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Laura López Altares

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  • Antonio Candelas
  • 2025-11-05 00:00:00

En la vida de una revista hay etapas que marcan un antes y un después. Este es uno de esos momentos felices en los que el testigo pasa a manos de alguien que lo merece. Laura López Altares llega para seguir escribiendo, con su voz y su fuerza, la historia de MiVino.


Han pasado casi tres décadas desde que MiVino vio la luz por primera vez. Treinta años que se dicen pronto, pero que en realidad encierran miles de páginas, cientos de catas, decenas de viajes y un sinfín de historias humanas que giran alrededor de una misma pasión: el vino y todo lo que lo rodea. Durante buena parte de ese tiempo he tenido el privilegio de acompañar, aprender, escribir y dirigir una cabecera que ha sido, más que un trabajo, un modo de entender la vida. Pero hoy no quiero hablar del pasado, sino del presente que se abre paso con fuerza, con la energía de quien llega para renovar, para agitar, para continuar el legado con un pulso nuevo. Hoy quiero hablar de Laura López Altares.

Apasionada
Laura será, a partir de ahora, quien tome el timón de MiVino. Y no puedo pensar en mejor relevo. No solo porque conozco de cerca su talento y su compromiso, sino porque encarna, como pocas personas, ese espíritu inquieto, vital y apasionado que siempre ha caracterizado a esta revista. Con ella llega una etapa que promete ser tan intensa como luminosa.
A Laura la conocimos en 2018, cuando se incorporó al equipo de MiVino. Desde el primer día supimos que no era una periodista más. Tenía –y tiene– esa rara combinación de frescura y rigor que convierte una página en una experiencia. Su carácter es de esos que no dejan indiferente a nadie: explosivo, casi volcánico. Una fuerza que te arrolla, pero siempre en lo positivo. Laura no permite que nadie a su alrededor se rinda, ni siquiera cuando las cosas se tuercen. Es de las que transforma un contratiempo en impulso, un obstáculo en anécdota y un día gris en conversación y risas.
Divertida, desenfadada, de cabeza alocada y una inteligencia excepcional, Laura es capaz de convertir una cata técnica en un relato vivo, o una entrevista en un retrato emocional sin perder ni un gramo de precisión. Porque, tras esa apariencia ligera y ese humor contagioso, hay una periodista rigurosa hasta lo enfermizo, obsesionada con la palabra justa, con la expresión precisa, con que cada texto respire verdad. Quien la ha leído sabe que sus artículos tienen un ritmo y una voz reconocible, una mezcla de sensibilidad y lucidez que no se improvisa.
Podría contar muchas anécdotas sobre ella, pero hay una que la define mejor que cualquier descripción: Laura siempre está a punto de llegar tarde. A los viajes, a las convocatorias, a las catas… siempre va con el tiempo justo, siempre parece que no llega. Juega con el límite, lo tantea, lo bordea con una especie de arte invisible. Y así es ella también en la vida: vive al borde del vértigo, pero sin dejar que la vida la desborde.
Antes de enamorarse del vino, su sueño era otro. Quería ser corresponsal de guerra. De hecho, me lo ha contado entre risas y con esa pasión que pone en todo lo que dice: soñaba con contar el mundo desde sus zonas más duras, con narrar los conflictos que cambian la historia. Pero el destino –o quizá la casualidad– la llevó a la Cadena SER, donde le propusieron un espacio sobre vinos y gastronomía. Y fue ahí donde cambió las balas por el hedonismo. Donde entendió que también se podía cambiar el mundo desde el placer, desde la cultura, desde una copa que resume paisaje, tradición y emoción. Desde entonces, el vino se convirtió en su manera de mirar la vida. En su brújula. Y MiVino, que ella coleccionaba y ojeaba con admiración antes de formar parte de esta casa, acabó siendo su espacio natural. Cuando llegó en 2018, supimos enseguida que aquella periodista chispeante, curiosa e inconformista iba a dejarnos huella. Lo que quizá no imaginábamos era hasta qué punto.
Han pasado casi ocho años desde entonces y, justo cuando la revista cumple treinta, Laura asume la dirección. No es solo una coincidencia simbólica: es una renovación con sentido. Ella representa el aire fresco que toda cabecera necesita para seguir viva. La energía que mira hacia delante sin olvidar de dónde venimos.
Hace unos días hablábamos sobre este relevo y me confesaba que sentía vértigo. Y lo entiendo. Dirigir MiVino no es un reto menor. Es asumir una responsabilidad que pesa tanto como ilusiona, porque detrás de cada número hay un público exigente que ama el vino y confía en nuestra mirada. Pero también me dijo –y eso la define– que afronta este desafío con ganas, con emoción, con la certeza de que está ante el mayor reto de su carrera.
 
