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Rioja, regreso al futuro

  • Redacción
  • 2009-05-01 00:00:00

En un extremo, los aristocráticos vinos Gran Reserva; en el otro, los populares cosecheros, concentrados de fruta. Y entre ambos, innumerables interpretaciones. Con un espectro de vinos asombrosamente amplio, La Rioja pone de manifiesto como ninguna otra región del mundo el cambio de estilo en los últimos treinta años. “¿Comprender la Rioja de hoy?” Miguel Ángel de Gregorio, de la finca Allende, me mira abriendo los ojos y levantando las cejas como si quisiera decir: “Pobre, vaya lío en el que se está metiendo...” Luego coge un folio en blanco y empieza a escribir fechas, nombres de bodegas y definiciones de estilos de vino. Y al cabo de una hora este hombre, que no sólo es un vinicultor de talento sino también una enciclopedia ambulante de Rioja, efectivamente logra desentrañar el inicialmente impenetrable galimatías, estructurándolo de tal modo que, súbitamente, como por arte de magia, parece comprensible y lógico. Según sus explicaciones, actualmente hay cinco diferentes filosofías o escuelas de la vinificación, todas ellas surgidas a lo largo de los últimos 150 años de historia de Rioja. A diferencia de Burdeos, donde los vinos superiores han evolucionado y se han modernizado prácticamente a la vez en los últimos quince años, de modo que en el segmento superior hoy apenas encontramos ya crus que respondan enteramente al estilo tradicional, los protagonistas de Rioja han seguido un camino totalmente diferente. Aquí todavía se elaboran grandiosos vinos Gran Reserva al estilo tradicional, se han ennoblecido los populares vinos de cosechero elaborados por el tradicional método de maceración carbónica renovado, han ganado en fruta, taninos dulces, y presencia más ajustada del roble, generalmente nuevo, los Reserva y Crianza. Y en la última década se han desarrollado, además, nuevos tipos de vinos de Rioja, fundamentalmente asociados a un pago, o elaborados como monovarietales de Graciano, Mazuelo o Garnacha, que hasta ahora sólo eran meros acompañantes de la omnipresente Tempranillo. El “método Médoc” Puede decirse que el vino de Rioja moderno nació en 1852. Luciano Francisco Ramón de Murrieta, nacido en Perú en 1822 y criado en Inglaterra, tras una corta pero turbulenta carrera en el ejército español, llegó a Burdeos en 1848 para estudiar allí la elaboración del vino, siguiendo los pasos que el siglo anterior había dado Manuel Quintano y Quintano. Entonces, los vinos de Burdeos tenían poco volumen de alcohol, pero por su crianza en barrica eran tan sólidos que podían ser transportados en largos trayectos sin sufrir daño alguno. Ya en su tierra, Logroño, Don Luciano vinificó un primer Rioja siguiendo este método Médoc, vino que exportó en 1852 a La Habana, a donde llegó en perfecto estado. El ejemplo pronto hizo escuela. Cuando tras 1860 la filoxera, importada de América, hizo estragos en la producción vinícola de Burdeos, Rioja estaba perfectamente preparada para saltar a la brecha. Parelamente, Camilo Hurtado de Amézaga, Marqués de Riscal, diplomático y residente en Burdeos, recibe en 1858 el encargo de la Diputación Foral de Álava de utilizar, en tierras vascas, los mismos métodos que se empleaban en el sur de Francia. Para ello contrató al experto francés Jean Pineau, bodeguero del Château Lanessan. En ese mismo año, envió a la Rioja alavesa “9.000 sarmientos de toda garantía” de las variedades Cabernet Sauvignon, Merlot, Malbec y Pinot Noir, que se unirían a las variedades autóctonas. Juntos fueron labrando los inicios de un ambicioso proyecto vinícola. Poco a poco van mejorando sus producciones y llegan a obtener premios importantes en la Exposición de Burdeos. Cientos de comerciantes de vinos franceses llegaron a Rioja para comprar allí vino destinado al mercado nacional e internacional. En Haro, hasta entonces una soñolienta localidad vinícola, estos viajantes de comercio del vino pronto empezaron a divertirse en casinos, bares, cabarés y burdeles. Se