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Bruno de Saizieu

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  • Laura López Altares
  • 2019-03-29 00:00:00

El director comercial de Diam, tenaz 'guardián de los aromas', vive su oficio con una pasión admirable. Esta es la historia de un viajero del vino, de un soñador incorregible.


E l periodismo es uno de los oficios más bellos y extremos del mundo: la mayoría de las veces te pilla en mitad del tiroteo, pero siempre merece la pena. La entrevista con Bruno de Saizieu, director comercial y de marketing de Diam, fue un precioso enredo: él estaba a punto de subirse a un avión; yo iba en el tren, a medio camino entre dos entrevistas. El sonido no era el mejor del mundo, pero se podía distinguir el vivaz susurro de quienes dominan el arte de contar historias, con humildad, un humor exquisito y un cantarín acento en el que Francia y Argentina se rozaban casi sin querer. La historia de Bruno es la de un viajero del vino, un hombre enamorado del presente que sabe aprovechar las oportunidades y que no entiende el mundo sin pasión: "Sin pasión puedes ser bueno en lo que haces, pero no vas a hacer nada distinto o especial. Yo no podría trabajar con gente a la que no le apasionara el vino. El vino es pasión".  

El viajero del vino  

Bruno estudió en seis países diferentes (Francia, Inglaterra, Estados Unidos, Canadá, Argentina y España), está vinculado al sector vitivinícola desde 1989 y recuerda cómo el vino ha estado presente en su vida desde que era un niño: "No me acuerdo de ningún almuerzo o cena sin vino en casa de mis padres. Siempre había vino, y a veces me daban un poquitito para que probara (medio dedo, no más). Recuerdo tomarlo en el postre, con una manzana". Cuando en el año 2010 le surgió la oportunidad de trabajar en Diam, una de las empresas de fabricación de tapones de corcho más importantes del mundo –están presentes en más de 60 países–, no se lo pensó: "En la vida hay que agarrar las oportunidades. Si algo te gusta, tienes que lanzarte. No hay que planear cada paso ni darle vueltas. La vida es hacer bien tu trabajo... y un día llega una oportunidad. Esa es la buena. Y hay que tomarla". El trabajo de Bruno es agotador, repleto de viajes por cada rincón del planeta; pero este ritmo vertiginoso le permite ver paisajes impresionantes: "Lo más lindo que hay en el mundo es la zona de viñedos del sur de Sudáfrica y el Duoro, en Portugal". A Bruno le fascina cómo existe una cultura del vino común que de alguna forma conecta a todos los países productores, por muy lejos que estén: "¡Hace poco estuve en Birmania! Y allí también hacen vino".  

Guardián de los aromas  
A Bruno le divierte el sobrenombre de guardián de los aromas, y nos cuenta en qué consiste tan delicada labor: "Es muchísima responsabilidad preservar el trabajo de aquellos que hacen el vino. ¡Mi trabajo es cuidar el sueño de los enólogos! [risas]". Los tapones de Diam, que incorporan las innovaciones más punteras del sector, garantizan una neutralidad absoluta y un envejecimiento homogéneo: "Estos vinos se descorcharán en cinco, diez, quince o veinte años... ¡y al abrirlos estarán bien! Eso es genial, porque estamos tapando grandes vinos para las generaciones futuras". Un reto constante que Bruno acepta encantado: "El objetivo es ser cada vez más precisos, la seguridad es cada vez mayor". En Diam se tapan algunos de los mejores vinos del mercado, y Bruno señala que esa es una de las grandes particularidades de la marca: "Cada vez tapamos más vinos y de gama más alta, son vinos icónicos. Me encanta mi trabajo, ¡me permite probar vinos de muy buena calidad!".
"¿Qué otras cosas apasionarán a Bruno?", nos preguntamos. Y él no duda: "Argentina. Estuve trabajando con vacas y caballos en una hacienda allá y me encantó, ¡aprendí muchísimo! La gente con la que trabajé sabía tanto de la naturaleza... Y otra cosa que me encanta es el golf. Y después de jugar al golf... ¡tomarme una botella de vino! [risas]". Para Bruno, el vino es tan especial porque empieza en la tierra y lo abarca todo: "Desde el paisano que hace la viña hasta el marketing más sofisticado. Agricultura, producción, finanzas, marketing… Por eso es tan interesante. Y tal vez por eso la gente que está de algún modo fuera de la vida real (actores, deportistas…) compra bodegas: para volver a la tierra".
 Y he aquí el giro inesperado de guión. El sueño de este viajero impenitente también es volver a la tierra, regresar a casa: "¡Dentro de diez años, tal vez seré un poquito viejo para trabajar! [risas]. Estaré relajado, con una buena botella de vino. Y puede que tenga una bodega… Esto es muy francés, ¿eh? Tengo el sueño de comprarme una pequeña bodega en Francia. Tengo cinco hijos, un nieto y otro en camino, quiero estar cerca de mi familia".
Familiar, entusiasta, divertido y tremendamente cercano. Así es el embajador de este imperio del corcho sostenible, que nos despide con una cariñosa invitación: "¡Cuando queráis podéis venir a nuestra casa y compartimos una buena botella de vino!". Le tomamos la palabra. Y tal vez algún día os hablemos en estas mismas páginas de su vino, quién sabe...

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