- Antonio Candelas, Fotos: Xurxo Lobato / D.O.P. Ribeiro
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- 2025-12-09 00:00:00
En la confluencia de los valles tallados por los ríos Miño, Avia y Arnoia, se extiende una de las más antiguas y encantadoras regiones vitivinícolas de Galicia: la D.O.P. Ribeiro.
A llí, una viticultura antigua y profundamente arraigada dialoga con un paisaje de bancales graníticos, laderas empinadas y terrazas sobre roca que parecen esculpidas por la paciencia humana. Con apenas unos 1.300 hectáreas (según datos del Consejo Regulador) repartidas en más de 65.000 parcelas gestionadas por más de 1.600 viticultores, Ribeiro es un microcosmos de diversidad, tradición y esfuerzo.
El pasado 21 de octubre, en Madrid, se celebró una cata profesional dirigida a sumilleres, periodistas y distribuidores que desveló con nitidez los ejes que hoy sostienen la identidad de esta Denominación: la Treixadura como variedad reina, la mezcla histórica de uvas y la capacidad de guarda de sus blancos. Cada vino probado fue como una pincelada en un lienzo complejo, y el conjunto dejó claro que Ribeiro es una zona diversa con un prometedor futuro forjado en un territorio colmado de oportunidades vitícolas.
Treixadura, la voz del terruño
En Ribeiro, la Treixadura es una forma de entender el paisaje, la historia y la viticultura. Esta variedad autóctona domina los viñedos por su capacidad para equilibrar madurez y acidez, fruto de un clima muy particular: Ribeiro se encuentra en una zona de transición entre un carácter mediterráneo suave y una influencia atlántica, con oscilaciones térmicas marcadas entre el día y la noche, lo que permite que la maduración alcohólica y la fenólica vayan de la mano, preservando frescura y expresión aromática.
Además, los suelos en los que se cultiva la Treixadura –de carácter ácido, graníticos, pobres en materia orgánica y muchas veces organizados en terrazas o socalcos para adaptarse a las pendientes del valle– son una de las claves para definir el carácter de esta uva.
En la cata destacó un blanco monovarietal –La Viñoa 2024, de Pazo Casanova– elaborado con Treixadura de parcelas situadas en laderas del valle del Avia. Destaca por su expresividad: en nariz evocaba hojarasca húmeda, musgo, flores blancas; en boca, se sentía vibrante y elegante, con un centro de fruta blanca, cierta textura cremosa y un final largo lleno de mineralidad y acidez viva. Esta botella encarna la filosofía de trabajar viñedos con vocación de altitud y respeto al terruño.
Otro ejemplo fue Torre do Olivar Expresión 2024, de Adegas Pazo do Mar, que en nariz ofrece fruta de hueso (albaricoque, melocotón), manzana verde, hierbas aromáticas y un guiño de anís; en boca, era delicado, fluido, pero con suficiente estructura para no quedar limitado a un consumo inmediato. Este vino demuestra cómo la Treixadura, cuando se planta en bancales con buena exposición y se trabaja con mimo, puede rendir al máximo sin perder su carácter etéreo.
Por su parte, Ramón do Casar Treixadura 2024, de Ramón do Casar, también Treixadura pura, sorprende por su perfil más silvestre: ortiga, eucalipto, finas hierbas del monte y un retrogusto que recuerda a hojas secas. Esa mirada más rural y genuina habla de viñedos tradicionales, de viticultores que conservan parcelas pequeñas y orientaciones diversas, y de un perfil de vino que incluso con su juventud proyecta un punto de rusticidad encantadora.
Estos vinos monovarietales de Treixadura no solo hacen justicia a la variedad, sino al paisaje: al viento que acaricia las terrazas sobre el río, a la piedra granítica que guarda calor, a los viticultores que trabajan bajo la premisa de encontrar el punto justo de sazón de la uva. Son retratos líquidos de un entorno que exige respeto.
Poesía del minifundio
Si la Treixadura es la voz principal, la mezcla varietal es la armonía que define el carácter más tradicional y genuino de Ribeiro. En esta Denominación, el minifundio es la norma: miles de viticultores cultivan parcelas diminutas, muchas de ellas en laderas sinuosas, con orientaciones diversas, altitudes variadas y suelos de granito descompuesto (sábrego). Esa fragmentación obligó, históricamente, a plantar muchas variedades juntas para asegurar la viabilidad y la calidad del fruto en cada viña.
Una de las estrellas de la cata fue Pazo Tizón 2024 de la bodega Pazo Tizón, un ensamblaje de Treixadura, Albariño y Loureira. Aquí se siente la fruta madura de pera y albaricoque, un fondo herbal muy fino, notas balsámicas y una textura suave. Lo más interesante quizá sea cómo esta mezcla logra un equilibrio delicado entre redondez y tensión: no es un vino exuberante, sino preciso, bien construido, con volumen sin pesadez y con una persistencia elegante que invita a saborear cada sorbo.
Más allá, Colección 68 2024, de Viña Costeira, muestra otro rostro de la pluralidad: ciruela amarilla, menta, hierba silvestre, un toque mineral y una boca salina y vibrante. Esa combinación de fruta madura, frescura herbácea y mineralidad habla directamente del mosaico de terrenos de Ribeiro, donde las terrazas forman un paisaje de bancales sobre roca y orientación variable.
En su línea más integradora, Eduardo Peña 2024 de Eduardo Peña, bodega ubicada en pleno embalse de Castrelo de Miño, reune Treixadura, Godello, Lado, Loureira y quizá alguna otra variedad menor para dar un vino complejo y aromático: flores blancas, frutas de hueso y piel, hierbas del monte, todo sostenido por una acidez fina y viva. Su perfil es señorial, serio, y a la vez amable, testimonio de cómo los viticultores de Ribeiro han interpretado sus viñas más antiguas con una mirada moderna.