extendió una especie de fiebre del oro. Se dice que en el año récord de 1891, Rioja exportó la increíble cantidad de diez millones de hectolitros de vino. Para poder transportar tan impresionante volumen, en 1880 se construyó expresamente una línea de ferrocarril desde Rioja hasta Bilbao. Reservas con reserva Puede decirse, simplificando mucho, que a partir de 1860, como muy tarde, en Rioja había dos estilos de vino fundamentalmente diferentes. Los vinos elaborados en barrica siguiendo el nuevo método Médoc estaban mayoritariamente destinados a la exportación. El público local, por el contrario, prefería beber vinos jóvenes, frescos y frutales, los llamados vinos de cosechero o vinos jóvenes, elaborados mediante maceración carbónica. Esta bipartición del mercado se mantuvo durante el largo tiempo de estancamiento y posterior depresión que comezó en Rioja en 1901 con la llegada de la filoxera, que se acrecentó por la pérdida de los mercados en las antiguas colonias, las dos Guerras Mundiales y la Guerra Civil, acentuándose aún más debido al posterior aislamiento internacional durante el régimen de Franco, y no llegó a su fin hasta finales de la década de 1960. El término Reserva había sido empleado originariamente por los comerciantes franceses en el periodo entre 1860 y 1900. Designaba aquellas barricas que éstos “reservaban” para sí durante su visita a la bodega, con el fin de volver a catarlas en su próxima visita y, en su caso, comprarlas. Es decir, el concepto de reserva, por lo general empleado únicamente en la jerga profesional del sector, se refería exclusivamente a la calidad de los vinos. Cuando hacia 1970 se impusieron las supuestas designaciones de calidad Crianza, Reserva y Gran Reserva, lamentablemente ya no definían la calidad de los vinos, sino que hacían referencia únicamente a la duración de la crianza en barrica. Con el tiempo, sin embargo, esta clasificación permitió que el consumidor pudiera orientarse en una cada vez más amplia oferta de vinos y bodegas. Por mal camino Nunca antes en la historia de la vinicultura se había otorgado una posición tan principal a la crianza en barrica mientras, al mismo tiempo, se relegaba a los últimos puestos la cuestión de la calidad de la uva, como en aquellos años en Rioja. La crianza en barrica degeneró hasta convertirse en un fin en sí mismo, en lugar de un medio. Esta evolución errónea era un reflejo de la problemática relación entre los viticultores y los productores de vinos, los cuales rara vez disponían de viñedos propios. Pero las uvas, o mejor dicho, los vinos jóvenes que compraban a viticultores y cooperativas, no eran para ellos más que una materia prima imprescindible pero indiferente, intercambiable y aleatoria, que sólo adquiría valor gracias a ellos, o más exactamente, al ennoblecimiento en la barrica que realizaban. Algo, por otra parte, explicable en un país donde, salvo en Rioja, sólo se elaboraban graneles y vinos jóvenes, generalmente de cooperativa. Durante la década de 1970 y principios de los ochenta la gran mayoría de los vinos de Rioja, salvo prestigiosas excepciones, se vinificaban con uvas de no mucha calidad en barricas demasiado viejas. No era raro encontrar, junto a oxidaciones, tufos a humedad y molestas notas animales, provocadas por el hongo brettanomyces que campaba a sus anchas en numerosas bodegas. A pesar de ello, estos vinos tuvieron éxito en el mercado durante (quizá) demasiado tiempo. Porque hacía ya mucho que Rioja había logrado convertirse en una marca mundialmente conocida, al igual que Burdeos o Chianti. Y las bodegas supieron enmascarar hábilmente los defectos de sus vinos, vendiéndolos como el especial “sabor de la tipicidad”. Pronto, según los nuevos gustos del vino se imponían, con su demanda de fruta y color, comenzaron las críticas, tanto del periodismo nacional como internacional especializado en vinos, que empezó a cobrar peso a mediados de los años ochenta. El concepto de château Pero las cosas también se pueden hacer de otra manera, y así lo demostró, por