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Relevo generacional: Caña al padre

  • Redacción
  • 2001-06-01 00:00:00

¿Padres contra hijos? Quizás, aunque no parece que sea para tanto. Pero es indudable que el cambio generacional en las bodegas más prestigiosas de nuestro país no ha sido siempre cómodo. No es fácil aceptar un cambio, por leve que sea, en un vino prestigioso, o reorientaciones de una bodega con muchos años a sus espaldas. Sin embrago, en términos generales, el paso de poderes de padre a hijo ha sido fructífero y ha esto rodeado casi siempre del esperable amor filial.


En el galimatías de globalizaciones, pérdidas de identidad y uniformidad de los vinos, surge una nueva generación de enólogos que han hecho de su profesión un reto, no sólo para estar a la altura de sus progenitores, sino para dejar claro que tienen mucho que aportar en este mundo cambiante de la enología. Desde luego, materia prima y campo de experimentación no les falta. España es un país privilegiado para la viticultura. Por todas partes surgen trabajos admirables, realizados por jóvenes enólogos con una visión clara de lo que tiene que ser un vino moderno, con personalidad, ligado al terruño, a la variedad y a la sabiduría acumulada. Son muchos, y entre ellos se encuentran los continuadores de una saga de enólogos que han logrado hacer historia elaborando vinos soberbios, entusiasmando a la crítica especializada y al aficionado. Son la generación del presente y del futuro, el relevo generacional.
Han permanecido tras la sombra del padre hasta no hace mucho tiempo. El periodo preciso que todo ser humano necesita para tomar decisiones claves que van a marcar el resto de su vida profesional y personal, con el handicap añadido de ser hijos de quienes son. Durante años, su lugar ha sido la trastienda de la bodega, trabajadores anónimos, buscando en la sabiduría del padre el germen de su futuro, estudiando, investigando con todo tipo de técnicas, con el viñedo y las variedades, con tal de obtener el conocimiento y el valor para someterse a su crítico más demoledor y exigente: su progenitor

A la sombra del padre
Así, Pepe Mendoza, enólogo de la firma alicantina Bodegas Enrique Mendoza, trabaja concienzudamente con su padre Enrique para sacar del anonimato a esta zona vinícola. A Agustí Torelló Mata, el hombre del cava, le sigue muy de cerca su imparable hijo mayor, Agustí Torelló Sibill, además del benjamín de la familia, Alex Torelló, otro enólogo que trabaja en casa. En el Ampurdán está una de las familias que más ha apostado por la renovación, Masía Serra; ahí Jaume Serra, hijo de Simón Serra, hace sus pinitos en la elaboración. Enric Nadal Rigal y su hijo, Xavier Nadal, continúan la reestructuración emprendida en la bodega del Penedés por Ramón Nadal Giró, padre y abuelo de los mencionados. La modernización llevada a cabo en la firma jumillana Julia Roch e Hijos la inició Nemesio Vicente, y ahora, su hijo, José Mª Vicente, es el responsable de la elaboración de sus vinos. Javier Ochoa, uno de los técnicos más importantes del panorama español, tiene garantizada con su hija, Adriana Ochoa, la continuidad de la tradición vinícola de la firma navarra Bodegas Ochoa. Benjamí Jané Ventura es un hombre con suerte: sus dos hijos, Gerard y Albert, están deseosos de aportar ideas y renovar la gama de vinos de la casa catalana. Una de las figuras que más ha luchado por los vinos de baleares, Miquel Oliver, cuenta con sus hijos, Pilar y Joan, para salvaguardar todo lo que se ha conseguido en el viñedo y en los vinos mallorquines. En Clos Mogador, la dinastía Barbier seguirá adelante. Tras la revolución del Priorato emprendida por René Barbier, su hijo René IV cada vez está más involucrado en la elaboración y la investigación. José Luis Pérez Verdú, cuyo nombre en la profesión es símbolo de sabiduría y magisterio, es profesor de muchos y sobre todo, de su hija Sara, en la que encuentra un relevo generacional asegurado.
Antonio Sanz, eminente enólogo de Castilla y León, es un padre privilegiado: dos hijos, Richard y Marcos, que se dividen la tarea en la elaboración de vinos y en la investigación en el viñedo. José Manuel Pérez Ovejero, hijo de Benjamín Pérez, trabaja con ahínco en aportar más personalidad a los vinos de Bodegas Hermanos Pérez Pascuas. En Bodegas Muga existe el equipo familiar más envidiable para salvaguardar la sabiduría enológica de un hombre entrañable: Isacín Muga. Sus hijos, Jorge e Isaac, garantizan la continuidad de su legado, y sus sobrinos, la continuidad empresarial.
Mariano García, en su devenir de asesoramientos y proyectos, ha dejado en su hijo Eduardo la decisión de participar en su peculiar «emporio», con la libertad como principio de todo. Francisco Martínez Bermell , un visionario del potencial de los vinos de Utiel-Requena, tiene en CVCRE su joya enológica; allí, su hijo pequeño, Félix Martínez Roda, ha logrado modernizar la imagen de los vinos de la zona, y no para de investigar sobre las variedades en su privilegiado viñedo.
Son sólo algunos, otros se irán incorporando en los próximos años. Sobre ellos, los que son y los que vendrán, recae la enorme responsabilidad de continuar y, si es posible, superar, la labor de las generaciones anteriores. Felizmente, este cambio generacional ha coincidido con una renovación enológica sin precedentes en nuestro país, la mejora técnica y vitícola, y la aparición de un mercado cada vez más exigente que demanda ante todo calidad.
La verdad es que lo tienen fácil.


