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Bullas, Jumilla y Yecla: la trinidad del vino murciano

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  • Ana Lorente
  • 2014-10-01 11:53:28

Tres denominaciones de origen comparten la exclusividad del reino de la Monastrell: la pequeña Bullas, la literaria Yecla y la sempiterna viajera Jumilla. Recorremos con un reloj de arena en la mano que limita nuestra visita a 30 minutos las bodegas de esa Murcia interior, fronteriza, a la que se suman media docena de pueblos de Albacete, que también fueron murcianos hasta la actual demarcación de comunidades autónomas aunque ahora se sitúan en La Mancha. Es la Murcia salvada del desierto por un par de elevaciones  montañosas paralelas. Es, y en gran medida se conserva, tal como la definiera un profundo conocedor, Azorín: “Toda la adustez y la nobleza de Castilla, y al mismo tiempo algo de la brillantez y de la serenidad de Levante”.

Hacia la costa son las huertas y las urbanizaciones turísticas. Aquí es ese cultivo que antes fuera lujo residual desterrado al secano, el vino, la agradecida y resistente viña, el resquicio para la poesía en la mesa. Lo decía Dumas: “El vino es la parte intelectual de la comida. La carne o las verduras no son sino la parte material”.

Aquí la tierra es dura, los pedruscos de aluvión, las calizas blanquinosas que al sol deslumbran, las franjas areniscas que absorben como esponjas no ya la lluvia, la avara lluvia, sino hasta el evanescente rocío. Incluso el cielo es duro, de hielos, de nieves, de inoportunos granizos. De un azul sólido, a veces brillante como el zafiro, a veces veteado y opaco como el lapislázuli. De una fuerza imparable. Un viento que enloquece a las gentes y a las bestias, pero que limpia la viña de todo mal, que aleja las plagas, que despeja las brumas, que garantiza la salud de la uva y su marchamo de ecológica.

 

Camino de Bullas

El paisaje más ameno del interior está poblado de pinos y enebros, las alturas de Caravaca, los arrozales de Calasparra. Ahí la imagen es tan variada como inesperada, ya que los cultivos y los reposos de la tierra se suceden racionalmente para no agotarla. En primavera se siembra el arroz, de las variedades Bomba y Balilla tradicionales, que se recoge en otoño, después de desecar la tierra. Allá por noviembre se rotura y se dedica a trigo, que se cosechará a principios de verano. Desde entonces, más o menos junio, se planta con maíz que fructifica antes de Navidad, y durante todo el invierno crecen las leguminosas que alimentan con nitrógeno a la tierra, se trituran y sirven de abono antes de encharcarla y volver a plantar arroz. El proceso se repite durante dos años y después se deja descansar la tierra, de modo que el visitante poco avisado nunca sabe lo que va a encontrar en esta cuenca del Segura y del Quipar, con sus acequias y conducciones, que ocupa 1.900 hectareas, con Hellín y Moratalla.

Ya en Bullas, los bosquecillos de las crestas envuelven y protegen plácidos valles llanos donde vegeta la vid. También aquí, a lo largo del año, los colores mudan como en los cuadros impresionistas, desde la refulgente nieve sobre las cepas negras hasta los jugosos verdes de primavera y los rojos crepusculares del otoño. Ahora, cuando declina el verano, es el tiempo fructífero, cuando los granates de la Monastrell relucen en apretados racimos.

Es tiempo de vendimia. El año ha sido seco, tanto como no recuerdan ni los más viejos; tanto que a Paco Carreño, el presidente de la D.O., le parece milagrosa la generosidad de las plantas secas y raquíticas. Pero ahí están. Soportando un régimen de lluvia que no suele superar los 300 mm anuales y que este año no llega a 75. Pero ahí están. Repartidas en tres zonas diferenciadas por suelo y altitud, desde los alrededores de la villa hasta los altos de Lorca -entre 500 y 800 metros-, con la subzona central que no supera los 600 y hasta una pequeña de Mula y el valle del Ricote, a unos 500.

La D.O. nació como tal muy recientemente, en 1994, con solo una bodega. Hoy engloba 14, en manos de 675 viticultores que cultivan 2.500 hectáreas de viñedo con una producción media anual de 7 millones de kilos de uva. A ellos se dedicó la escultura de bronce que preside la plaza, frente al ayuntamiento, aunque el mejor homenaje es que uno de sus vinos -Las Reñas- haya sido situado en China entre los 100 mejores del mundo, junto a sólo otros 12 españoles.

La viña de Paco Carreño cubre 12 hectáreas en La Hoya de Don Gil y es un rodal pulcro y soleado entre un anillo de bosque, donde los pinos imponen la ley y con sus raíces van invadiendo el suelo y jibarizando las primeras líneas de cepas. Donde los pájaros golosos, los zorzales, los tordos, ayudan a la vendimia, pero también a eliminar insectos indeseables y janglones, los racimos chupones que quedan en las viñas. Y por encima de las perdices, las torcazas, los jabalíes y los aruis (muflones del Atlas), las águilas de la protectora Sierra de Burete lo supervisan todo.

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Paco destila entusiasmo y amor por la tierra: “Aquí venía mi madre ya en la barriga de su madre”. Y derrocha conocimiento, profundo y crítico, como profesor de Economía en la Universidad de Murcia, como promotor de un buen puñado de asociaciones de conservación forestal y desarrollo rural. Emilia González, la secretaria de la D.O., menuda y vivaz, fue su alumna y rige, a base de vocación y esfuerzo, la incipiente Ruta del Vino de Bullas, estas tierras que conoce a fondo y transmite a los enoturistas.