ejemplo, el industrial vasco Jaime Rodríguez Salís. En 1967 empezó a transformar la antigua ermita monasterio llamada Granja Nuestra Señora de Remelluri, muy aislada en las estribaciones del monte Toloño cerca de la Sierra de Cantabria, en un pago con unas 100 hectáreas de viña al estilo de los châteaux de Burdeos. A diferencia de la doctrina habitual en Rioja, Remelluri sólo trabajaba con uva propia, y la elaboraba mayoritariamente en barricas nuevas de roble francés. Cuando a finales de los años 80 el carismático Telmo Rodríguez se hizo cargo de la dirección de la bodega, estos vinos, que ya tenían personalidad propia, adquirieron más plenitud y complejidad. Y así se han mantenido, aún después de que Telmo dejara la finca familiar para dedicarse a proyectos propios por toda España. En los años siguientes, este concepto de château continuó hallando importantes seguidores en Rioja, con el caso destacado de CVNE con su Contino, Finca Monasterio (Barón de Ley), Barón de Oña (Rioja Alta), o Finca Valpiedra, situada en un espectacular meandro del río Ebro en La Rioja Alta. Posteriormente, la lista ha crecido imparable con nombres tan prestigiosos como Finca El Bosque (Sierra Cantabria), Calvario (Finca Allende), El Puntido (Viñedo de Páganos), Hacienda Pradolagar (Marqués de Vargas), Viña El Pisón (Artadi), o, últimamente María (Remírez de Ganuza) que une calidad con altruismo. También es cierto que estos excepcionales vinos, concebidos al mejor estilo château, siguen representado tan solo unas pocas excepciones de lujo en el inmenso potencial vitivinícola riojano. El auténtico potencial del mundo del vino de Rioja, estructurado en espacios tan estrechos, sigue estando más bien en las diminutas parcelas con cepas viejísimas que cubren las colinas como un tapiz de retales. La lección del Marqués de Cáceres En la misma época, otro inversor en vinos revolucionó el mundo vinícola de Rioja con sus experiencias, también adquiridas en Francia, si bien éstas eran de otra índole. Enrique Forner abandonó España en el año 1936, a principios de la Guerra Civil, y fue comerciante de vinos en el Ródano y en el Loira. Más tarde se hizo propietario de châteaux en Burdeos (Camensac y Larose Trintaudon). Finalmente, en 1970, Enrique Forner regresó a España y lanzó en Rioja su proyecto Marqués de Cáceres con un éxito arrollador. Pero Forner en ningún momento estaba reinventando el mundo de Rioja. Al contrario, sencillamente siguió los antiguos y conocidos criterios de calidad. Así, eligió sus proveedores de uva exclusivamente de entre los de la localidad vinícola de Cenicero y, con ello, creó en Rioja algo parecido a lo que en Borgoña se llamaría una appellation village. Ofrecía a sus viticultores contratados unos precios lucrativos por su mercancía, pero a cambio exigía uvas maduras y sanas. Construyó instalaciones de vinificación modernas con equipos de acero inoxidable. Y decidió dar a sus vinos una crianza en barrica más corta, tal y como era habitual en Rioja treinta años antes. Pero además, las barricas se cuidaban con más esmero. Con estas medidas para mejorar la calidad, poco espectaculares en sí pero basadas en la lógica, Forner logró vinificar un rioja de mayor calidad. Los vinos de Marqués de Cáceres presentaban mucho frutillo oscuro maduro y ni un ápice de esa fruta de impresión extenuada que ya solía ser habitual en los riojas estándar. Por otra parte, el hábil empleo de la barrica les confería nobles aromas tostados y de vainilla, que lógicamente hallaban mucha más aceptación entre los amantes del vino que el defectuoso tono de barrica húmeda que predominaba en esa época, con sus notas de champiñón, moho y establo o sudor de caballo. La Ribera toca diana Aunque Remelluri o Marqués de Cáceres mostraron nuevos y prometedores caminos al mundo del vino en Rioja, esta región tan orgullosa, con sus 20.000 vinicultores y 200 bodegas, mantenía su pétrea obstinación. Pero a finales de la década de los ochenta, las regiones vinícolas de Ribera del Duero y Priorato asombraron al mundo con una nueva