Antonio y Ricardo Sanz La lucha continúa
Son las dos caras de una misma moneda, dos polos opuestos que se atraen irremediablemente. Padre e hijo viven en constante guerra, donde se enfrentan dos conceptos distintos de entender el negocio familiar. Salvando la distancia generacional, su pugilato radica en sus experiencias tan dispares, dos vidas que les han marcado de tal forma que explican la batalla sentimental y profesional que existe entre ellos. Antonio es un hombre que se ha hecho a sí mismo en el mundo del vino. Rompió todos sus vínculos familiares con una de las dinastías más arraigadas en Castilla y León y decidió andar en solitario. Fue pionero en casi todo en la zona de Rueda (elaboración de espumosos, la fermentación en barrica, experimentación con variedades nuevas...). Un visionario del potencial que guardaba el viñedo castellano-leonés, trabajando en todas partes (Toro, Ribera del Duero, Cigales) con la inquietud de elaborar nuevos vinos con personalidad. Ahora, aunque sigue latiendo su alma viajera -asesora a varias bodegas y cuida su proyecto en Toro (Bodegas Toresanas), zona que conoce como la palma de su mano-, su corazón está en Rueda, en Bodegas de Crianza de Castilla La Vieja.
Durante el devenir de Antonio, sus hijos fueron creciendo prácticamente en la bodega, con todo lo que ello supone.Y ahí están, como si Antonio se hubiera desdoblado: Ricardo, dedicado a la elaboración, y Marcos, a pie de viña. Antonio practica sus propios axiomas, ganados con su experiencia: una búsqueda constante de la perfección con unas gotas de responsabilidad y respeto al vino. En Richard, como se le conoce en casi todas partes, tiene su alter ego. Son tan parecidos y tan distintos a la vez que viven en razonable lucha continua.



