- Laura López Altares
- •
- 2026-02-10 00:00:00
En estos tiempos tan faltos de certezas, una estirpe de jóvenes viñadores ha decidido apostarlo todo a la raíz, a preservar el legado de sus familias y seguir contando la historia de sus territorios, reivindicando un idioma propio. Con sus voces creativas y su talento inmenso están escribiendo uno de los capítulos más emocionantes del vino español, poniendo el foco en la sostenibilidad y el terruño. Atraídos por el lado salvaje del vino, buscan elaboraciones más desnudas que expliquen con mayor pureza sus paisajes.
Esa curiosidad los ha llevado a probar referencias de todo el mundo y a estrechar lazos con otros productores; por eso su visión es más horizontal, abierta y rica que la de sus predecesores. Además, abanderan a viva voz la defensa de los pueblos y el campo como forma de mantener vivos los entornos rurales, "una responsabilidad colectiva".
La historia del mundo también se escribe –y se cuenta– desde los viñedos, supervivientes de plagas y guerras; testigos de las luces, sueños y sombras de incontables generaciones. Hoy, se asoman a un planeta convulso que no deja de asediarlos con todo tipo de desastres –sobre todo, climáticos, sociales y políticos–, pero lo hacen con la esperanza intacta porque una nueva estirpe de viñadores ha apostado todo a sus raíces.
Estos hombres y mujeres, nacidos bajo la Generación Millennial y la Generación Z, comparten una mirada valiente, creativa y cosmopolita, talento desbordante, curiosidad hambrienta, respeto profundo por el legado de sus ancestros y un entusiasmo a prueba de huracanes. Tienen una sensibilidad especial para leer sus territorios, desde las sedientas viñas de Jumilla al Atlántico a quemarropa, y van un paso más allá en cuestiones de sostenibilidad. Roc Gramona, sexta generación de la mítica Gramona, lo explica de forma muy certera: "Con la realidad climática que vivimos, no basta con ser sostenibles. Lo que nos estamos planteando es cómo adaptarnos a esa nueva realidad, que básicamente consiste en tener que reestructurar parte de nuestro viñedo y trabajar con nuevos diseños de plantación, porque pensamos a largo plazo y queremos que dure muchos años. También somos completamente dogmáticos con las variedades locales".
Martina Prieto Pariente, directora técnica de Pariente Tradición Familiar, también pone el foco en el complejo contexto climático y en esa visión más consciente: "Como nueva generación, aportamos una mayor profesionalización, una estructura más definida y una sensibilidad especial hacia temas como la sostenibilidad, el cuidado del equipo humano y la relación con el entorno".
En la era de la curiosidad
Las conexiones globales han cambiado de una forma vertiginosa, y eso también influye poderosamente en las relaciones entre elaboradores: "La globalización nos ayuda a conocer gente de todo el planeta, estamos en contacto con productores de todo el mundo, lo que nos permite tener una visión mucho más horizontal y completa de la realidad que vivimos. Además, tenemos un sano vicio: no solo bebemos nuestros vinos, nos gusta comprar y cambiar vino con productores, con amigos", apunta Manuel Méndez, enólogo y copropietario de Bodegas Gerardo Méndez.
Carlos Cerdán, cuarta generación al frente de Bodegas Cerrón, también destaca esa camaradería entre jóvenes elaboradores, una generación que ha perdido el miedo al lado salvaje del vino: "Al hacer vino, trasladas una forma de mirar y un paisaje. Trabajamos de una forma natural, sin adiciones de sulfuroso, con fermentaciones espontáneas... y esto es algo que la generación de mis padres trabajaba con algo más de miedo. Nosotros preferimos elaborar vinos desnudos y también hacemos algo que quizá otras generaciones no hacían, que es ser muy consumidores de vino. Y no solo de nuestros vinos, sino de vinos de todo el mundo. Es imposible hacer buen vino si uno no bebe buen vino".
