- Laura López Altares
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- 2026-04-10 00:00:00
Reconocido por Tim Atkin como leyenda del Rioja, Juan Luis Cañas comparte hoy el pulso del proyecto familiar con su hijo Jon en un diálogo generacional donde la viña se habita, se escucha y se escribe desde un profundo compromiso con el territorio.
Algunos legados se escriben en un apellido. Otros se escriben en la tierra y crecen con ella. Y unos pocos, en ambos. En Rioja Alavesa, la Familia Cañas lleva generaciones cultivando algo más que viñas: cultivan territorio, memoria y futuro. Cultivan también una forma de permanencia, una manera de entender que el vino está profundamente ligado a las personas y al paisaje que lo sostiene.
El reciente reconocimiento de Juan Luis Cañas como leyenda del Rioja por Tim Atkin es el justo homenaje a una trayectoria histórica; pero, sobre todo, la confirmación de una manera de sentir y hacer el vino que se ha mantenido firme en el tiempo sin dejar de evolucionar. "Cuando llegas a una cierta edad, ya hablan de ti como si fueras veterano de guerra. Aquel era una leyenda, ¿no?", comenta entre risas. Pero la emoción es evidente (confesada, incluso). También la conciencia de territorio.
Porque si algo define a la Familia Luis Cañas –bajo su paraguas conviven Bodegas Luis Cañas, Amaren y Dominio de Cair– es precisamente esa idea profunda de legado. No como herencia estática, más bien entendida como responsabilidad activa. Como una huella que se construye cada día. Una huella que implica pensar en el largo plazo y las consecuencias de cada decisión.
"El futuro es la huella que dejas hoy". La poderosa frase que define el proyecto de la Familia Cañas es una forma de habitar el mundo: "Una de las cosas más importantes que tenemos es la idea clara de la sostenibilidad a todos los niveles". Una idea que atraviesa el proyecto y que condiciona tanto el trabajo en la viña como la relación con las personas que lo hacen posible.
Dos voces, un legado
Juan Luis llegó al vino desde otro sector. Con 33 años, aterrizó en la bodega familiar con una inquietud que cambiaría el destino de todo: entender por qué se hacían las cosas como se hacían. Y, sobre todo, si podían hacerse mejor. "Yo solo quería cambiar lo que se había hecho toda la vida, esa era la ilusión", recuerda el carismático elaborador. Aquella necesidad, casi intuitiva, fue el origen de una transformación profunda. Desde una rebeldía serena. Una inquietud que, con el tiempo, se transformó en una manera de trabajar basada en la observación y en la mejora continua. Porque cada generación mira distinto. Y, en esa diferencia, se abre el camino.
Su hijo, Jon Cañas, representa esa nueva mirada desafiante. Llegó a la bodega familiar tras la sacudida de la crisis de 2008, y lo hizo desde dentro: pasando por todos los oficios, entendiendo cada gesto, dejándose arrastrar por un mundo que, como asegura, "te va enamorando sin darte cuenta. Aquí no cuentas las horas, es algo más emocional. Dependes del cielo, de la tierra… de cosas que no puedes controlar".
Si Juan Luis encarna la intuición que marcó el rumbo trazado por su padre –el maestro Luis Cañas–, Jon representa la precisión de quien ha crecido en un contexto distinto: más técnico, más consciente, más cosmopolita.
Y, sin embargo, ambos comparten una misma certeza: la verdad del vino nace en la viña. Durante años, cuando el discurso dominante se centraba en la elaboración, ellos decidieron llevar la mirada hacia el origen. Entendieron que no se puede elaborar un gran vino sin una uva excepcional. Y que esa uva solo puede surgir de un viñedo cuidado con respeto, conocimiento y tiempo.
Esa idea ha ido creciendo hasta convertirse en algo más amplio: una forma de entender la sostenibilidad como compromiso real con el territorio, que abarca todo el ecosistema que rodea al viñedo. No solo desde lo agronómico, también desde lo humano.