La bodega mayor de Bullas nació como Cooperativa del Rosario a mediados del pasado siglo. Centraliza el 85% de la producción de la D.O. y después de vivir los tiempos gloriosos del granel para “exportación” a otras denominaciones y al extranjero, para dar color y grado a vinos más endebles, actualmente elabora marcas de prestigio como Las Reñas, Señorío de Bullas, Ucenda, el delicado rosado Niño de las Uvas y 3.000 Años, homenaje a su herencia, al pasado vinícola de la región, que se remonta a tiempos remotos, cartagineses y romanos, como refleja la estatuilla del dios del vino, Baco, que se encontró entre los restos del yacimiento romano de Los Cantos.

Paco Puerta, el gerente, tiene a su cargo la gestión comercial, la exportación y el trato con los 200 socios y sus 900 hectáreas en producción. Y sobre todo el concepto permanente de renovación, de puesta al día y de calidad. Y es que la bodega es un museo vivo de la evolución de la vinicultura en la zona, desde los gigantes depósitos de hormigón -que conservan su primoroso revestimiento de mosaicos decorados con la sucesiva imagen de los pasos del vino, desde la cepa a la copa- hasta un recorrido, nave por nave, por los depósitos de recubrimiento epoxi pintados de blanco con hojas de vid, los de acero de temperatura controlada y los bajos donde se han acomodado las salas de barricas. Salitas manejables y acogedoras con toneles de 500 litros que se renuevan cada 5 años.

Paco luce sus dominios, que han quedado ya en el centro del pueblo, con pasión y memoria histórica, evoca el ajetreo de los carros que cada vendimia se montaba en el patio y que hoy se ha convertido en orden, control de parcelas, horario preestablecido y en gran parte vendimia en cajas. Solo se queja de la chata visión de los medios y los aficionados, de la admiración que producen las pequeñas bodegas artesanas y el poco aprecio a éstas, medianas pero bien dotadas, con los medios, la investigación, el personal bien preparado y excelentes resultados. Capaces de elaborar un millón de litros y a la vez de investigar y mimar depósitos de 8.000. Razón no le falta.

Bodegas Balcona, con una magnífica viña en el Valle del Aceniche, es una de ésas, artesanas, donde la familia se distribuye las funciones para poner en valor el terruño que les legó su abuela Josefa, mujer de rompe y rasga que, viuda y con un par de hijos, compró la tierra y montó la primera bodega para dar de beber a los jornaleros. El apodo de La Balcona se lo ganó porque el suyo fue el primer balcón de Bullas. Su hija y el yerno, el Partal, mantuvieron la tradición, pero ha sido en esta generación, cuando Pepi Fernández y sus 4 hermanos, fascinados por una conferencia de José Luis Perez (Mas Martinet, Priorat) acudieron a sus enseñanzas y, en su línea, han actualizado finca y bodega en pos de la calidad. Eligieron nuevas cepas para completar la Monastrell, adaptadas a cada terreno, a las líneas coloristas del suelo, según los estudios del Instituto de Investigación Agrícola, y adaptadas a un valle con un microclima excepcional, donde puede nevar aunque no lo haga fuera y donde la maduración lenta favorece el desarrollo de Merlot, Tempranillo, Cabernet Sauvignon y Syrah. Venden la producción joven y envejecen en barrica lo más selecto, de cepas que han cumplido hasta 64 años. Así nacen Partal, 37 Barricas y Casa de la Cruz, con un laboreo primoroso, una folclórica protección de cintas y flecos para que los jabalíes no se cuelen en la viña y tratamientos tradicionales, como una piedra en el tronco abierto para curar plagas como la yesca. Tan tradicional como el vino de nueces para Navidad a base del frondoso nogal que preside la puerta de la casa de labor.

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Hacia Lorca, en Avilés, hay otra familia que ha sabido conjugar la tradición con la investigación puntera. Bodegas Contreras es en realidad una sucesión de 3 bodegas, la primera del S. XVIII y la más reciente de 2007. José María Pastor y Carmen Griñán, profesores de instituto ya jubilados, se quitan la palabra para contarlo, para mostrar cómo sus hijos, profesionales cada uno de lo suyo, decidieron homenajear con la nueva bodega a su bisabuelo que, a base de ingenio, elaboraba 1 millón de litros en la que fue la bodega más moderna y técnica del Levante.

La actual es eso, actual, un edificio de nueva construcción al otro lado del patio, un poco destartalado pero eficaz, con depósitos de acero de 10.000 litros y pequeños para caprichos, pruebas y experimentos. Las antiguas, polvorientas, son un cúmulo de inteligencia, de genialidad, como los jaulones de estrujado, las grúas de movimiento, la aplicación de un motor de camión desvencijado cuando apretaban las estrecheces de la posguerra, la pulcra conducción en caños de azulejos hasta las bocas de los depósitos de barro cocido enterrados (40 gigantescas tinajas de Villarrobledo firmadas por los ceramistas que a saber cómo conseguían llegar íntegras hasta aquí), y las prensas, y los grandes tinos de roble… Lo que se ha conservado vivo, la continuidad, es el fondo de todo eso: la curiosidad, el afán de investigación, tanto histórica y socioeconómica sobre la zona como tecnológica. De hecho, hoy una nieta, Teresa Valero, está en Edimburgo con una beca de investigación defendiendo un invento familiar, un aparato para detectar en bodega el TCA, la maldición del corcho que ataca a tantas botellas de vino.

