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Uruguay: Melancolía y Modernidad

  • Redacción
  • 2004-06-01 00:00:00

Uruguay es un país de ensueño para cualquier turista: en ningún otro lugar de Latinoamérica están tan próximas las antiguas ciudades coloniales, las playas de arena fina y las extensas estepas de hierba. Estamos en el mes de diciembre, es decir, en plena primavera en el hemisferio sur. Las temperaturas son agradablemente cálidas: de día unos 25 grados, de noche aproximadamente 15, lo bastante fresco como para sentarse en un bar a tomar una copa de vino después del paseo vespertino, quizá escuchar a alguno de esos melancólicos cantantes de tango y contemplar, no sin cierta envidia, a las parejas mayores que se mueven al ritmo de la música de manera lenta, elegante, casi lasciva. El vino es pesado, la música, de una tristeza dulzona, y la melancolía que irradia esta ciudad posiblemente sea un poco contagiosa. Hay que pedir una copa de Tannat, típico del país, y observar a las demás personas que hay en el bar: los uruguayos, en su mayor parte procedentes de inmigrantes italianos, vascos y de otras regiones españolas, son gente orgullosa y bella. Terrible crisis El destino no siempre ha tratado bien a los uruguayos. Este país es demasiado dependiente de sus grandes vecinos Argentina y Brasil: si la economía al otro lado del Río de la Plata tiene un resfriado, poco tiempo después Uruguay sufre una pulmonía. La crisis actual afecta especialmente a este país, porque no sólo Argentina sino también Brasil están inmersas en la crisis económica y, aunque están mejorando, aún no gozan de buena salud. Pero la última crisis, en parte, está hecha en casa: una de las familias más ricas del país, que tenía sus sucios dedos metidos en la mayoría de los bancos, se ha fugado con una gran parte de los ahorros de los uruguayos. En estos momentos no le va nada bien a lo que fue la «Suiza de Sudamérica», el peso no vale nada frente al dólar y hay un alto índice de paro. Hospitalidad con mayúscula Uruguay, además, tiene otro problema: casi nadie sabe donde está y por qué es conocido. Y eso que el tango, actualmente tan de moda entre los elegantes de todo el mundo, tiene su hogar tanto en Uruguay como en Argentina; el más famoso de todos los bardos, Carlos Gardel, con gran probabilidad era oriundo de Uruguay. Y la que quizá sea la mejor carne del mundo no procede del país de los gauchos: en las casi infinitas estepas de hierba de Uruguay, las vacas pueden llevar una vida feliz antes de terminar en el plato. Pero hoy por hoy, los productos de exportación más conocidos de Uruguay son los futbolistas: Recoba, que juega en Italia, Forlan del Manchester United y Núñez, que muestra en el Grasshoppers-Club de Suiza lo hermoso y barroco que puede ser el fútbol sudamericano. Lo más recomendable es descubrir personalmente la belleza de Uruguay: es perfecto como ningún otro país sudamericano para unas cortas vacaciones, pues mientras que en dos semanas ni siquiera se puede llegar a conocer una pequeña parte de Argentina, Brasil, Colombia o Chile, Uruguay nos ofrece en este tiempo una imagen imponente. Naturalmente, aún es mejor disponer de más tiempo, pues los uruguayos son un pueblo muy hospitalario, y frente a una copa de vino allí se forjan amistades para toda la vida. Lo más conveniente es iniciar el viaje en Montevideo. Como muchos otros Estados latinoamericanos, también Uruguay está organizado de manera muy centralista, y aproximadamente la mitad de sus 3,5 millones de habitantes viven en la capital. Situada a orillas del Río de la Plata (geográficamente no está muy claro dónde acaba el río y dónde empieza el mar), Montevideo es una visita imprescindible. Dispone de unos 20 kilómetros de playa de arena, posiblemente más que cualquier otra capital del mundo. La ciudad vieja tiene partes necesitadas de rehabilitación, pero es uno de los asentamientos coloniales más interesantes de Latinoamérica. Apoteosis de la carne Donde mejor está plasmada esa extraña y singular mezcla de alegría de vivir latinoamericana y pasado colonial es en el Mercado del Puerto. Este impresionante edificio construido hace 135 años fue un mercado, pero desde que ya en 1930 abrió el primer restaurante en esa inmensa sala apoyada sobre columnas de metal, el Mercado del Puerto fue convirtiéndose paulatinamente en un verdadero centro de gastronomía. Hoy, este antiguo mercado contiene más de una docena de restaurantes, una «apoteosis de la carne» como acertadamente dijo en cierta ocasión el actor francés Jean-Philippe Lafont (El festín de Babette). En El Palenque, posiblemente el mejor restaurante del mercado, hay que pedir la especialidad local: parrilla («parri-sha», como lo pronuncian los «urugua-shos», que convierten todas las «ll» y las «y» en un sonido parecido a «sh»). La bandeja de parrilla contiene chorizo, una excelente morcilla, tira de asado y, naturalmente, dos filetes de lomo tan grandes como el plato. La calidad de la carne es impresionante; jugosa, vigorosa y, no obstante, increíblemente tierna, con tanto sabor que se puede prescindir de la sal y la pimienta al asarla. Para acompañar, una botella de Tannat cosecha de 2001 de las bodegas Castillo Viejo. Este vino tiene un maravilloso color oscuro, es enérgico en la nariz, lleno en boca y largo al final, se perciben aromas de mermelada de frutos oscuros, algo de chocolate, taninos bien lisos. La Tannat, la variedad más extendida, con