- Laura López Altares, Foto: Peter Muscutt / Unsplash
- •
- 2026-06-05 00:00:00
Noventa años después del estallido del conflicto, en algunos rincones de España cada vendimia susurra el mismo relato: el de una tierra herida que encontró en el vino una forma de resistir al olvido.
N inguna guerra termina del todo. Permanecen agazapadas en los paisajes. En el espeso silencio de Corbera d'Ebre. En las ruinas malditas de Belchite. En las viñas de Terra Alta donde todavía se adivinan las líneas de las trincheras.
Aunque pudieran, aquellos campos jamás hablarían de grandes estrategias militares. Tampoco de gloria. Hablarían de una tierra sembrada de metralla que, con el tiempo, acabó cosiendo sus heridas.
"La añada del 38 no existió, fue alimento de soldados". La frase, un disparo feroz rescatado por el sumiller y elaborador Xavi Nolla a través del testimonio de un viticultor de Terra Alta, resume mejor que cualquier tratado histórico la relación entre el vino y la Guerra Civil española. Mientras la batalla del Ebro convertía la comarca en uno de los escenarios más sangrientos del conflicto, las uvas desaparecían de las cepas antes de llegar a las bodegas. Aquella cosecha voraz nunca llegó a transformarse en vino... Y, sin embargo, el vino estuvo en todas partes.
Estuvo en el frente y en la retaguardia. En las bodegas colectivizadas por sindicatos y campesinos. En las trincheras, donde los soldados lo consumían como alimento, bálsamo y refugio. Incluso, integrado en la logística del conflicto (durante la batalla del Ebro, las barricas fueron utilizadas como flotadores para construir puentes provisionales que permitieran cruzar a tropas y maquinaria de una orilla a otra).
Pero más de ochenta años después, la verdadera historia del vino durante la Guerra Civil sobrevive en la memoria. En la de quienes heredaron aquellas viñas, silencios y ausencias.
Cuando Xavi Nolla comenzó a investigar el periplo de su abuelo durante la contienda, jamás imaginó que la investigación acabaría inspirando sus Vins de la Memòria, un proyecto que reivindica la memoria enológica del territorio y recorre algunos de los escenarios más significativos del conflicto a través de sus fascinantes vinos –como Lo Ebre, Plom o Pólvora–.
Una de esas viñas se encuentra en un lugar imposible: "A un lado, había una trinchera de un bando; y, al otro, una trinchera del contrario. Imagínate lo que pasó en ese viñedo".
Durante meses, aquellas cepas quedaron atrapadas entre dos líneas de fuego. Después, llegó el silencio. La destrucción fue tan salvaje que la recuperación del viñedo tardó años en comenzar. "Estuvieron casi diez años sin viñedo. Se perdió todo", recuerda Nolla. Las cepas desaparecieron. Los campos quedaron cubiertos por restos de proyectiles, bombas y munición. Y muchos habitantes tuvieron que recoger chatarra de guerra para sobrevivir. La tierra se había quedado sorda.
A pocos kilómetros de allí, en Corbera d'Ebre, el conflicto sigue presente en forma de ruina. El Poble Vell es un pueblo fantasma: sus calles vacías y sus fachadas abiertas al cielo se han convertido en uno de los símbolos más sobrecogedores de la Guerra Civil española. Para Francesc Frisach, viticultor, enólogo y copropietario de Celler Frisach, la memoria no habita únicamente en esas piedras. Habita, sobre todo, en las personas: "Hablar del Poble Vell de Corbera hasta hace cuatro días era algo que la gente vivía de espaldas", explica. Pero el tiempo ha cambiado la mirada. Hoy, Frisach reivindica una memoria que pone el foco en quienes reconstruyeron la tierra: "Gente que tuvo que volver con la casa tumbada en el suelo, no había nada". Pero volvieron a plantar viñas y levantaron pueblos enteros (de ahí su vino Sang de Corb, un homenaje a quienes siguieron luchando para salir adelante). "Quien pierde los orígenes pierde la identidad", sostiene.
El mismo credo atraviesa el malherido Campo de Belchite. Paula Yago, propietaria de Bodegas Tempore, conserva en una botella la historia de su abuelo Antonio, miembro de la Quinta del Biberón, aquella generación de adolescentes enviada al frente antes de cumplir los 18 años. Más de un siglo después, sigue recordando episodios terribles: "Se meaban encima del miedo que tenían. Los obligaban a disparar y disparaban al cielo". Pero Antonio sobrevivió (de hecho, aún vive). Regresó a casa. Se casó con la novia que había dejado atrás antes de partir y plantó viñas en 1940 para construir una nueva vida. Las uvas de aquellas cepas forman hoy parte del vino que lleva su nombre: Generación 20 ("Volver a empezar, con cicatrices en las manos y en el corazón").
En ese gesto late algo tremendamente simbólico. Después de la destrucción, plantar. Tras el horror, cultivar. Hablar del vino durante la Guerra Civil es, inevitablemente, hablar de quienes vinieron después. De quienes han heredado historias que apenas se contaban en voz baja y las han convertido en una forma de memoria.