Sus vinos son Sortius, el más joven con unos 3 meses de paso por barrica; Uvio, de guarda, y un dulce natural, Zhiro, de viña vieja de Monastrell y nuevas Syrah , de vendimia manual en cajas, maceraciones largas en frío y guarda en roble americano y francés. Pero según su filosofía -“aquí hacemos los vinos que nos da la gana”-, elaboran caprichos propios y ajenos, como las originales presentaciones de Violeta y Hacha, este último en memoria de la vecina Cueva Negra, el primer sitio donde se hizo fuego en Europa, hace 900.000 años.

La bodega más moderna de la zona está en otro anchuroso valle, en Venta del Pino, y, aunque su nombre oficial es Molinos y Lagares de Bullas, es más conocida por su etiqueta, Lavia. La crearon en 2004, al modo château, frente a la viña, un puñado de aficionados de la zona para comprobar que envejecer la Monastrell puede dar excelente resultado. Recientemente ha pasado a manos de Luis Miñano, un emprendedor que también comparte buena parte de Sierra Salinas con los yeclanos Castaño, además de otra bodega en Caudete, Lagunilla. Ésta es anchurosa pero sencilla, pulcra y cómoda, sobrada para la producción actual, entre 35.000 y 50.000 botellas y capaz para la prevista ampliación a 100.000, comprando viña o uva.

El día a día está a cargo de Paqui Sánchez, como siempre, y del nuevo enólogo, el francés Sébastien Boudon, que en estos días se enfrentan con la doble tarea de la vendimia y la obra en el edificio, para ampliar la zona de recepción de visitas y la tienda, y para recubrir púdicamente el techo de la sala de barricas subterránea con un jardín de aromáticos romeros. La obra va deprisa pero la vendimia aquí, a 750 m de altitud, se suele retrasar hasta octubre, con el riesgo que eso supone en este clima tan variable, tan imprevisible. Más aún cuando se trata de viña y vino ecológico, tanto en la viña que rodea a la bodega -5 hectáreas plantadas hace 40 años, de Monastrell y algo de Syrah- como en la más alejada del Paso Malo -apenas 1 hectárea que ha cumplido 50 años-, sin más ayuda ni prevención que azufre y cobre.

En bodega, Sébastien aplica la clásica escuela afrancesada, sin filtrar, sin más levaduras ni enzimas que las autóctonas, las que trae la uva. Y para los vinos más mimados, como el del pedregoso Paso Malo, del que apenas salen 1.000 botellas, fermentación en barrica y bazuqueo a mano, tal como aprendió en el Ródano, tal como le gusta. Y antes aún, como se esmera Paqui, el cuidado puntilloso de la viña, plantada en marco apretado que da racimos pequeños y granos sueltos, aireados, pero que este año exige aún más porque la floración ha sido caótica, larga, con el envero disperso. Hizo falta aclarar para homogeneizar la madurez, retirar los racimos más atrasados. El resultado es bueno, ha dado acidez y grado y, a pesar de la sequía, no se ha pasificado en la cepa. Ahora el último paso le toca a la mesa de selección y a la vista de la cata vertical el trabajo está bien hecho, ni siquiera se resiente la calidad de las cosechas de los años más difíciles.

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Entre Cehegín y Bullas, Ignacio Pidal es quien conserva la casona, la bodega -Carrascalejo- y el título que ostentaron su padre y su abuelo, marqueses de Pidal. Una casa que él tacha de exagerada, incluso bromea sobre algún error en los planos y las proporciones, ya que nació simplemente como escapada de vacaciones cuando la residencia familiar estaba en Mula, en 1850, y es una combinación entre palacete con un punto decadente y ese estilo sureño italianizante que recuerda El Gatopardo y finca de labor, autoabastecida, con una espectacular balsa que se nutre de fuente, cereal, aceite y, muy posteriormente, también vino, que hoy es la estrella. De hecho, en el patio de carruajes se está reformando un ala para dedicarla al enoturismo, con una tienda e información audiovisual.

Fue su padre quien potenció el vino, basado en 75 hectáreas de viña en pie franco, aunque no prefiloxéricas, y quien empezó a embotellar sus rosados, los famosos rosados de Bullas, en 1954. Hoy son 94 hectáreas de viña, donde crecen Garnacha, Syrah, Tempranillo, Merlot, Cabernet Sauvignon y, por supuesto, Monastrell, todo ecológico certificado. De ahí salen los Carrascalejo, tinto joven y de crianza, rosado fresco y, con esa base, un espumoso, brut nature rosado. El bodeguero, Matías Navarro, los maneja con soltura, pero tiene sus preferencias: “Los tintos se hacen solos, lo complicado son los rosados”. La bodega es subterránea, bajo el patio central, con altas bóvedas que distribuyen los depósitos de elaboración y los durmientes para las barricas, antes de Magreñán y ahora de Herfé, una tonelería murciana, de Alcantarilla.

Otro histórico es Carreño, cuyo hijo, la cuarta generación, se acaba de incorporar a la saga. Están en pleno centro de Cehegín, que ahora bulle en fiestas. Es una bodeguita de venta de vinos y licores que es como una antigua casa de muñecas, con puertas de cristal esmerilado y cubas rotuladas con los productos y precios. El primer vino lo hicieron en los años 30 en Quero, en Toledo, pero desaparecía por el camino en las fauces de los propios ferroviarios, de modo que a mitad de siglo montaron aquí bodega y destilería que en los 90 se vistió con cubas de acero a la vez que en la viña se añadía una Petit Verdot que se aclimató perfectamente en sus 8 hectáreas de viña propia. El resto, más Petit Verdot, Cabernet y Syrah, lo compran a viticultores vecinos.

