- Laura López Altares, Foto: Abel Valdenebro
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- 2026-06-05 00:00:00
Entre copas salvajes, concursos de cata de alto voltaje y referencias constantes al cine, la música o la filosofía, el sumiller nómada ha construido una de las miradas más libres y eléctricas del vino contemporáneo: en ella conviven cultura, placer, memoria y verdad.
La mente de Alberto –"ya me he reconciliado con el García que hay antes de mi apellido materno"– Ruffoni es fascinante, veloz, imposible de predecir. Esa energía torrencial, unida a una curiosidad voraz y a su intuición eléctrica como catador (aunque insiste en que el 90% del oficio es estudio), ha dado forma a una suerte de hombre del vino renacentista, capaz de mirar desde lugares poco transitados.
Publicista y antropólogo, artista y poeta, sumiller y formador, ganador reincidente de algunos de los concursos de cata más codiciados, Ruffoni confiesa su predilección por los márgenes y por ese juego constante que acompaña al vino: "Cuando Boris [Olivas] y yo ganamos la Cata por Parejas de Vila Viniteca la primera vez que nos presentamos, fue como meter un triple de partido en el último segundo". Adrenalina en rama. La segunda vez, olvidaron poner el número de identificación y fueron descalificados.
Hace solo unos meses, en la última edición del concurso, quedó en tercer lugar junto a Patricio Zarate –sumiller en Cocina Hermanos Torres, de quien habla con absoluta admiración–; aunque supo a victoria. "La cata a ciegas es un juego muy bestia y muy divertido que me encanta. Sobre todo cuando es un juego. Me he planteado dejarlo en algún momento cuando se perdía la parte lúdica y se convertía en un asunto competitivo. Pero... siempre se vuelve al juego. Siempre".
Instinto y conciencia
A pesar de su talento animal para la cata, Ruffoni no ha caído ni por un segundo en la tentación de ser devorado por su ego. Al contrario: quita solemnidad a sus triunfos, se encomienda al estudio impenitente y, al estilo Kurosawa, no aparta la mirada de este mundo atroz ("Ser artista significa no apartar nunca la mirada"). "En estos tiempos hacen falta valor y valores", esgrime.
Alberto Ruffoni nació en Caracas hace 37 años, de padre gallego y mamma italiana. Su acento cantarín delata esas raíces celtas que le hacen viajar hasta la casa del tío Tito, donde probó su primer vino en cunca, ese vino de Ribeiro en el que, de algún modo, ha medido todos los demás: "A mí me emocionan muchísimo los vinos sencillos. Sencillos, no simples. Esos vinos que brindan placer, que son accesibles a los sentidos. Y me imagino el vino del tío Tito, un tinto sencillo de mezcla varietal, que tiene muy poquita Mencía, mucho Caíño, mucho Ferrón, Brancellao y Garnacha Tintorera".
Porque, por encima de todo, Ruffoni defiende el disfrute a quemarropa: "Lo importante es que si el vino no te está diciendo cosas, contando historias, apelando al hedonismo y al cuerpo, lo demás no tiene ningún sentido. Si no te está diciendo nada por sí mismo, es un problema. Se ha desprovisto al vino de comunicar en silencio".
Tras este fogonazo, recuerda el camino. Cómo aquel becario del Departamento de Comunicación de la Guía Peñín acabó explorando, guiado por su curiosidad febril, el "Lado Oscuro" de la mano de tres grandes catadores: Carlos González, Javier Luengo y Pablo Vecilla. De esa formidable escuela pasó a otra maravillosamente salvaje: junto a Delia Baeza, de La Fisna, y David Villalón, de Angelita Madrid, se adentró en los caminos del vino natural. "Entonces, empiezo los fines de semana a echarle un cable a José, el de Bendito, Vinos y Vinilos, y de repente me doy cuenta de que me gusta el servicio, que con él es muy punky, muy divertido y desenfadado, sin corsés".
Después llegarían La Caníbal, Cuenllas Salesas y Atelier Robuchon. Y, en 2024, otro golpe maestro: la victoria en la final internacional del Spanish Wine Master, el concurso impulsado por Ramón Bilbao en busca del mayor experto mundial en vino español. Imposible olvidar esa última prueba en la que describió aquella botella de Pintia como si la tuviera delante, revelándose como una auténtica bestia escénica. "Es verdad que actué en teatro un par de añitos en la universidad, y entre eso y la práctica de la sala, que expone mucho y es como un show, no me cuesta estar en escena. Hay un momento en el que se activa algo parecido a un gatillo, y ahí empieza el espectáculo", cuenta.
