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Gutiérrez de la Vega por amor al arte

  • Redacción
  • 1998-02-01 00:00:00

Casta Diva, Casta Diva, che inargenti... así comienza esta bellísima cavatina de la ópera Norma, de Bellini, plena de sensibilidad y dulzura. Cantando a la luna protectora, la bella druida Norma le ofrece el muérdago mientras le pide que cubra el bosque con su manto protector, “sin nube y sin velo”. “Precisamente -aclara Felipe Gutiérrez de la Vega- es lo que yo quería obtener: vinos de moscatel sin el clásico anubado que tenían aquellas mistelas de entonces”.

En los años setenta, la familia formada por Pilar Sapena y Felipe Gutiérrez de la Vega se instaló en un plácido rincón de la Marina Alta en Alicante. Fue la vuelta a la madre tierra, a la agricultura, a un ir contracorriente de la cultura del consumismo. Un ideal que han mantenido firme a lo largo de los años. En su casa, todavía se elabora todo de forma natural, desde el pan a las conservas. Marino de carrera, en los últimos años ha tenido que compaginar las tareas de la bodega con las de inspector de Hacienda. “En la Administración me moría porque es todo rutina, envidias; en definitiva: un mundo de locos”. El vino es para Felipe una forma de expresión, una manera personal de entender el arte.
La filosofía de la familia es clara: lo mismo que se hace en casa se traslada a la bodega. En ella siempre han elaborado estrictamente las botellas que pueden controlar ellos mismos. Si trabajase en su bodega más gente el resultado final sería un producto que se escaparía al control familiar y, por lo tanto, no “podríamos sacar nuestro vino”.
Una de sus anécdotas más curiosas fue el descubrimiento de lo que después le serviría de base para su moscatel de aguja. “Cuando me decidí a elaborar un moscatel dulce, comencé a buscar y a probar los vinos que elaboraban los paisanos en la zona. Uno de ellos tenía una garrafa con un vino maravilloso, dulce, pleno de aromas y con una pequeña y abundante aguja que limpiaba el paladar. Me llevé una muestra a casa para analizarla, y cuando a la mañana siguiente acudí a comprarle el resto de la garrafa me encontré con la sorpresa terrible de que había tirado todo el vino porque, según él, estaba malo. ¡Menos mal que recordaba por qué se le había estropeado”! Gracias a hallazgos como este y a una constante investigación, sus vinos de moscatel han alcanzado un prestigio indiscutible, aunque la obsesión de Gutiérrez de la Vega sea lograr un tinto a un nivel parecido.

La Asignatura pendiente del tinto

Curiosamente en sus inicios como bodeguero aficionado hacía vino tinto. Felipe habla de los tintos con pasión. “Tengo la seguridad de que es la mejor zona de tintos de la DO Alicante. La Giró -o garnacha de aquí- es muy buena, a condición de no exigirle más de 3.500 kg. por hectárea. No puede ser que sobrecarguen las cepas con 8.000 ó 9.000 kilos y encima obtener calidad”. Pero no paran ahí los proyectos. “Ahora estamos empeñados en sacar un buen fondillón. Yo caté los últimos que quedaban, elaborados a la antigua usanza, y no se parecen en nada a los fondillones actuales. Eran vinos dulces, muy tintos y nada oxidados. Todavía me acuerdo del último que degusté, un vino del 62 de Maissonnave que era sencillamente majestuoso. Creo que merece la pena el esfuerzo por recuperar ese vino único. Pero recuperarlo a partir de una buena materia prima y con su crianza adecuada”.
Felipe es un maniático de la perfección. Lo único que le preocupa cuando piensa en un nuevo producto es que pueda alcanzar una calidad fuera de lo común. Por eso resulta chocante que un organismo oficial (El Comité de Defensa de la Calidad) le impusiese una fuerte sanción: “Me multaron ¡por no tener el libro de cuentas de la bodega en castellano y valenciano! Ya me explicarás qué tiene que ver eso con la calidad.”

El carácter insular de la tierra

El forastero que viaja por la autopista del Mediterráneo, de Alicante a Benidorm, no encontrará un paisaje muy apto para viñedo. A su paso se suceden los resecos montes del interior. Pero veintitantos kilómetros más al norte, pasado el monte Mascarat, la “Terreta” se transforma en un lugar diferente, una prolongación que se adentra en el Mediterráneo como una enorme nariz. Las montañas se cubren de vegetación, y los vientos provenientes del mar, ya sea el levante, ya el benéfico “leveche” del sur, refrescan y humedecen el ambiente y proporcionan un carácter insular a esta parte mediterránea. Es la Marina Alta, que, protegida por las sierras de la Aitana, del Carrascal o del Coll de Rates, disfruta de un microclima inmejorable para obtener uno de los mejores y más originales vinos: sus famosos moscateles. La variedad moscatel de Alejandría, también llamada moscatel romano, es la fragancia más característica (junto con el azahar) de la Marina Alta. Traída en tiempos remotos posiblemente por los griegos, adquirió gran fama en tiempos del imperio romano. Pero aquí, en el paraíso de la Moscatel, cepas y bodegas tienen un enemigo común: el turismo. Este fenómeno social ha encarecido tanto el terreno, que, como bien dice Felipe, “comprar algún majuelo es más caro que si se tratase de un gran viñedo de Rioja. Y si no es el turismo son las plantaciones de naranjos, de forma que cuando se arranca un viñedo ya no se repone, y casi siempre termina de parcela y con un chalet encima”. Resistiendo la especulación, Felipe Gutiérrez de la Vega sigue fiel a sí mismo,
Pudo ser mera coincidencia, pero es a partir de la aparición de los “Casta Diva” cuando el aficionado español se vuelve a fijar en este tesoro enológico, no siempre comprendido, que es el vino dulce en España.

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