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Ríos de Vino : VIII. Cuenca del JÚcar

  • Ana Lorente
  • 2009-03-01 00:00:00

Rios fronterizos, los de Levante recorren los pinares frondosos de Cuenca que alfombran la Serranía y las huertas valencianas. Aguas que han conducido almadías enredadas en las estrechuras, que han calmado la sed de rebaños trashumantes, y que nutren hortalizas y naranjas. Y vides, en cauces de piedra suelta, de buen drenaje, que alimentan la autóctona Bobal en La Manchuela y en Utiel Requena, que en La Mancha definen estilo y denominación propia, Ribera del Júcar, y que se hace solar y dulce en Valencia y Alicante, en los perfumados moscateles, en los golosos monumentos del Fondillón. Cuenca del Júcar, con el Turia y el Xaló Las aguas se hacen vino Aguas de manos hábiles, de fuerza hercúlea, capaz de cincelar hoces vertiginosas y estatuas colosales que excitan la imaginación y hacen cantar al barroco Góngora en la Ciudad Encantada : “Quizá vieron el rostro de Medusa estos peñascos, como lo vio Atalante, y damas son de pedernal vestidas”. Aguas de esmeralda que a lo largo de 500 kilómetros pasan de la piedra mágica a la plenitud azul del Mediterráneo, del aroma rústico del ajo y el ajenjo al embriagador azahar. Vamos a seguir las viñas de sus orillas, a descubrir en el campo y en la copa la transustanciación, el eterno milagro de convertirse en vino, y las manos humanas que lo bendicen. El Turia nace y se bautiza en Guadalaviar en Teruel, muy cerca de la fuente del Tajo, en los Montes Universales, y se alimenta con limpios torrentes en la Sierra de Albarracín. Mira la villa arrobado, desde abajo, como un mamoncillo a su madre, y es que el feudo de los Ibn Razin conserva desde el medioevo su porte orgulloso, su estructura de peña fuerte y mirador ameno que le valió en palabras de Azorín el puesto de “una de las ciudades mas bellas de España”, el título de Monumento Nacional desde 1961, y la propuesta frente a la UNESCO para ser declarada Patrimonio de la Humanidad... Desde el río, por el Portal del Agua, hay que ascender a pie hasta la Plaza Mayor, por calles de sonoras piedras donde los caprichosos tejados se besan sobre las cabezas de los transeúntes, donde los muros se inclinan, corteses y osados, frente a sus vecinos, y donde a cada paso, tras las robustas rejas de las casonas, asoman los siglos. Por encima de la Plaza, por la calle del Chorro, una fuente refresca el camino hacia las murallas, perfectamente restauradas. Por debajo, el río marca un camino señalado como Paseo Fluvial, sembrado de puentes y molinos, animado por parques y aves, y en cada recodo una nueva, una más bella y más espectacular perspectiva de la ciudad. En Teruel el río se vuelve escultor de la ciudad que ha tenido que diseñar puentes y acueductos vertiginosos para saltar de una a otra orilla y reunir así sus barrios, como en un encaje de piedra y, más aún, de ladrillo mudéjar. Su viva colección de ese estilo, que define tantos puntos de Aragón y que pinta de rojo la villa cada atardecer, le ha valido ser Patrimonio de la Humanidad. Pero mientras el mundo la contempla admirado, la región olvidada y despoblada ha tenido que gritar “Teruel también existe”, y se actualiza, por ejemplo, en la restauración del Paseo del Óvalo, una de sus más bellas miradas, o se recrea en la capilla de los Amantes, bajo la torre de la Iglesia de San Salvador. Tras un enclave en Cuenca, el río se vuelve Turia en Valencia y corre hacia el nivel del mar por un cañón que fue fácil de embalsar y difícil de recorrer por los troncos de los gancheros que siempre se atragantaban en Chulilla. El resto, desde la planicie de Requena hasta el mar, es calmo, aunque aún se guarda memoria del desastre de su paso airado por Valencia en 1957 donde dejó un reguero de muertos y ruinas. Ahora ese tramo, domesticado, es la deslumbrante exhibición de una ciudad renovada, una oferta de arte y ocio y una planificación arquitectónica futurista. Allí se asienta el Oceanográfico, la Ciudad de las Artes y las Ciencias, y un puñado de tentaciones para propios y extraños firmadas por lo más granado de la arquitectura contemporánea de este