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El blanco tiene color

  • Redacción
  • 2010-02-01 00:00:00

En pleno auge y revolución del vino tinto, muy pocos, salvo en zonas muy concretas, pensaban que el vino blanco volvería a ser mirado con ternura por el consumidor. Hubo incluso un conato de cambiar la tradición (y el color del vino) en Rueda. Sin embargo, la inmensa mayoría de viticultores y bodegueros supieron aguantar el tiempo severo, la adversidad, con la sabiduría y paciencia que la historia aporta en el carácter de la vieja Castilla. Y es que en su poder poseían un verdadero talismán, capaz de derribar cualquier obstáculo por pertinaz y difícil que fuera: la variedad Verdejo. Esta cepa distinta, original, de carácter único, que es capaz de aportar intensos vinos con la fruta a flor de piel cuando lo requiere el productor o serios, profundos y enérgicos vinos de guarda cuando se lo exigen, ha sido milagrosa a la hora de atraer de nuevo al consumidor hacia los vinos de claros colores. El éxito de Rueda es tan notable que durante bastantes campañas ha sido una de las escasas denominaciones de origen (si no la única) que al final de campaña había vendido toda la producción. Pero no sólo de Rueda o de Verdejo bebe el buen conocedor. En Castilla y León se cultivan otras cepas igualmente famosas y atractivas al paladar, como la Sauvignon Blanc, feliz compañera de fatigas de la Verdejo, la Malvasía de aromática impronta que poseen en Toro o la Godello, que cada vez más aparece como la gran esperanza blanca y el tesoro más preciado del Bierzo. Tiene el vino de esta uva la profundidad necesaria para envejecer bien y, plantada en aquellas pizarrosas laderas, proporciona la mineralidad necesaria para aportar esa enigmática complejidad, enriquecedora de los grandes vinos. En fin, Castilla y León brinda un panorama feliz para el amante de los buenos blancos, beneficiado por el irresistible encanto de unos precios imbatibles.

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