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Dieta , bendita maldición

  • Redacción
  • 2001-06-01 00:00:00

El invierno, la primavera lluviosa y avara de sol y el trabajo sedentario han dejado huella. Un poco fondones, con una palidez olivácea, los paseantes contemplan los escaparates y comparan disimuladamente la perfección de los maniquíes con el reflejo de su imagen en el cristal. De ninguna manera. No puedo comprarme el traje de baño en este estado. Me siento incapaz de arrostrar la depresión y la tortura de los espejos del probador.
Y como cada año por estas fechas, regresa amenazante el fantasma. Hambre, humor endiablado, reclusión. Ha llegado la dieta.
Pero ya he aprendido. Esta vez no me va a amargar la vida. El duelo se puede convertir en un juego. Y en un juego exquisito que empieza ahora mismo.
En la barra del Club del Gourmet, frente a un catavinos de Oloroso seco y un par de boquerones en vinagre aromático -una miseria de calorías, un aporte de alimento y un montón de placer- va creciendo la lista de compras. La mesa de frutas y de hierbas para ensalada está repleta de sugerencias. Unos pomelos rojos para el desayuno, ahora que las naranjas están en sus últimos días. En la cena podría convertirlos en ensalada, al estilo de la “granaína” de naranja, con unas briznas de bacalao escocés sin desalar y un chorrito de aceite frutal, como el Viana de Sierra Mágina que hace Juanito, el del restaurante de Baeza, con olivas en envero.
Pero a la hora del almuerzo entona más algo caliente, un manojo de espárragos trigueros a la plancha, a fuego muy lento, sin más que unos cristales de sal marina o sal Maldon. Incluso podría completar sin trabajo un antipasto completo. Un capricho de lujo, los botones de alcachofa de Hilogui de los que milagrosamente entran hasta 120 en el bote. Y algo socorrido, las barquetas de Taparrica traen calabacines a la parrilla, champiñones, berenjena, pimientos, champiñones y hasta la exquisitez de los tomates secos con alcaparras. Esos tomates dan mucho juego, y está terminando la temporada de los magníficos Raf. Su textura compacta, densa y ese dulzor profundo, con una pizca de acidez sugieren una combinación con quesos de cabra magros, y hay un surtido ya preparado para ensalada.
Y por supuesto, otra de corazones dulces de lechuga con manzana Fuji, jugosa, compacta y crujiente. Y otra de papaya, o de melón Charentais. El goloso Piel de sapo, para postre, con algún mango Ataulfo.
Para acompañar, los vinagres de la ensalada no admiten más que vinos generosos, el amontillado del Duque o las reliquias de González Byass, o el Palo Cortado Apóstoles o los olorosos de Sánchez Romate, el Dry Sack, el Alfonso a precio tentador, o el Royal Esmeralda de Sandeman. O el perfecto el maridaje con manzanilla, la Papirusa de Lustau.
¿Quien dijo que la dieta es dura?

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