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Bajo un nuevo Mediterráneo que acuna y muta

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  • Ruth Troyano Puig
  • 2026-06-05 00:00:00

El Mediterráneo renace. Bodegas de distintas regiones, estilo, tamaño y filosofía se empeñan en mostrar que hay espacio para vinos frescos y elegantes a pesar de la sequía, las altas temperaturas y las improvisaciones del clima. Desde el Ampurdán a Murcia, viticultores y enólogos rescatan variedades autóctonas, alimentan de vida los suelos y buscan fórmulas para hidratarlos y atemperarlos. La altura se confirma como una aliada para algunos proyectos enológicos, mientras que los que están a primera línea de mar también lo leen como un aliado por su efecto termorregulador. Se atreven cada vez más con vinos blancos, de pieles y con rosados. Mientras crece su inquietud enológica, constatan un avance irremediable hacia un clima semirárido y observan cómo las comunidades vegetales de su entorno más immediato están migrando. 


"Ser mediterráneo no quiere decir que no puedas elaborar vinos frescos. Si hay equilibrio en la uva, pueden ser maduros pero elegantes". Delfí Sanahuja suma más de 30 vendimias en Perelada junto con la familia Suqué en el Alt Empordà. Desde hace tres, cuenta con una bodega de arquitectura silenciosa, creada por RCR Arquitectes, que está al servicio de la enología; suma más depósitos de vinificación que hectáreas "para elaborar vinos excepcionales", resuelve. "Apostamos por tres variedades que se adaptan muy bien: Garnacha Tinta, Cariñena y Monastrell. Esta última irá creciendo en volumen y la iremos introduciendo en el coupage de algunos vinos, además de Efímer, que es monovarietal. Había sido importante en la zona, pero la habíamos olvidado y ahora vemos que es una gran aliada porque es de ciclo largo y resistente a la sequía", resume. Todas las nuevas plantaciones, que las hay, incorporan riego soterrado. Viticultura de precisión para garantizar la supervivencia de la planta, pero también la homogeneidad de cada vendimia y el estilo de vino. "Hace más de 25 años que en Perelada reciclamos y reutilizamos eficientemente el agua de lluvia, del canal, del mar… porque sabemos que es el nuevo oro líquido de la agricultura", destaca Delfí Sanahuja. "Sin agua, no hay ni superficie foliar para proteger ni uva", advierte.

El valor impredecible de la Tramontana
Garbet, a cinco escasos metros en línea recta del Mediterráneo, con un desnivel de 100 metros y un 45% de pendiente, es su finca más icónica: "Es la más emblemática por el paisaje y la viticultura heroica. Suelos pobres de pizarra y tramontana que, cuando llega a los 120 kilómetros por hora, puede llegar a deshidratar las uvas". Además de Syrah y Monastrell, recientemente han plantado Garnacha Blanca, Garnacha Roja y
Xarel·lo. "Apostamos por crear un gran blanco del Mediterráneo a pesar de la dificultad del lugar y del clima", adelanta. Alimentan los suelos con viticultura regenerativa. "El Mediterráneo hay que vivirlo. Es esa mezcla de biodiversidad que envuelve el vino, desde el hinojo al romero, la lavanda, el pinar… Pero lo más importante que tiene es su efecto termorregulador. La sensación térmica baja diez grados en pleno verano y eso lo percibe la planta. También el rocío de primera hora nos ayuda. Las humedades hidratan y permiten respirar en los veranos que hemos acumulado muy altas temperaturas".

