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El mejor regalo de Reyes

  • Redacción
  • 1997-12-01 00:00:00

España, pletórica de luz, escasa de agua y sobrada de sol, iluminada y seca, es un paraíso vitivinícola para los vinos dulces. Una sabrosa parcela de la enología en la que nuestro clima, suelo, tradición y viñedo se aúnan para lograr verdaderas obras maestras, difícilmente superables. Somos un magnífico país donde la riqueza en azúcares de la uva bien madura, pasificada tantas veces, se expresa en vinos golosos hasta el paroxismo, con una exuberancia y profundidad de aromas difíciles de encontrar fuera de nuestras fronteras. Desgraciadamente, este tesoro de la tradición enológica española no se corresponde con el consumo y la estima que tales vinos se merecen. Vinos dulces naturales, sin artificio, en los que el dulzor del fruto se convierte en filigrana gusto-olfativa, y lo mismo baila por fandangos o sardanas que entona el “cantus firmus”.
Hoy causa asombro entre los entendidos que nuestros vinos dulces, algunos con más de 25 años de crianza silenciosa, se coticen tan bajo y se consuman tan poco. He visto a prestigiosos periodistas y enólogos franceses y alemanes relamerse de gusto con alguno de los generosos abocados de Jerez y pasmarse al conocer el precio y el poco aprecio
del país que los engendró. Paradoja intolerable: nuestros mejores vinos, sólo superados por algunos botritizados y los mejores vintages de Porto, apenas si son conocidos y mucho menos degustados en España.
De ahí que propongamos este año una petición en el día de los milagros: que junto al zapato, en medio de los inevitables perfumes, pañuelos de seda, corbatas y diabólicos juguetes bélicos, aparezca una botella del mejor vino dulce español. Es la única forma de seguir creyendo en los Reyes Magos.

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