Sobre esa curiosidad generacional también habla Sara Sastre, tercera generación de Viña Sastre: "Somos una generación de disfrutones. Curramos mucho, pero lo que más nos gusta es compartir una botella de vino, que es un gran aprendizaje. Tenemos que probar cosas diferentes para saber dónde estamos y dónde queremos llegar. Compartimos más información, nos apoyamos los unos en los otros y tenemos ambición de aprender cosas que se hacen por el mundo". Y señala otra de las claves para entender el valor que aporta su generación: "Estamos transmitiendo la visión actualizada de lo que es la vida, del consumo de nuestro entorno, de las nuevas tecnologías, y de los nuevos métodos que mejor funcionan en cuanto a marketing".
La defensa de los pueblos
Para Carlos Cerdán, esa visión actualizada de la vida pasa por un giro abismal en las necesidades, marcadas por el cambio de época: "En las zonas rurales se vivió intensamente la pobreza, la generación de nuestros abuelos vivió un periodo de dictadura donde pasaron hambre. Al final, lo que querían era poner un plato en la mesa a las generaciones siguientes. En el caso de la generación de mis padres, su ilusión era intentar que sus hijos tuvieran estudios. Y, en la nuestra, hemos querido formarnos e informarnos, hemos tenido la posibilidad de viajar, de abrir la mente y ser un poco más cosmopolitas. Creo que somos más curiosos porque nos han dado la oportunidad".
En las tierras altas de Jumilla, Bodegas Cerrón representa una forma excepcional y consciente de interpretar el paisaje: salvaguardando –y convirtiendo en prodigiosos vinos– el patrimonio vegetal de Fuente-Álamo (Albacete) y construyendo biodiversidad.
Como cuarta generación al frente de la bodega familiar, Carlos explica que parten del respeto para construir, aunque comparten con sus padres el ímpetu por defender aquello en lo que creen, y cierta rebeldía frente a lo convencional: "Hemos tenido unos padres que ya fueron muy revolucionarios, eran los hippies del pueblo. En los ochenta ya trajeron las ideas de viticultura de responsabilidad, trabajando en ecológico. Fuimos los primeros en certificarnos en la zona y casi en Castilla-La Mancha. Hay que respetar y entender lo que han hecho ellos y en qué circunstancias. Y, a partir de ahí, revolucionar. Aunque intentamos hacer los cambios lo más rápido posible para poderlos disfrutar, porque también somos una generación más hedonista. Es decir, planto una viña bajo unos criterios que me han dado tanto la formación como los viajes y quiero que la disfruten futuras generaciones, pero también quiero intentar disfrutarla yo".
Al venir de la agricultura ecológica, les fue más sencillo implementar la biodinámica y explorar desde ese prisma las posibilidades que les ofrecía el territorio. De ahí nació Stratum Wines, un proyecto fascinante que pusieron en marcha los hermanos Cerdán –Carlos, Lucía y Juanjo– dentro de la bodega para recuperar viñedos históricos abandonados que atesoran la memoria de las variedades autóctonas. Y de todo un pueblo.
"Nosotros somos amantes de lo rural, nos gusta el pueblo. Y no es que sea un pueblo bonito, pero sí que hay un paisaje de viñas plantadas, muchas de ellas a pie franco, como pequeños bonsáis, que es un patrimonio histórico. Pero es que además las puedes fermentar y hacer vinos que viajan por las grandes mesas del mundo para contar la historia de los pueblos, de los antepasados y de las zonas rurales. Somos muy afortunados de tener la oportunidad de poner ese relato en los restaurantes donde nos gusta comer y beber. Y esa es básicamente la historia del proyecto de Bodegas Cerrón: hacemos vino para venderlo, comprar más vino e ir a restaurantes. El ciclo de vida", señala.
