y la subida de precios cuando entren en plena producción?
-En Toro nos estamos moviendo entre los 8 y 10 millones de kg. que hasta ahora han sido suficientes para la demanda. Pero es seguro que las cosas van a cambiar, y nuestros vinos van a beberse mucho en toda España y en el extranjero, lo que exigirá mayores producciones. Pero no me inquieta porque hay una serie de plantaciones realizadas en los últimos 5 años que todavía no están en pleno rendimiento, lo que tarda en ocurrir unos 12 años. Así que espero que la oferta y la demanda de uva vayan de la mano, creciendo armoniosamente. Además, debemos tener presente que al 90% del terreno donde se está sembrando cereal, girasol, etc., en realidad lo que le va bien es el viñedo, por lo que tenemos terreno más que suficiente de reserva. Por ejemplo, hoy tenemos 500 hectáreas más que hace tan sólo unos pocos años. Por eso no creo que vayamos a sufrir esos problemas de escasez y precios disparados.


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