Sostenibilidad integral
"Dentro de 15 años queremos estar igual o mejor. Y, si no hacemos nada, estaremos peor", coinciden. El futuro no está garantizado, se juega en cada viña.
Viticultura en conversión ecológica, impulso a la biodiversidad, plantación de árboles, suelos más sanos, levaduras propias… y, sobre todo, cuidar a quienes trabajan la tierra: "Para que haya un relevo generacional, nuestros viticultores tienen que cobrar bien".
El equilibrio del paisaje necesita personas que permanezcan, que conozcan el terreno, que lo trabajen con continuidad. Que el campo tenga futuro. Y ese relevo se construye desde la dignidad, desde la posibilidad real de vivir del viñedo. "Esa es una de nuestras formas de pensar en el campo, en el futuro", señalan.
Esto pasa por involucrar a los viticultores, acompañarlos, hacerlos partícipes de un proyecto común. Conseguir que sus hijos quieran quedarse. Que vean en la tierra un proyecto de vida.
"Antes, se decía: si no estudias, te quedas en el campo. Ahora es al revés: estudia, porque vas a venir al campo. Lo que necesitamos es mucha formación, conocimiento, profesionalización. Y el futuro de campo será mucho mejor".
Formación, arraigo, futuro. Porque el conocimiento permite adaptarse a un entorno cada vez más exigente. "El vino no puede existir al margen de su territorio", afirman con rotundidad. Y cuidar ese territorio implica cuidar cada uno de los elementos que lo mantienen vivo. El suelo, la viña, el paisaje… y las personas: "Muchos jóvenes no quieren saber nada de esto porque han visto en sus padres que es muy duro. Y esa es una de las cosas que tenemos que cuidar: cuidar a la comarca, cuidar a nuestros proveedores, que cuiden a los suyos".
El porvenir escondido entre las viñas viejas
Pero hay otra línea de trabajo que define especialmente este proyecto: la recuperación del patrimonio. Porque en las viñas viejas de la Familia Cañas hay memoria... y respuestas.
La pregunta que se hicieron fue certera: "¿Por qué esas parcelas de 70, 80 o más de 100 años aportan una calidad distinta? ¿Qué había en ellas que hacía nuestros vinos diferentes?". Y la respuesta, incluso más: "En esas viñas, había variedades que no sabíamos que estaban", explica Jon Cañas.
A partir de ahí, comenzó un trabajo paciente que los llevó a observar el viñedo con otra profundidad: "Una de las cosas que aprendí de mi abuelo fue a catar uvas, a diferenciar hollejos, alturas, zonas, variedades".
Lo que encontraron fue extraordinario: una diversidad enorme. Uvas desconocidas en Rioja, pequeñas mutaciones, biotipos que habían evolucionado durante décadas adaptándose al entorno –entre ellas, la variedad Benedicto, madre de la Tempranillo, que abrió una vía de conocimiento sobre el origen y la evolución del viñedo–...
Entender esta complejidad varietal que había en el campo pasa por un estudio riguroso y apasionante: ver cómo se comportan, cuándo maduran, qué equilibrio ofrecen.
"Tenemos el deber ético de preservar variedades para las generaciones futuras porque no sabemos a lo que se enfrentarán en unas décadas. No podemos permitirnos perder variedades, este patrimonio extremadamente rico", aseguran.
Que puede convertirse en un gran aliado de cara al porvenir de Rioja Alavesa. Porque entre aquellos viñedos viejos recuperaron variedades adaptadas al nuevo contexto climático: con menos grado, más acidez o una maduración más tardía.
Se trata de encontrar soluciones para el mañana, sí; pero, sobre todo, de preservar lo que permitió llegar hasta aquí. Porque el vino, en el fondo, siempre habla en futuro. Habla de lo que queda, de lo que se transmite, de lo que no se pierde. De nuestra huella. Y quizá también de algo más silencioso: de lo que permanece oculto durante años, esperando ser comprendido. De esas cepas que, sin hacer ruido, han guardado respuestas que hoy empiezan a revelarse.



