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Viticultura heroica

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  • Ana Lorente
  • 2019-04-30 00:00:00

Lo que no se nombra es como si no existiera. Cuando vi por primera vez a los viticultores de la Ribeira Sacra vendimiar en barquita, trepando por aquellas laderas resbaladizas, acarreando cestos que amenazaban despeñarse al río arrastrando con ellos al vendimiador, no supe dónde clasificarlos, entre la admiración, el vértigo y la locura. Ahora ya tienen nombre. Se lo han ganado.


El bautismo como Viticultura Heróica lo celebró en 2011 un organismo que en Italia se resume con las siglas CERVIM y aquí viene a traducirse como Centro de Investigación, Estudio, Salvaguarda, Coordinación y Valorización de la Viticultura de Montaña y de Fuertes Pendientes. Nada menos, y nada más claro.
Lo cierto es que hay muchos tipos de viticultura heroica con minúscula, sea por el clima, por el suelo o por cualquiera de esas dificultades que, a la vez, mejoran la calidad del vino. Y es que se podría generalizar como que los mejores vinos son los que sobreviven en las condiciones más extremas. Pero para poder sumarse a los calificados con Mayúscula, o sea, a los que pueden adscribirse al organismo oficial, hay que cumplir unos requisitos muy precisos relacionados con la geografía: las viñas deben vegetar por encima de los 500 metros de altitud, en islas pequeñas, en terrazas o en cuestas (costers) de al menos 30% de pendiente. Dificultades todas ellas que implican un trabajo extra a la hora de cuidar el campo, ya que buena parte o todas las tareas han de realizarse a mano, desde la roturación a la poda y, por supuesto, la vendimia.
Hoy en día la ventaja de esos terrenos está por encima de la propia geografía, y es que, por su dificultad de acceso y laboreo, la generación anterior, al envejecer, fue abandonando esas viñas. Muchas se han conservado intactas hasta que la siguiente ha descubierto su valor, sus posibilidades, y las saca del silencio y del olvido en una misión que viene a ser arqueología vitivinícola. Ahí estaban los diminutos racimos casi silvestres y la memoria de sus vinos, como el arpa de Bécquer…. "esperando la mano de nieve que sabe arrancarlas". Ahí está la viña vieja heroica que ha aprendido a resistir, a adaptarse, a valerse por sí misma y aun así, a dar lo mejor de ella. Así descubrió, por ejemplo, el ejemplar Álvaro Palacios las excelencias que se aferran a las pizarras del Priorat más rústico o El Bierzo más empinado. Y es que en esta España nuestra, el vino ha sido alimento de primera necesidad y había que sacarlo de donde fuera para cubrir la economía de subsistencia, por eso nace en las islas más desérticas, volcánicas o montañosas, en las laderas más inaccesibles de los ríos, en los minifundios húmedos de las costas del norte o en las escarpadas terrazas del secano mediterráneo y de Andalucía.
Esas viñas suponen menos del 5% de la viticultura mundial y, además de en España, en Europa las hay en Francia, Italia, Suiza, Austria, Portugal o Alemania. Y fuera de Europa, en los Apalaches de la norteamericana Carolina del Norte. Crían uvas de muy diferentes variedades que solo tienen en común que las riegan con el sudor de su frente. Y eso se nota. Pero para apreciarlo en toda su medida es imprescindible asomarse a esos paisajes milagrosos donde la mano humana ha dejado huellas increíbles, hermosísimas. Algunas, como las portuguesas, son reconocidas como Patrimonio de la Humanidad, pero todas, una a una, tienen mucho que contar: una historia de esfuerzo, de ingenio, de tesón en busca ¿de que?: del placer, del disfrute que es el vino. Ese es el milagro.

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