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¡Cuidado con la manía de declararlo todo!

  • Redacción
  • 2013-02-01 09:00:00

Las asociaciones de protección de consumidores, si pudieran, obligarían a declarar hasta los hongos de botritis de los vinos dulces… Pero, ¿en serio hay que indicar en la etiqueta los huevos de gallina, la gelatina de pescado y la leche de vaca?

Los restaurantes estadounidenses de comida rápida pronto estarán obligados a declarar el contenido de calorías de sus platos, porque los jóvenes cada vez están más gordos. En toda Europa se ha sopesado largamente la posibilidad de aplicar a los alimentos unos códigos de color a la manera de los semáforos (rojo-amarillo-verde) para simbolizar su grado de adecuación a una alimentación saludable (y para que cualquier analfabeto entienda que Nutella no es una crema dietética). Y a uno y otro lado del charco se advierte a los fumadores sobre los riesgos del cáncer de pulmón. Así que las grasas, el azúcar y el tabaco son malos para la salud. ¿A que ya lo sabían?
También a los bebedores de vino se les protege de sí mismos: es bien sabido que no se debe conducir bajo los efectos del alcohol, el cual además provoca incontinencia verbal e impotencia, y por eso hay consenso en cuanto a la declaración del porcentaje de alcohol en las botellas de vino. Lo mismo es válido para el aviso de la presencia de sulfitos: podrían provocar reacciones de intolerancia en personas especialmente sensibles, el llamado asma por sulfitos. En el caso de los niños, obsérvese, mucho más que en el de los adultos…

Pescado en la botella
Pero no contentos con eso, están circulando algunas otras ideas: pronto habrá que reseñar en la etiqueta el empleo de clarificadores. Es decir, la utilización de proteínas de clara de huevo, leche de vaca o gelatina de pescado –aunque estas sustancias se eliminen tras la clarificación, al filtrar el vino-. Así, por ejemplo, los vegetarianos podrían evitar tales sustancias conscientemente. ¿No se podría solucionar de otra manera? Una sugerencia: los productores que renuncien a las proteínas de origen animal por las razones que fuere podrían explicitarlo en la etiqueta, pero sin que sea obligatorio. De manera similar a los vinos producidos según la agricultura ecológica, que pueden, pero no deben, hacer referencia a estos métodos. Porque, lamentablemente, si a estos fanáticos de la declaración se les da el dedo meñique, escribirán declaraciones por toda la mano. Si no nos resistimos, pronto llegaremos a los extremos de Canadá: desde este verano, todas las sustancias potencialmente alergénicas, sin excepción, deben indicarse en la etiqueta por mínima que sea su concentración. Lo cual recuerda un poco a Suiza, donde durante un tiempo era de declaración obligatoria la histamina, una sustancia naturalmente contenida en el vino y que, por ello, no es ningún añadido. Todo se puede exagerar.


¡El Riesling puede corroer el estómago!
¿Dónde lleva todo esto? Pronto será obligatorio incluir en la etiqueta la cantidad de calorías de una botella de vino. O posiblemente alguien exija la indicación “Contiene moho” en los vinos de postre. También el nivel de acidez de los Riesling se podría declarar con una frase como “Puede corroer el estómago”. ¿Y qué tal un aviso de que pueden haberse colado insectos horripilantes en la uva durante su prensado? ¿O que los jornaleros, después de desaparecer detrás de un árbol, no necesariamente se han lavado las manos? Son cosas que, sinceramente, nadie quiere saber. Porque lo que no se puede pretender es que una etiqueta se parezca a las indicaciones de un medicamento. Entonces tendríamos que introducir también otra declaración, habitual en Francia: un pequeño símbolo de prohibición que representa a una mujer embarazada nos hace saber que la borrachera puede provocar embarazo. ¿O acaso hay algo que he entendido mal?

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