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Manuel Manzaneque: El espectáculo del vino

  • Ana Lorente
  • 1998-10-01 00:00:00

El espectáculo del vino

La tÉcnica estÁ detrÁs, como no podÍa ser menos, pero lo que llega al espectador, al consumidor, a la copa, es la magia, el sueño hecho realidad, hecho vino. Se abre el telón y el aplauso no cesa.

Armar un tinglado como lo que hoy es la bodega y la viña de Manzaneque requiere fantasía y fe. Nadie en los alrededores de esta Sierra de Alcaraz pensó que esa tierra de caza y monte bajo, perfumada de romero, salpicada de sobrias sabinas, pudiera criar algo más que perdices y rapaces, entre el pedregal o el trigo. Ahora, tales aromas, por esos inexplicables -o sólo inexplicados- misterios de la naturaleza, quizá sean parte de los ingredientes secretos de vinos tan peculiares. Porque algo especial tienen, no solo los vidueños y la elaboración atípica en la zona que los hace inclasificables, fuera de cualquier traba marcada por Denominación de Origen.
Cuando Manuel Manzaneque creyó llegada la hora de echar raíces, de asentar en alguna medida la vida errante de hombre de teatro, volvió la vista a sus orígenes, a la tierra, al inabarcable horizonte de La Mancha. Michel Poudu, el enólogo, se puso a la tarea de encontrar la cuna para nuevas cepas y descubrió que la seca llanura tenía cotas más altas por alcanzar. Una metáfora que se plasma en la orografía de estas viñas, en El Bonillo, a mil metros de altura, donde la brisa que encauza la sierra y las diferencias de temperatura entre el día y la noche son una bendición para la uva, un toque mágico que despierta lo mejor que hay en ellas.
Convencidos los hombres, sólo quedaba convencer a la tierra, trabajar y esperar. Cinco años, desde que la piedra rebelde cedió su puesto a las cepas venidas de Burdeos y de Borgoña, hasta que, en el 93, se estrenó la primera cosecha, un reserva de Cabernet Sauvignon, Merlot y Tempranillo.
La piedra sigue allí, rara piedra preciosa que, horadada por las filtraciones, parece vestirse de roca marina. Ocre rojizo, amarillo solar o calcinado, rodea frente al portón de la bodega una antigua prensa. Uno de los escasos adornos que rompen la sobriedad del adobe plano, la teja de barro y la cal. La dramática cal manchega que ciega los ojos y atenaza el corazón.
Esa piedra, ese terreno garantiza el drenaje y alimenta ese enorme mar sobre el que se sustenta la seca Mancha. El caserón fué creciendo al ritmo de la viña, alrededor de un patio que recuerda los “corrales de comedias” y que, en ocasiones, cumple la misma función.
Porque Manzaneque combina la tarea de teatrero y la vocación de bodeguero -¿o quiza al revés?- y consigue que el patio sea escenario simultáneo de cada nueva obra y cada nueva vendimia. Consigue incluso más, aunar textos y vinos en montajes como el reciente de El Lazarillo que nació con vocación errante, pensado y medido para recorrer bodegas y lugares vinícolas.
Sin embargo, nada hay de exceso teatral en esta bodega de nuevo cuño. Ni siquiera una mota de polvo. Pulcra, casi espartana, permite el recreo de la sensualidad más sutil. El olor de madera nueva se hace más intenso a cada escalón, según se desciende desde la nave de elaboración hasta la bodega de las barricas, excavada a seis metros bajo el suelo. El contraste de temperatura entre esa boveda sombría y la luz cegadora del estío sobre las viñas, lleva a redescubrir el tacto, el placer a flor de piel. Y eso parecen sentir los vinos que allí reposan.
Cabernet 94, Tempranillo 96, Chardonnay, Sirah..., apenas unos rótulos bautizan cada hilera de cubas bajo la mirada vigilante de un Orlando cabalgando furioso, un telón pintado por Emmanuel Luzzati para la representación del Quijote en la Expo de Sevilla, y que aquí, junto a la “sacristía”, el enrejado que encierra los vinos más preciados, parece surgir del muro, envejecido, evanescente, un punto quijotesco, aunque quizá sólo sea por la inconsciente asociación con esta tierra.