La historia ha servido para reunir en una salita anexa una muestra etnográfica de utensilios de venta: alcanzaor, somero, embudo de tres patas, garrafas de capacidades vetustas, romanas y complicados cubos de cobre y latón. Fernando, en la sala de guarda con depósitos de hormigón recubiertos de losetas blancas, se apena de haber dejado los licores, y no es solo por una nostalgia testimonial, sino que -¡qué tiempos!- podían vender al año 25.000 litros de vino quinado, que era el remedio para los niños inapetentes. Sus vinos actuales, rosado y tintos jóvenes, crianza y guarda, los bautizaron con nombre de barrios y valles locales: Marmallejo, Aceniche o Begastri, que no está amparado por la D.O. Bullas...

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Al llegar a Tercia de Ulea, en Moratalla, el cielo revuelto se debate entre lluvia y arcoíris. Ayer cayeron 6 litros que, tal como está el año, son muy de agradecer. Es lo que comenta Pepe, el pedáneo, que vive junto a la casona, a Ildefonso, el técnico, que está vigilando en la cuba la evolución de la primera entrada de uva, que se recibe temprano por la mañana y desde las 6 de la tarde, cuando empieza a refrescar. Viene con sus levaduras autóctonas y empieza a fermentar a los 2 o 3 días; los rosados, de Cabernet y Syrah, entre 15 y 18º C y los tintos, como este de Monastell que empieza a burbujear alegre, de 18 a 22º C.

La tierra de Ulea es una encomienda de Moratalla desde el siglo XIII y a finales de 1800 pasó a manos de Chico de Guzmán. La finca suma 1.000 hectáreas y pertenece a sus sucesores, dos primos, aunque la bodega -con 45 hectáreas de viña, todas en Moratalla, en las fincas Ulea, Los Charcos, El Portugués y La Alberquilla, a 900 metros de altitud, donde crece Syrah plantada en espaldera- la rige Diego Ruiz de Asín y Chico de Guzmán. El portón es moderno, magnífico. Se abre a un patio con higueras y plantas aromáticas en torno a una fuente, aunque este verano desértico unas y otra están secas y abandonadas. Detrás está la tienda, museo y exposición, una hermosa sala, amplia, que ocupa lo que fueron los viejos graneros de la casa de labor, y reúne una colección de recuerdos del trabajo del vino, con máquinas e ingenios vintage, antiguos útiles de campo y de bodega, y piezas actuales de servicio a la venta, una invitación a la visita, al enoturismo, aunque ahora luce descuidada por el lío de la vendimia. Los vinos adscritos a la D.O. y que cosechan reconocimientos nacionales y extranjeros son jóvenes y con crianza, Tercia de Ulea y Rambla de Ulea. O Botial, de Monastrell y Syrah que se cría en roble francés y americano unos 4 meses. La estrella más premiada, Tercia de Ulea Crianza, se viste de botella borgoñona, es de Monastrell y Tempranillo y duerme 12 meses en barricas de roble francés y americano.

Y al lado del vino, antes de dejar Bullas, el relax del agua, su sonsonete que chisporrotea por las lascas de piedra y acuna el sueño en el Molino de Abajo, una restauración municipal convertida en un sencillo y acogedor alojamiento, en un paraje privilegiado.

 

Por los altos de Jumilla

Más que frontera, Jumilla es amalgama entre La Mancha y Murcia, de hecho la Denominación de Origen, la tercera en extensión de viñedo de uva tinta del mundo con sus más de 30.000 hectáreas, tiene en Murcia solamente el municipio que le da nombre, mientras que los otros ocho que la completan pertenecen a la provincia de Albacete. Eso sí, la mayoría de las bodegas que regenta, las tres cuartas partes, y desde luego las mayores, son jumillanas. Por eso la villa merece una visita, trepar hasta el castillo medieval del Marqués de Villena que la corona, recorrer el casco viejo, el Museo Arqueológico Municipal Jerónimo Molina, donde se conservan piezas etnográficas que son memoria de la vida rural del contorno. Y patear la prehistoria salpicada por el paisaje, La Pedrera, la hoya de la sima y seguirla, para comprenderla. Y un alto en el camino, por ejemplo en Casa Sebastián, de Sebastián García, que es el flamante presidente de la Ruta del Vino de Jumilla, para conocer los gazpachos de la tierra, un monumento a la exquisitez de la caza y a la sencillez de la pasta primitiva, del pan cenceño. Y después pasear con calma las callejas contemplando fachadas que son memoria de los mejores tiempos, de una burguesía floreciente que, en buena medida, se encumbró sobre los pilares del vino.

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Porque aquí el vino, con sus altibajos, siempre ha estado presente, en pellejos medievales, en exportaciones de urgencia a la Francia infectada por la filoxera, en discretas reparaciones de grado y color de vinos de otras zonas. Los nuevos Jumillas, sin renegar del pasado, han quebrado esa tradición con uva vendimiada en su punto de madurez, no buscando grado sino calidad, lucimiento frutal de su agradecida Monastrell. Y realmente, desde las marcas más populares y democráticas hasta las de alta gama, exclusivos vinos de autor, lo han conseguido. La prueba está en la aparición de Jumilla en las listas de los mejores vinos mundiales, en el reconocimiento con altas puntuaciones por parte de los catadores gurús internacionales. La prueba está en la botella. La fórmula para probarlos en directo pasa por la Ruta del Vino, con iniciativas tan atractivas como el Ciclo Música Entre Vinos, que ha llenado de notas las bodegas durante el verano con estilos tan variados como clásica, pop, rock o jazz.