Fuego y agua telúricos

En Priorat, la bióloga y enóloga Sara Pérez es la segunda generación al frente de Mas Martinet: "En los suelos de pizarra hay fuego. Nuestras manos tienen que decidir si damos volumen a los vinos o los atemperamos. Nosotros hemos optado por esta segunda opción, cultivando con pHs bajos y cambiando la madera por materiales más fríos como el hormigón, la cerámica o la damajuana para vinificar y/o realizar crianzas", comenta. "En el sur de Cataluña, tenemos mucha sed, y los vinos los tenemos que comprender desde este lugar", matiza. "En verano no hay agua y las temperaturas son extremadamente altas; y en invierno, nos sorprenden lluvias torrenciales que pueden erosionar los suelos. De manera que la prioridad han sido tanto el diseño de plantaciones en keyline para redistribuir y retener el agua de lluvia como el control del sombreado de racimos para que la radiación no les afecte. Pero, aun así, nadie nos asegura una madurez completa de los taninos de la uva; este es el gran reto que tenemos hoy en el Mediterráneo. Hay mucho a indagar y a explorar. No sé si en esta cuna es donde se podrá concentrar la elaboración de tintos en el futuro", resuelve. Elabora vinos de viticultura consciente en Gratallops con prácticas regenerativas que fomentan la biodiversidad de un paisaje histórico y cultural adusto a la vez que telúrico, con colinas de fuertes pendientes donde hay plantadas cariñenas y garnachas viejas. "Hemos nacido en un sistema climático y moriremos en otro sin movernos de lugar. Vamos hacia un clima semiárido. Lo vemos cada año en la baja productividad de los cultivos, pero especialmente en las comunidades vegetales que nos rodean y que migran hacia al norte. Hay una crisis muy bestia en la densidad de los alcornocales y los pinares, están extremadamente fragilizados y no aparecen individuos nuevos", cuenta con suma preocupación.
"El Mediterráneo es la cuna de los fermentados, pero tenemos que reconocer que estamos en crisis. Nos hemos cargado balances y equilibrios. Deberíamos entender que los otros seres vivos no están para servirnos", añade contundente. Indaga en los blancos: "Nadie esperaba nada de nosotros con este color. Eso nos ha dado mucha libertad y hoy está generando un mapa más diverso que en los tintos. Podemos elaborar grandes blancos en el Mediterráneo y, además, con pieles". Un ejemplo es Pesseroles Brisat, de Garnacha Blanca, Picapoll y Pedro Ximénez. "Hemos perdido diversidad, antes de la filoxera había más de 15 uvas blancas en Priorat. Deberíamos contar con bancos de variedades, con todas las que ha habido a lo largo de los tiempos en este mar. Serían claves en plena emergencia climática", comparte. Defiende su viraje: "Cuantas más miradas, más representativo es un paisaje. La tipicidad va mucho más allá de un estilo que podamos provocar. No hay que simplificar lo que puede ofrecer Priorat".

Revivir entre nieves y fósiles marinos
En Baldovar 923 –la numeración corresponde a la altitud concreta de la bodega–, Nito Alegre lleva diez años creando vinos de aldea y montaña en la Serranía del Alto Turia, en la D.O.P. Valencia. De siempre le ha interesado el vino, pero fue tras una reunión escolar en Montessori cuando otro padre le descubrió sus pinitos con la uva autóctona Merseguera. No tardó demasiado en aparcar su trabajo en la multinacional americana –manteniendo algunas asesorías– para relacionarse estrechamente con el campo. Bodega de mínima intervención –"trabajar fino respetando cada parcela"– y de escala humana, hoy están en 30.000 botellas anuales, aunque su techo está en las 100.000. "Reabrimos la cooperativa de Baldovar, que por entonces hacía un decenio que estaba cerrada. La tuvimos que rehabilitar antes. Se había elaborado mucha uva y mucho vino, pero poco relevante, y el modelo dejó de ser sostenible", cuenta Alegre. "Nos recibieron bien, los viticultores se pusieron a nuestra disposición ofreciendo las mejores parcelas, altitudes, exposiciones y antigüedad de cepas… y les arrendamos parcelas", añade.
Además de la Merseguera, que es la reina, cuentan con Bobal, Mencía y Macabeo. "La altitud nos da una calidad extra en el cultivo del viñedo, pero también los suelos viejos con roca madre calcárea en profundidad. En superficie encontramos arenas o arcillas, y el componente mineral es importante, aún hay testimonio de fósiles del antiguo fondo marino que fuimos". A la altitud se suman la baja pluviometría y la carencia de riego. Todo son ventajas a pesar de los inconvenientes lógicos de la altura: "A la fruta le cuesta madurar. Los niveles de alcohol son menores y obtenemos vinos fluidos, ligeros, más bebibles, con menos robustez y cuerpo. Es un estilo que viene garantizado, pero que hay que controlar. Tenemos temperaturas medias muy bajas en invierno, por debajo de cero, y nieva todos los años". Están en el Mediterráneo creando vinos finos y un ejemplo es el carácter distinto de la Bobal: "Entra sobre el 10 de octubre a bodega, pero nos da un perfil que es la cara B de la variedad que conocemos, no tiene nada que ver con lo rústico, lo alcohólico, lo tánico. La cultivamos a mil metros". Para llegar a esa delicadeza y combatir los caprichos del clima, también ha sido clave el trabajo biodinámico en los suelos: "Hemos minimizado los labrados, tenemos cubiertas vegetales, alimentamos la microbiología de los suelos, la microflora, la microfauna, para que haya diversidad. Es un cambio cultural importante; de hecho, por aquí aún no nos acaban de entender". Fuera del lugar, bastante más: "La crítica internacional nos ha puesto en valor, ha entendido la vertiente de vinos frescos en el Mediterráneo que elaboramos. En un artículo, la master of wine británica Sarah Jane Evans nos destacó en la categoría names to know, y eso ha situado de nuevo el Alto Turia en el mapa".
 