país. El caudal del río se ha esfumado pero las acequias romanas, árabes y reguladas en el S. XIII por Jaime I siguen regando las fértiles huertas que abrazan de cerca la ciudad, sin solución de continuidad, en una imbricación de campo y urbe, de agricultura, industrias y servicios que resulta milagrosa en estos tiempos. Como símbolo de ese milagro pervive una institución secular al cuidado del regadío, el Tribunal de las Aguas, el jurado más antiguo y probablemente el más poderoso de Europa, ya que sus decisiones no admiten apelación. Los Síndicos de las ocho acequias se reúnen a voz en grito para impartir justicia oral cada jueves desde hace 1.050 años, a la última campanada de las 12, en el atrio gótico de la Catedral. Después de Valencia las desembocaduras del Turia y del Júcar fueron depositando en el Mediterráneo lenguas de arena y gestando esas aguas mestizas, dulcesaladas, que conforman La Albufera. Un espacio donde la naturaleza preserva su magia a pesar de la invasión del urbanismo, de la presión especulativa, de las limitaciones que consiguen lo que parecía imposible: poner puertas al campo. Tecnología de vangusrdia El Turia, no solo riega naranjas y anega arrozales sino que en su tramo valenciano, cuando desde los cortados de Titaguas se remansa en el embalse de Benagéber, también se asoma a las viñas de Utiel y de Requena, a hermosas fincas como la de los Gandia Plá. Hoya de Cadenas es la mimada imagen y el rincón acogedor donde se remansa la vorágine de una empresa dinámica y pujante, incansable a lo largo de cuatro generaciones, que exporta su ingente producción a 73 países. Un trenecillo conduce a la viña, a las viejas cepas de la local Bobal y a las posteriores de la incorporación de variedades nobles del mundo, la Cabernet, Merlot, la aristocrática Chardonnay, y Sauvignon blanc y, por supuesto, la base de la viticultura española, la Tempranillo... El sol de esta Valencia interior madura los racimos y ciega los ojos, de modo que son un placido refugio los gruesos muros de la casona, para visitar la sala de elaboración y la sala de barricas y, como guinda, catar un Ceremonia, o El Miracle, o el moscatel Fusta Nova... en degustación guiada por alguno de los enólogos de la casa. Lo más epatante del diseño de la renovada bodega de Hoya de Cadenas es la aplicación de tecnología de vanguardia. A través de un módem, el equipo de enólogos puede controlar los parámetros fundamentales del cuidado del vino, como los trasiegos y las temperaturas, desde cualquier punto del globo. La nave donde duermen es de una pulcra blancura, y, aunque perfectamente controlada y acondicionada, mantiene la estética clásica que corresponde a la casa solariega donde alternan, como en un damero, los blancos y negros. Ese dramático negro que resalta, sin concesiones, los marcos y las contraventanas de madera sobre la cal de los muros. Otras dos bodegas destacan por su historia y originalidad arquitectónica, Torre Oria y Mas de Bazán. La primera es esa torre inconfundible, el sueño de un arquitecto tan eficaz como juguetón, el cotizado José Donderis que la diseñó en la Casa Palacio de los Oria, en 1897, y que mucho después ha presidido la tenacidad de una empresa que consiguió ampliar legalmente, gracias a su tradición, las fronteras del País del Cava. Mas de Bazán es obra de Manuel Peris, uno de los más altos representantes del Art Nouveau en Valencia. Diseñó la estructura y los detalles más racionales, ingeniosos y avanzados, de modo que la profunda y costosa restauración que emprendió Manuel Otero, su incursión fuera de su Galicia y su Albariño Granbazán, ha sido plenamente respetuosa y detallista. Los hitos de la nueva viticultura y enología en la zona ya menudean. Ahí está el imperio de Toni Sarrión, la finca y la casa familiar Mustiguillo en Las Cuevas de Utiel, en un alto desde el que contemplar el viñedo primoroso que alimenta El Terrerazo, Quincha Corral o Mestizaje. Los edificios mantienen la estructura de una casa de labor, enmarcando los patios, y el suelo es de adoquines, como recuerdo de los orígenes del padre, un modesto contratista de obra pública que fue aplicando sus ahorros a la solidez de la