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El libro de bodega

  • Redacción
  • 1997-02-01 00:00:00

Poco queda ya para que podamos dar por concluida la creación de nuestra bodega. Tan sólo, y no es poco, llenarla de botellas y gozar de su contenido en el momento oportuno. Claro que una bodega exige no sólo un hábitat adecuado, la estantería oportuna, y las botellas de vino que la justifican, sino un cierto control. Porque no olvidemos que en ella se encuentran, silenciosas, en penumbra, a temperatura constante, seres vivos que van a evolucionar con el paso del tiempo, lo que obliga a un cierto control. Hay que saber los vinos que contiene la bodega en cada momento, cuántas botellas hay de cada tipo, y cuál es la evolución previsible de todos ellos. De lo contrario, por muy buenas que sean las condiciones de nuestra bodega, podemos perder su precioso contenido. Así, los blancos jóvenes no deben guardarse más de un año, lo mismo que cavas y rosados; pero la estancia puede prolongarse hasta dos o incluso más si son tintos. Cuando se trata de crianzas el tiempo se alarga, generalmente hasta cuatro años, y pueden alcanzarse los diez en casos muy especiales de tintos con cuerpo, abundantes taninos y elevada acidez: generalmente reservas y grandes reservas. El lapso es mayor, prácticamente hasta el medio siglo, si el vino en cuestión es un Porto vintage, Tawny, etc., o un generoso. Pero recuerde que el corcho no aguanta en buenas condiciones más de 15 años, por lo que resultaría un disparate conservar más tiempo una botella, salvo que vuelva a encorcharla, operación delicada que nunca debe hacerse en casa y por un profano.
Todo esto debe estar recogido en el “libro de bodega”, un cuadernillo especial en el que se refleje marca, bodeguero, tipo de vino, Denominación de Origen, varietal y precio de cada vino, y donde apuntaremos nuestras catas periódicas -al menos cada seis meses- para conocer la evolución de las botellas, así como la fecha de entrada y la previsible fecha límite de consumo. Así tendremos, con una simple consulta al libro, una visión general de nuestra bodega, y sabremos cuándo cada vino alcanza su momento óptimo. A partir de entonces no deberá permanecer en la bodega más allá de uno o dos años.

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