La belleza del reto
Su propósito es claro y, diría, profundamente necesario: volver a conectar a la gente con el vino. Recuperar ese hilo emocional que une a la tierra con las personas, a las bodegas con quienes disfrutan de una copa sin pretensiones. Quiere que la gente entienda que el vino no es un lujo ni una moda, sino una forma de cultura, un lenguaje para comprendernos. Que el vino está en el paisaje, en la conversación, en la mesa compartida, en la historia de cada región. Su objetivo no es banalizarlo, sino hacerlo cercano.
Esa mirada suya me recuerda al espíritu con el que nació esta revista hace tres décadas: ser un punto de encuentro entre el sector y la gente. Mostrar que detrás de cada etiqueta hay una historia que contar, una emoción que compartir. Estoy convencido de que Laura sabrá fomentar ese carisma fundacional y llevarlo más allá, adaptándolo a un tiempo que exige nuevas formas de comunicar.
Cuando hablamos de su trayectoria, Laura no olvida mencionar a sus maestros. Entre ellos está Bartolomé Sánchez, de quien ha aprendido la precisión, la claridad, la sensibilidad en la cata y el respeto absoluto por el vino. De él ha heredado ese afilado sentido de la medida y el detalle que la distingue. Y, con una generosidad que me emociona, también me incluye a mí entre esas referencias. Dice que valora de mi trabajo la humildad y el conocimiento técnico con el que he intentado ejercer la dirección todos estos años. Y confieso que leer eso o escucharlo en su voz me produce una mezcla de pudor y gratitud. Porque, si algo he intentado siempre, ha sido que MiVino tenga alma propia sin personalismos.
Ver ahora cómo Laura toma el relevo me llena de orgullo, no tanto por lo que deja atrás, sino por lo que viene por delante. Porque su forma de mirar el mundo –con curiosidad, con rebeldía, con humor– es la que MiVino necesita para seguir creciendo. Ella es de esas personas que aprenden mientras disfrutan, que no se conforman, que cuestionan todo para encontrar lo esencial. En tiempos en los que la comunicación del vino corre el riesgo de volverse rutinaria o endogámica, Laura representa justo lo contrario: apertura, energía, emoción. Estoy seguro de que su dirección será una bocanada de aire fresco. Que sabrá mantener la esencia de la revista al tiempo que la proyecta hacia nuevos horizontes. Que encontrará nuevas formas de conectar con los lectores, de tender puentes entre los que elaboran y los que degustan.
Para mí, este relevo no es una despedida, sino una continuidad natural. Los proyectos, cuando son verdaderamente grandes, trascienden a las personas. Y MiVino es uno de esos proyectos. He tenido la suerte de dirigirlo y, ahora, tengo la suerte de ver cómo pasa a manos de alguien que lo ama tanto como yo.
Laura llega con la ilusión de quien empieza, pero también con la experiencia de quien conoce la casa desde dentro, con la madurez de quien ha aprendido escuchando, leyendo, preguntando, dudando. Y eso, en el periodismo –y en la vida–, vale más que cualquier título.
Sé que no será un camino fácil. El sector del vino vive un momento complejo, lleno de retos y transformaciones. Pero también es un tiempo apasionante, fértil para quien se atreve a mirar más allá de la copa. Y si algo tiene Laura es precisamente eso: una mirada que no se detiene en la superficie, que busca lo que hay detrás.
Por eso, mientras escribo estas líneas siento gratitud y confianza. Gratitud por todo lo vivido. Confianza en lo que está por venir. Estoy convencido de que MiVino seguirá siendo una revista con alma, con voz propia, con esa mezcla de pasión y rigor que define al buen vino y al buen periodismo.
Y si en algún momento, mientras emprende este nuevo viaje, siente vértigo, espero que recuerde que el vértigo solo lo siente quien está exactamente donde debe estar.