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Guardianes de las variedades olvidadas

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  • Laura López Altares, Foto: Salvador Arrellano
  • 2026-04-13 00:00:00

Hubo un tiempo en el que el viñedo español empezó a olvidar una parte de sí mismo. En nombre del rendimiento, la homogeneidad y la promesa de un progreso sin fisuras, fueron desapareciendo del mapa cientos de variedades, biotipos e historias que durante siglos habían dado forma a la identidad de cada territorio.
Hoy, mientras el cambio climático y la transformación del mercado obligan a repensar el vino desde la raíz, una red de viticultores, investigadores, viveristas y bodegueros ha asumido la tarea de rescatar y proteger ese patrimonio genético disperso, frágil y todavía vivo.
Lo que están reconstruyendo va más allá de una impresionante biblioteca vegetal: es memoria del territorio y, posiblemente, una de las claves más valiosas para imaginar el vino del futuro.


Durante años, cientos de variedades de vid quedaron relegadas a los márgenes del paisaje: cepas solitarias que resistían en viñedos viejos y olvidados, viñas malditas que se camuflaban entre otras uvas menos incomprendidas... Algunas habían perdido su nombre, otras apenas sobrevivían en la memoria de los viticultores más ancianos.
Entonces llegaron ellos, los guardianes del fascinante patrimonio vitivinícola de nuestro país, y decidieron devolver la voz a aquellas variedades autóctonas minoritarias. Desde organismos públicos –institutos agrarios, universidades y centros de investigación– y proyectos privados –viticultores, bodegas y viveros– surgieron iniciativas decididas a rastrear, identificar y rescatar ese patrimonio genético que estuvo a punto de desaparecer.
Su inconmensurable labor ha impulsado un nuevo paradigma en el mundo del vino: al salvaguardar la historia, también ha cambiado su destino. Muchas de esas variedades, con más acidez y ciclos de maduración más largos, se adaptan mejor al cambio climático, y sus vinos –más frescos y menos alcohólicos– responden también a los deseos de un sector siempre en movimiento.
Como afirma Rafa García, propietario de Vitis Navarra y creador del proyecto Basajaun, estas variedades minoritarias ya no están en riesgo porque el poco material vegetal que se ha conservado es muy puro: "Lo que está en riesgo de pérdida es la variabilidad genética que hay dentro de cada variedad, que es a lo que llamamos biotipos. Y lo está porque, dentro de cada variedad, se ha hecho selección clonal durante los últimos 40 años de lo que se consideraba el "mejor" clon [habitualmente el más productivo]. Entonces, lo que hacemos es preservar el conjunto de variabilidad sin buscar los mejores clones de cada una", explica Rafa García, cuarta generación de viveristas y artífice de esta fascinante biblioteca de variedades.
 
El espíritu del Basajaun
Aunque la mitología vasco-navarra lo recuerda como el Señor del Bosque, el Basajaun ya no es solo ese protector ancestral de una tierra de leyenda; ahora también custodia la memoria del viñedo español. A través del proyecto de recopilación y guarda de material vegetal Basajaun, el centenario vivero Vitis Navarra atesora en su finca de Dominio D'Echauz (Zayas de Báscones, Soria) la colección de biotipos de vid más importante del mundo, con más de 16.000 recuperados.
La idea surgió hace 25 años, cuando se empezaron a conceder ayudas para el arranque del viñedo viejo en Navarra; en ese momento, decidieron iniciar un proyecto para recuperar la Garnacha autóctona de la zona. En su manifiesto se definen como "guardianes de una biodiversidad milenaria", cuyo objetivo es "impulsar una mejor utilización de la biodiversidad vitícola mediante la conservación, estudio y reproducción de biotipos".
 Su elección de la Ribera del Duero soriana como refugio de la mayor colección de variedades ancestrales de la viticultura española no es en absoluto casual: "Allí, el material que plantamos se mantiene muy puro, a 1.000 metros de altitud y sin contaminación de virosis. Como el clima es muy frío, la cepa tiene menos producción y vigor. Entonces, se mantiene más tranquila y envejece más despacio. Es una especie de purgatorio para ella", asegura Rafa entre risas.
En este misterioso bosque conviven cientos de variedades: Tempranillo, Cabernet Sauvignon, Garnacha, Cariñena... y cada biotipo aporta sus propias singularidades. Rafa pone de ejemplo a la emblemática Tempranillo: "Fruto de una noche loca entre el Albillo Mayor y la Benedicto, es una variedad muy sensible, muy vulnerable a todo, a la sequía y a las temperaturas elevadas. Hemos recuperado tempranillos de todas las zonas de origen y hemos caracterizado los 6.000 biotipos que tenemos, que es una locura. En este estudio hemos visto que la Tempranillo de ciclo más corto y la de ciclo más largo se llevan 40 días en la fase de maduración. Y es un trabajo muy importante porque permite, según la zona geográfica donde se vaya a plantar, utilizar un biotipo u otro para adaptarlo a cada una de ellas".
 Y lo mismo sucede, por ejemplo, con la Cabernet Sauvignon: ciertos biotipos tienen un nivel bajo de piracinas –las responsables de ese aroma a pimiento tan característico–, y eso permite vendimiar antes y mantener acidez. "En este contexto de cambio climático, vamos a unos vinos con más acidez y menos alcohol, y las variedades españolas autóctonas son casi todas de ciclo largo y muy ácidas. Hace 50 o 100 años se desestimaron porque no maduraban y daban poco alcohol, pero ahora son superinteresantes. España puede aportar mucho al mundo son sus variedades locales".
De alguna forma, estos guardianes del patrimonio están reescribiendo el futuro, abriendo la puerta a una selección genética inteligente: "La recuperación da pie a coger los biotipos con menos defectos y darles la vuelta. Además, permite utilizar menos productos químicos en el futuro porque son variadades más adaptadas, con menos problemas de enfermedades", dice Rafa.
Aunque desde Vitis Navarra llevan décadas recopilando todo ese valiosísimo material, diferentes iniciativas privadas y entidades públicas también les han cedido parte del suyo para que esa colección albergue cada vez más vida.

