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Terres dels Alforins, donde el vino mediterráneo es pasado y destino

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  • Redacción
  • 2026-02-10 00:00:00

La Valencia más inesperada se guarda en la manga un guerrero ancestral, pueblos que atrapan con su encanto –especialmente ese bello triángulo formado por Moixent, La Font de la Figuera y Fontanars dels Alforins–, paisajes hipnóticos, un puñado de damajuanas y una historia fascinante escrita entre el barro y las variedades autóctonas (Arcos, Forcallat, Mandó...). Nos asomamos al porvenir de esta pintoresca comarca, unida al vino desde la raíz.


A l cruzar la frontera entre La Mancha y Valencia, la sensación es casi irreal y poderosamente atractiva, algo así como adentrarse en un mundo paralelo. En poco más de tres horas de viaje, no solo cambia el paisaje hasta rozar el mar Mediterráneo, también se pulveriza la distancia que separa nuestro invierno madrileño de una primavera constante.
Y algo debieron de intuir los íberos que, hace más de dos mil años, llegaron a las comarcas valencianas de La Costera y La Vall d’Albaida, a las Terres dels Alforins, para escribir su destino entre el barro y las uvas locales. Probablemente atraídos por la generosidad de estas tierras, los edetanos y contestanos –así fueron denominados los íberos valencianos– se establecieron en poblados como la Bastida de les Alcusses, un asentamiento fortificado situado al extremo suroeste de la Serra Grossa (Moixent), en el que habitaron unas 600 personas entre finales del siglo V a.C. y mediados del IV a.C.
La que fuera una de las ciudades más importantes de la Contestania íbera inspira todo tipo de historias y, a pesar de su rápida y misteriosa desaparición, dejó una huella providencial en la zona. Ese legado vitivinícola permanece vivo en pueblos que nacieron de la viña y que reverencian sus raíces a través de vinos tremendamente singulares.  
 
De guerreros y viñadores
"Siempre fue el barro", recuerda Paco Senís, enólogo responsable de bodega en el Celler del Roure –y uno de los catadores más prodigiosos de este país–. El barro del que se nutren las viñas desde tiempos ancestrales, el mismo con el que los íberos fabricaron los recipientes donde guardaron el vino. Y algunos utensilios tan fascinantes como la clepsidra, una especie de filtro-decantador hecho de barro que les servía para protegerlo y servirlo. Paco nos muestra este curiosísimo sistema, que descubrimos perplejos, y vuelve la mirada al barro.
"El eje de nuestra bodega son las variedades antiguas minoritarias, esas uvas que casi desaparecieron y que poco a poco estamos poniendo en valor: Mandó, Arcos, Forcallat... Lo son porque nos permiten enseñar un paisaje. Y las tinajas de barro, que utilizamos desde 2009, nos ayudan mucho a que se expresen. Estos vinos antiguos [su gama centrada en la recuperación de variedades prefiloxéricas] son muy frescos, sutiles, fluidos, con poco color, y hablan de un nuevo Mediterráneo. Un Mediterráneo que ya existía, pero que no se conocía", explica.
Fueron Pablo Calatayud y su padre, Paco Calatayud, quienes pusieron en marcha este proyecto apasionante hace 26 años, con apenas diez hectáreas de viñedo, una pequeña bodega de garaje y el impulso de despertar ese Mediterráneo olvidado a través de la recuperación de variedades autóctonas. En 2007 se trasladaron a las tierras altas de Les Alcusses, donde se encuentra actualmente su bodega, que alberga un auténtico tesoro arqueológico: la bodega fonda formada por tres impresionantes galerías subterráneas de los siglos XVII, XVIII y XIX. Al abrigo de su hechizo húmedo, un centenar de tinajas de distintos tamaños redondean y pulen los vinos, menteniendo la tipicidad de esas uvas antiguas y la expresión más honesta de la tierra en la que nacen.
Las tinajas están presentes desde la entrada de la bodega, como inmensas anfitrionas de otro tiempo. Aunque les disputa el protagonismo una familia de adorables burros que nos dio la bienvenida bajo el sol invernal. Alrededor, las viñas duermen, recién podadas. Y todos los elementos que integran la bodega, incluidos una suerte de precioso auditorio subterráneo y una hilera de sinuosas damajuanas, parecen escuchar la misma música. Sugerente, ancestral, tremendamente viva.
A tan solo unos minutos, montaña adentro, se encuentra el enigmático poblado íbero de la Bastida de les Alcusses. En este impresionante enclave se halló la figura del Guerrero de Moixent, emblema del estratégico municipio (puente natural entre la meseta castellana y Levante) y del patrimonio valenciano. Cuenta Guadalupe Gandía, especialista de cultura y turismo del Ayuntamiento de Moixent, que el original mide 7,3 centímetros y que puede verse en el Museo de Prehistoria de Valencia: "Es una escultura ibérica de bronce del siglo IV a. C., un exvoto que representa a un guerrero a caballo, con una falcata –espada– en una mano y una caetra –escudo– en la otra, y un casco con penacho. Todo un símbolo de poder".