La lengua de las mariposas
Las aulas del Madrid Culinary Campus, de la Cámara de Madrid o de la Escuela de Sumillería de Logroño se han convertido en algunos de sus escenarios naturales.. Allí, una cata puede empezar con una escena de Kubrick o con la hipnótica Pastime Paradise: "Les pongo fotos de pelis para que las adivinen y entrenen memoria. Después, una canción. Así, activas a los alumnos antes de la cata a ciegas. Y, si lo piensas, todo este contexto tiene más que ver con lo teatral, con lo cinematográfico, con lo musical. Lo que no es vino enriquece mucho el vino. Además yo soy un nerd, y esto me ayuda a alimentar mis pasiones".
Alberto Ruffoni mira el vino con una mezcla improbable de sensibilidad, obsesión y un hambre casi filosófica de descubrimiento. Quizá por eso nunca ha entendido el vino como un territorio aislado, encerrado en sí mismo: "Eric Asimov, el crítico de vinos de The New York Times, dice que la mejor forma de hablar de vinos es no hablar de vinos. Y tiene razón. Toda esa parte enriquece y te hace estar en el mundo. Lo demás te aísla, te convierte en un pesado que solo sabe hablar de vino".
Ruffoni recuerda, en cierto modo, a aquel maestro inmortal del relato de Manuel Rivas: habla con la lengua de la libertad, empeñado en devolverle al vino algo que nunca debió perder. "Creo que la voluntad ya está ahí. Por lo menos, enriquecer el lenguaje del vino con otro lenguaje. Sacarlo de la veda, de las barreras de entrada, de ese rollo elitista y muy aislado. Empezar a hacerlo accesible, y accesible también a otros temas".
Jugar en las fronteras
Otro brillante autor gallego, Manuel Jabois, parafraseó a Guillaume Apollinaire en Mirafiori cuando escribió: "Los que jugamos en la frontera –piedad para nosotros, que combatimos allí–". Exactamente allí es donde juega –y combate– Alberto Ruffoni: "Lo importante no es descubrir que un vino de 1.000 euros está bueno. Lo importante es irse a zonas como Arribes y hablar de esos pequeños proyectos que son bonitos, actuales. Son gente que se está jugando la economía haciendo algo fuera de la lupa, en los márgenes. De hecho, creo que se puede escribir mucho de esto, de la frontera. Todavía vas a zonas donde ya no hay producción de vino: Lugo Norte, Coruña Norte... Allí la vid ha desaparecido, pero te la encuentras en las fronteras, en las lindes. En los márgenes de las carreteras, de los caminos, de las propiedades, en los muros... Son un gran tema las fronteras. Y los vinos de frontera nos recuerdan que las fronteras se mueven. Tú pruebas un vino de Italia, de España, de Chile, de Portugal... y sabes que es de allí, tienen mucha identidad. Pero cuando un vino está entre dos tierras es complicado. Son vinos de encuentro, de mezcla varietal, de mezcla de elaboraciones que están a un lado y al otro la frontera".
Exactamente el tipo de vino que le emociona: "Me encantan los vinos de mezcla varietal: los vinos de Galicia, del norte de Portugal, de Cataluña... Me gusta mucho esa tradición de no poner todos los huevos en la misma cesta. Es como una panorámica. Aunque iba a decir una burrada, que era algo así como una bomba de racimo. Me refiero a que es algo menos concreto, pero como que impacta en mucha más superficie". Feroz metáfora para un pacifista convencido, radical defensor de la desnudez y la verdad: "La prioridad absoluta en un vino para mí no es que sea natural –aunque me encanta que estén menos intervenidos o maquillados–, es la deliciosidad, el disfrute. Es la parte cultural la que hace que el vino nos guste. Es la parte hedonista, la parte de compartirlo".
Y se deja entre líneas, como buen escritor del vino, un último incendio: "No es un drama que se beba menos y se beba mejor. El problema lo tiene quien se estuviera orientando a meter ríos de vino barato en el mundo aunque no esté bueno, aunque no haya dignidad para el viticultor. Pero el vino será mejor, la salud de la gente será mejor, nuestro trabajo será mejor".