Otro ejemplo de cómo la Treixadura puede ser acompañada por otras uvas es Adeus 2024 de la Bodega Reboreda. Solo acompañada por Torrontés, este vino procedente del valle del Miño y elaborado con jovial personalidad brinda una base aromática de fruta de hueso escoltada por detalles silvestres. Boca golosa, envolvente y siempre con el carácter frutal en primera línea.
Finalmente, Catro Ferrados 2024, del colleiteiro José Varela Aguado, evoca la tradición más recogida: pequeñas parcelas con Treixadura, Godello y Loureira de la parroquia de Puga aportan un carácter floral delicado, con notas de azahar, hierbas secas y una boca sedosa, casi satinada, que se aferra al recuerdo del paisaje.
Guarda: el tiempo, el cuarto río
En muchas denominaciones blancas, la guarda prolongada es una aspiración secundaria. No en Ribeiro. Durante la cata, los asistentes descubrieron que algunos vinos blancos de la Denominación no solo sobreviven al paso del tiempo, sino que lo usan para crecer, redondearse y ganar complejidad. Esa evolución convierte el tiempo en un cuarto río que modela los vinos tanto como el Miño, el Avia o el Arnoia moldean el paisaje.
El Patito Feo 2023, de Iván Vázquez Pateiro, es un blanco que parte de Treixadura, pero con un trabajo muy cuidado en lías y algo de madera. En nariz muestra reductivos bien integrados, notas de hierbas secas, hojas de té y un toque balsámico. En boca, sorprende por su longitud, su salinidad, su nervio fresco y su equilibrio: no es un vino exuberante, sino medido. Tiene vivacidad, pero también densidad, y la sensación de que puede envejecer con gracia. Su producción, aunque no es masiva, refleja la filosofía de bodegas que creen en el tiempo como aliado.
Renacido 2023, de Pablo Vidal, con su proyecto Vinos con Personalidad, pasó siete meses en barrica francesa, tras afinarse durante 14 meses en lías, lo que le ha otorgado una estructura más definida. Aromáticamente ofrece fruta madura, matices especiados, quizá un leve recuerdo de vainilla o tostado muy sutil, y también una piedra pizarrosa que aporta tensión. En boca tiene volumen, una acidez que aguanta el paso del tiempo, y un final envolvente que sugiere que, con algunos años, este vino podría abrir nuevas capas aromáticas más suaves, más complejas.
Village 2023, de Xosé Lois Sebio, es un vino que captura la esencia más pura del valle del Avia. Procede de un mosaico de viñas donde conviven cepas centenarias de 112 años con plantas jóvenes de apenas cinco, en suelos de sábrego, esquisto y arcilla que aportan complejidad natural. El ensamblaje equilibrado de Treixadura y Albariño –junto a un pequeño porcentaje de variedades históricas– fermenta y se cría durante 10 meses en un gran foudre de 2.500 litros, buscando finura más que intervención. El resultado es un blanco de estilo delicado, mineral y floral, con recuerdos de hojarasca y fruta perfectamente integrada. En boca es fresco, sápido y de una elegancia serena que resume el carácter más fino del Ribeiro.
Por su parte, Armán Finca Misenhora 2023, de Casal de Armán, viene de una parcela especial en el valle del Avia, en las terrazas más soledas y graníticas. Aporta Treixadura junto con pequeñas cantidades de Albariño y Godello, lo que da riqueza y profundidad. En nariz combina flores blancas, fruta de hueso (nectarina, melocotón), hierbas secas, algo de piel de cítrico y un fondo especiado muy delicado. En boca es elegante, con buen peso, pero sin pesadez: la acidez mantiene el frescor, mientras que la madera y la crianza aportan un tejido sedoso y un recorrido amplio. Este vino es una prueba clara de que en Ribeiro se pueden producir blancos que prosperan en botella.
Paisaje e identidad: la esencia líquida de Ribeiro
Más allá de las uvas y las técnicas, lo que hace único al Ribeiro es su territorio, esa conjunción mágica entre geografía, clima, manos y tradición. Los tres ríos –Miño, Avia y Arnoia– son arterias que atraviesan un paisaje ondulado donde los viñedos se mecen en terrazas graníticas, donde los muros de piedra proponen historias de generaciones que han plantado, podado, cosechado y cuidado la viña durante siglos.
En el valle del Avia, los viñedos se trepan por las laderas de los montes, en bancales de piedra, orientados para capturar el sol y evitar la humedad excesiva. Las exposiciones varían tanto que algunos bancales son casi norte-sur, otros sur-este o suroeste; cada uno con microclimas propios, sombra y radiación distinta, temperaturas y vientos particulares: un mosaico complejo y vivo.
El suelo es otro componente esencial: el sábrego, ese granito descompuesto, se mezcla con arena y grava, dando suelos poco profundos, ácidos, pobres en materia orgánica, con un drenaje excelente. Esa pobreza aparente no es un defecto: es la fuente de la mineralidad y la tensión que muchos vinos de Ribeiro revelan. La piedra, el viento, la luz: todo se conjuga para forjar un terruño exigente, que no perdona y, a cambio, da perfiles delicados pero definidos.
La cata profesional de Madrid del 21 de octubre fue un viaje sensorial por el corazón de Ribeiro, un territorio donde los ríos dan vida a un paisaje vitícola extraordinario desde donde se puede saborear una geografía viva y con un profundo respeto humano. Antonio Candelas
C.R.D.O.P. Ribeiro
Avda. Redondela, 3. 32400 Ribadavia (Ourense)
Tel. 988 477 200
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