generación de vinicultores y numerosos crus concentrados, al estilo internacional, lo que puso en peligro la posición de liderazgo que ostentaba Rioja entre las regiones productoras de vino tinto de España. Casi parecía que los riojanos hubieran estado esperando este toque de diana para demostrar por fin que también su amplia variedad de terruños y microclimas ofrecía posibilidades para hacer vinos plenamente modernos. La señal para el cambio surgió de la mano de Marqués de Riscal, precisamente la bodega que, junto con Marqués de Murrieta, había iniciado 123 años antes una nueva era con la introducción del método Médoc, pero que en los años ochenta tuvo que bregar con ciertos problemas de calidad. El director técnico de Marqués de Riscal, Francisco Hurtado de Amézaga, descendiente directo del fundador, eligió para su nuevo vino de bandera uvas seleccionadas de cepas viejas, plantadas muy cerca de la bodega, entre ellas también un pequeño porcentaje de Cabernet Sauvignon, precisamente la variedad de uva que su antepasado había plantado por vez primera en Rioja cuando construyó la bodega. Cuando finalmente salió al mercado la primera edición de Barón de Chirel, en 1991, quedó claro que también Rioja había llegado a formar parte del círculo de élite de los vinos de culto internacionales. Desde 1991 hasta hoy, estos vinos prestigiosos, conocidos como de alta expresión, han surgido en el mercado por docenas. Algunos de estos vinos superiores, curiosamente, proceden de antiguos cosecheros que durante mucho tiempo estuvieron produciendo sobre todo vinos jóvenes para el mercado regional o nacional. Luis Cañas, Florentino Martínez, Jesús y Félix Puelles, y sobre todo los cosecheros reunidos en el proyecto Artadi, son ejemplos de vinicultores que han logrado dar el impresionante salto desde el vino joven al tinto de máxima calidad. El mensaje del terruño Pero no se trata sólo de color y taninos, sino de respetar la personalidad del terruño, de elaborar los vinos con las uvas de las mejores fincas, olvidando la mezcolanza habitual en los riojas de peor calidad. De jugarse la añada si hace falta cuando el clima no acompaña. Porque la costumbre de mezclar vinos de todas las zonas para conseguir un resultado homogéneo ha impedido, hasta ahora, ofrecer al consumidor una riqueza en matices y características que en Rioja resulta tan abundante como olvidada. Esta diversidad se manifiesta con toda su crudeza en los distintos tipos de suelo que hoy soportan el cultivo de la vid: suelos terciarios arcilloso-calcáreos, formados por calizas, margas y areniscas, en una serie de glacis y terrazas perfiladas en la masa de los depósitos terciarios. Son profundos, más o menos cascajosos, y predominantes en la Rioja Alavesa, donde las tierras son accidentadas, de suaves colinas orientadas al mediodía, lo que les permite recibir los rayos del sol, y están protegidas de los vientos fríos del norte por la Sierra Cantabria. Miguel Ángel de Gregorio, en cierto modo, se ha criado entre las viñas de Rioja, pues su padre tenía una posición dirigente en la bodega Marqués de Murrieta. Después de estudiar enología en Madrid, volvió a Rioja en 1986. Su tarea era analizar, en el marco de un proyecto de investigación, la posibilidad de emplear cosechadoras en los viñedos del pueblo de Briones. Al joven enólogo pronto dejaron de interesarle las cosechadoras, que de todas formas no se podían emplear en las antiguas parcelas con cepas viejísimas. Pero se enamoró del terruño de Briones que, por las diferentes características de cada viñedo, le recordaba cada vez más a la legendaria Côte d’Or en Borgoña. El estudio de estos innumerables microterruños habría de convertirse en la obra de su vida. Miguel Ángel de Gregorio, por encargo de Bodegas Bretón, seleccionó en 1989 las uvas de una parcela de Briones e hizo con ellas el Dominio de Conté, el primer vino de un solo viñedo de Rioja vinificado siguiendo la filosofía borgoñona del microterruño. Pero no fue hasta 1995, año en que fundó su propia Finca Allende, cuando