Agroecología como fundamento
Mar Cabanes e Ignacio Mancebo elaboran vinos naturales también desde 2016 en La Zafra, una microbodega situada en Monóvar (Alicante). Hasta hace 10 años estuvieron dedicados profesionalmente al asesoramiento en agroecología y desarrollo rural. "Somos la sexta generación en el campo. Cuando murió mi padre, me sentí interpelada a seguir cuidando las tierras en una zona de suelos poco fértiles donde el viñedo comparte espacio con almendros y olivos", cuenta Mar Cabanes. "Si lo hacíamos para otros, ¿por qué no para nosotros?, nos preguntamos. Y nos liamos la manta a la cabeza y aquí estamos diez años después, aunque creo que aún seguimos empezando. Sin tener formación enológica previa, nos fuimos enredando y adentrando en el movimiento del vino natural, visitamos distintas bodegas y aprendiendo de ellas", comparte con sinceridad. Empezaron con una hectárea de Monastrell plantada en vaso y han ido diversificando el material vegetal hasta manejar siete hectáreas que incluyen Messeguera, Garnacha Tintorera y Valencí Negre, desarrollando estilos de vino muy distintos. "Somos nosotros los que podamos, los que comprendemos el suelo, los que vendimiamos… Defendemos que la uva que entra en la bodega es de muy alta calidad porque está llena de decisiones que tomamos durante todo el año", resuelve Cabanes. Los últimos han sido complejos por la extremidad del clima: "Hemos optado por reducir mucho la producción. Todo el viñedo está en secano, menos el Valencí, que cuenta con riego de apoyo. Pasamos tres años muy duros con la sequía y temíamos por la supervivencia de las cepas. Liberamos algunas de uva para que pudieran vivir con tanta escasez. Pensábamos que se podían agotar y tuvimos cuidado para que no se esforzasen demasiado". En La Zafra, la parte productiva está sumamente clara y bien resuelta. Y cada añada ahondan más en la precisión enológica.
"Estamos a 40 kilómetros del Mediterráneo, por lo que La Zafra no se entiende sin él. Nuestros vinos son intensos, tienen complejidad y calidez, tenemos viñedos muy viejos, de hasta 80 años, pero también hemos conseguido darles frescura. Esto es algo que hace diez años no encontrábamos en Alicante. Hemos trabajado para que el viñedo nos ofrezca vinos más ligeros, con una acidez más equilibrada", comparte.  Trabajan con cubiertas vegetales que se levantan en verano. Hay años en que no superan una pluviometría de 200 ml. Labran muy poco, protegen las hojas para reflejar la radiación, usan lecitina de soja para crear algo de pantalla, deshojan y dedican muchas horas a prevenir a lo largo de todo el ciclo vegetativo. "Cada año es un mundo", resuelve Mar Cabanes. A pesar de todos los retos que les planeta, el Mediterráneo los acoge y les da sentido. También culturalmente: "Nos define más allá de las fronteras y las formas de desarrollo social que se han dado en los últimos años. El vino es un ejemplo de eso. Siempre, y hoy más que nunca con todo lo que sucede en el terreno geopolítico, hay que reconocernos en lo común. El vino no sería lo que es sin que se hubiera cooperado y compartido su material vegetal", reflexiona. Defender la red, además de la calidad enológica, es otro de los pilares de La Zafra.
 