Casa de la Ermita fue de las primeras en sumarse a la revolución vitivícola que llegó en manos de un visionario, Agapito Rico, y su Carchelo. Nació con el fin de siglo a la sombra de un olivo monumental que preside sus etiquetas y la entrada de la bodega, no menos monumental, entre la viña y el pinar, a 700 metros en la ladera del Carche, el monte más alto de Murcia. Esa cuesta les ha permitido diseñar la bodega para que el proceso del vino se desarrolle por gravedad, sin presiones. Eloy Sánchez, regidor de Casa de la Ermita y Hacienda del Carche, presenta con orgullo la última novedad de la casa, Lunático, elaborado exclusivamente con Monastrell que ha permanecido durante doce meses en roble francés. Una sorpresa para los numerosos visitantes, ya que la bodega se esmera en atraer a los enoturistas, incluso admite visitas durante la vendimia considerando, con plena razón, que es la fase más interesante y estimulante para que el público conozca el hacer del vino.

Hacienda del Carche es, además de gran bodega, otro reclamo turístico. Miriam Soler se encarga del recorrido por el campo y por la obra monumental de mármol, piedra natural de Villamayor y madera bien tratada. La obra es reciente, de 2006, pero buena parte de las viñas en las 100 hectáreas de la finca de aceite y vino han cumplido medio siglo. Todo aquí, desde el continente -la bodega bien dotada y vestida, con amplios salones de usos múltiples- hasta el contenido -los vinos y sus presentaciones y las otras elaboraciones que llevan su marca-, refleja un espíritu tan activo como caprichoso. Así, en las catas abiertas al público se pueden degustar sus aceites, vinagres criados y balsámicos, mermeladas de vino blanco y tinto y vinos tan personales como el Escarche, un rosado dulce de Monastrell sobremadurada en la cepa que se elabora como un vino de hielo, con nieve carbónica, sin extraer la parte acuosa del mosto, de modo que hacen falta 3 kilos y medio de uva para cada botella de medio litro. Una delicia golosa. Un bien escaso. Aunque los premios más recientes, los del Concours Mondial de Bruxelles, se los han traído otras exquisiteces del catálogo: Medalla de Oro para el Cava y de plata para el Old Vineyards 2010 y para el Tavs Selección 2008.

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Bodegas Luzón se ha puesto al día desde que pasó a manos del grupo El Pozo. La cuidada imagen exterior, vestida de uvas y barricas, se replica en el interior, en el cuidado enológico, en la cinta de selección y en las galerías sucesivas por las que Patricia Nazaret, la encargada de enoturismo, va descubriendo al visitante la sala de barricas y el santuario, donde se guardan celosamente las elaboraciones joya, lo más excelso de su historia. Aunque el mejor momento del recorrido sea, por supuesto, el de la sala de cata, tan preciosa como eficaz para descubrir poco a poco el genio de cada botella, las que después se pueden adquirir en la tienda repleta de tentaciones: Alma de Luzón, Altos de Luzón, el premiado Finca Luzón, de Monastrell y Syrah, o Verde, ecológico.

Una de las bodegas más apreciadas por los restaurantes de moderna gastronomía, las que cuidan el vino sin complejos y sin limitaciones de prestigio de zona, es Hijos de Juan Gil. Aún no está inscrita en la Ruta del Vino, pero ya están dando los últimos toques a la oferta enoturística, a la recepción de visitas, para mostrar una historia de cuatro generaciones y un pujante proyecto actual convertido en realidad. El desarrollo de la firma Gil Family Estates (Juan Gil Bodegas Familiares) se ha producido en los últimos 12 años. Desde que en 2002 Miguel Gil Vera, acompañado después por su hermano Ángel, iniciara la construcción de la nueva bodega. A la vez se pudo en marcha el proyecto El Nido, la ilusión de ver despegar vinos de autor, vinos de altura, con los que se ha ido conformando un sólido grupo en el que actualmente se integran 8 bodegas acogidas a distintas denominaciones de origen en coordinación con la empresa comercial Orowines.

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El hito, el puntal, la referencia en Jumilla es sin duda García Carrión, una potente empresa desde su nacimiento, en 1890, a manos del bisabuelo del actual propietario, José García Carrión, que trabaja codo con codo con su hijo Luciano. El bisabuelo creó una gran bodega para exportar a Francia, en tiempo de la filoxera, y a lo largo de más de un siglo sus sucesores la han convertido en la primera bodega de Europa en producción, la quinta del mundo. A la vez que se multiplicaba en volumen y en pujanza comercial, llegando a 120 países del mundo, la firma se ha situado en las 10 denominaciones de origen punteras de España y, por supuesto, se mantiene en Jumilla, con la Bodega 1890, homenaje a su fundación, de la que salen dos marcas, Castillo de Don Simón y el popular Mayoral.

Basan su éxito en la innovación, en invertir con criterio pero asumiendo los riesgos de lo nuevo, sea mercado, packaging, publicidad, tecnología…, asumir el escándalo de un sector muy tradicionalista pensando siempre en el consumidor del futuro y en el mundo global. Por contraste, aquí en Jumilla está el respeto a la Monastrell que los vio nacer, las que han destetado las cinco generaciones que les precedieron. Pero el vino vive aquí en otra dimensión en un mundo de audacia y fantasía.