Miguel Ángel de Gregorio pudo poner en práctica hasta sus últimas consecuencias el concepto de pago o viñedo individual. Hoy es propietario de 56 hectáreas de viña en Briones, divididas en 92 parcelas. Pero no necesariamente ha de quedarse ahí. “Aún hoy, después de 22 años en Briones, descubro una y otra vez algún viñedo fantástico con cepas viejas”, asegura. Sus dos vinos superiores de viñas viejas maduran a tan sólo unos cientos de metros de distancia, pero sobre suelos totalmente diferentes: el Calvario, sobre suelo pedregoso y gravilla, y el Aurus, sobre lodo rojo. Estas diferencias se manifiestan en los crus de la manera más sutil: el Aurus resulta un poco más elegante y jugoso, a diferencia del Calvario, algo más vigoroso y fogoso. Con la filosofía de las selecciones de un solo viñedo, la historia del vino de Rioja ha iniciado su capítulo más reciente. Que podría convertirse en el más interesante. Además, con estos crus, Rioja también ha avanzado hasta el extremo superior en lo que respecta a los precios. El Aurus de Allende alcanza actualmente precios de alrededor de 150 euros, y el Contador, un vino de pago de Benjamín Romeo en la localidad vinicultora de San Vicente de la Sonsierra que se sitúa alrededor de los 300 euros, puede jactarse de ser, en la actualidad, el cru más caro de Rioja. Nuevo brillo para viejos reservas ¿Y los vinos tradicionales Gran Reserva? Con aristocrática serenidad, han dejado que pasaran las tormentas de la modernidad. Pero se equivoca quien crea que han perdido carisma y encanto por las transformaciones experimentadas en los últimos treinta años. En el mundo del vino de hoy, sin duda hace falta mucho valor para presentar una sutileza casi quebradiza y un tan madurado trabajo de filigrana. Porque este tipo de cualidades ya rara vez se honran en las catas comparativas de hoy. Aun así, estos vinos están recuperando cada vez más la atención de los aficionados; puede que los ejemplos más impresionantes de entre ellos sean el Gran Reserva 890 de La Rioja Alta y el Viña Tondonia Gran Reserva de López de Heredia. Y quienes se interesen más por estos clásicos pronto comprobarán que el respeto a la tradición y la evolución cualitativa no son excluyentes, sino perfectamente compatibles. Todo ello está presente de modo ejemplar en el Gran Reserva 890. En el pasado, este vino maduraba en barricas más bien viejas durante ocho largos años; pero ahora sólo son seis los años de crianza, y en barricas generalmente más nuevas. Gracias a una selección más rigurosa de las uvas, el vino muestra más cuerpo y un contenido de alcohol ligeramente más alto, de un 12,8 por ciento. Para conservar a la vez el frescor característico de este Gran Reserva, en el ensamblaje se aumentó un poco la parte de uva Graciano (que sobre todo aporta más color y acidez). Aunque es cierto que no resulta del todo barato poder comparar simultáneamente una copa del Contador de Benjamín Romeo con otra del Gran Reserva 890 de La Rioja Alta -en el mejor de los casos, catarlas sentados tranquilamente en una posada confortable en medio de la región de Rioja-, francamente merece la pena, pues nos daremos cuenta de una vez por todas de que Rioja nos ofrece hoy más calidad y variedad que en toda su historia. Rioja: La nueva clasificación Del reserva al gran cru La oferta de vinos de Rioja nunca fue tan grande ni tan variada como ahora. Por suerte, la tendencia a hacer selecciones muy frutales y vinos concentrados no ha desplazado a la vieja escuela de los grandes reservas. Así, los amantes del vino tienen la posibilidad de disfrutar de las más diversas interpretaciones de lo que es un extraordinario vino de Rioja. La clasificación que proponemos a continuación no pretende ser absoluta. No puede serlo, pues la lista no es exhaustiva. Y los productores de Rioja están actuando de forma tan innovadora y dinámica que cada año salen al mercado nuevos vinos. Pero, por lo menos, algo tienen en común los vinos de esta selección: a pesar de sus diferencias, todos son de excelente calidad y están firmemente