diferencia, en Uruguay, es un acompañante ideal para la pesada comida, pues es capaz de sostenerse frente a las enormes cantidades de carne sin dominar lo más mínimo sobre ella. Como hace 50 años Otro destino turístico favorito de Uruguay, además de Montevideo, es la zona costera de Punta del Este. La propia ciudad no tiene más encanto que cualquier otro complejo turístico lleno de rascacielos, pero el entorno es paradisíaco: La Barra, José Ignacio y, un poco más al este, Rocha. Por poco dinero se puede ocupar allí una habitación en alguno de los preciosos hotelitos directamente en la playa, y el paisaje recuerda mucho a la costa atlántica francesa meridional por la zona de Biarritz, con la diferencia de que casi nunca se topa uno con otro turista. Quien busque paz y tranquilidad en inmensas playas de arena jalonadas de pinos, allí se sentirá en el paraíso, excepto en enero, cuando verdaderas hordas de argentinos toman por asalto la región de Punta del Este. A unos 120 kilómetros al oeste de Montevideo se halla la ciudad que quizá sea la más bella de Uruguay: Colonia. Declarada patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, esta joya colonial ha sido restaurada magníficamente en los últimos años. Las calles anchas, todas de adoquines, están flanqueadas por impresionantes paseos, y las casas son hermosas, con sus interesantes fachadas e impresionantes patios. Es como si el tiempo se hubiera parado hace 50 años: por las calles circulan esos bonitos coches antiguos, y la paz y tranquilidad de la población local se irradia sobre los visitantes al cabo de pocas horas, dejándolos sin ganas de hacer nada, excepto quizá de quedarse para siempre. Mate en lugar de vino Salto, con sus aguas termales muy bien explotadas, es agradable; más al norte se encuentran inmensas estepas casi deshabitadas. El país está dividido geográficamente por el río Uruguay, en el que hay una excelente pesca; también es buena la infraestructura turística, pero los hospedajes son muy sencillos; allí no hay que esperar diversiones desenfadadas, pero, a cambio, seguro que los lugareños le invitan a tomar un mate, la bebida nacional uruguaya. VINOS SEDUCTORES Las regiones vinícolas más interesantes del país se encuentran todas alrededor de Montevideo, a un máximo de una hora de coche. Hay buena información sobre las diversas fincas en www.winesofuruguay.com. Merece la pena visitar, por ejemplo, Bouza (www.bouza.com.uy; sólo con cita previa), Castillo Viejo (www.castilloviejo.com; sólo con cita previa); Pisano (www.pisano.com; sólo con cita previa) y Juanico (www.juanico.com; con una excelente sala de exposiciones). PEQUEÑOS VIAJES SEDUCTORES Ya sólo el hecho de que no existan guías decentes de este país sudamericano, ni en inglés ni en alemán, pone de manifiesto hasta qué punto es escasa la atención del turismo por Uruguay. Se puede comprar una Guía Azul de Uruguay en español, que al menos cubre los destinos de viaje más importantes y los mejores hoteles y restaurantes. En la capital, Montevideo, lamentablemente no hay muchos buenos hoteles con encanto. Los más conocidos son el Radisson, en el centro de la ciudad, y el Sheraton, que domina sobre una antigua cárcel, ambos muy recomendables. La mejor relación entre precio y calidad, con diferencia, la ofrece el Cala di Volpe (www.hotelcaladivolpe.com.uy), que además mira directamente al mar. Por el contrario, a Montevideo no le faltan excelentes restaurantes. Podemos recomendar El Palenque (en el Mercado del Puerto), Don Koto (también especializado en carne), La Silenciosa (alta cocina italiana), Spaghetti Norte (a pesar del desafortunado nombre, es bastante bueno), Roma Amore (bueno y asequible; la dueña es un personaje de la ciudad). El Café Misterio y Doña Flor sirven cocina más moderna. BOTRYTIS NOBLE Primer vino de «cosecha tardía» con Botrytis Cinerea elaborado en Uruguay por Establecimiento Junicó. Juanicó es una de las regiones más tradicionales de la zona sur de Uruguay. Ubicada en el paralelo 35°, es la de mejores aptitudes para la producción de vinos. El clima es templado, similar a las regiones mediterráneas del sur de Europa. La temperatura media anual es 16,6 ºC, y las estaciones están bien marcadas, con veranos cálidos e inviernos fríos con importantes heladas. La maduración de las uvas se ve favorecida por el gradiente térmico entre el día y la noche gracias a la influencia oceánica y los vientos que entran del mar al anochecer. El desarrollo de la Botrytis es muy complejo, y sólo en ciertos años prospera magníficamente en climas ni muy cálidos ni áridos con cierta humedad propia de la influencia marítima. En Juanicó esas condiciones se presentaron sobre fines de marzo. Las parcelas especialmente deshojadas se recorrieron seis veces, cosechando en cada oportunidad sólo aquellas uvas con el grado justo de Botrytis. A este trabajo minucioso y manual le sigue el prensado, la fermentación y crianza en barricas de roble nuevas de 225 litros. La vigilancia para que el vino madure hacia su perfección se cumple durante dos años. El resultado es un néctar de color oro, intenso y fascinante aroma que recuerda la vainilla, las frutas cítricas, ananás, miel y flores blancas, en una complejidad apabullante. En la boca, su dulzura está entretejida con elegantes notas de almendras y frutos secos sobre el lecho de una miel que habla con acentos vegetales de tilo y verbena.

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