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Guadiana: el enigma del vino

  • Redacción
  • 2007-09-01 00:00:00

Siguen los ríos de vino, las arterias vitivinícolas de la península ibérica. Ahora, el Guadiana, juguetón y enigmático, que se hace serio cuando forma frontera, que con esas cosas no se juega. Y para empezar hay que acercarse a la Cueva de Montesinos, junto al castillo de Rocafrida. En la Cueva de Montesinos halló Don Quijote a muchos prodigiosos personajes, y el propio Montesinos le contó cómo el mago Merlín había encantado a Guadiana, el escudero, convirtiéndole en río, y a Ruidera y sus hijas, transformándolas en lagunas. Estas son las lagunas que van volcándose de una en otra. Lagunas de la imaginación cervantina que son hoy, todavía, las Lagunas de Ruidera. Otra cara más de La Mancha. Una cara de agua: un espejo donde se mira el vino que es la inspiración y el destino de estas tierras. Y esto nos lleva al Guadiana, un río caprichoso, que a veces se esconde como los niños en sus juegos, y del que se sabe donde termina, pero no muy bien donde comienza. Es un lío contar las lagunas de Ruidera. Nadie lo tiene seguro: trece, dieciséis... Unas de Albacete y otras de Ciudad Real... Unas verdes, otras azules... El agua pasa de unas a otras por misteriosos conductos subterráneos o salta en cascadas. Ruidera de ruido, es posible. Y del agua al vino. Porque este río atraviesa la mayor extensión de viñedo del mundo: hablamos de La Mancha, de Valdepeñas, de... Luego el Guadiana hace un quiebro y se adentra en Extremadura, camino de la vecina Portugal. Atraviesa estas tierras lentamente, perezosamente, haciéndose el remolón. A veces, casi parece que se para, porque se estanca en charcas y marjales. Es en esta etapa de su vida cuando deja de ser niño manchego y se convierte en mozo extremeño que da nombre a la Denominación de Origen de sus vinos, los de la Ribera del Guadiana. Finalmente, tras un pequeño tramo en las tierras portuguesas del Bajo Alentejo, donde se baña en vino nuevo y renacido, dibuja con precisión de cartógrafo la frontera, y besa el mar en Ayamonte. Así es el Guadiana, un cauce de vinos abundantes, de nuevas realidades enológicas, de promesas de calidad cumplidas a medias. Que, finalmente, es lo que queda cuando el agua pasa.

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