- Laura López Altares
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- 2026-02-10 00:00:00
Impregnada de Atlántico y memoria, esta tierra del vino es una de las más fascinantes del mundo. Sus húmedos y sinuosos paisajes, desde los bancales imposibles de Ribeira Sacra al sortilegio de mar de las Rías Baixas, están tocados por una suerte de magia ancestral, escrita entre variedades autóctonas desbordantes de singularidad y frescura.
Galicia es una tierra empapada de leyendas fraguadas entre naufragios y neblinas, al amparo de esas aguas feroces que la vuelven insolentemente verde y del vértigo de unos paisajes bellísimos e indomables que han marcado el destino de sus gentes desde el principio de los tiempos. Y también el de sus viñas, que suelen habitar en pequeñas parcelas: ese minifundio extremo ha dado lugar a una diversidad de vinos salvaje y arrebatadora.
Cuando la recorrimos hace unos años en busca de Los mil nombres del vino gallego, llegamos a la conclusión de que todos ellos
–incluso los que se forjan lejos de la costa– tienen en común una poderosa raíz de roca y sal. Después de haber catado esta pequeña –y maravillosa– selección de vinos de todos sus rincones, nos reafirmamos en que hablan con el hipnótico acento del Atlántico. Hijos del mismo mar, comparten un magnetismo, una frescura y una viveza extraordinarios. Pero también nos hablan de orígenes muy diferentes: dentro del territorio gallego encontramos diversos tipos de suelos, distintos microclimas y, sobre todo, una diversidad de uvas autóctonas excepcional (más de 70 variedades).
Albariño, Godello, Caíño, Treixadura, Brancellao, Merenzao, Sousón, Mencía, Espadeiro, Torrontés... La singularidad de estas variedades, con una acidez espléndida, se desborda en unos vinos generalmente parcelarios y artesanos que evocan con absoluta nitidez los paisajes misteriosos y exuberantes donde nacen.
Galicia goza de una riqueza vitivinícola fascinante, que se vertebra a través de sus cinco denominaciones de origen –Rías Baixas, Ribeiro, Valdeorras, Monterrei y Ribeira Sacra– y cinco indicaciones geográficas protegidas –Ribeiras do Morrazo, Barbanza e Iria, Terra de Betanzos, Val do Miño Ourense y Terras do Navia–, aunque los vinos gallegos se pueden agrupar en dos grandes zonas: el oeste y el este.
Los vinos de las tierras del oeste, con sus suelos de granito (también hay vetas de esquisto, arcilla y arena), son generalmente más salinos por su cercanía al mar y gozan de muy buena acidez. En esta Galicia occidental, entre Pontevedra y una parte de A Coruña, entra en juego el sortilegio marinero de las Rías Baixas, donde la seductora Albariño se alza como reina de las sirenas. Con el tiempo, su impetuosa frescura se transforma en una elegancia plena de matices, casi inmortal. Puede ser sutil, provocadora, radical, más austera... y sin duda una de las grandes uvas blancas del mundo.
Hacia el este, la frescura psersiste, pero el influjo de los suelos de pizarra se traduce en un mayor volumen y estructura, allí donde las viñas danzan entre pendientes.Valdeorras y Ribeira Sacra hablan la adictiva lengua del vértigo, tan próximas y tan dispares.
Los viñedos de la Ribeira Sacra –al sur de Lugo y al norte de Ourense– se asoman a los cañones del Sil y el Miño desde bancales casi imposibles en un ejercicio de funambulismo prodigioso. Más del 80% de sus vinos son tintos, sobre todo de Mencía, aunque cada vez cobran más protagonismo otras variedades minoritarias.
Entre las escarpadas laderas de Valdeorras –la comarca más oriental de Ourense–, con su diversidad de suelos y orientaciones, la Godello resurgió del olvido y se convirtió en la uva más deseada.
Mientras, en la confluencia de los valles de los ríos Miño, Avia y Arnoia, la D.O.P. Ribeiro custodia un legado ancestral enredado entre la piedra (de sus monasterios románicos y sus lagares de otra vida) y las raíces de sus viñas, con la Treixadura como estandarte.
Y ya en los confines del territorio, en la frontera con Portugal y Castilla, Monterrei abraza su mestizaje –es la región más continental– y muestra la cara más inesperada de las uvas gallegas.
De las orillas del Atlántico al corazón del vértigo, de este a oeste, el hechizo de Galicia (y sus vinos) se vuelve cada vez más poderoso.






















































