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El paraíso de los ‘adulteradores’

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  • Redacción
  • 2014-01-22 16:20:42

¿Es lícito conferir más brío a un Syrah oleoso añadiéndole una pizca de Elbling blanco de acidez marcada? ¡Claro que sí! Pero mucho cuidado, porque la adulteración se puede convertir en una manía. Cuando se empieza, ya no se puede dejar…

Mi carrera de adulterador empezó en mayo de 2006. Me habían invitado a comer en la finca de un productor de vinos de Jerez, cerca de Arcos de la Frontera. Después del postre, nos pusieron sobre la mesa un oloroso de 20 años y una botella de Pedro Ximénez Sacristía. ¿Y qué hizo el patrón? Llenó su copa con tres cuartos del venerable oloroso seco, agarró la botella del PX ¡y le añadió un buen chorro! Me quedé atónito. ¿A quién se le ocurre mezclar dos vinos tan raros, madurados durante décadas? “En Andalucía, es una cosa normal. Lo llamamos fifty-fifty”, me dijo.

Luego, en casa, tuve que reconocer que un PX de tal calibre es rematadamente dulce. Podría servir perfectamente para pegar un gancho con trapos de cocina sobre un azulejo. De modo que también yo le añadí oloroso seco. Más tarde descubrí que un vino de Tokaj de 3 putonios o un Madeira Sercial de tres años también pueden mejorar decisivamente el paso de boca de un PX.

¿Primitivo? Lamentablemente insalvable

Después tocaba acometer el problema de los tintos excesivamente pesados. Mi madre no tiene reparos en añadir agua a un vino que le resulta demasiado pesado. Yo me propuse solucionar este problema ciñéndome al vino. El Malbec de Argentina o el Syrah de Barossa a veces son auténticos pesos pesados. Pero si a estos transatlánticos se les añade un diez por ciento de un Elbling de acidez marcada, la cosa cambia sustancialmente -para mejor, en la mayoría de los casos-. Los que lamentablemente son insalvables son los Primitivo de Apulia con 15 gramos de azúcar residual. Lo he intentado con zumo de limón puro. Lástima de limón.

Claro que la cosa no siempre funciona. Lo mejor es empezar probando con cantidades mínimas. Si resulta convincente, se puede proceder al ensamblaje de todo el contenido de la botella. Hay que decir que tales correcciones no son ninguna novedad. Hasta hace muy poco, en el marco del llamado margen de tratamiento de bodega, los vinicultores tenían permitido mezclar incluso los crus con hasta un diez por ciento de otro vino. Y aprovechaban esta posibilidad para arreglar sus cepas en el sentido deseado. También los costosos champagnes rosados suelen ser resultado de una adulteración permitida, que consiste sencillamente en mezclar los vinos base blancos con algo de Pinot Noir de Bouzy.


Mouton Rothschild hecho en casa…

Al ir ganando experiencia en la corrección de vinos, me di cuenta de que, en realidad, no debe de ser tan difícil falsificar vinos o, mejor dicho, reconstruirlos. Uno de los vinos falsificados más a menudo es el Mouton Rothschild de 1945. La particularidad de este vino legendario es su característica aromática, que recuerda primero a menta, eucalipto y agujas de pino, pero también a tabaco y moca. En el paladar es maduro y severo a la vez. Si se mezcla un gran reserva de Rioja de unos 25 años de edad con un Cabernet de Chile de unos 10 años con abundante y marcado eucalipto, se consigue un resultado muy parecido que, con un poco más de tuneado, se puede ajustar aún más al original… Los ingredientes para componer esta copia no cuestan más de 100 euros, mientras que el Mouton del 45 cuesta más de 10.000.

Pero no me entiendan mal. Tengo el máximo respeto por los vinos grandes, medianos y pequeños que sean equilibrados y coherentes y, por todo ello, vinos buenos. Jamás los tocaría. La tentación solo aparece cuanto me molesta algo de un vino. Entonces empiezo a discurrir cómo podría ayudar a este paciente. El tratamiento está destinado únicamente a fines privados y solo tiene lugar entre mis cuatro paredes. Y mientras allí no ocurra nada peor, no hay ningún problema, ¿verdad? ¡Atrévanse a adulterar un poquito!

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