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Vinos

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Las ‘guías’ de vinos más antiguas

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  • Laura López Altares
  • 2025-11-05 00:00:00

Ni Parker, ni Peñín: el primero en iniciarse en la crítica de vinos fue Plinio el Viejo, con su 'Historia natural', donde coronó al Falerno como el mejor de sus tiempos. Otros autores –varios, médicos– siguieron sus pasos.


Cientos, incluso miles, de años antes de que se se inventase la imprenta –exactamente diecinueve siglos antes de que el mítico Robert Parker revolucionara para siempre nuestro oficio–, nos precedieron ancestrales pioneros en la siempre apasionante y laberíntica tarea de catar y clasificar vinos. Fue un escritor, naturalista y militar romano, Cayo Plinio Segundo (más conocido como Plinio el Viejo), quien dio forma a la guía de vinos más primigenia de la Historia en el 77 d.C.: el libro XIV de su Historia natural, dedicado a "los árboles frutíferos" y al mundo de la vid en concreto, desde la viticultura hasta los embriagadores efectos del vino (escribió que al beberlo enciende las entrañas, pero que al bañarse en él refresca).
Dividido en una veintena de capítulos, explora las uvas más deseadas del Imperio Romano, las zonas vitivinícolas más prestigiosas de sus tiempos, los mejores vinos e incluso los productores más ilustres. Como explican en uno de nuestros libros de cabecera, el volumen VII de la Bullipedia: Vinos. El origen y la evolución del vino, "es un repaso de los vinos más relevantes de la mitología clásica, las mezclas más deliciosas, la producción de los vinos amielados o dulces y los vinos de uso medicinal".
A partir de las precisas y evocadoras descripciones de Plinio el Viejo –"Acuérdate, Rey, cuando quieras beber vino, de que bebes la sangre de la tierra"–, crean una interesantísima clasificación con el Puncinum y el Falerno en lo más alto de la lista, reyes indiscutibles de su época y a los que se atribuyeron poderes casi místicos. Entre otros vinos destacados, Plinio menciona a los Albanos, Sorrentinos, Mamertinos, Marsellas o Taurominitanos. También cita a los Petrucios, Palmesios, Mecenacianos, Adrianos, los toscanos de Luna, los Rheticos, los Lagatinos o los Tarentinos. Sobre los vinos de la antigua Hispania, afirma que "tienen nobleza los Laletanos con la abundancia, pero los Tarraconenses y Lauronenses por la hermosura. Los de las islas Balearicas pueden competir con los mejores de Italia".
 Eso sí, concluye que lo más importante a la hora de elaborar un vino es el origen, llegando a apuntar que la variedad "no tiene virtud propia, sino aquella que recibe del suelo donde se planta".
También unos cuantos siglos (seis) antes de que se publicara nuestra primera Guía del vino cotidiano –y van 16–, el revolucionario médico español Arnau de Vilanova presuntamente escribió (no hay consenso sobre su autoría) el fascinante tratado Liber de vinis, una suerte de inusual guía en la que, además de clasificar los vinos en función de su color, aroma, fuerza o calidad, recogió recetas de vinos aderezados con otros ingredientes a los que atribuyó propiedades de todo tipo: desde "curar la tristeza" o los dolores de estómago a "luchar contra el olvido".
Otra de las guías más curiosas de todos los tiempos se escribió también en la Edad Media, aunque en forma de poema: La batalla de los vinos. Publicada en el siglo XIII, narra un hipotético concurso internacional de vinos organizado por el rey francés Felipe II con un sacerdote inglés como juez principal. 70 vinos de Burdeos, Champagne, Borgoña, España o Chipre se midieron en una divertidísima batalla en la que algunos salieron coronados... y otros excomulgados: "Los vinos calificados como buenos fueron bendecidos por un título real denominando al mejor como un Papa. El segundo de los vinos fue beatificado como cardenal y al resto se les otorgaron títulos como reyes y otros eclesiásticos hasta los vinos seculares", apuntan en Bullipedia: Vinos. El origen y la evolución del vino.
Durante el Renacimiento, los vinos se clasificaron según la teoría humoral imperante: la sangre, caliente y húmeda, se asociaba al elemento aire; la flema, fría y húmeda, al agua; la bilis amarilla, caliente y seca, al fuego; y la bilis negra, fría y seca, a la tierra. Al elegir un vino, había que tener en cuenta la propia naturaleza humoral, los alimentos junto a los que se consumiría, la época del año y también el lugar. El agrónomo y escritor español Gabriel Alonso de Herrera escribió a principios del siglo XVI el libro Agricultura general, un impresionante retrato de la enología y viticultura de la época en el que describió los efectos de determinadas variedades sobre los humores.
Autores como Luis Lobera de Ávila, médico de Carlos I, también indagaron sobre los efectos beneficiosos del vino, valorándolo según su origen: en su Banquete de nobles caballeros, señala vinos de San Martín de Valdeiglesias, Valladolid, Cebreros, Vizcaya,Toro...
A partir del XIX, manuales de gastronomía como el Manuel des amphitryons, de Grimod de la Reynière, o la Fisiología del gusto, de Brillat-Savarin, plantaron la semilla del arte de armonizar vino y comida; y, sobre todo, el Manuel du sommelier, de André Jullien.