Arca perdida de la albariza
Porque Basajaun también se nutre de las uvas que han rescatado del olvido otros guardianes del viñedo. Desde el Marco de Jerez, el viticultor Alberto Orte ha contribuido a esa memoria colectiva del viñedo español con un emocionante proyecto que ya ha recuperado una veintena de variedades históricas de la zona –muchas de ellas, casi desaparecidas– en una suerte de "arca de Noé ampelográfica".
Su investigación partió de un extraordinario hallazgo: el tratado ampelográfico publicado en 1807 por el botánico valenciano Simón de Rojas Clemente y Rubio, considerado el padre de la disciplina. En ese libro pionero –el primero del mundo dedicado a describir científicamente las variedades de vid– aparecía retratada la asombrosa diversidad que existía entonces en la región. Sus anotaciones recogidas en este herbario revelan que en Jerez convivían más de 50 variedades de vid, con las que se elaboraban vinos muy distintos de los actuales.
Con esa guía histórica como mapa, Alberto Orte comenzó en 2007 una labor de auténtica arqueología vitivinícola. En un campo madre de 2,7 hectáreas, dentro del mítico pago de Añina, ha reunido 27 variedades originarias del territorio –tintas y blancas– que hoy sirven como base para multiplicar y estudiar este patrimonio vegetal. "Se trata de traer de vuelta esos aromas, esas texturas, esos sabores que existían aquí durante siglos, y volver a descubrir y mostrar su potencial", señala Alberto.
Su proyecto también ha impulsado el rescate de expresiones olvidadas de la propia uva Palomino, la variedad que ha sufrido la erosión genética más intensa. Durante décadas, la búsqueda de clones más productivos redujo la diversidad genética del viñedo, dejando en segundo plano otras variantes históricas. Entre ellas se encuentra el desaparecido Palomino de Jerez, que antiguamente convivía con el Palomino Fino en muchas viñas: "Las viñas antiguas eran mucho más diversas. Esa mezcla aportaba peso, estructura, unos parámetros más equilibrados. Al perderse esa diversidad, lo que se pierde es complejidad".
Poco a poco, aquel apasionante mosaico varietal vuelve a crecer con uvas recuperadas que cuentan la historia silenciada del territorio (y que comparten con otros productores del Marco). Entre ellas aparecen nombres casi olvidados –Melonera, Perruno, Vigiriega Negra o Palomino Negro– que dibujan un nuevo –aunque ancestral– horizonte en el viñedo jerezano.
"La verdad es que este redescubrimiento con una mirada propia es un trabajo muy divertido", confiesa Alberto. Y con muchísimo recorrido por delante. Porque, como resume, recuperar estas variedades no es solo un ejercicio de memoria histórica: es también una forma de imaginar el porvenir.