La familia Cerdán García también elabora queso artesano siguiendo la misma filosofía ecológica y practicando la denominada economía circular para aportar valor a la zona: las cabras comen el raspón de la uva, hacen humus de lombriz con su abono para alimentar de nuevo la viña... "Somos viñadores, tenemos raíces hacia la tierra y mucho pensamiento crítico y filosófico, e intentamos enseñar a los jóvenes del pueblo que quizá la vida que ellos han soñado en Madrid no va a ser la que pensaban. La realidad es que nuestra zona tiene un potencial vitícola tremendo, pero falta un pilar clave, que es el principal: el factor humano. Faltan personas, faltan proyectos. Lo que intentamos hacer es educar, siempre dar la bienvenida a la gente que quiera aportar a la zona, tener las puertas abiertas y seguir construyendo territorio".
Entusiasmo desbordante
Sara Sastre, una de las voces más jóvenes y apasionadas de la Ribera del Duero, también defiende con ímpetu la vida de los pueblos: "A mí me gusta el vértigo de la ciudad, pero necesito el pueblo. En los pueblos pones en valor cosas que en una ciudad pasan más desapercibidas, eres consciente de todo porque hay menos ruido alrededor. Ahora que está tan de moda la vida slow, lo healthy... Todo eso te lo da la tierra, donde se encuentran los pueblos. Si los jóvenes analizaran fríamente la calidad de vida que van a tener en un pueblo y en una ciudad, mucha gente volvería".
En La Horra, la vida va más despacio. Y, como cantaba Guitarricadelafuente a su pueblo aragonés, "parece de verdad". Este pueblo de Burgos es la pequeña patria de Viña Sastre, una de las bodegas más emblemáticas de la zona. Y Sara, tercera generación de la familia junto a su hermano Raúl, ha irrumpido en el proyecto con un entusiasmo formidable: "Cuando hay dos generaciones que conviven, el cambio generacional es más rico. Somos flamenco y bachata [risas]. Mi idea es rejuvenecer un poquito la marca, que haya más conexión con la gente joven, y que la bodega sea más orgánica. Estamos viviendo una evolución mirando al pasado, pero teniendo enfrente el futuro, escuchando lo que hacían nuestros antepasados y volviendo a entender otra vez la viña con la mezcla de variedades, que esto ya lo hacía mi bisabuelo".
Heredera de una comprometida y pionera estirpe de viticultores, escribe el porvenir de la bodega familiar mano a mano con su padre, el carismático Jesús Sastre, dirigiendo la mirada a la tierra: "La herencia de campo es brutal. Mi abuelo dejó de echar pesticidas hace 45 años y, para mi padre, el terroir es lo más importante, que los suelos y la viña estén sanos. Nuestra bodega es la bodega de un viticultor, de una persona que se centró desde el primer momento en la viña".
Cruce de destinos
Dos generaciones de viticultores coexisten también en Bodegas Gerardo Méndez (Meaño, Pontevedra), donde el Atlántico empapa viñas y destinos con su bruma salina: "Mejorar lo que ya hay es bastante difícil. Aunque tenemos capacidad de mejora en la filosofía y el trabajo, la magia ya estaba hecha".
El respeto de Manuel Méndez y su hermana Encarna a la labor de su padre, Gerardo Méndez, es casi reverencial –"destacaríamos su defensa a ultranza de una variedad, la Albariño, y sobre todo de una zona, las Rías Baixas, a la que pusieron en el mapa"– y lo consideran una suerte de brújula, de guardián de las añadas: "El verdadero valor del relato generacional es el histórico que queda. Lleva más de 50 vendimias a la espalda, y su conocimiento de todas ellas nos puede ayudar muchísimo a tomar decisiones en la viña".
La filosofía de esta bodega familiar, cuya historia se remonta a 1973, es intentar expresar lo que sucede en cada añada a través de su vino base, Do Ferreiro –"es lo más interesante y lo más importante para nosotros"–, un maravilloso puzle de Albariño de diferentes parcelas; y, por otro lado, dar voz a terruños irrepetibles a través de sus "vinos especiales". Como el rompedor Do Ferreiro Adina, nacido en una veta de pizarra roja frente a la Isla de Ons e ideado por la prodigiosa intuición de Manuel.