En el otro extremo están los elaboradores puristas, la vanguardia ecológica, para los que el respeto a la materia prima y a la tierra es principio fundamental. Juan Molina, en Casa Pareja, defiende el cultivo y la elaboración biodinámica, el concurso pleno con la naturaleza, no solo en los vinos sino en la almazara, no solo en oliva y vid sino incluso en los subproductos, el orujo como abono, la hoja de olivo como alimento del ganado, el hueso triturado como biocombustible, o los jabones de aceite y las plantas para aromatizar aceite y jabón. El campo y la producción ecológica -el sistema completo impuesto desde hace 18 años- están certificada con el Demeter.

En la misma línea, Pío del Ramo, que fuera cooperativista, montó su propia bodega para llevar a término concienzudamente su filosofía, de principio a fin. La Bodega Pío del Ramo, en el término de Ontur, se nutre de 110 hectáreas de uvas tintas y 20 de blancas, todas certificadas (o en proceso de) como ecológicas, al cuidado del enólogo Toni Arráez y en el día a día, de Agustín Miñana. No se resienten de estar a caballo entre dos comunidades, en Murcia y en Albacete, aunque la burocracia se hace más complicada. Lo difícil es hacer entender los nuevos proyectos, como el Blanc de Noirs de Monastrell, único en el mundo, o construir una bodega con el marchamo de “vino accesible”, un edificio sin barreras arquitectónicas y donde tiene cabida público de todas las edades, ya que mientras los mayores catan vinos los peques están buscando libros de juegos en la viña y catando mostos, un primer paso para aprender a distinguir y a disfrutar.

Silvano García es un sentidor, dueño, gerente y enólogo, rige la bodega que lleva su nombre, herencia de la primitiva de 1925 y hoy flamante, manejable y pulcra, en pleno casco urbano. Y lo hace con la misma sensibilidad, con el mismo talante didáctico que emplea para sus hijas, destacando el conocimiento y la valoración de los sentidos para disfrutar el vino. Por eso la estrella de la casa no son las magnificas barricas, ni los depósitos de elaboración de refulgente acero; si me apuran, ni siquiera la coquetona y surtida tienda, sino la Sala de los Aromas, una experiencia para el visitante, una educación de los sentidos y la memoria que, al fin, son los que encaminan la elaboración del vino. Los suyos, los Viñahonda blancos, rosados y tintos y los dulces Silvano García consiguen atrapar la explosión frutal, la complejidad especiada y, en su caso, la delicadeza de la madera, del roble Allier. Y, además de vinos también elabora su propio aceite y mermelada de vino dulce.

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Yecla, campo arriba y campo abajo

Al contrario que sus hermanas vecinas, aquí la D.O. se concentra exclusivamente en un municipio, Yecla. Y no es esa la única originalidad. De hecho, constituirse como D.O. es un reconocimiento de que su geografía, suelo y clima confieren características propias a los 7 millones de litros que elaboran 7 bodegas, 2 de ellas dedicadas a granel.

La crisis de la industria del mueble, de la que esta tierra era un pujante ejemplo, ha convertido hoy a Yecla en una ciudad casi dormida, donde solo el casco histórico bulle de vida mientras que los satélites, los numerosos polígonos industriales que la circundan, están desiertos, silenciosos. Pero a lo largo de su historia Yecla ya ha conocido muy notables altibajos, como cuando la epidemia de la filoxera a finales del siglo XIX hizo que los bodegueros franceses descubrieran las posibilidades de sus vinos, y el viñedo creció hasta las 15.000 hectáreas, lo que supuso un hito en el desarrollo económico y social y en la imagen monumental más moderna de una villa ya monumental y cargada de historia. Y aunque Francia se recuperó, el vino quedó ahí, eso sí, limitado a graneles que obtenían la plusvalía de su grado y color en otros lares.

Desde hace un par de décadas algunos visionarios vinateros locales han impulsado a base de fe el valor y el conocimiento de su Monastrell, que ahora se bebe y se aprecia en los confines del globo.
Aquellos pioneros de la modernidad fueron, en cantidad, la cooperativa, y en empuje, investigación y tenacidad, los Castaño, con el patriarca Ramón al frente.

El Consejo Regulador es un moderno edificio en uno de estos polígonos. Con un gran salón de actos y una sala de cata muy bien montada. David Azorín y Blanca María García Prez se encargan de la gestión y de la Ruta del Vino, en la que han conseguido involucrar no solo a las bodegas sino a los responsables de los atractivos turísticos y hosteleros, como Adela Bernabéu, que desde hace tres años, cuando cerró la fábrica de muebles en que trabajaba, restauró para turismo su hacienda familiar, Llano de Quintanilla, rodeada de viñedo (nuestra foto del mes en las páginas 4-5 de esta revista), y la ha convertido en un alojamiento acogedor que destila autenticidad donde solo las ranas y grillos rompen el silencio y en la mesa luce su huerta y su corral, tomates y tierno pepino, conejos, gallinas y palomas…

La primera cita es para desayunar gachas-migas con los Castaño, un acompañamiento perfecto para sus vinos, para catar el nuevo, Casa de la Cera, y un momento perfecto para reunir a la familia en pleno, desde Ramón a su nieta Ángela, que se ha incorporado al equipo técnico con Ramón hijo y el enólogo Mariano López, que lleva 25 años en la casa. Con esa experiencia es capaz de dirigir 100 proyectos de vino en cada vendimia y de afinar con acierto las preferencias de sus múltiples clientes extranjeros. “No es tan complicado como parece. Tengo una excelente materia prima para elegir y actúo como el chef que tiene sentados a la mesa 50 clientes, cada uno con sus caprichos”. Esa tranquilidad, incluso felicidad, es lo que se respira y se trasmite, lo que Ramón resume “He dado la vuelta al mundo y cada vez que vuelvo me doy cuenta de lo que me satisface mi casa y mi trabajo”.

