- Laura López Altares, Foto: sonyakamoz/AdobeStock
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- 2026-06-05 00:00:00
Como cada primavera, subimos la apuesta para explorar todas las declinaciones del rosa en el vino: desde los tonos coral hasta los fucsias más eléctricos. Porque hace tiempo que este color dejó atrás antiguos complejos, demostrando una y otra vez que no es un territorio menor, estacional o complaciente, sino un espacio de disfrute, creatividad y precisión enológica.
D icen que el rosa es el color de la feminidad, la delicadeza, la sensualidad, la ilusión y lo delicioso; una mezcla de dos colores contrarios –el rojo y el blanco– que, como explica Eva Heller en Psicología del color: cómo actúan los colores sobre los sentimientos y la razón, posee un carácter propio: "Hay sentimientos y conceptos que solo pueden describirse mediante el color rosa, y todos los sentimientos asociados al rosa son positivos".
Puede ser sutil y provocador, amable y revolucionario: "El sensible rosa se adapta a otros colores conservando su efecto. Junto al blanco, parece completamente inocente. Pero junto al violeta y el negro, con los que forma el acorde de la seducción y el erotismo, el rosa oscila entre la pasión y la inmoralidad, entre el bien y el mal".
Esa magnética ambivalencia se traslada también al vino rosado, y lo convierte en un territorio fascinante. Porque puede resultar delicado y radical al mismo tiempo. Seductor sin caer en la pirotecnia. Ligero sin ser banal. Preciso sin perder sensualidad.
Durante demasiado tiempo, el rosado intentó pasar desapercibido. Se lo relegó al papel de vino secundario, fácil (frívolo, incluso), pensado para el verano y el aperitivo. Un color condenado a justificarse constantemente. Pero algo ha cambiado. O, mejor dicho: muchas cosas han cambiado al mismo tiempo.
Por un lado, las tendencias de consumo, con un público que busca cada vez vinos más frescos, ligeros y gastronómicos. Hoy, el rosado representa un 10% del consumo global, según el Observatorio Mundial del Rosado, mientras que España se consolida como el segundo productor del planeta y el principal exportador.
Y, por supuesto, un cambio en la mirada de los elaboradores, que están reinterpretando el rosa de mil formas, a cada cual más sugerente: "España está elaborando algunos de los mejores vinos rosados del mundo", afirma Beth Willard, copresidenta de los Decanter World Wine Awards y colaboradora de Tim Atkin.
Nunca antes el rosado había tenido tanta libertad para ser tantas cosas distintas al mismo tiempo. Una nueva generación de productores reivindica este color como un territorio de enorme creatividad enológica. Un espacio donde conviven la tensión atlántica y el hechizo mediterráneo; la sutileza y la profundidad gastronómica; la precisión técnica y la intuición más salvaje.
Mientras que parte del mercado sigue obsesionada con la palidez extrema como símbolo universal de elegancia, muchos de estos elaboradores ya se han rebelado contra esa simplificación estética. Porque el color no define la calidad. Nunca lo hizo. Un rosado puede ser translúcido como un pétalo o insolente como un neón y seguir siendo extraordinariamente fino y fiel a un paisaje. Seguramente, el color menos dogmático del vino, el más inclasificable.
Rosados pálidos y etéreos que parecen suspendidos en el aire. Otros más terrosos y minerales, que hablan el lenguaje de la pizarra. Hay rosados que fermentan en acero, mientras que otros descansan en hormigón, ánforas o barricas usadas. Algunos exploran maceraciones más delicadas; otros buscan deliberadamente el color, la exuberancia de la fruta y la energía.
En nuestra cata, se mueven entre mundos radicalmente distintos: desde el vértigo agreste de Gredos hasta los históricos rosados navarros; desde el alma volcánica de Canarias hasta los claretes castellanos recuperados. También entre los perfiles atlánticos del norte y los mediterráneos impregnados de sal, luz y monte bajo. Porque, también en el vino, hay emociones y paisajes que solo pueden contarse a través del rosa.
















































