- Laura López Altares
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- 2025-12-12 00:00:00
Huracanada y tenaz, Ana Carazo es la Mejor Enóloga del Año (por partida doble) y el alma de La Loba, que recupera la memoria de las viñas malditas de Matanza de Soria desde una Ribera del Duero más libre y homenajea –casi sin querer– a las mujeres de su estirpe.
Cuando Ana Carazo recibió el premio a la Mejor Enóloga del Año en la Barcelona Wine Week durante la celebración de los Premios Isabel Mijares Mujeres del Vino 2025 sintió una emoción feroz, pero la sacudió un vértigo inesperado: "Fue como si de repente la vida me parase de golpe. Miré a mi alrededor por primera vez en mucho tiempo y me di de bruces con mi esencia".
La Guía Vinos Gourmets 2026 también la ha reconocido como mejor enóloga, un logro que llega justo al final de ese proceso de autodescubrimiento: "Lo que he hecho entre un premio y otro ha sido meterme de nuevo en el camino de la coherencia, ser honesta conmigo y volver a conocerme. Ha sido como encontrarme de nuevo y empezar a ver cómo es todo de verdad. Y la sensación de satisfacción cuando lo que haces es lo que sientes y quieres es brutal", reconoce.
La Loba, que lleva ese magnético nombre como guiño –aunque cuenta Ana que en realidad no fue intencionado– a sus abuelas Leoncia y Anastasia y al mote que le pusieron porque era luchadora como una lobita, no es solo un proyecto vitivinícola, también habla de una forma de mirar al mundo: "La Loba para mí es creación, es libertad y es expresión. Y estoy descubriendo que para la gente ha sobrepasado las barreras de una botella de vino porque recibo un feedback muy potente y me transmiten que para ellos es fuerza y valentía, ejemplo e inspiración".
En 2011, tras una etapa trabajando como enóloga en Bierzo, Ribera del Duero y Nueva Zelanda, las viñas centenarias y casi malditas de Matanza de Soria la llevaron de vuelta a sus raíces. Porque, aunque Ana es alicantina, encontró en el pueblo de sus padres el pulso de los márgenes, de los destinos olvidados: "Miré a ese hueco vacío que nadie miraba en un territorio muy duro, muy rudo. Mi forma de elaborar es apoyar y entender a la uva y al suelo, y buscar la dulzura que tiene en el fondo. Y al final, la rudeza –que es estructura, potencia, carácter y fuerza–, se equilibra con esa elegancia, finura y amabilidad, con ese amor que solemos enmascarar bajo un montón de capas".
La voz de los olvidados
Su primer encuentro con esa Ribera del Duero más libre y desconocida fue a través de unas viñas de Tempranillo y Garnacha abandonadas entre zarzas, enredadas en un suelo de arcilla muy peculiar: "Han sido las que más me han enseñado. Yo creo que se abandonaron porque no llegaban a madurar. Quizá la Garnacha era maldita en esta zona porque le costaba madurar, pero es que hay que saber entenderla y acompañarla. Y siento que por alguna razón tenía que contar la historia de esas viñas y de mí misma a través de ellas".
La sensibilidad sobrenatural de Ana para entender aquel terruño ganó el pulso a los salvajes obstáculos a los que tuvo que hacer frente por ser mujer y forastera, y consiguió poner a Matanza de Soria en el mapa a través de sus viñedos olvidados: "Mi aprendizaje es que tienes que sacar los colmillos por aquello en lo que crees, y al final esa lucha siempre merece la pena. Yo considero que he sido quien ha abierto la puerta de Matanza de Soria. Y siento que le he dado valor a un pueblo, a un cielo, a unas viñas. A la tierra. Entonces, eso no me lo puede quitar nadie. Y el orgullo que tengo es que esas cepas van a permanecer. Es dejar vestigios de algo que se podrá continuar".
Pero el presente (y el destino) de esta tierra tan singular pasa todavía por las manos de Ana Carazo, que se define "de mil maneras: viticultora, bodeguera, enóloga, vignerona, winemaker… ¡o como me queráis llamar!". Su narración de los márgenes de la Ribera del Duero soriana, de ese caminar sobre las cornisas y coquetear con lo improbable, se concentra en cuatro vinos –dos de ellos todavía inéditos– muy evocadores que también son un reflejo de su propia historia.
