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El refugio de la Garnacha

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  • Diana Fuego
  • 2021-02-01 00:00:00

Encaramadas a los alrededores del Moncayo, en una tierra extrema, las garnachas de Bodegas Aragonesas –algunas de ellas centenarias– crecen robustas y vigorosas, mostrando su pureza y carácter en una gama de vinos muy variada e interesante.  


Para entender la historia de Bodegas Aragonesas tendríamos que remontarnos más allá de 1984, la fecha en la que fue fundada. Mucho más. Porque el inicio del cultivo de la vid –y de la Garnacha, en particular– en estas tierras extremas nos lleva al año 1145, y se atribuye a los monjes cistercienses del Monasterio de Veruela, situado a escasa distancia de los municipios de Fuendejalón y Magallón, marcados por la imponente presencia del Moncayo.
Allí donde los gélidos vientos del norte han protegido a las uvas de males endémicos desde tiempos remotos, los antepasados de los viticultores de la zona recogieron un valioso legado que hoy goza de un prestigio indiscutible, arropado por numerosos premios y distinciones internacionales.
La Garnacha, que se muestra espléndida y licorosa en Campo de Borja –la comarca se conoce como el Imperio de los Sentidos–, es el gran tesoro de Bodegas Aragonesas, que la miman en viñedo y bodega con cariño infinito, conscientes de que es una parte fundamental de su patrimonio.   
Aferradas con fiereza a una tierra muy singular y soportando un clima durísimo, las viñas (algunas superan los 100 años de edad) crecen robustas y vigorosas, con una calidad y personalidad inconfundibles.


Entre viñas vibrantes
Las 3.700 hectáreas de viñedo que conforman Bodegas Aragonesas dibujan el paisaje con una atrayente sinfonía de colores: de los jugosos morados y verdes que exhiben los frutos en verano al manto blanco de nieve que cubre las durmientes viñas en invierno. En estos bellos campos, la Garnacha comparte hogar con la Tempranillo, la Cabernet Sauvignon, la Merlot, la Syrah, la Mazuela, la Chardonnay, la Macabeo y la Moscatel de Alejandría, que también encuentran en sus suelos rojizos y pedregosos "el mejor hábitat para alcanzar todo su esplendor", como destacan desde la bodega. Y se enorgullecen del apasionado trabajo de todo el equipo: "Llevamos siglos cultivando con esmero nuestras viñas y atesorando una tradición vitivinícola incomparable. El equipo de expertos enólogos, maestros en la elaboración de nuestra afamada Garnacha, y el equipo humano que integra los diferentes departamentos de la bodega consiguen el resultado final de unos vinos de prestigio internacional".
Las características del viñedo, la riqueza de variedades y el buen hacer de los enólogos dotan de un carácter propio a todas las marcas que comercializan (Fagus, Coto de Hayas, Garnacha Centenaria, Galiano, Don Ramón, Aragonia, Azzulo, Rozzulo…): "desde vinos ecológicos y afrutados, hasta vinos complejos, de alta expresión y de autor; pasando por jóvenes, crianzas, reservas, blancos, tintos, rosados, monovarietales, multivarietales... Una gama de vinos variada y extensa, plena de profesionalidad, pensada para dar satisfacción a todos los mercados pero, sobre todo, llenos de vida", explican.

Un tesoro centenario
Entre todos estos vinos, nos cautivan especialmente aquellos que tienen como protagonista a la Garnacha de viñas centenarias, porque se expresa con una pureza muy especial.
Coto de Hayas Garnacha Centenaria es una de las etiquetas más emblemáticas de Bodegas Aragonesas, un monovarietal de Garnacha procedente de viñedos en vaso muy antiguos y de secano. Situados sobre suelos muy áridos y tierra rojiza, de pizarras y terrazas, se encaraman a las laderas de la Cordillera Ibérica, en las alrededores del Moncayo. Tras la vendimia (que tiene lugar en la primera semana de octubre), estas garnachas tan singulares maceran en frío durante 24 horas para que se perciba mayor frescura en la fruta, y fermentan a 26º C con control de temperatura. A lo largo de diez días se lleva a cabo la maceración, seguida del sangrado y prensado. Finalmente, el vino se cría en barrica de roble francés durante cuatro meses, durante los cuales se produce la fermentación malolática.
Al despertar se muestra carnoso y sugerente, con intensos aromas florales y a fruta negra y un atractivo toque especiado del gran trabajo realizado con la madera.

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