Política sobre cookies

Utilizamos cookies propias y de terceros, así como los datos de la conexión del usuario para identificarle. Estas cookies serán utilizadas con la finalidad de gestionar el portal, recabar información sobre la utilización del mismo, mejorar nuestros servicios y mostrarte publicidad personalizada relacionada con tus preferencias en base a un perfil elaborado a partir de tus hábitos y el análisis de tu navegación (por ejemplo, páginas visitadas, consultas realizadas o links visitados).

Puedes configurar o rechazar la utilización de cookies haciendo click en "Configuración e información" o si deseas obtener información detallada sobre cómo utilizamos las cookies, o conocer cómo deshabilitarlas.

Configuración e información Ver Política de Cookies

Mi Vino

Vinos

CERRAR
  • FORMULARIO DE CONTACTO
  • OPUSWINE, S.L. es el responsable del tratamiento de sus datos con la finalidad de enviarles información comercial. No se cederán datos a terceros salvo obligación legal. Puede ejercer su derecho a acceder, rectificar y suprimir estos datos, así como ampliar información sobre otros derechos y protección de datos aquí.

Tintos dulces españoles - Volver a empezar

  • Redacción
  • 2000-04-01 00:00:00

Alabados por los romanos, respetados por los musulmanes hispanos, deseados por los monjes del Medievo, finalmente eclipsados por el
Oporto, los tintos dulces españoles comienzan a recuperar el prestigio perdido.

Hubo un tiempo ancestral en que el vino dulce era el más buscado. El más deseado y apreciado, tanto, que todos los vinateros hacían lo posible para que su dulce resultara como la ambrosía que, según la leyenda, refrescaba el gaznate de los dioses. A la civilización griega así le gustaba, y en la Roma imperial también era el más buscado y estimado. En las mesas de aquellas nobles familias del imperio romano no había anfitrión que se preciara que no lo ofreciese a sus invitados como lo mejor de su bodega. Y los grandes patricios se jactaban de poseer unos cuantos vinos de la vieja Iberia para lucirlos en sus mesas como lo mejor de sus bodegas. Siglos después de que el imperio se fraccionara, y pese al auge de la cultura árabe en la península ibérica, todavía se seguían apreciando y degustando los maravillosos vinos tintos dulces españoles, semi camuflados como parte de una medicina milagrosa. A principios del siglo XIX aún quedaban restos de esta cultura en algunos monasterios y en bastantes zona vitivinícolas españolas y portuguesas.
Los vinos tintos dulces gozaban del favor del buen aficionado, que los defendía incluso con pasión. De aquella época perduran los tostadillos de Ribadavia, en el Ribeiro. Había pasado el furor por los antológicos fondillones alicantinos, pero por toda la península podían encontrarse vinos rancios, la mayoría elaborados con Garnacha. Cuando los comerciantes ingleses y holandeses tuvieron que buscar un vino que “viajase bien” para sustituir a los vinos del Miño, inalcanzables por la guerra con España, vieron que la única forma de trasladar el vino del alto Douro era con la adición de alcohol. Gracias a ello, ahora disfrutamos del genuino representante del dulce tinto: el Porto. España perdió su oportunidad y sus tintos dulces iniciaron un proceso de extinción que llega hasta nuestros días.

Iberia tierra de
sol y azúcar

Derrocha la península Ibérica condiciones idóneas para producir grandes vinos. En muy pocos países productores de vino concurren tantas coordenadas, los incontables suelos, los infinitos microclimas se encuentran unificados y regidos por el padre de la vida: el sol. Existen bastantes caminos para llegar a la consecución de lograr grandes vinos tintos dulces. Pero el más seguro es el que parte de una materia prima idónea, recogida en viñedos expuestos a todas las horas de sol, donde los exuberantes racimos, plenos de salud y azúcar son capaces de ofrecer 18º alcohólicos, sin grandes esfuerzos. Pero el color es moda. Ahora lo que triunfa, lo que desea el consumidor es el violáceo brillante y tupido de los antocianos y la expresión tánica notable en el paladar. Una vez agotada la opción de los clásicos rancios españoles, fondillones con un color teja anaranjado y sutil, verdaderamente elegante, los elaboradores españoles comienzan a ofrecer un producto nuevo, joven y atractivo para que el aficionado y el buen conocedor valoren y consuman de nuevo estos grandes productos como seria alternativa a los más que empalagosos licores de dudosa calaña en la mayoría de los casos. Carlos Pastrana, de Costers del Siurana, fue el que abrió la brecha hace ya unos años, con la sombra de Oporto como modelo. La verdad que aquel vino de complejidades aromáticas y cuerpo magnífico poco visto en nuestros vinos gustó y puso sobre la pista a los conocedores avisados. Años después entró en escena Paco Selva con su Olivares, un desconocido en el vino embotellado, que no en el mundo del vino, puesto que elabora desde hace muchos años una media de 7 millones de litros. Fue todo un acierto que la gran zona de la Monastrell, el Levante peninsular, había desperdiciado durante muchos años. Con este éxito como referente, otras bodegas se apuntan al dulce. Prácticamente todas las bodegas ha realizado alguna prueba en este campo, con tales resultados que no sería extraño que en poco tiempo un torbellino de ideas nuevas invadiera la zona con abundancia de productos tan atractivos como los que elaboran ya B. San Isidro de Jumilla, un vino muy equilibrado, Ramón Castaño, de Yecla que saca partido a las monastreles del altiplano, y el alicantino Enrique Mendoza, con un tinto poderoso y aromático. Más al norte, en la Cataluña mediterránea, son varios los elaboradores atraídos por el complaciente canto de los tintos dulces. Es importante resaltar la labor de Francisco Blanc en la cooperativa de Capçanes: con una ilusión digna de un primerizo ha formado un equipo investigador, ilusionado y capaz. A los muchos vinos que elabora la bodega se une el “Pansal del Calás” un modelo de armonía y madurez varietal. También hay que resaltar el mérito de gente joven, enólogos que se hacen un nombre a base de trabajar duramente. Como los de Vidal i Vidal, Josep Serra de la Agrícola de Falset, Juanjo Galserá de “Vinos Piñol” y tantos otros cuyas ideas brillan muy claras. Pero no se acaba la fiebre del tinto en la Península, en Canarias, nombre que recuerda las fantásticas y espléndidas malvasías, se están elaborando unos tintos plenos de delicadeza, de originalidad a partir de la uva Listán negro. El primero en aparecer es el de Bodegas insulares. Y no podía ser de otra forma, puesto que Felipe Blanco, su gerente y enólogo jefe, es uno de los profesionales que más investigaciones, llenas de aciertos, ha realizado en su dilatada carrera. El “Humbolt”, que así se llama el delicado tinto, navega dentro de la corriente de bonanza. Otro novísimo tinto de Tenerife es el de Felipe Monje: el de su primer año no está nada mal. Pero también en Baleares se hacen pruebas con uvas tintas buscando ese tanino y color que tanto gustan ahora. Los infatigables socios de la bodega “Ánima Negra” ya han elaborado un dulce soberbio, pero no sé si por timidez o porque realmente se trataba de una producción escasa, se lo bebieron ellos todo y no lo han comercializado. Estos vinos corren parejos a la suerte de los demás tintos españoles, triunfan, se venden y, lo más importante, se consumen con placer. Por fin se aprovechan las condiciones naturales de nuestros viñedos, las incontables horas de sol, la bonanza climática, los pocos tratamientos fitosanitarios que hay que proporcionar a los viñedos para producir una gran materia prima, rebosante de azúcar y tanino maduro.

