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Marcos Eguren, el guardián de la viña

  • Sara Cucala
  • 2008-02-01 00:00:00

Cuando está en La Rioja, pasa las horas en su bodega Viñedos de Páganos junto a las viñas de uva tempranillo con la que elabora, entre otros de sus grandes vinos, La Nieta y Puntido. Pero estar en su tierra es casi una excepción. Desde hace años, la vida de uno de los mejores y más reconocidos enólogos del país, Marcos Eguren, transcurre al volante de su vehículo mixto (un 4x4 y un coche de carretera), un avión o un tren. Sus vinos lo llevan por el mundo, y él se deja llevar. “Me apasiona viajar. Conocer gente y lugares distintos. Me enseñan a vivir”. Su primer viaje de 2008 viene con premio. La revista “Wine Enthusiast Magazine” acaba de reconocer a Puntido como uno de los 50 mejores vinos del mundo. De nuevo, un vino lo lleva a la Gran Manzana. “Tengo que ir a Nueva York, a la entrega de premios y creo que en esta ocasión no me libra nadie del esmoquin”. Entonces cuenta que su cuñada tiene una tienda de trajes de ceremonia para hombres: “Ella siempre me proporciona el traje de gala y yo lo intento llevar lo mejor posible”. Sueños, travesías y vinos Marcos es el segundo de una familia de cuatro hermanos, dos chicos y dos chicas. Él y su hermano Miguel siguen trabajando en la bodega. Tenía 9 años cuando comenzó a ayudar a su padre: “Eran otros tiempos. A todos nos parecía normal compaginar los estudios y los juegos con el trabajo en las viñas”. Hoy se acerca a ese ayer que recuerda a un joven Marcos, con apenas 17 años, que soñaba con cruzar las fronteras de La Rioja para mostrar los vinos de su familia al mundo. Quería crear un vino diferente y lo consiguió. Un maceración carbónica al que llamó Murmurón: “Tenía claro que mi primer vino sería un joven algo diferente a los de mi padre. Quería que se bebiera fuera de La Rioja y que demostrara que del tempranillo se podía hacer un vino fresco y frutal”. El primer billete fue a Francia. “Cuando terminé de estudiar Patrón de Bodega y unos cursos de Formación Profesional relacionados con la enología, me puse a trabajar en serio en la bodega. Quise hacer un joven distinto y me fui a la región francesa donde mejor se elaboran los vinos de maceración carbónica. Cuando vi cómo trataban las uvas y lo mal organizado que estaba el proceso de elaboración, me pregunté: ¿y yo por qué no lo hago mejor?” Entonces, aprendió la necesidad de separar las cepas mejores y reproducirlas en pequeños viñedos, y comenzó a hacerlo en las tierras de su padre: “Fue un periodo de tiempo lento. Mi padre creyó en mi proyecto, pero siempre con la advertencia de que el agricultor era él. Para mí, era un alivio, de niños nos castigaban con ir al campo, y eso marca, así que prefería, y prefiero, el interior de la bodega para trabajar”. Con esta labor de campo elaboró su Murmurón y rescató la tempranillo peludo, con la que hoy elabora Sierra Cantabria y, sobre todo, Señorío de San Vicente. Tradición e innovación Han pasado los años y hoy Marcos sonríe cuando abre una botella de su primogénito Murmurón, prepara su prestigiosa nariz para disfrutar con los potentes aromas florales y se deja llevar por el recuerdo: “La primera vez que en el pueblo probaron este vino fueron muy reticentes. Algunos me preguntaban si le había puesto gaseosa. Otros me comentaban que aquello no era un vino de La Rioja. Sin embargo, hoy en día, cuando a la gente de San Vicente le preguntas cuál es el mejor vino joven, dice que Murmurón. Esto para mí es el mejor premio”. Vuelve a beber y a sonreír: “Creo que cada vino es para una ocasión y Murmurón es para la alegría. Es perfecto para un encuentro con amigos”. Sin duda, lo servirá en la cena de esta noche, en el comedorcito íntimo de la bodega, donde la mesa ya está preparada para servir los conejos y perdices cazados por sus vecinos. Pero antes, en menos de dos horas, ha recorrido el imperio familiar en La Rioja: la viñas de Dominio, Sierra Cantabria y Viñedos de Páganos. Y un nuevo pago propiedad de la familia (“mi padre cada año nos pregunta cuántas viñas hemos comprado, así que invertimos mucho en la tierra”), un espacio con más de 20 hectáreas de viña que en un futuro será la nueva bodega, con aspecto de monasterio, de elaboración y almacenaje. Sin embargo, el lugar donde le gusta perderse a Marcos está en lo alto de sus viñas de Sierra Cantabria. Un guardaviñas antiguo muestra el camino hacia un hermoso lugar en el que las cepas crecen en espalderas, que sirve para auxiliar a las perdices que se esconden entre sus alambradas del tiro fulminante de los cazadores de la tierra. Hay una mesa y unos bancos casi en el vacío. Son de piedra antigua. “Me gusta sentarme aquí y contemplar esta tierra. Sobre todo en octubre, tras la vendimia, porque todo está hermoso, rojo y verde, y el Ebro más vivo que nunca”. Los picaos de San Vicente A pesar de ser un auténtico revolucionario con sus vinos, se define a sí mismo como “una persona clásica”. Vive arraigado a su natal San Vicente de la Sonsierra y añora cómo el tiempo presente va borrando la huella de este pueblo vinícola de apenas 1.200 habitantes. Quizá por eso es miembro de la Cofradía de los Picaos de San Vicente. “Ser de este pueblo supone participar de la fiesta de los picaos. Yo formo parte de la cofradía, pero eso no significa que haya salido como picao. Y, si así fuera, nadie lo sabría. Ser picao es un secreto que sólo el cura sabe”. La cofradía se encuentra en la parte alta del pueblo, junto al castillo, donde Marcos recuerda sus años jóvenes: “Cuando nevaba muchísimo y no teníamos escuela, venía con mis amigos y me tiraba castillo abajo con mi plástico-trineo”. ¿Quién le diría que con el tiempo se convertiría en su verdadera pasión? Loco por la nieve Me aficione al esquí por mis hijos. Cuando eran pequeños, me pedían que subiéramos a la nieve. Yo recuerdo aquel tiempo con mucha pereza, tenía que estar detrás de ellos constantemente. Sin embargo, un día decidí apuntarme a un curso de esquí. Ya que tenía que ir, pues quería esquiar. Me apasionó. Cada año, organizamos un par de viajes a la nieve. Este invierno bajará las pistas de Soldeu, en Andorra, antes de irse a Nueva York. Más adelante, hará otra pausa en su vida de bodeguero para perderse en el paisaje blanco de las montañas suizas o, ¿quién sabe?, para esquiar por primera vez por las pistas de Estados Unidos, donde, mientras él se desliza hacia abajo, sus vinos ascienden a la estratosfera. Su pasión es el esquí y los viajes a rincones desconocidos. Enólogo, creador de los vinos más aplaudidos en el mundo, refleja en sus botellas el mismo equilibrio que en su vida: los frutos, siempre más allá, en el sueño; y las raíces, apegadas a sus orígenes, a San Vicente de la Sonsierra, a su casa natal, donde viven sus padres, nacieron sus hermanos y también sus hijos. Donde incluso profesa en la tradicional y dramática Cofradía de los Picaos. Sara Cucala

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