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El frasco de las esencias

  • Redacción
  • 2010-05-01 00:00:00

Si Jean-Baptiste Grenouille, el personaje protagonista de El perfume, la inquietante y original novela de Patrick Süskind, hubiese conocido y se hubiese deleitado con vinos tan profundamente aromáticos como el oloroso, seguro que su historia habría discurrido por derroteros muy diferentes y quizás no hubiese tenido necesidad alguna de llegar al monstruoso desarrollo de su obsesión, de sus experiencias en busca del perfume total, de ese frasco condensado y único donde se concentran todos los aromas del universo. Y es que ese complejo reino de los olores que es el oloroso atesora la esencia misma del milenario saber enológico de Andalucía. Estos vinos, cuya mayor producción y fama tiene lugar en las experimentadas bodegas de Jerez, de Huelva, de Montilla-Moriles o de Málaga, hacen las delicias del buen aficionado, del experto conocedor, aunque, todo hay que decirlo, en estos momentos no gozan precisamente de la benevolencia del gran público español, no digamos ya del vacío al que los someten los grandes gurús internacionales. Y no encuentro motivo alguno para que se den estas circunstancias, es un vino de meditación en sus diferentes versiones -desde los originales secos a los más amorosos-, expresivo, intenso, versátil, con muchas usanzas (desde cortejar a un profundo guiso de rabo de toro a ser el acompañante ideal de nuestra lectura o música favorita) y, además, goza de una relación calidad-precio asombrosa. Este olvido es más incomprensible, si cabe, en el caso de las gamas más altas, los llamados VOS (Vinum Optimum Signatum), en los que el vino más joven de los que lo componen tiene más de veinte años de edad; o los VORS (Vinum Optimum Rare Signatum, Vino Seleccionado como Óptimo y Excepcional), que pasan más de treinta años haciéndose en la tranquila panza de las botas, en la dinámica criadera, en la paciente solera, en la inalterable atmósfera de la sacristía: un verdadero lujo, unas copas de perfume a un precio verdaderamente irrisorio. Son estos grandes vinos, como escribía don Antonio Díaz Cañabate, acerca del toreo “oloroso” de Curro Romero, “la embriaguez que se deriva de lo bello”. Pues eso.

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