tierra, de los bienes raíces. Así han reunido 300 has. en las que el cereal, los almendros, el césped de un campo de golf de casa de muñecas y el perfumado monte bajo respetan 80 has. de viñedo. Toni se formó en Empresariales pero cuando la familia decide elaborar sus uvas, en vez de seguir vendiéndolas le tocó la misión de bodeguero y se formó, o se “reformó”, en enología. En realidad lo que le “tocó” fue una varita mágica para sacar lo mejor de sí, un entusiasmo casi obsesivo con el que ha seguido a pie de obra cada detalle de la construcción, con el que emprende cada labor del campo desde la primera cosecha propia, en 1998, y desde que entraron en la amplia cava las primeras 75 barricas repartidas equitativamente para Tempranillo, Cabernet Sauvignon y la autóctona Bobal que, según sus profesores, no era uva para hacer carrera. Sin embargo inmediatamente se convirtió en el vino más personal, elegante y potente. Al principio, con la lección recién aprendida, la bodega obedecía ciegamente las directrices de la tecnología, pero ahora, aunque los dendrómetros y todo tipo de artilugios medidores siguen haciendo su función, ya no son los que mandan. Las decisiones se toman por cata, por paladar, por gusto, y el toque humano es el que confiere personalidad y rompe con la uniformidad imperante. El asombro de Richard Smart En el campo trabajan dos líneas, dos viticulturas, una tradicional con 1.600 plantas por ha. y una moderna, apretándolas hasta 3.000, en plantaciones a mano, con cadena, que se ha revelado más perfecta que el láser. Cultivan en producción integrada, sin pesticidas, ya que la confusión sexual y el clima, a esta altura, a 875m. bien ventilados, basta para la sanidad del viñedo. De hecho, el gurú Smart se enamoró del mimo con que han restaurado y cuidan la viña vieja que da Quincha Corral. Y en la bodega, otro tanto. Una exhaustiva selección de la uva que se enfría en dos contenedores y apenas da para un depósito diario durante la vendimia. El resto, el 75%, lo venden. Y tinos de madera y acero de distinta capacidad, para elaborar cada rodal, el que está en su punto cada día, por separado. Y una magnífica sala de barricas subterránea donde, tras cortinas que mantienen la temperatura, el vino hace la maloláctica, envuelto en muros de piedra suelta que son una verdadera calicata del terreno. Aquí el vino vive al menos un par de años, se acomoda a los cambios naturales y decanta a su aire, con los menos toques posibles. Y así sale. ¡Así sale! La filosofía, la manera de trabajar y desvelos de Toni Sarrión le ha valido el reconocimiento por parte de la Consellería de Agricultura de “Vino de la Tierra Del Terrerazo”. Utiel-Requena es territorio fronterizo entre la Mancha y Levante, entre el altiplano y el mar, entre los pinos y los naranjos, entre moros y cristianos. Frontera que ha marcado los avatares de una historia pendular que ha dejado huella tanto en la memoria monumental como en la cultural, el trabajo, la agricultura... Desde los cañones escarpados que ha cincelado el río Cabriel -las Hoces- hasta los amenos pinares de Siete Aguas, Venta Mina y Venta Quemada, se extiende la Plana, en realidad una falsa plana, una tierra roja y ondulada en la que las viñas alternan con frutales, arbolado y cereal de secano, donde Utiel y Requena van conformando una unidad geográfica, casi urbana -Requena para visita monumental, y Utiel para marcha y ocio- y comparten proyectos y actividad, que en estas tierras se centra inevitablemente en el vino. Así celebran la Fiesta de la Vendimia más antigua de España, y recientemente han puesto en pie el proyecto “Ruta del Vino” que ha recibido la certificación de Acevin. Murviedro es una de las bodegas más inquietas a la hora de sacar novedades, auténtica proeza si pensamos en los millones de botellas que mueve al año. Pero hay muchas buenas nuevas en esta rica comarca. La familia Clemente (Emilio y su mujer Mª del Carmen Luján) entraron en el vino por la puerta grande. Y a su disposición pusieron la finca Caballero, situada en la vega del río Cabriel, con una extensión de 2.000 hectáreas: 72 de ellas son de un viñedo moderno y variado, siguiendo el meticuloso estudio