Doble relevo
Otra elaboradora con una sensibilidad excepcional es Martina Prieto Pariente, quien junto a su hermano Ignacio y su madre, Victoria Pariente –una de las grandes pioneras de la D.O.P. Rueda–, ha impulsado Pariente Tradición Familiar, donde se integran los tres proyectos vitivinícolas de la familia: Bodegas José Pariente, Bodegas Prieto Pariente y A Vilerma. Su desafío principal es mantener la identidad de las zonas en las que elaboran y, precisamente por eso, el relevo generacional es más complejo y emocionante.
Como afirma la directora técnica de Pariente Tradición Familiar, ese relevo conlleva "hablar de legado, y esto es como una hoja de ruta muy marcada; no se limita a una marca o a unos vinos, incluye una manera de entender el viñedo, el trabajo diario y la relación con el territorio. Existe un vínculo emocional muy profundo, y uno de los grandes retos del relevo generacional dentro de las familias es convivir con ese peso emocional, cuidar una identidad que forma parte de nuestra propia vida".
En su caso, el reto es aún mayor porque ha vivido un relevo doble: por un lado, el que se ha llevado a cabo dentro de la bodega familiar: Bodegas José Pariente, pero también entre familias distintas en A Vilerma. La clave, explica, es entender muy bien el contexto actual, con nuevas herramientas, nuevas inquietudes y una visión de mercado muy diferente: "Nosotros hemos convivido mucho tiempo, ese relevo no ha sido disruptivo, sino que se ha basado en el diálogo entre las generaciones, porque es una responsabilidad a largo plazo: tenemos que tomar decisiones pensando cómo afectarán al proyecto dentro de 10, 20 o 30 años. Al final, esa mirada larga es una de las grandes fortalezas de las bodegas familiares".
Otra cuestión muy interesante que aborda Marina es la del abandono de los entornos rurales, y reivindica a las bodegas como un motor para fijar población: "Cada viñedo que se abandona es una pérdida cultural en todos los aspectos. Pero vivimos en una realidad muy compleja. En el campo, muchas veces no es que falte vocación, lo que falta a menudo son condiciones. Es decir, no es un problema de hoy, la falta de relevo es el resultado de décadas de abandono progresivo, de pérdida de servicios, de infraestructuras limitadas, de dificultades burocráticas para acceder a la tierra... Si queremos campo, viñedo y pueblos vivos, el relevo generacional no puede depender únicamente de la vocación individual, es una responsabilidad colectiva".
Genialidad y memoria
El paisaje ondulante del Penedès se arremolina en un apellido cargado de memoria: Gramona. Roc Gramona y su primo Leo representan la sexta generación de una familia histórica que llevaba siglos encomendando su destino a las burbujas... hasta que llegó su revolución tranquila. Primero poco a poco, mientras impulsaban su propio proyecto, L'Enclòs de Peralba (así, cada generación tenía sus espacios para experimentar con libertad). Después, ambos caminos confluyeron: "Ahora es el momento más bonito de todos: ya hemos visto que nuestro proyecto y nuestro estilo de vinos funciona, y lo vamos integrando dentro de Gramona. La obsesión es poder hacer vino fino con nuestras variedades locales, con nuestro clima y con nuestro conocimiento, y también estamos llegando. Los espumosos tenían una gran calidad, pero los vinos tranquilos sí que debían ser más coherentes con lo que hacíamos con las burbujas, buscando un perfil más genuino. Hemos mejorado, sobre todo, en que los vinos están un poco más afilados, más frescos, más precisos, sin haber cambiado mucho. Y creo que esa línea es la acertada".
Abanderado de la viticultura biodinámica y de las uvas autóctonas mediterráneas, deja un inspirador mensaje para incentivar el relevo en la viña: "Es muy sacrificado, pero si te apasiona es el mejor trabajo del mundo. No hay nada tan gratificante como vendimiar y hacer un buen vino de ese esfuerzo".
O quizá sí: asomarse al futuro del vino a través de sus ojos.

