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Lord Byron: el vino como espejo

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  • Laura López Altares
  • 2026-04-10 00:00:00

Excéntrico, temerario y provocador, el poeta inglés escribió y vivió entre el escándalo y el incendio, encarnando a ese impetuoso antihéroe romántico que halló en el vino goce y tormento.


Si el Romanticismo tuviera rostro, sería el de Lord Byron: idealista, torturado, temerario y ardiente, vivió con la pasión desmedida de los antihéroes de su tiempo. Defensor de la libertad y adalid de los placeres terrenales, el poeta inglés se convirtió en leyenda tanto por su fascinante obra como por su tempestuosa forma de vivir: "El gran objeto de la vida es la sensación. Sentir que existimos, aunque sea en el dolor. Es este vacío insaciable el que nos empuja al juego, a la guerra, a los viajes, a todo tipo de actividades, desordenadas, pero fuertemente sentidas, cuyo atractivo principal es la agitación inseparable de su realización".
Hoy, más de 200 años después de su prematura muerte en Grecia –viajó allí para luchar por su independencia, pero cayó fulminado por la malaria antes de llegar al campo de batalla–, la figura intensa y rebelde del primer poeta maldito sigue inspirando el arte, incluida la gótica y turbadora Frankenstein, de Guillermo del Toro, que concluye con una cita que podría resumir el espíritu del Romanticismo y del propio Byron: "Y así el corazón se romperá; pero, aun roto, seguirá viviendo".
Aristócrata exiliado, amante voraz y poeta excesivo, escandalizó a la Inglaterra de principios del siglo XIX con un reguero de incómodos amores y explosivos rumores. Pero Byron fue mucho más que un libertino: encarnó un espíritu radicalmente libre en un mundo que prefería la apariencia al temblor.
Su obra se puede interpretar como ese difuso espejo donde el héroe revela sus sombras y contradicciones, dejando atrás la inmaculada perfección del mito. El llamado "héroe byroniano" no busca redención ni salvar el mundo, busca arder en él. Es brillante y oscuro, seductor y autodestructivo, noble y profundamente humano.
Y, entre las pasiones que lo definen, el vino ocupa un lugar simbólico y recurrente, asociado al placer, el exceso, la libertad, la rebeldía, la sátira social, la nostalgia o el tormento. Como un reflejo del Romanticismo, invita a celebrar la vida y al goce inmediato: "El vino consuela a los tristes, rejuvenece a los viejos, inspira a los jóvenes y alivia a los deprimidos del peso de sus preocupaciones", resumió Byron en una de sus citas más memorables.
Pero, jugando con esa ambivalencia de los héroes románticos, también vincula el vino al propio tormento interior. "La temporada había terminado con un baile de lo más alegre; pero tengo cenas con los Harrowby, Rogers y Frere y Mackintosh, donde beberé a tu salud con una copa silenciosa hasta arriba a la vez que estaré apenado por tu ausencia hasta que ahogue mi memoria con demasiado Canary, o haré que sea superflua al estar mirándote en el lado opuesto de la mesa", escribe Lord Byron al poeta Thomas Moore, refiriéndose probablemente a alguno de sus amores imposibles.
En su obra más legendaria, Don Juan, donde Byron reinterpreta el mito del eterno seductor y lo dibuja como un antihéroe de sus tiempos, el vino se convierte en una forma de retratar los vicios de la sociedad. Pero, quizá, lo más revelador es cómo lo utiliza para mostrar partes de su alma atormentada, siempre entre la nostalgia –"Los reyes nos gobiernan, los médicos nos asisten con su charlatanería, los sacerdotes nos adoctrinan y nuestra pobre vida se pasa poco a poco. He aquí un soplo, una huella de amor, una gota de vino, una leve sombra de ambición, un ensueño de gloria, de combate, de devoción y, en fin, de polvo..."– y el gozo extremo –"¡Lluvia benéfica que reanimas nuestros sentidos, pocas cosas son superiores a ti, vino maravilloso! Que se predique todo lo que se quiera, puesto que se predica inútilmente. Honremos a Baco, al amor y a la alegría, y mañana iremos al sermón y a la casa del señor boticario. Puesto que el hombre es razonable, necesario resulta que se embriague, ya que los momentos de la embriaguez son los mejores de la vida. La gloria, el vino, el amor y el dinero: he ahí los gozos en los que se congregan las esperanzas de todos los hombres y de todos los pueblos"–.
Ese vínculo entre placer y tormento también se refleja en la vida de George Gordon Byron, que escribió y vivió al límite, e incluso protagonizó una leyenda gótica relacionada con el vino a la altura de su fama. Durante su estancia en la Abadía de Newstead, Lord Byron encontró un antiguo cráneo humano, probablemente de un monje, y "una extraña fantasía se apoderó de él": convertirlo en una copa de vino, inspirado por la tradición ancestral de fabricar copas con calaveras. Este excéntrico recipiente dio origen a una supuesta Orden de la Calavera y a un arrebatado poema que mandó grabar en su interior: "Yo viví, amé y bebí con placer, como tú. / Y ahora estoy muerto: que la tierra renuncie a mis huesos. / Lléname, no puedes ofenderme; / pues el gusano tiene labios aún más viles".