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Tempranillo, jugar en Primera

  • Redacción
  • 2001-04-01 00:00:00

Dice el primer aforismo del “Tractatus logicus-filosoficus” de Wigesteim que: «El mundo lo constituyen los hechos, no los objetos», y eso, traducido a lo que hoy nos trae aquí, significa que la Tempranillo como objeto carece de relevancia. La Tempranillo es una vinífera que solamente adquiere dimensión informativa cuando se convierte en un hecho, es decir, en vino. Cierto, la Tempranillo es una de las grandes variedades con que hoy cuenta el patrimonio enológico mundial, pero para muchos críticos internacionales sólo se encuentra a la cabeza de la Segunda División. Yo soy un convencido de que la Tempranillo es un varietal de Primera División, pero es un varietal de Primera División simplemente si somos capaces de hacer vinos de Primera División. El problema radica en que con esta uva maravillosa se han estado haciendo vinos vulgares, sin personalidad, incluso en las DO más prestigiosas. Y eso es así porque una de las grandes virtudes, pero también uno de los grandes problemas de la Tempranillo, es su versatilidad. Con ella se elabora desde un granel hasta «Pingus», el vino más caro de España. Además, padece todavía de prejuicios y equívocos, como el que la califica de uva ligera, fina. Hoy hay vinos de Tempranillo que tienen la misma corpulencia, la misma estructura, el mismo color que puede tener un Cabernet Sauvignon. Es cierto que durante mucho tiempo se ha apostado por la mediocridad, porque partíamos de una práctica homogeneizadora; aquí se hacía coupage de zonas, coupage de cepas, coupage de vinos, coupage de todo. Pero ha habido una reacción. Existen hoy en España vinos de Tempranillo que han sabido convertirse en singularidades; que han aprendido que un buen vino solo se hace con buena uva, pero que ningún varietal por sí mismo garantiza un vino calidad; que para hacer un vino magistral, la Tempranillo tiene que ser muy buena, y que para ser muy buena hay que pagarla bien; que no hay grandes vinos si no reflejan las características del terruño; que la personalidad está reñida con la cantidad, y que, por lo tanto, hay que olvidarse de los clones productivos, de las zonas agrícolas fértiles, propias de la horticultura. Hay que recuperar los viñedos de altura, de ladera, de suelo pobre, esas maravillosas viñas viejas. Y discriminar para ofrecer al mundo la riqueza de sus singularidades.


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