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Diderot o el deseo y la sensación

  • Redacción
  • 2005-12-01 00:00:00

Sin duda alguna la figura máxima de la Enciclopedia es Denis Diderot, él es su sostenedor, y gracias a él salió adelante. El representante más popular y significativo de la Ilustración, con una gran capacidad para la escritura, él mismo decía: «Mi alma se calienta escribiendo». Con una gran actividad social, ávido tanto de conocimientos como de sensaciones (era un gran comedor y bebedor); tentado tanto por las «luces de la razón» como por los «transportes de la sensibilidad», una sensibilidad que reside en el cuerpo, que no es sino emotividad fisiológica a flor de piel, y en su pensamiento, como demuestra su relación con una literaria «libertina», madame de Puisieux, y sobre todo con una intelectual con lentes, Sophie Volland (con la cual mantenía conversaciones de este tenor: «Con el tiempo producirá una revolución en los espíritus, y espero que los tiranos, los opresores, los fanáticos no venzan. Con ella habremos servido a la humanidad», confiesa Diderot a Sophie en una de sus Cartas); y nada menos que la gran Madame Geoffrin le cuidaba amorosamente, cambiando el cuarto del escritor y renovando su vestuario (fue madame Geoffrin quien salvó la Enciclopedia cuando, en 1759, la empresa parecía definitivamente comprometida por una sentencia, estando aún a medias. Un dinero, desembolsado en secreto por ella, devolvió los ánimos al tipógrafo y permitió a Diderot llevar a buen puerto la obra). Él es la representación paradigmática del burgués que, arrinconado e incluso despreciado desde hacía tanto tiempo, lanza una mirada desafiante ante el espejo de su vida y se refleja como alguien con importancia en tanto en cuanto revaloriza sus sentimientos, sus deseos y sensaciones; su emocionalismo que aflora por doquier; la confianza en sí mismo, su antirromanticismo. Consciente de su función cuando en 1775 escribe al ministro Necker: «Somos ese pequeño número de cabezas que, colocadas en el cuello del gran animal, arrastran tras ellas la multitud ciega de sus colas». No podía, pues, Diderot no tener una carencia especial al vino: «Viva la sabiduría de Salomón: beber buen vino, deleitarse con platos delicados, pasear con bonitas mujeres, descansar en camas bien mullidas. Exceptuando esto, el resto no es sino vanidad». Toda la economía de la sociedad humana se apoya en un principio general y simple: yo quiero ser feliz, y cuando no lo consigo, cuando «el año ha sido malo», uno de sus síntomas más claros es «la carencia de vino»; es el vino el que hace posible las visiones mas satisfactorias de la vida: «Señor Jacques, mi vino de Champagne me hace embellecer ante vuestros ojos». Incluso el vino se erige como el criterio de máxima validez: «Lector, usted no sabe lo que dice; a fuerza de querer mostrar el espíritu, no es más que una bestia. Y es que la Verdad reside en el vino».

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