Refugio volcánico
La albariza jerezana ha conservado parte del legado del viñedo andaluz; pero las Islas Canarias han sido, durante siglos, el refugio natural más excepcional de variedades autóctonas. En ese reducto volcánico, Juan Jesús Méndez, propietario de Bodegas Viñátigo, decidió emprender a finales de los años noventa un ambicioso proyecto para rescatar el patrimonio genético de la vid canaria.
"Aquí había un tesoro impresionante, un patrimonio extraordinario que ni siquiera los propios viticultores conocían del todo", recuerda Méndez. Aquella intuición marcó el inicio de un trabajo exhaustivo que se apoyó en estudios ampelográficos y, posteriormente, en análisis de identificación molecular realizados junto a la Universitat Rovira i Virgili.
 El resultado fue inesperado incluso para el equipo, que logró identificar 82 variedades genéticamente distintas (más de la mitad, exclusivas del archipiélago). Al mismo tiempo, iniciaron el proyecto Tanajara en El Hierro para elaborar vinos tintos singulares con uvas malditas redescubiertas en la isla de El Hierro, como la Baboso o la Vijariego Negro: "Fue muy interesante, un revulsivo absoluto para los vinos de Canarias. Nos permitió focalizar y orientar nuestro trabajo con base en los resultados, en la puesta en valor de esas variedades tan diversas que, junto con los suelos volcánicos, aportaban un carácter diferencial muy grande a nuestros vinos".
Esa asombrosa diversidad se explica, como indica Juan Jesús, por la propia idiosincrasia de las islas, con un origen muy plural. Desde el siglo XV llegaron a Canarias colonos de toda Europa que trajeron consigo sarmientos de sus tierras de origen. Además, el intenso tráfico marítimo hacia América durante siglos convirtió al archipiélago en una escala obligada para los barcos y en un punto de intercambio continuo de material vegetal. El hecho de que el brutal mordisco de la filoxera no llegara a las islas permitió que aquel patrimonio sobreviviera mientras que en el continente desaparecían muchas variedades a causa de las grandes reconversiones del viñedo europeo. "Por un lado, fue una bendición porque nos ha permitido tener este patrimonio vitícola tan impresionante, pero al mismo tiempo ha sido una maldición porque muchas de esas cepas antiguas nunca fueron saneadas ni seleccionadas, y hoy arrastran una elevada carga vírica que limita su productividad", apunta Méndez.
Su objetivo es claro: preservar esa extraordinaria biodiversidad antes de que desaparezca. Porque, como advierte, la supervivencia de ese patrimonio depende también de la viabilidad del sector en las islas. "La viticultura puede ser una forma de vida maravillosa, pero sin rentabilidad económica es imposible que haya relevo generacional. Y nosotros en la última década hemos perdido un tercio de la superficie de cultivo. Ahora estamos trabajando en un proyecto de saneamiento de diez variedades para poder revertir esta situación de pérdida de superficie, que conlleva también pérdida de variedades y pérdida de riqueza. Pero hay que tener en cuenta que es un proceso algo costoso".
Para Juan Jesús Méndez, el rescate de variedades y el impulso de proyectos como este es el único camino para salvaguardar el futuro del viñedo canario: "Eso no se puede permitir, yo espero que las administraciones se empiecen a mover porque es que esto es patrimonio, esto es historia. Esto es vida".

La alquimia de lo maldito
En Castilla y León, una de estas administraciones, el Instituto Tecnológico Agrario de Castilla y León (ITACyL), decidió pasar a la acción. Pioneros en la apuesta por el patrimonio varietal de la Comunidad, en 2002 pusieron en marcha un ambicioso proyecto de recuperación de variedades minoritarias autóctonas con la prospección a gran escala en las diferentes zonas vitivinícolas de la región.
"Los primeros años nos centramos en recorrer mucho viñedo, hablar con viticultores y marcar plantas raras", recuerda el investigador Enrique Barajas Tola. A partir de ahí, se fue dibujando un método que resume más de dos décadas de trabajo: localizar, identificar (mediante observación y análisis genético), conservar, estudiar y, finalmente, conseguir la autorización de esas variedades para que se puedan utilizar.
 En su finca de Zamadueñas (Valladolid), albergan una colección de material vegetal de máxima calidad de 18 uvas minoritarias –entre ellas, la Puesta en Cruz, la Bruñal, la Cenicienta, la Rufete Serrano Blanco o la Legiruela– con las que experimentan desde el año 2016 en una suerte de laboratorio alquimista. "Son elaboraciones muy pequeñitas, con cantidades que van desde depósitos de 16 y 35 litros hasta 140 litros. Experimentamos con diferentes técnicas de vinificación para ver cómo se comportan, cómo evolucionan mejor... Es un juego que nunca acaba", explica el investigador Alberto Martín Baz.
Algunas de ellas, como la Cenicienta, tienen historias muy curiosas. Bautizada así por el color ceniza de sus hojas, de algún modo se convirtió también en una uva fuera de lugar, como la princesa del cuento: la excepción tinta en Rueda, una tierra de blancos. "Tiene una frescura especial, con muy buena estructura, y también es elegante, muy interesante", aseguran.
Con la Legiruela, "una variedad de las nieves" que han localizado en cepas sueltas de la Sierra de Gredos, se elaboraban antiguamente vinos naturalmente dulces de uvas pasificadas que sueñan con rescatar del olvido: "Es otra manera de recuperar la historia, la tradición de ese vino que ha desaparecido y que quizá pudiera volver a la ruta comercial".
Gracias a la titánica e ilusionante labor de estos alquimistas modernos, muchos territorios abandonados durante años, como los Arribes del Duero, han reconstruido su personalidad mirando hacia la raíz. Otros, como la Sierra de la Culebra, lo harán muy pronto.