HHI
Castaño
B. Castaño
Varietal: Monastrell.
Muy bien vestido, violáceo, vivo. Gusta la impronta aromática de la Monastrell, con sus notas de ciruelas e higos pasificados; también hay recuerdos de aceitunas negras aunque muy comedidos. Es todo equilibrio en boca, con un dulce gustoso y bien repartido por todo el paladar; también se le aprecia un tanino granuloso que puede parecer un tanto notable. Y sin embargo para comer es ideal.
2000-2005.
HHI
Dolç de l'Obac
Costers del Siurana, S.A.T.
Varietales: Garnacha, Cabernet Sauvignon.
Cubierto, pletórico de colores violáceos, se aprecia la complejidad de su crianza, con recuerdos de notas especiadas, un fondo de fruta confitada y un toque de ciruela. Es muy comedido en su dulzor, bien acompañado de un tanino maduro que se hace notar y que alarga el trago. Al final sobresale una punta de regaliz muy agradable.
2000-2008.
HHH
Dolç de Mendoza
B. Enrique Mendoza
Varietal: Monastrell.
Muy cubierto, violáceo y pleno de una lágrima que cubre la copa. En nariz destaca sobre todo el toque de aceituna negra que llega a empañar el bonito aroma floral y unos tonos frutosos de uvas pasas. Es contundente en boca, meloso y amplio. Bastante largo.
2000-2005.
HH
Gémina
B. San Isidro
Varietal: Monastrell.
Es muy atractivo de color, cubierto, y en él resaltan con gracia los tonos violáceos. Está algo bajo de aromas, con recuerdos de frutos pasificados. En boca es suave y profundo, deja una buena sensación de dulce sin empalago y permanece lo justo en el paladar para dejar buen rastro de su gama aromática.
2000-2003.
HHH
Gosefina Piñol
Vinos Piñol, S. L.
Varietal: Garnacha.
El más “dulce” en nariz. Resaltan y asombran sus aromas de cacao tan claros y rotundos, también hay recuerdos de café, de mermelada de fruta roja y un toque floral. Es comedido en su dulzor, redondo y pulido, sin ser excesivamente largo. Tiene un muy agradable paso de boca.
2000-2003.
HHH
Olivares
Bodegas Olivares
Varietal: Monastrell.
Es muy intenso, tanto de color como de aromas, con tonos de aceitunas presentes aunque no muy marcados todavía. Se aprecian también tonos de higo pasificado, uva madura y recuerdos florales. En boca es muy corpulento, untuoso y potente. Con el tiempo ganará todavía en complejidad, aunque, si no quiere esperar, ya hoy es todo un placer.
2000-2005.
HHI
Pansal del Calás
Celler Cooperatiu Capçanes
Varietal: Garnacha.
Realmente bonito con sus colores cereza picota; un vino complejo: unos netos recuerdos de café hacen competencia a los aromas de fruta roja, y ciertas notas especiadas. En boca es de los más tánicos de la cata, sin ser en absoluto agresivo. Será interesante seguir la evolución de este tinto.
2000.
HHI
Viña Humbolt
B. Insulares de Tenerife
Varietal: Listán negro.
De color cubierto y tonos violáceos. Resulta muy original, por sus exóticos aromas especiados, su recuerdo floral y un toque de café muy nítido que pone la nota discordante. Su dulzor en boca es envolvente, mitigado por una adecuada acidez. Deja una sensación limpia y fresca en el paladar, acompañada de matices torrefactados.
2000.

enoturismo


gente del vino