Ahí está, de nuevo, el teatro. Y es que, para Manzaneque el vino en muchos planos es como el teatro. Se realiza con técnica pero se sustenta en la sensibilidad. Es vivo y cambiante y hay que cuidarlo como a una función diaria. Se basa en una realidad, en un texto que admite pocas modificaciones, pero cada director, cada equipo, cada compañía, lo transforman en una obra diferente. Y al fin, ambos, en el fondo, buscan el éxito de público y crítica.
Los vinos de Manzaneque lo han conseguido en un tiempo milagrosamente breve. Con un limitado Sirah, con las calificaciones de todas las guías y reseñas sobre el Reserva 93 o el Finca Elez 95... La obra más reciente, un Chardonnay 96 fermentado en barrica, ha sido el primer vino español que obtiene una medalla en el más prestigioso concurso internacional, el “Chardonnay of the World”, en el que se presentaron a esta última edición casi seiscientos vinos de 27 países.
Es efectivamente un vino que expresa el carácter típico, distintivo, de la Chardonnay- ese que convierte en poetas a los entendidos y les sugiere avellana, limón, menta, miel, jazmines, acacia...-, con la frutosidad añadida que propicia la madurez en estas tierras y con la delicadeza de un toque de madera, comedido, sutilísimo. Once horas -ni una más ni una menos- de maceración del mosto con la piel, seis semanas de lenta fermentación en barrica de roble Allier traido de Francia y seis meses de crianza.
Pero eso no son principios inmutables. Aquí no hay teoría. Michel se resiste a divulgar tiempos y proporciones, y no por coquetería o por secreto industrial, sino porque “su” teoría es que el vino se hace con el paladar, con la nariz, con los sentidos, en definitiva. Hay que probar las uvas día a día, probar los mostos, catar constantemente cada uno de los vinos varietales mientras se están criando para acertar el momento óptimo de cada ingrediente, la proporción justa que garantiza una receta perfecta. Entonces sí. Entonces se puede guardar el genio en la botella. De ahí que el primer paso, la vendimia, no tenga fecha fija prevista, ni siquiera aproximada. Cada una de las variedades distribuidas en las 40 hectáreas de plantación se vendimia por separado, en el momento justo de madurez, según el tipo de vino al que se dedicará y con la suficiente rapidez que garantice uvas iguales y perfectas. La Chardonnay, por ejemplo, se vendimia con el fresco de la noche para evitar que el calor provoque una fermentación espontánea indeseada y deje escapar un punto de su delicadeza.
Por supuesto, la vendimia es mecánica ya que se trata de cepas altas, en espaldera. El pequeño equipo de bodega, apenas cinco personas, olvida o desordena el sueño durante esa época, casi dos meses de la primera a la última variedad, gente que mima personalmente la cosecha. Tal como vienen haciendo durante todo el ciclo vegetativo, con talante de jardineros más que de agricultores. Así, por ejemplo, cuando el clima lo requiere, pueden dedicar la jornada a levantar impúdicamente los pámpanos para que los racimos se asomen al sol o taparlos como criaturas para que no se resfríen o se quemen.
Y es que el vino se hace en la viña. O casi. O, más bien, como rezan los azulejos junto a la puerta del patio, “Fruto de la vid y del trabajo del hombre”. A la vista de las copas, al primer trago, toda la tramoya pasa al olvido.
El éxito del espectáculo consiste en eso, en presentar la obra acabada y vestida, en que los secretos queden tras las bambalinas y el espectador vea, oiga, huela y sienta lo que para él se ha preparado. Que la luz haga olvidar los focos, que el vino eclipse las brillantes cubas de acero, inevitables e insuperables para elaborarlo correctamente, y aún más en estas tierrasde veranos tórridos.
El vino está ahí para dar la cara. El despegue fulgurante lo ha colocado ya en los actos sociales más sonados del país y aparece ya sobre las mesas más golosas de los importadores. La producción es limitada y, a tenor del talante de sus artífices, se mantendrá así, con los ojos puestos en la calidad por encima de la cantidad. Con el cuidado personal que requiere una obra de arte.

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