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Los Borgia: de vino y veneno

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  • Laura López Altares
  • 2026-02-10 00:00:00

Entre orgías desenfrenadas, conspiraciones políticas y vino emponzoñado, la ambiciosa y controvertida familia de origen español llegó a convertirse en la más poderosa de la Roma renacentista.


Como escribe Mario Puzo en el prólogo de Los Borgia, la Roma del Renacimiento "no era una ciudad bendita; era un lugar sin ley". El mítico autor de El padrino afirma que en aquellos tiempos donde la razón volvió a reinar, con avances extraordinarios en la filosofía, las ciencias o el arte, en Roma todo tenía un precio: "Con suficiente dinero se podían comprar iglesias, perdones, bulas e incluso la salvación eterna".
En los albores de aquel caótico –aunque esperanzador– nuevo mundo, una familia de origen valenciano, los Borgia (Borja), se alzó como una de las más poderosas de Roma, despertando recelo y fascinación a partes iguales. Su desenfrenada historia –inmortalizada en la literatura, la ópera, el teatro, el cine y la televisión– está salpicada de intrigas políticas, excesos, veneno... y vino a raudales.
Y, a menudo, todo junto: "Sí, los Borgia tienen venenos que matan en un día, en un mes, en un año, según desean; son venenos traidores que hacen más sabroso el vino, y obligan a vaciar con más gusto la botella. Créese uno embriagado y está muerto (...). Muere, y uno se acuerda entonces de que hace cosa de seis meses bebió un vaso de vino de Chipre en casa de algún Borgia". Víctor Hugo dedicó una obra de teatro a  la controvertida Lucrecia Borgia en pleno romanticismo, inspirado por su cautivadora ambivalencia. Dibujada por la Historia como una seductora antiheroína, la hija del cardenal Rodrigo Borgia, que en 1492 se convirtió en el polémico papa Alejandro VI, fue deseada por su belleza y temida por su astucia y su fama de pérfida envenenadora: "Porque haya habido dos o tres famosas cenas en que los Borgia han envenenado a sus mejores amigos con un buen vino, no es una razón para dejar de cenar enteramente, ni para hallar veneno en el delicioso vino de Siracusa, o Lucrecias en todas las bellas princesas de Italia", continuaba Maffeo Orsini en la Lucrecia Borgia de Víctor Hugo.
Aunque muchos historiadores y escritores han intentado hacer justicia a la Lucrecia real, despojándola del malditismo que la persigue, su imagen de implacable mujer fatal ha dejado una huella muy potente en el imaginario colectivo. El dramaturgo italiano Dario Fo, premio Nobel de Literatura, fue uno de aquellos justicieros, y en su libro Lucrecia Borgia, la hija del Papa, trató de revelar su verdadera tragedia: "La víctima llamada una y otra vez a ser inmolada, desde su misma infancia, es sin duda alguna Lucrecia. Es ella la sacrificada a la menor oportunidad sin una sola pizca de piedad, tanto por su padre como por su hermano, en la vorágine de los intereses financieros y políticos". Respecto a la familia Borgia, concluye que "fue la suya una existencia desenfrenada, tanto en su comportamiento sexual como en su actuación social y política".
En cualquier caso, la científica Adela Páez aborda en su libro Historia del veneno: de la cicuta al polonio una cuestión clave para entender mejor la leyenda negra de los Borgia: "¿Fue realmente el papado Borgia mucho peor que otros de la misma época? La leyenda negra de los Borgia se alimentó del sentimiento antiespañol generalizado en la época y del nacionalismo italiano del Risorgimento, según el cual la presencia extranjera era la causa de todos los males de la nación". Pero es un hecho que no les tembló el pulso a la hora de fulminar a sus enemigos políticos, en una suerte de Juego de tronos renacentista que inspiró al mismísimo Maquiavelo para construir su modelo de Príncipe –especialmente, César Borgia, el más ambicioso y carismático–.
"Si el acto de envenenar tuviera un apellido, este habría de ser Borgia, y si hubiera que darle nombres, esos serían Lucrecia y César. Con la inestimable ayuda del veneno de la familia, la cantarella, representaron sendos papeles principales en la fascinante Italia del Renacimiento", señala Adela Páez. Se dice que la cantarella era un mortífero polvo blanco, insípido e incoloro, pero no hay consenso sobre su verdadera naturaleza: pudo haberse elaborado con arsénico, una mezcla de sustancias tóxicas e, incluso, restos orgánicos.
El polifacético Leonardo da Vinci, ingeniero al servicio de César Borgia, lo investigó a fondo cuando le fue encomendada la tarea de crear un veneno imposible de detectar por los catadores de comida de sus enemigos. Desconocemos si tuvo éxito en su tarea: los Borgia siguieron eliminándolos entre bacanales renacentistas y vinos emponzoñados sin ningún disimulo.
El propio papa Alejandro VI murió tras un banquete y, aunque todo apunta a que fue a causa de la malaria, siempre se sospechó que el vino que bebió aquella noche tuvo algo que ver...