del terreno. En la finca El Cerrito, cerca de Requena, habilitaron la bodega. Es una preciosa casa de finales del siglo XIX, con sus recovecos y sus escaleras secretas. El matrimonio formado por Ana del Castillo y Phillip Diment ha cumplido el sueño romántico de hacer vino en un pequeño caserío en la comarca de Requena. En la Casa del Pinar poseen un refugio rural y una buena bodega bajo la sombra de grandes pinos. La mayor parte del vino es exportado a Inglaterra. Rodolfo Valiente, de Vegalfaro, hace honor a su apellido sacando vinos cada vez más arriesgados. Rafael Navarro, especialista en viticultura, de Pablo Ossorio, uno de los mejores enólogos que trabajan en la Comunidad Valenciana, y de Marc Grin, con gran experiencia comercial, han formado Bodegas Hispano Suizas, dedicada solamente a vinos de colección. En fin, Dani Expósito ha elaborado el cava Vega con un éxito arrollador, y su mujer cuida como de un bebé el “Arras de Bobal”, un tinto que rompe con fuerza la infundada leyenda negra sobre la calidad de la Bobal. Y es que el vino esta datado en estas tierras desde hace 2.000 años. Alfonso X El Sabio ya codifica el contrato de los veedores de viña para el control previo a la vendimia, y antes de los reyes Católicos y de la pacificación de la zona, ya una ordenanza prohibía la entrada de vinos foráneos. Las rutas del vino pueden empezar en la Bodega Redonda de Utiel que construyó un discípulo de Eiffel y ahora es Museo del Vino y sede del Consejo Regulador. Y de allí a ver bodegas, alguna tan pensada para enoturismo como Pago de Tharsys donde Vicente García ha montado en torno al estanque un comedor, alojamiento y una gran vinoteca. En la cocina triunfan los guisos compartidos con La Mancha, como los galianos o gazpachos de pastor o las gachas de almortas, que aquí llaman Cachuli, o el morteruelo. Lo mas original es el recetario de los embutidos, muy especiados y aromatizados, como los salchichones con nuez o con piel de naranja confitada, o el blanco y la güeña que hacen, por ejemplo, Emilia y su hermana Angelita en la calle Fortaleza, junto al Castillo, según la tradición de su abuela Lola. Y es que aquí las chacinas siguen siendo competencia de manos artesanas de mujer, y así se ve en los rótulos: Isidora, Celia, Enriqueta, Choni, Emilieta, Tere... La Indicación Geográfica Protegida acoge siete variedades: Longaniza de Requena, fresca, oreada y de la orza, Chorizo de Requena, Güeña, Sobrasada, Salchichón, Perro y Morcilla de Cebolla. El Perro y la Güeña, están inscritos en la lista de productos artesanales de la Unión Europea. Anualmente, en el mes de Febrero, el Consejo Regulador, junto al Ayuntamiento de Requena, organizan la Muestra de Embutido Artesano y de Calidad. Eso y las pastas de manteca y las tortas de panadería, que compiten con las de verduras al horno o de sardinas y magras, son los monumentos gastronómicos. De los otros, de las visitas monumentales, no hay que perderse las fortificaciones de Requena, bien conservadas porque nunca guerrearon, el molino harinero de Ester, que aún funciona, los yacimientos iberos y las casonas burguesas que recuerdan los tiempos del poderío sedero de la región. Y en los alrededores, las impresionantes Hoces del Júcar, pero eso es patrimonio del otro curso que nos ocupa... El Júcar-Xúquer La fuente está a 1.700 metros de altitud en la sierra de Tragacete, en ese imbricado laberinto de aguas que ve nacer al Cuervo. Esa zona norte de la provincia de Cuenca, la Serranía, está formada por rocas de margas y calizas ricas en sulfatos que al disolverse tiñen de esmeralda las aguas del río y lo hacen saltar en escalones hasta el Ventano del Diablo, en Villalba de la Sierra, donde poco antes se le une su afluente, el Uña, y forma una deliciosa laguna. Tierra y agua se convierten en caprichosas escultoras que cincelan obras tan deslumbrantes como la Ciudad Encantada o la Hoz del Huécar a la que se asoman desde la capital las vertiginosas Casas Colgadas. No son esas el único atractivo de la ciudad. Cuenca, su urbanismo, su vida como foco cultural, sus rincones y miradores, la convierten en un prodigio tocado por el ala de un ángel y enriquecido por