José Luis y Sara Pérez Enseñar al profesor
No hay confín vinícola español donde no salgan a colación los nombres de José Luis Pérez Verdú y de su hija Sara. L ’Empurdá, región del Cava, en Mallorca, Bullas y ,claro está, Priorat. Tienen el don de la ubicuidad. José Luis, prestigioso profesor de enología y uno de los principales artífices de los nuevos prioratos, desborda un sentido del humor envidiable y un estado de felicidad contagioso. Ha vivido mil y una vidas antes de llegar a ser lo que es hoy: emigrante, pinche de cocina, peluquero... Iba cerrando ciclos hasta que se interesó por la didáctica. Emprende estudios de Biología humana en Ginebra, atraído por el tema de la inteligencia del niño. Reconoce que su hija Sara fue su conejillo de Indias, pero conociéndola no parece que se dejara influenciar mucho, dada su fuerte personalidad. Al regresar a España decide ir a Falset como profesor de un colegio de Formación Profesional. Allí promueve la creación de una Escuela de Enología y Viticultura, y se dedica plenamente a la enseñanza en la materia, y se involucra con sus alumnos en la elaboración de vinos y en cómo venderlos. Por aquel entonces, en el 89, se une a la revolución del Priorato con su Mas Martinet. Ya tiene bodega propia y todo cambia: José Luis se ve en la necesidad de empezar a vender en solitario. Mientras, dos de sus hijos, Sara y Adrián, comienzan poco a poco a cuidar del negocio.
Sara tenía en mente estudiar Biología y dedicarse a las plantas y los animales. Nada más lejos de la realidad. La necesidad de atender la bodega y la indeterminación de qué hacer al acabar la carrera, le meten de lleno en el mundo del vino, con algo de rebeldía al principio, pero con la pasión inculcada por su progenitor. Ahora padre e hija forman un tándem profesional de los más solicitados, un equipo de lujo que se solicita desde todo los rincones del país. Y Sara no sólo dedica tiempo a la bodega y las asesorías, sino que sigue ampliando conocimientos, siempre que puede, en el extranjero. José Luis no ha abandonado la enseñanza, considera que ya no tiene ciclos vitales porque el vino era su meta, y reconoce que cada vez se apoya más en su hija. «Hay una edad en la que precisas de la capacidad de reflexión de otro, y Sara tiene mucha. En ocasiones me da lecciones y eso es bueno, porque no dejas de aprender nunca».


Isaac y Manu Muga Confianza compartida
Es en la figura de Isaac -Isacín, como se le conoce cariñosamente en el ambiente vinícola- donde se centra el legado enológico de Bodegas Muga. En su juventud no tenía nada claro que su vida iba a estar dedicada enteramente al vino. Su afición era el fútbol, pero tuvo, con 21 años, que tomar una decisión crucial para su futuro. Su padre le dio un ultimátum: fútbol o vino. La elección no fue difícil porque, como le gusta afirmar, «el vino es un veneno», y optó por involucrarse cien por cien en el negocio familiar. Nunca se ha arrepentido de esa decisión, y eso se nota en la pasión que pone cuando habla de su familia y de sus vinos. No es para menos: esta casa es uno de los ejemplos de continuidad familiar más entrañables e inteligentes que existen en nuestro país. Las nuevas generaciones Muga se han incorporado al negocio formando una auténtica piña, uno de los equipos humanos más sólidos y nutridos que pueda conocerse. Jorge, Isaac, Manu y Juan, hermanos y primos, hijos y sobrinos de Isacín y de Manuel, toman el relevo.
Los mayores van delegando cada vez más en su prole. Y es curioso, cada uno parece continuar la tarea de su progenitor: Manu y Juan, los hijos de Manuel, llevan la parte empresarial y comercial; mientras que Jorge e Isaac, los vástagos de Isacín, están inmersos en la enología y la viticultura. Para Isacín esta generación ha traído cambios muy importantes y aires de renovación para Muga. Existe diálogo, consenso y, cómo no, polémica constructiva. Sólo hay un tema donde Isacín no da su brazo a torcer frente a la postura de su sobrino Manu: los proyectos a corto plazo para la bodega. Manu, mente empresarial de la casa y analista de las posibilidades de crecimiento de Muga, es partidario de traspasar las fronteras riojanas e invertir en nuevos proyectos. Su tío cierra puertas y se muestra firme ante la prioridad que tiene la bodega: «Hay que poner la cuarta pata de la silla a la bodega: el campo». Isacín, un hombre fiel a sus principios, que ha cedido en muchos de sus planteamientos a tenor de los tiempos que corren, se muestra rotundo sobre el proyecto más inmediato que hay que acometer. «Debemos llegar al 80 por ciento de viñedo propio. Ahora estamos sólo en el 30 por ciento y cada vez estoy más convencido de que las explotaciones tienen que ser nuestras. La tierra es lo más importante. Y si me voy de Rioja, no me voy a cualquier sitio, me voy al Medoc para hacer un vino mejor». Manu, que sabe muy bien lo que cuesta una hectárea en la región francesa, sonríe divertido.



