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Vino naranja

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  • Ana Lorente
  • 2019-09-02 00:00:00

Después de la sorpresa que supuso el vino azul hay quienes se preguntan si la tendencia va a ser recorrer todo el espectro de colores del arcoíris o del Pantone. Pero este no es el caso. No se trata de una innovación fantasiosa, sino de poner en valor una larga tradición local casi perdida, en España al sur del Sur.


O  eso creíamos. Porque el único Vino Naranja con Denominación de Origen es de Huelva , del Condado, concretamente de Moguer, tal como guarda en la memoria Juan Ramón Jiménez y canta en su Platero y yo. Sin embargo el mapa del color naranja es mucho más extenso y agrupa unos vinos originarios y típicos de la Andalucía Occidental, de Huelva, Málaga, Cádiz y hasta de Sevilla. Un vino licoroso que adquiere su color ámbar anaranjado tanto por el largo envejecimiento como, sobre todo, porque el licor para encabezarlo es alcohol vínico en el que se maceran cortezas de naranja o incluso naranjas amargas de esas que pueblan las calles de Sevilla, esas que los ingleses siguen adorando para elaborar sus inimitables mermeladas (las únicas llamadas marmalade, no jam, que son las que se elaboran con todo tipo de frutas).
Pero viajar enseña mucho. En la más reciente feria de vinos ProWein, una de las más importantes reuniones internacionales, que se celebra en Alemania, en Düsseldorf, han venido apareciendo vinos naranjas –desde el color ámbar delicado hasta casi el teja– de orígenes bien diferentes. Vinos que rescataban las fórmulas ancestrales, tanto de Alemania como de Armenia, Georgia y otros países, de elaborar las uvas blancas con sus hollejos, macerando y fermentando las uvas blancas con la piel, como las tintas, y frecuentemente guardadas en ánforas de barro.
Los apreciados dulces o semidulces vinos naranjas andaluces se elaboran, como siempre, con las uvas típicas de Huelva –Zalema–, Cádiz y Córdoba –Pedro Ximénez– o Málaga –Moscatel–, y son vinos aromatizados. Pero a diferencia del vermut, que es también un vino aromatizado, en estos no se incorpora la naranja al mosto o al vino, sino que lo que se aromatiza es el alcohol con el que se les corta la fermentación. De ese modo, el vino mantiene una sensible cantidad de azúcar no transformada en alcohol, mientras que la graduación la adquiere directamente por ese alcohol en el que macera la naranja o su piel a lo largo de un par de meses.
Entre el surtido de estos vinos artesanales, mimados y exclusivos que hoy ofrece el mercado las diferencias son muy notables, ya que cada maestrillo tiene su librillo. Los hay con una sabia combinación de oloroso viejo, otros con una prolongada crianza en el sistema de soleras y criaderas de al menos un par de años o aromatizados en depósitos por adición del alcohol perfumado al mosto en el momento preciso o al vino recién acabado.
La pregunta es, como tantas veces: todo este ingenio, todo este cuidado, todos estos siglos de Historia, ¿qué resultado dan en la copa? La respuesta es fácil: Fantástico. Es una experiencia tan emocionante como andar por la cuerda floja, en un increíble equilibrio entre los aromas del propio vino, de su uva originaria, del tiempo en las botas de roble y la complejidad ácida y amarga de la naranja. La sorpresa va mucho mas allá de la vista, del color. Se refuerza en cada trago con su peculiar estructura y cuerpo, y, más aún, se armoniza adecuadamente, que para eso da mucho juego, en combinaciones imaginativas con quesos cremosos potentes o incluso azules, con salsas para las que habitualmente utilizaríamos tintos, con patés especiados, con aves guisadas y, por supuesto, con postres a los que puede aligerar o potenciar, esos tan difíciles como los chocolates o las cremas de frutos secos.
Lo mejor es que después de probarlos la imaginación se desborda y cada cual encuentra su pareja perfecta.

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