Parajes y autenticidad en altura
En la D.O.P. Bullas, la más pequeña de la Comunidad murciana, tres amigos unidos por el vino intentan sortear también los embistes del clima con la ventaja de que su bodega está en altura, en la Sierra de Lavia. "Un profeta, un hedonista y un vigneron". Así se presentan los socios de Pura Viña: Rafa Moreno, Juan Francisco Carmona y Santiago González. Crean vinos francos de finca en los valles de Aceniche y la Venta del Pino "impregnados por el carácter mediterráneo", matizan. Elaboran hasta ocho vinos distintos –cinco de ellos, de uva Monastrell– con una producción anual de 20.000 botellas. "Los viejos del lugar ya cuentan que han vivido granizos extremos y sequías. Pero es que en el último decenio a nosotros nos ha pasado de todo, no hemos necesitado 50 años", comparte Rafa Moreno. "Nuestra ventaja competitiva es elaborar en altura. Somos fieles al carácter de nuestra zona y al viñedo de montaña. Estamos entre 800 y 1.000 metros, rodeados de bosque mediterráneo, por lo que los vinos tienen acideces naturales muy por encima de la media. Además, hay mucho carácter en nuestros suelos", sigue contando. "Nuestros vinos son tímidos en fruta, no somos hooligans, no hay madurez, sino que hay frescura, mineralidad… Son limpios y francos, se percibe la artesanía en lo enológico", resume. Honestidad y coherencia, reflejar con pureza lo que ofrece el viñedo: "Los viejos del lugar ya plantaron viñedo en altura, llevan 100 años cultivándolo. Me encanta cuando me dicen que nuestro vino de entrada de uva Monastrell les recuerda al que tomaban con sus abuelos. No nos ofende para nada, nos halaga. Han pasado por Bullas la industrialización, las cooperativas, la comercialización que ha copiado mal a Jumilla, y aquí estamos nosotros rescatando el saber de los ancestros", se sincera.  También se atreven con el blanco (Macabeo) y el rosado (Garnacha Tintorera). "Estamos interpretando Bullas de manera distinta, hay una nueva generación de vignerons con una mirada renovada. Cambia el tiempo, cambia la temperatura, cambiamos nosotros… Buscamos vinos con menor graduación alcohólica en el Mediterráneo, pero lo importante es el viñedo, dónde está y qué suelo decides. Trabajarlo con sentido común, que es lo que nosotros hacemos", concluye.

El Mediterráneo, un lugar vivo
El divulgador y humanista del vino Juancho Asenjo siente fascinación por el Mediterráneo. Afirma que "nadie se ha sabido reinventar como él" y propone revisitarlo enológicamente a pesar de que en la agenda hoy manda el vino atlántico. "Hay que recuperarlo del olvido. Reivindicar la historia, la calidad, la tradición y la identidad cultural, de Algeciras a Estambul, como canta Joan Manuel Serrat", insiste. Ha sido el director técnico del primer Simposio de Vinos Mediterráneos que albergó Perelada en 2025. "En una época en la que se demanda el vino fluido e hiperligero, el Mediterráneo muestra una personalidad enorme porque ha sido siempre cuna de investigación, de formación y de sostenibilidad. No hay ningún otro mar que tenga una relación tan profunda con el vino y, consecuentemente, con la tierra. Baña tres continentes distintos, es un espacio pequeño, pero está lleno de microclimas, países, regiones, islas, variedades y tradición ancestral… No sabemos dónde están los confines, porque es un lugar vivo", sostiene. Y añade: "Es el mar que ha sumado más saber y conocimiento al mundo, es donde se ha desarrollado el comercio del pan, del aceite y del vino… Es su hábitat natural". Y cree que el futuro pasa inevitablemente por comprenderlo y bebérselo.