Y es que, cuando otros buscan ocios de jubilados, él sigue impulsando las creaciones, las innovaciones, de la bodega, como este Casa de la Cera, dedicado a su consuegro que sigue, con elegancia, la línea de sus vinos metiterráneos “densos, grasos, carnosos, voluminosos… vinos de sol”. Para eso cuentan en sus coupages con la personalidad inconfundible de la Monastrell, Garnacha y la local Garnacha Tintorera, o Syrah para componer la línea popular del nuevo GSM, el tradicional Hecula y Casa Cisca, o con Merlot para este estreno, el mimado Casa de la Cera, o para los caprichos que comparten con Quim Vila en los Viña detrás de la Casa y Viña al lado de la Casa.

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La Casa de la Cera efectivamente existe, y se restaurará, como ya hicieron con Casa Marta. Deliciosos refugios y miradores desde donde contemplar las viñas Monte Arriba que, con la viña de Jumilla -de la que sale Cuadrado- y con Sierra Salinas completan su mapa en los alrededores. Claro que para su producción necesitan comprar uva a los vecinos, según las cosechas, y este año, con la sequía, hará falta bastante. Para eso conocen al dedillo todo el campo circundante, cada viña y cada viticultor, su forma de tratar la vid, su cuidado en la vendimia, y así pueden elegir las mejores uvas. Y así Raquel, la encargada del enoturismo, puede mostrar con detalle a los visitantes esos viñedos entre elevaciones, que trepan por las faldas protegidos por el Carche, Sierra Salinas, el Monte Arabí y, si se tercia, encontrarán a María, a Carmen, a José y a Diego, vendimiando en las Gateras Nuevas.

La oscura Monastrell, en un pequeño remolque que es el único capaz de trepar y entrar en la viña, irá a parar a la Cooperativa La Purísima. Allí Pedro Azorín y Teresa Ruiz esperan y vigilan la aportación de unos 400 socios viticultores, aunque los cooperativistas suman casi mil con los que traen aceituna o los que simplemente viven las actividades de esta empresa que, desde 1946, es el foco social del vecindario. Al principio elaboraban en una bodega alquilada, pero en el 54 inauguraron la propia, construida con el esfuerzo de los socios que, en los mismos carros de vendimia, acarreaban los materiales de construcción.

En medio de los depósitos gigantes, en el fragor de la vendimia, eso sí, puntual y organizada al minuto, hasta reunir anualmente unos 12 millones de litros, Pedro se mueve con tanta seguridad como serenidad. No en vano sus dos abuelos se cuentan entre los primeros cooperativistas, como el de David, que fue el número 13.

Teresa, que lleva 20 años aquí, es la notaria del cambio, la que ha visto cómo se imponía un control de todo, de la racionalidad en los procesos y de la calidad , de esos análisis en los que los viticultores dicen que les miden a la uva el colesterol, del calendario y agenda horaria de entrega diseñado a través de un programa informático que aprovecha la experiencia de años anteriores y la modifica con las variables climáticas y, al final, con las visitas puntuales de los veedores a las viñas.

Saben que de Campo Abajo llegará uva para vinos jóvenes, alegres, frescos, y de Campo Arriba, para los más complejos. Que las vendimias mecánicas, cada vez más extendidas, se hacen de 2 a 6 de la madrugada y las manuales, de 6 a 12 del mediodía, antes de los rigores del sol. Y ya han entrado uvas blancas, las que van a componer la nueva cosecha de Estío y que ahora, entre mosto y vino, es una explosión de aromas, fresco y goloso. Aunque las estrellas, por supuesto son los que lucen en todo su esplendor la Monastrell, 100% en Trapío, con Garchacha en Premium, con Syrah en Expresión, o dulce en Enesencia.

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Probamos la gestación de Estío, virgen, sin filtrar, con las alegres puntas del carbónico, a la vez que estrenamos la sala de recepción de visitas. Una zona flamante donde se está vistiendo la tienda, reluce la sala de cata y se respira la convicción de que hay que potenciar el enoturismo, como en toda la activa y atractiva Ruta del Vino.

Y en la Ruta la parada imprescindible es Señorío de Barahonda. Para Pascual Molina, el presidente de la D.O., la nueva bodega es un hito feliz en sus dominios porque representa la imagen que quieren ofrecer. Moderna, pujante, bella, acogedora. Si otros allanaron el terreno y abrieron la puerta para dar a conocer fuera de Yecla la calidad de sus vinos, sobre todo de su Monastrell actual y bien tratada, los Candela, en su bodega de Barahonda, consiguen atraer y fascinar a los locales y foráneos. El edificio es obra de Vicente Martín Gadea, arquitecto e interiorista murciano que ha sabido captar las necesidades del proceso del vino y los atractivos que aprecia el cliente en su visita, en su estancia. Tanto españoles como extranjeros, ya que el 90% de su producción vieja fuera de nuestras fronteras, a China, Canadá, incluso a la inexpugnable Francia. ¿Atractivos? Por supuesto la estética, las cristaleras abiertas a los cuatro puntos cardinales que, sin embargo, preservan a la temperatura ideal la sala de elaboración, la sala de barricas y, al fondo, una convertible que puede templarse a través de suelo radiante para favorecer la maloláctica. Más aún, son la única bodega de la zona con restaurante abierto cada día y con un chef creativo, Cristian Palacio, que ofrece menús pensados para armonizar y realzar los vinos. Platos de autor con conceptos e ingredientes tradcionales o vanguardistas, desde la panceta al fitoplancton.