El más mítico de todos es La Loba (100% Tempranillo de viñedos centenarios), que, desde esa preciosa etiqueta inspirada en su abuela Anastasia sentada junto a la puerta verde de la casa del pueblo, encarna el espíritu indomable pero tierno de las Carazo: "La loba es inteligencia. Es calma. Es elegancia. Es comer sin prisa, es llegar a ese punto de saber quién eres, a esa amabilidad y esa seguridad bonita".
Con la idea de crear un vino que recordase el disfrute del vino de pueblo, de los vinos del año, nació La Lobita, que invita a agarrarse a la vida y disfrutar de la libertad. El coupage de Tempranillo (95%) y Albillo (5%) tiene parte de juego, de exploración y búsqueda: "Es esa chispa, la viveza, el impulso, la diversión, la juventud. Es ese viento de aire fresco".
La suma entre La Loba y La Lobita configura un certero retrato de su elaboradora, como ella misma reconoce: "Son mis dos partes, mi mezcla".
Dos rebeldes más en la familia
Este invierno, dos nuevos vinos se unen a la sugerente familia de La Loba, marcada por un enfoque muy respetuoso con las viñas y el suelo –devolverle la vida perdida entre el abandono y los productos químicos es una de las obsesiones de Ana– y por la mínima intervención en bodega. Además, ambos se llevan un pellizco del alma de su apasionada y creativa elaboradora.
"La Negra es cuando tienes todo del revés… pero acaba siendo algo precioso. La Negra es mi perra, y creo que es por lo que más agradecida estoy al universo. Me ha enseñado y me enseña una barbaridad de cosas. Y es esa conexión con la naturaleza, aunque sea un poco domesticada. Es una perra muy tranquila que me ha enseñado a parar, pero a la vez es muy impulsiva. Somos muy iguales", cuenta Ana.
Elaborado con Albillo Mayor, este vino también habla del malditismo de las variedades blancas en España, muchas de ellas rescatadas del olvido por productores valientes que han impedido que desaparezcan: "Me alegra saber que hemos contribuido a que esa variedad no se pierda. Tiene una parte oxidativa muy chula. Pero la añada que sale es particularmente fresca, no tiene esa parte oxidativa tan marcada, que es donde he llevado otros vinos porque quería conocer los límites de la variedad. La elaboración es muy artesanal. No he hecho vinos tecnológicos en tinto y mucho menos lo iba a hacer en blanco".
Su otra novedad es La Protegida, que nació en 2022 a raíz de aquellas viñas que Ana recuperó entre las zarzas, viñas que le había dejado la familia y algún vecino o que había comprado aunque supusieran un desafío brutal: "Tuve que reconducir la savia, volver a labrar los suelos que llevaban 40 años sin labrarse. Todo ese trabajo en el viñedo al final no se apreciaba porque la uva iba para La Loba. Claro, no hay que olvidar que cuando yo me puse a montar la bodega física en 2018, el pueblo dejó de venderme la uva. Y aunque al principio la uva era solo de Matanza, luego tuve que recurrir a otras zonas (siempre con la condición de que haya un alto nivel de suelo de arcilla porque busco un sabor determinado). Así que dije: 'Vamos a hacer un vino 100% de Matanza de Soria', que fue como empecé".
De esta primera producción saldrán entre 200 y 300 botellas, 500 kilos de uva en dos hectáreas que dan voz a lo pequeño: "No va a salir al mercado con un precio desorbitado, pero al final tienes que dar valor a lo artesano. Yo considero que a Matanza le he dado valor con La Loba y ahora con La Protegida, porque lo que quiero es sacar esa esencia tan sorprendente. Su perfil es más fresco todavía, con ese sabor a monte, como a tomillo y manzanilla. Y esa parte especiada de lo que hay alrededor".
Confiesa Ana que esta nueva etapa tras perderse y encontrarse le ha devuelto la ilusión: "Me estoy volviendo a conocer, recordando a una Ana de 20 años que salió a comerse el mundo de bodega en bodega con esa ilusión, esas ganas. Y ahora siento que la vida es mucho más sencilla. Es una energía distinta y ya es muy de Loba, pero todavía está esa energía de Lobita, que al final es la chispa, el motor que te mueve". El aullido de esta loba se escucha más poderoso y libre que nunca.