Mariano y Eduardo García Pulso por la calidad
Con Mariano García empieza todo. No hay saga, ni tradición familiar, ni relación empresarial com el vino en su árbol genealógico. Sin embargo, Mariano García es hoy uno de los personajes más carismáticos de la enología española. En sus comienzos no tenía una meta profesional definida. Estudiar, opositar... sí, ¿pero en qué? La suerte de Mariano García fue conocer en sus tiempos mozos a Jesús Anadón, el factótum de Vega Sicilia. Este hombre le metió el gusto por la enología en la sangre, y lo que llegó después ya lo sabemos: los gloriosos años del mejor vino español de todos los tiempos, los «Vega Sicilia Únicos», como el 1970 que consolidó una imagen ya mítica. Vega Sicilia fue para Mariano García el principio de todo lo que estaba por venir y sobre lo que se cimentará todo su bagaje profesional: la libertad para alcanzar la meta de la suprema calidad. Él ha dado mucho a Vega Sicilia, pero también la bodega le ha permitido ser lo que es hoy: un maestro con vinos propios que se encuentran entre los mejores del país: Terreus, Mauro, San Román, Leda. Está en su mejor momento, no cesa en la tarea de idear proyectos, hacerlos realidad y crear vinos excelentes. Ahí están Bodegas Mauro, en Tudela de Duero, Bodegas Aalto, proyecto que emprendió en Ribera del Duero con Javier Zaccagnini, o Bodegas y Viñedos Mauro-Toro, y siempre le queda hueco para seguir su libre disposición asesorando a bodegas como Viña Villabuena, Bodegas Luna Beberide...
Pronto embarca a sus hijos en el mismo proyecto vital y empresarial. Primero Alberto, periodista y relaciones públicas del «emporio» García, que también dedica tiempo a colaborar con otras bodegas y a escribir de vinos. Luego llegó Eduardo, que sigue los derroteros de su padre, pero con pasos de gigante. Es un enólogo joven e inquieto que no para de viajar a todos los confines del planeta donde hay viñedo y se hace vino, para saciarse de conocimientos. Decidió seguir el consejo de su padre y «ser feliz, hacer lo que me gusta y elaborar buen vino». Entre ellos no parece existir imperativos inamovibles. Mariano espera que su influencia sea positiva, partiendo de un ambiente de plena libertad y de diálogo. Eduardo, por su parte, va poco a poco aterrizando, y con lo que ha vivido tiene una cosa clara: «cuanto más viajo más me doy cuenta que donde mejor estoy y donde más cosas hay que hacer es aquí, en España». Tarea no le falta, ni libertad para realizar su trabajo. En el «emporio» familiar, cada uno es dueño de su destino, pero cuidando lo de casa, que es lo que a la larga queda.