El triángulo mágico
Nuestra guía a través de las laberínticas calles del encantador pueblo de Moixent es una de las responsables del Museo Arqueológico Municipal y nos narra con una pasión contagiosa las historias más curiosas del pueblo. Como ese pasado andalusí en el que las casas hicieron las veces de muralla; o los milagros del Padre Moreno, que ilustran la parte derecha del altar de la iglesia parroquial de Moixent; o todos esos caminos que han marcado su suerte desde tiempos inmemoriales (la Vía Heráclea de íberos y cartagineses, la Vía Augusta de los romanos, la calzada islámica o el camino real de Játiva a Toledo).
Desde la plaza de Santa Bàrbara, las vistas de Moixent son preciosas, con esos tejados pintorescos que nos recuerdan a la bellísima Lisboa. También atrae la mirada –casi como si fuese un faro– la singular cúpula de tejas de Manises esmaltadas en azul que corona la iglesia parroquial de Moixent junto al campanario en aguja.
Guadalupe recuerda que el destino de este pueblo siempre ha estado unido a la viña y que algunas de las bodegas más interesantes de la D.O.P. Valencia se sitúan en el magnético triángulo formado por Moixent, La Font de la Figuera y Fontanars dels Alforins. Desbordantes de encanto, historia y cultura, estos pueblos reflejan la esencia de Terres dels Alforins, conocida como la Toscana valenciana por sus evocadores paisajes mediterráneos.
Desde la cima del Capurutxo, el pico más alto de la zona, se contempla una de las panorámicas más espectaculares de esta comarca, que se mueve entre la sobriedad castellana y la sensualidad levantina. Un horizonte que revela un atractivo mosaico de pinares, olivos y viñedos capaces de dibujar, casi al primer vistazo, el alma de Terres dels Alforins.
En La Font de la Figuera, con sus antiguos molinos, sus templos y sus yacimientos de civilizaciones remotas –como los de la Cova de la Balconada y la Cova Santa–, las raíces y el presente bailan al mismo ritmo pausado y delicioso. Pueblo de paso y de frontera, ha forjado su carácter al compás de los caminos y del trabajo de la tierra. Como en Moixent, la viña vuelve a ser hilo conductor de una identidad profundamente ligada al paisaje.
Ese paisaje, salvaje pero sereno, también invita a la contemplación lenta en Fontanars dels Alforins. Heredero de una tradición agrícola ancestral, ha encontrado en la viña una forma de mirar al futuro honrando su memoria. Como hemos visto en El Celler del Roure, las bodegas de la zona, en su mayoría proyectos familiares, reivindican las variedades autóctonas y defienden una viticultura sostenible, consciente, profundamente ligada al paisaje.

Nombres con raíz
Uno de esos proyectos fascinantes es Fil·loxera & Cía, que ha hecho de aquellas uvas locales recuperadas su desafiante bandera, creando una gama de vinos maravillosamente singular, casi irreverente, que exhibe el talento circense de unas variedades únicas: Bienvenidos al Extraordinario Mundo de la Mujer Caballo, mitad Mujer, mitad Caballo.
Pero el nuevo relato del Mediterráneo interior también lleva los nombres de Rafa Cambra, Javi Revert, Clos Cor Ví, Bodegas Belda, Casa Los Frailes, Bodegas Los Pinos, Bodegas Arráez, Cooperativa La Viña, Bodegas Enguera, Bodega El Poblet o Pago Casa Gran. Cada una de ellas, con su historia y sus pecularidades –de la genialidad pionera de Rafa Cambra al dinamismo de Bodegas Arráez–, contribuye a un lenguaje común que habla de paisaje, memoria y tiempo.
El mismo impulso renovador de las bodegas, su espíritu familiar y la mirada consciente se trasladan también al enoturismo, que propone experiencias fascinantes en torno al vino alineadas una forma de habitar y de comprender el territorio.
Lejos de ofrecer vivencias impersonales, el enoturismo de Terres dels Alforins apuesta por la cercanía, la autenticidad y actividades tan memorables como viajar en globo entre viñedos; visitar el "viñedo de los murciélagos", en el corazón de la Sierra de Enguera, una experiencia de ecoturismo rural única en España; elaborar tu propio vino; disfrutar de un almuerzo con deliciosos productos y vinos locales tras recorrer algunas de las rutas más espectaculares del territorio; dormir bajo el cielo de la Toscana española; descubrir los secretos tallados en piedra de bodegas centenarias; pasear entre viñedos de uvas malditas que fueron rescatadas del olvido...
Un enoturismo que convierte al viajero en cómplice del apasionante relato de un territorio que invita a escuchar, a mirar y a entender que el vino, aquí, sigue siendo una forma de memoria.

Más información:

comunitatvalenciana.com/es/turismo-rural-y-natural/enoturismo