 
Arqueólogos de la vid
Esta preciosa batalla contra el olvido también se libra en el Penedès, donde otro grupo de exploradores de la memoria vitícola lleva más de cuatro décadas rastreando las huellas de un pasado que se proyecta hacia el futuro: "Con la recuperación de variedades ancestrales, estamos rescatando el patrimonio vitícola que tenía Cataluña antes de la filoxera. Estas cepas nos permiten diferenciarnos y ofrecer vinos con una identidad única. Pero no solo eso: también se perfilan como aliadas frente al calentamiento global", sostiene Mireia Torres, directora de Innovación y Sostenibilidad de Familia Torres.
A finales de los años ochenta, su padre, Miguel A. Torres, decidió, cual arqueólogo de la viña, salir en busca de cepas olvidadas que hubieran logrado sobrevivir a la devastación de la filoxera. Inspirado por el profesor Boubals, de la Universidad de Montpellier, y junto a Miquel Porta, entonces responsable de viticultura, lanzó un llamamiento a los agricultores a través de medios locales para localizar esas cepas viejas no identificadas.
Desde entonces, el equipo ha recorrido Cataluña atendiendo llamadas de viticultores que sospechaban custodiar en sus viñas plantas diferentes, extrañas, sin nombre. De esas búsquedas han surgido más de 60 variedades antiguas, reliquias genéticas de un paisaje vitícola olvidado: "Hemos visitado casi 150 municipios en Catalunya atendiendo a llamadas de particulares y hemos conseguido recuperar más de 60 variedades ancestrales. Hoy trabajamos activamente con seis de ellas
–Forcada, Moneu, Querol, Garró, Gonfaus y Pirene– y los vinos que elaboramos con estas uvas han tenido una acogida muy positiva por parte de sumilleres, crítica y consumidores", explica Mireia Torres.
El viaje de estas variedades desde su hallazgo es largo y complicado: identificación ampelográfica, saneamiento de la planta, multiplicación en vivero, ensayo en viñedos experimentales y microvinificaciones para conocer la calidad y el perfil de los vinos. "Una vez que la variedad ha sido aprobada en el Registro de Variedades Comerciales (RVC), la incorporamos al Real Decreto vitícola y solicitamos su autorización por las denominaciones de origen correspondientes. En paralelo, seguimos afinando el manejo agronómico en campo y el trabajo en bodega. El viaje culmina cuando la variedad pasa a formar parte de un vino comercial con el que el consumidor puede, por fin, descubrir su personalidad".
Mireia reconoce la complejidad del proceso burocrático y subraya que su labor protege una cultura, una forma de habitar el territorio: "No queremos quedarnos solo en la recuperación: una vez validada la calidad de una variedad en una región y su aptitud para una producción óptima, la suministramos a viveristas seleccionados para que otros viticultores y elaboradores también puedan trabajarla y elaborar vinos preparados para climas más cálidos, que generen valor en la zona y nuevas oportunidades para las próximas generaciones de viticultores".
 Junto al INCAVI (Instituto Catalán de la Viña y el Vino), han apostado precisamente por aquellas variedades que mejor se adaptan al cambio climático: "Son de ciclo largo y resisten bien el calor y la falta de agua, manteniendo una buena acidez y equilibrio. Esto permite desplazar su maduración hacia momentos menos críticos de calor extremo y conservar frescura y tensión en el vino incluso en añadas cálidas".
Como resume Torres, no se trata solo de nostalgia: es una apuesta sólida por crear vinos que miran al futuro a partir de un patrimonio único.
El viñedo español, imparable en sus siete vidas, ha vuelto a recordar. Y nos aseguraremos de que nunca olvide.