René y René Barbier La salvación del hijo
El presente de René Barbier está en el Priorato, concretamente en Gratallops, pero su pasado y el de su familia se remonta al siglo XIX, a una de las dinastías de mayor tradición vinícola del mundo, oriunda de Francia pero que encontró en España su segundo hogar. Como en las líneas sucesorias de las monarquías, estamos ante René III, artífice de la revolución del Priorato, y su hijo René IV, continuador y cómplice indiscutible de los éxitos actuales de Clos Mogador.
Tras una larga andadura dedicados al comercio internacional de vinos, René y su mujer, Isabelle Meyer, deciden, en 1978, volver a retomar la tradición familiar de los Barbier, y adquieren unas viñas de Garnacha en el Priorato. En sus inicios, la finca era el escenario ideal para convivir con los amigos y la familia, donde existía la inquietud de hacer vino pero sin ánimo de lucro, ni planteamientos económicos. «Alquilamos una granja muy precaria y empezamos a elaborar el vino como podíamos, pero motivados con la sana idea de que íbamos a hacer el mejor vino del mundo». Lo que vino después, la fama, la revolución, del Priorato, ya forma parte del pasado.
Pero la pérdida de su hija Celine lo cambió todo. Los proyectos, paralizado,s y el rumbo, incierto. Fue René hijo quien provocó la reacción en la familia y posibilitó que Clos Mogador siguiese adelante. El hijo se implicó de lleno en la bodega, estudiando y viajando, viviendo la fantástica aventura del vino. Y, como dice su padre, «de odiarlo llegó a amarlo». Ahora están mano a mano, padre e hijo, empeñados en rizar el rizo, o en mejorar un vino que en 1998 ha llegado a tocar el cielo. Clos Mogador es un argumento sólido basado en el respeto mutuo de los Barbier, compartiendo la misma filosofía. Eso no es óbice para que la inquietud por experimentar le lleve a René IV a colaborar y trabajar en algunos proyectos de la zona. Es algo innato en esta nueva generación de enólogos, que ven en su padre un ejemplo al que amar y superar.



Agustí y Agustí Torelló En el nombre del padre
Torelló es un apellido sonoro en el mundo del cava. Decir Agustí Torelló es hablar de un pionero en la imagen actual del cava, de un estudioso incansable de los secretos y misterios que su elaboración guarda, y de un apasionado que ha hecho del cava su modo de vida. Después de adquirir formación sobre enología y viticultura, y viajar por todos los rincones de la tierra para adquirir un envidiable bagaje profesional, empieza por asesorar a varias firmas catalanas de reconocido prestigio como Nadal, Marqués de Monistrol o Segura Viudas, donde afianza sus conocimientos y se gana a pulso el calificativo de «el hombre del cava». Con todo, encontraba tiempo para elaborar su propio espumoso natural, de método tradicional, en su bodega personal de Can Rossell, donde surgiría uno de los cavas más singulares y personales de la zona, el Kripta.
El negocio familiar crece -en 1986 se construye la nueva bodega en las afueras de Sant Sadurní d’Anoia- y Agustí Torelló consigue contagiar su ilusión a sus hijos. El primero, Agustí Torelló Sibill, se hace cargo de las tareas enológicas de la bodega y del devenir de la misma en 1993. Pero su talante inquieto no se sacia con el negocio familiar. La constante búsqueda de nuevos retos es algo que su padre le inculcó, con una única exigencia: «haz lo que quieras, pero lo que hagas, hazlo bien». Y vaya si lo hizo. La salida al mercado de su cava «Agustí Torelló Mata» en honor del padre fue el mayor argumento. Luego se han incorporado Alex, también enólogo como su hermano mayor, y Lali, en la parte financiera y comercial, sin perder la pista a Gemma, la abogada de la familia, que desde muy joven ha estado batallando en cualquier litigio del cava. Desde que en 1998 Agustí Torelló dejó su puesto en Segura Viudas, el patrón es uno más del equipo Torelló. Todos trabajan en defensa de la tipicidad, de la personalidad y de las singularidades de los vinos que elaboran. Incluso Agustí hijo se ha marcado un reto personal. Enamorado del Penedés, está obsesionado con elaborar un vino tranquilo en base a la uva autóctona blanca Subirat Parent, y lo ha conseguido plasmar en la marca Valldosera. «Frente a la globalización sólo se puede luchar con el terruño, la tipicidad... En un futuro a corto plazo habrá dos tipos de vino nada más: los correctos y los que de verdad digan algo».

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