manos humanas ingeniosas y creativas, como el grupo El Paso, que reunió Zóbel en la colección de Arte Abstracto que recoge obras de Millares, Tapies, Saura, Sempere, Torner... Una activa Escuela de Restauración artística ha contribuido a su imagen reciente donde hasta las casas más populares del casco viejo compiten en color dibujando calles armoniosas. No haría falta ni visitar la Catedral, o la planta octogonal de la Iglesia de San Pedro, o la de San Miguel, que es auditorio de la famosa Semana de Música Religiosa, o los numerosos conventos de toda época, ni acudir al Miserere durante la estremecedora Semana Santa. Basta deambular por las callejas, asomarse al cortado desde el Parador o poner los pies en el temblequeante puente para sentir el aliento de su historia y su belleza. Pero volvamos al río. En la cuenca alta es mesetario y manchego y se ensancha a los pies de Alarcón, en el pantano, el sexto de la península en capacidad. Se construyó en los años 50 por iniciativa de los regantes valencianos para regular el curso del río, fundamental para el riego de la provincia de Valencia, y las obras concluyeron con gran fausto de inauguraciones de Nodo en 1970. Bajo las aguas existe una villa sumergida, Gascas, cuyos restos (el trazado de las calles y los muros, y un muro de piedra con un arco) se descubren cuando baja el nivel del agua. En sus orillas, al norte, San Isidro de la Parrilla, nombre que podría parecer gastronómico pero es vinícola, ya que en realidad hace mención a las parras. Arropado por los pinares, un centro de vacaciones recuperó los edificios industriales de construcción de la presa y hoy ofrece actividades deportivas, piragüismo, quads, pesca, excursiones a caballo, rappel, tirolina, rutas senderistas y descenso del río Júcar en piragua y en lanchas neumáticas desde la base de la presa del embalse hasta el mismo pueblo de Alarcón, enmarcado por el agua verde, encaramado en un pelado cerro ribereño que, por su prodigiosa ubicación, ha sufrido la codicia y la furia de todos los conquistadores de la península. Como atalaya, en lo alto, la árabe, convertida en Parador en Alarcón, donde al meandro del río se asoman monumentos y casonas orgullosas, memoria de esa historia secular. Ribera del Júcar, con mayúsculas Aquí conviven la Denominación de Origen Mancha y la reciente Ribera del Júcar. Son siete municipios en la orilla derecha, en Cuenca lindante con Albacete, coronados por la ermita de la Virgen de la Cabeza. Se distingue el terreno en que fue cauce del río, donde éste ha dejado cantos pulidos que permiten drenar la tierra colorá. Vientos mediterráneos confieren un microclima a esta altiplanicie a 750 m. de altitud. Los guijarros reflejan la luz del sol y ayudan a madurar la uva. El paisaje es un llano poblado de viña y de algunos pinos. Es el hábitat de la perdiz, que en primavera pasea seguida por su prole pero que ahora no se aventura en este crudo invierno de nieves. El vino nace en siete cooperativas y un par de bodegas. Casa Gualda, la Cooperativa de Pozoamargo, es muy representativa. El enólogo, José Ángel Úbeda, sigue siendo “el químico” y así le llama una vecina que, a pesar de la helada de esta clara mañana, acude a comprar vino. Ya no a granel, sino primorosamente vestido y embalado, y etiquetado aún con las ofertas navideñas en una tienda sencilla y pulcra junto a los despachos, al otro lado del edificio donde se alinean 69 históricas tinajas de 20.000 litros que siguen siendo inmejorables para guarda, ya que el cemento mantiene la temperatura mejor que las gigantes modernas de acero. Ahí podrían estabilizar el vino sin más, pero se enfrentan con las exigencias de los clientes que no admiten decantaciones en la botella y obligan a filtrar. Cada año reúnen hasta 10 millones de kilos de uva de sus 165 socios, los mismos agricultores que la vieron nacer hace medio siglo y que combinan la viña y el otro cultivo estrella de la zona, el ajo. Para que no caigan en la rutina, y en busca de calidad, la cooperativa les estimula pagando la uva en función del vino al que se aplique, desde los básicos a los altos de gama, criados en 7.000 barricas que, a los 5 años, pasan a