establecidos en el mercado. Obviamente, las tendencias estilísticas aquí definidas tampoco son categorías cerradas, los límites entre una categoría y otra se difuminan. Pero, a pesar de todo, creemos que esta clasificación puede ser útil para intentar comprender algo mejor el fascinante y complejo mundo del vino de Rioja. Filosofía de vinicultor Desde 1870 Tradicional – Filosofía de productores Es el Rioja clásico por antonomasia. Larga pero esmerada elaboración en barrica. Vinos sutilmente madurados y finamente estructurados, moderados en cuanto al volumen de alcohol, longevos. • R. López de Heredia (Tondonia Gran Reserva, Tondonia Reserva) • La Rioja Alta (Gran Reserva 890, Gran Reserva 904, Viña Ardanza Reserva) • Marqués de Murrieta (Castillo Ygay Gran Reserva) • Muga (Prado Enea Gran Reserva ) • Marqués de Riscal (Gran Reserva, Reserva) • CVNE (Imperial, Viña Real) • Paternina (Conde de los Andes) • Franco-Españolas (Rioja Bordón Gran Reserva) • Bilbaínas (Viña Pomal) • Riojanas (Viña Albina, Monte Real) • Campeador (Martínez Lacuesta) Desde 1970 Tradicional – Filosofía de marketing También riojas clásicos, pero más orientados al consumidor, o bien diseñados para gustar a un público de espectro más amplio. Poseen algo más de encanto (sobre todo plenitud y tonos especiados), pero a cambio menos sutileza en su personalidad. • Marqués de Cáceres (Gran Reserva, Reserva) • Martínez Bujanda (Conde de Valdemar Vendimia Seleccionada) • Barón de Ley (Gran Reserva) • Faustino (Faustino I) • Lan (Viña Lanciano) • Domecq (Marqués de Arienzo) • Berberana (Carta de Oro) • Beronia (Gran Reserva, Reserva) • AGE (Siglo Reserva) • Bodegas Alavesas (Solar de Samaniego Reserva) • Olarra (Cerro Añón) • Campillo Res. Especial (Campillo) • Montecillo (Gran Reserva) • Viña Salceda (Gran Reserva) Desde 1980 Los principios del château Remelluri, Contino y Finca Valpiedra han demostrado que en Rioja también se pueden elaborar vinos de primera calidad siguiendo el principio clásico del château. No obstante, estos vinos de terruño estilísticamente son muy dispares, aunque la razón debe buscarse más en su elaboración y menos en la especificidad de los terruños. • Remelluri (Gran Reserva) • Finca Valpiedra (Reserva) • Aro (Muga) • Dalmau (Marqués de Murrieta) • Contino Viña del Olivo y Real de Asúa (CVNE) • Finca Monasterio (Barón de Ley) • Barón de Oña (La Rioja Alta) • Hacienda Pradolagar (Marqués de Vargas) • La Vicalanda (Bodegas Bilbaínas) • Digma (Castillo de Sajazarra) Desde 1985 Estilo internacional Desde el éxito de la Ribera del Duero y Priorato, las bodegas de La Rioja sintieron el reto. Dieron una respuesta convincente con la rigurosa selección de las uvas y una vinificación más mimada. El rioja moderno puede medirse con los “crus” superiores de cualquier lugar del mundo. • Barón de Chirel Reserva (Marqués de Riscal) • Fernando Remírez de Ganuza (Reserva y Trasnocho) • Torre de Muga (Muga) • Edición Limitada y Culmen (Lan) • Amaren e Hiru 3 racimos (Luis Cañas) • Propiedad Herencia Remondo (Palacios Remondo) • Gaudium y MC (Unión Vitivinícola) • Mirto (Ramón Bilbao) • Izadi (Bodegas Izadi) • Marqués de Vargas Reserva Privada (Marqués de Vargas) • Cosme Palacio (Bodegas Palacio) • Cerrado del Castillo (Castillo de Cuzcurrita) Desde 1990 Concepto del vino de pago (vinos de autor y filosofía de productor) Parcelas elegidas, plantadas mayoritariamente de cepas viejas, y vinicultores de gran personalidad y muy comprometidos: esta combinación hace surgir actualmente por todo el mundo pequeñas cantidades de vinos superlativos, siempre singulares. Por su carácter individual, recuerdan a las calidades centrales de los riojas tradicionales (descritos en la primera categoría). • Sierra Cantabria (Amancio y Finca El Bosque) • Benjamín Romeo (Contador y La Viña de Andrés) • Allende (Aurus y Calvario) • Roda (Cirsión) • Artadi (Viña El Pisón) • Bodegas y Viñedos Pujanza (Pujanza Norte) • María (Remírez de Ganuza) • Anastasio (Heredad de Ugarte)

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