La bodega son en realidad dos, la antigua de granel y ésta, la actual, donde prima la calidad y la creatividad y donde pueden permitirse la selección del más alto nivel de uva de sus viñedos, 150 hectáreas entre las 50 que rodean la bodega y las de de la finca Barahonda, en Campo Arriba, con viñas plantadas a pie franco hace 90 años, y siempre con la Monastrell de fondo. Como recalcan Alfredo Candela, su hermano Antonio o la entusiasta Sonia García a los visitantes: “La Monastrell es nuestra distinción, nuestra exclusividad. Las otras uvas de nuestras viñas, como la Petit Verdot, que se da bien en la zona, o la Merlot, la Syrah, la Cabernet, la Tempranillo o, para los blancos, Verdejo o Viura, se pueden encontrar en muchas otras zonas y países vitivinícolas. Monastrell hay que buscarla aquí”. Y la lucen al completo, por ejemplo, en Zona Cepa, en botella borgoñona que encierra una selección de cepas centenarias, recolectadas a mano en cajitas de 10 kilos antes de madurar durante 20 meses en roble francés. El resultado es intenso, expresivo desde la vista al paladar, con un exquisito equilibrio entre los recuerdos de terruño y los de la delicada madera. Y nada mejor que probarlo en el amplio y pulcro comedor, frente a la cristalera y el horizonte de viña. Razones sobradas para volver.

Evine es otra bodega familiar, de los Martínez Quintanilla, que a mediados del siglo XIX ya elaboraban en la vieja bodega céntrica. En 2003 trasladaron la elaboración a un nuevo edificio en el centro de la viña, apenas a un kilómetro de las cepas más lejanas. La Monastrell, de entre 20 y 35 años ocupa el 90% del viñedo, junto a Syrah y Cabernet Sauvignon plantadas hace 7 y 4 años. Se distribuyen entre dos zonas de suelo diferenciado, una calizo-pedregosa y otra de tipo arcilloso, con 20 hectáreas de secano y el resto ayudado por riego por goteo.

La bodega es una casona de cal y teja que bien podría pasar por la más tradicional del entorno, pero dentro se ha vestido con lo necesario para elaborar vinos actuales, cuidados, seleccionados ya en la viña y de forma puntillosa en bodega: el de Monastrell y Syrah, el Llano-Quintanilla de pura Monastrell con 6 meses de crianza y el Kiathos, que reposa 18 meses en roble francés y americano.
Evine tiene también un alojamiento para enoturistas frente a la bodega, la Casa Máxima, que fue casa de labor hace más de un siglo y es un ejemplo de funcionamiento ecológico y de conservación del carácter rural. Bien merece una escapada.

Enrique Trénor y Lamo de Espinosa es la representación aristocrática de los vinos de estas tierras. Sus vinos ostentan con pleno derecho alguno de sus títulos, Conde de Montornés, tanto en los tintos como en el sabroso y refrescante rosado, y luce la antigua casona, impresionante, en la imagen de la etiqueta. La bodega conserva dignamente memoria de su historia. Nació en el siglo XIX de manos de su bisabuelo, Don Pedro del Portillo, en una finca de 1.000 hectáreas a 15 kilómetros de Yecla. El viñedo se ha modernizado y cubre 150 hectáreas, la mayoría plantada en espaldera, de Monastrell, además de algo de Merlot, Syrah, Cabernet, Petit Verdot y otras experimentales. La vinificación es tradicional, con largas maceraciones prefermentativas, con las levaduras propias de la uva, remontados diarios y permanencia larga en cuba, entre 20 y a veces 30 días.

El año ha sido duro. La lluvia, avara, pero estas tierras, sobre todo Yecla, tienen la ventaja filtrar el agua hasta una capa de arcilla que las retiene, es decir, vías endorreicas que guardan el preciado líquido y sirven como socorro cuando el cielo no es generoso. De hecho, a la orilla del camino se conserva algún pozo de afloración; cierto que ahora no fluye pero a poca profundidad brilla la superficie de agua.

Con esa ayuda nacen estos vinos del sol y del desierto, a base de una uva como la Monastrell que se ha acomodado a las duras condiciones y ofrece así, a pesar del sempiterno estrés hídrico, sus mejores virtudes. Las innovaciones en la viña, la incorporación de riego por goteo en algunas parcelas, la aclimatación de variedades clásicas foráneas y de variedades blancas, Chardonnay, Moscatel de Grano Menudo…, la plantación en espaldera, aunque aún son minoritarias frente a la hermosa imagen tradicional de las cepas en vaso, se reflejan en la producción. Tanto como la inversión, el conocimiento y el cuidado en las bodegas. Para comprobarlo están las Rutas del Vino, la selección para las visitas más atractivas, para descubrir una tierra, una gastronomía y una historia recónditas.

www.rutadelvino.bullas.es / www.rutadelvinojumilla.com / www.rutadelvinoyecla.com

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