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El microcosmos gallego

  • Redacción
  • 2005-12-01 00:00:00

Conserva Galicia el amor por el producto artesano, por las cosas hechas concienzudamente a mano, por el sabor inconfundible que otorga el terruño sin nube ni velo. Los productos caseros, sus vinos entre ellos, se valoran sobre todo por su autenticidad. La campiña y el modo de entender la vida en la región se presta, las colinas de vegetación profusa, huerta y viñedo, ofrecen una vista bucólica, y las minúsculas fincas se hallan rodeadas por la silueta inconfundible de la cepa emparrada. Cada casa es una bodega, y cada cual elabora su propia industria, bien es verdad que con distinta fortuna, la mayoría atendiendo más a la tradición que a la perfección. Hay por otra parte verdaderos «stajanovistas» del buen comer y buen beber, capaces de recorrer miles de kilómetros por vericuetos y trochas en todas las estaciones del año en busca de alguna de esas labores, que de otra forma no tendrían mayor dimensión. Ese quehacer recae sobre Pepe Beiro, gastrónomo y fino catador de Santiago de Compostela, donde posee una taberna famosa (O Beiro), entrañable y felizmente surtida de buenos alimentos, de vinos, de aguardientes y otros bálsamos, algunos elaborados por él mismo. Y descubrió -hace ya cuatro años- el pequeño majuelo que Francisco García posee en la misma Ribadavia (Ourense), uno de los pocos reductos de viña que quedan en pleno casco urbano en toda España. Se trata de una hectárea dispuesta en socalcos, plantada de Treixadura en un 95%, además de Loureiro, Albariño y Caíño branco, a las que cuida primorosamente, y que somete a una poda rigurosa, para pasmo de la vecindad. La producción es muy escasa, y la materia prima, espléndida. En la minúscula bodega le ayuda José Manuel Pérez Juste, profesional hacedor de vinos en varias D. O. gallegas, un destajo agotador en los días de vendimia. Por ello, y para descansar, cuando llega a este minúsculo lagar se recrea en la suerte. El mosto fermenta en acero inoxidable, y rápidamente pasa a barricas nuevas de roble francés, donde se cría no más de tres meses, lo suficiente para ofrecer un complejo buqué sin tener que depender de los, a menudo, pesados perfumes de la barrica. El resultado es un vino original, con personalidad. Desarrolla aromas muy propios de la Treixadura a flor de piel, con cuerpo y armonía, largo y muy equilibrado, con el carácter sufiiciente para durar unos años más. El problema viene ahora: no produce más de 1.200 botellas, y la mayor parte han sido descorchadas ya por compradores más rápidos que nosotros. ADEGA do Moucho 2004 Francisco García Pérez. Rúa Trasmesones. 32400 Ribadavia (Ourense).Tel. 988 47 02 43 juste@ya.com Precio: 9 euros.

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