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Vendimias tardías: el dulzor americano

  • Redacción
  • 2002-06-01 00:00:00

Su definición es todo un síntoma: Late Harvest, «vendimia tardía» en inglés. Porque su objetivo fundamental es conquistar los paladares anglosajones, norteamericanos para ser más precisos. No seré yo quien ponga pegas a todo intento sensato de abrir mercados, aunque sea a base de renegar del idioma. La cuestión es, sin embargo, más simple: hay miedo a competir y ser comparados en la vieja Europa, la de los gloriosos sauternes, tokajis, eiswine, pasitos y generosos. Hay un complejo de inferioridad que no se corresponde con la realidad, como pude constar personalmente en mi última visita a las «viñas» (bodegas) chilenas. Sólo tras mucho insistir, y haber recorrido con mejor o peor fortuna, toda la gama de chardonnays, sauvignon, cabernets, merlots y la resucitada Carmenére, accedían a descorchar su «Late Harvest», generalmente farfullando alguna excusa a modo de justificación. Pero, para mi sorpresa, la mayoría de aquellos vinos dulces de uvas tan variadas como Moscatel, Sauvignon blanc, Sémillon, y Riesling no sólo eran buenos, sino que en algunos casos, como el de Torres y Villard, eran excelentes, y podían medirse sin deshonra con los buenos moscateles españoles o italianos. Cierto, aquí no se alcanza la calidad sobrenatural de los vinos alemanes, austríacos, húngaros o franceses en los que la botrytis concentra azúcares y ácidos hasta el paroxismo. Pero el precio resulta tan atrayente que se convierten en una excelente alternativa en los restaurantes de Europa. Donde los vinos de «podredumbre noble», pasificados o helados, alcanzan cifras astronómicas, inalcanzables para la inmensa mayoría de los ciudadanos. Lo que han conseguido en las últimas añadas, en concreto a partir de 1999, ha sido un mayor equilibrio entre azúcar y ácido, el paladar más untuoso, los aromas de una complejidad superior, con las notas amieladas plenas de recuerdos florales, minerales y especiados. Volver a empezar Fueron los españoles, con la cruz y la espada, lo que llevaron la viticultura al continente americano. Pólvora y acero en la conquista, vino dulce de misa en la conversión. Y así durante siglos, hasta que tras un periodo de abandono la recuperación del viñedo chileno se orientó en el S. XIX hacia los vinos de tipo y carácter bordelés. Allí seguían estando las uvas de la colonia, sobre todo moscateles de grano menudo, pilar sobre el que deben levantar su enología dulce. Y lo digo no por nostalgias del imperio, sino porque las condiciones naturales de Chile lo aconsejan, si se quiere tener una oferta de vinos tardíos con personalidad, evitando comparaciones odiosas. En efecto, por un lado Chile se beneficia de una posición geográfica y unas condiciones climáticas excepcionales que permiten plantearse una viticultura de calidad -lo que no siempre es el caso, desgraciadamente- orientada a un consumidor de poder adquisitivo medio-alto. Un vistazo al mapa ofrece el insólito caso de dos sistemas montañosos protegiendo valles: los Andes al este, y la cordillera del Pacífico al oeste. El juego de corrientes de aire frío y húmedo origina un clima extremadamente favorable para el cultivo de la vid, con inviernos fríos y veranos muy soleados, que al anochecer reducen drásticamente la temperatura, con un diferencial térmico de hasta 20º C. Este «salto térmico» posibilita que la uva se cargue y no pierda, sus mejores características aromáticas. Claro que todo puede echarse a perder con una viticultura de regadío orientada a la cantidad, y que hoy ocupa casi el 50% del viñedo chileno. Conquistar las laderas de los cerros, cultivar los suelos más pobres, reducir la producción, lograr maduraciones completas, sobremaduraciones en el caso de los dulces, es una exigencia si se quiere jugar en la primera división europea, donde la calidad de los equipos es elevadísima y las re-glas del juego, con el consumidor como juez inapelable, muy estrictas. Los excelentes resultados de Miguel Torres con su Riesling, de Villard con su Sauvignon blanc, de Montes con su Gewürztraminer, de Aguirre con su Moscatel de Alejandría, son elocuentes. Como elocuente es la frase de Alejandro Hernández, alma mater y pontífice máximo de la enología chilena: «En Alemania, sencillamente me lo quitan de las manos». Pues eso. Texto: Carlos Delgado Fotos: Heinz Hebeisen

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