acunar a los graneles. Los más novedosos son los blancos de Moscatel y Chardonnay, e incluso un cava rosado de Cabernet Franc. La joya de la casa es el L, número romano, diseñado el pasado año como homenaje al 50 aniversario de la bodega, a base de Sirah, Tempranillo y Petit Verdot. Y es que la nueva D.O. es un vivero de nuevas variedades que incluso en elaboraciones monovarietales resultan equilibradas, sobre un terruño muy mineral o sobre los cantos que en un ancho de 5 kilómetros flanquearán al río hasta Valencia. Hasta la original comarca tan sembrada de guijarros duros y redondeados, llegó Javier Prósper, fundó en una finca familiar Bodegas y Viñedos Illana, y se dejó aconsejar por Josep Lluis Pérez Verdú, el sabio del Priorat. Hace tiempo que asumió la presidencia de la Denominación de Origen. La Manchuela, la revolución Camino de la Manchuela, resuena el toque de Tomatito, de Paco de Lucía, del niño Josele, Manzanita y hasta de Keith Richards o McLaughlin. Dos sagas de Luthiers, los Carrillo y los Alarcón, conservan una tradición artesana que nació en 1.740 y ha bautizado a la pequeña villa de Casasimarro como “el pueblo de las guitarras”. En la plaza, una escultura recuerda que por allí pasa lo mas granado de la música en busca de un sonido especial y perfecto. La Manchuela vinícola son 35 bodegas herederas de las domésticas y las cooperativas, de cuando el vino casero dormía en la bodega cueva que aquí llaman jaraiz. Finca Sandoval, la acertada visión de Víctor de la Serna, supuso la revolución de una zona en la que brillan el Alto Landón o el Montenegrillo... Nuevos nombres, nuevas gentes que tienen una excelente relación profesional entre ellos y apoyan a las cooperativas con análisis y conocimientos. En Villanueva de la Jara hay en una nave que fue pensada para procesar y conservar champiñón, el eje de la agroindustria de la zona. Pero quien la estrenó fue un joven bodeguero, Juan Antonio Ponce, que con su hermano Javier y sus padres, Isabel y Juan Antonio, constituyen una empresa tan insólita como bien estructurada. Ellos son de la vecina Iniesta, y es allí donde crecen sus viejas viñas, en vaso y en secano, pero los munícipes no vieron con buenos ojos su proyecto y, cuando todo estaba a punto, tuvieron que instalarse aquí, un poco más lejos, lo que dificulta la vendimia. Pero esta familia viticultora por tradición no se arredra. Han aprovechado la magnífica cámara preexistente para enfriar la uva que llega en pequeñas cajas y, con la experiencia enológica de Juan Antonio que, desde que tenía apenas 20 años y un título flamante, trabajó junto a Telmo Rodríguez en Requena, en Rioja y en Ribera, han conformado una bodeguita primorosa vestida con tinos y barricas de roble de diferentes capacidades. Técnicas tradicionales Él mismo pisa la vendimia a pie descalzo, y evita en lo posible bombas y conducciones. Ha impuesto en la viña principios biodinámicos que no difieren mucho de las tradiciones de su padre que refranea en manchego vernáculo “el viento solano no sirve para podar ni basurear”. Claro que al comienzo de esta andadura se tenía que ver con las críticas y la risión de los vecinos que lo tomaban por loco al dejar en la viña la hierba sin arar, o por tirar tanta uva en podas en verde o en vendimia. El tiempo, apenas un par de años, ha venido a darles la razón, y su Pie Franco (PF), La Casilla y Clos Lojén se ven en los mejores escaparates nacionales, y viajan sin complejos a USA. Sin más que pura Bobal sacan 17 vinos de otras tantas parcelas diferenciadas, algunas en pie franco que aún están sin podar. Esperan a primavera “cuando lo marque la luna”. En La Manchuela, el río describe un ángulo recto, y en ese tramo dibuja meandros encajados, como la Hoz del Júcar, con cortados de unos 150 m. de altura, entre Jorquera y Alcalá del Júcar. Su caudal disminuye debido al desvío y utilización agrícola de sus aguas (el trasvase Tajo-Segura) y a que aquí llueve menos; pero las agrestes y solitarias hoces son un camino fluvial de casi cuarenta kilómetros, decorado por una algarabía de álamos, chopos, laderas de pinos piñoneros, castaños, sauces, restos de viejos molinos, ermitas y santuarios adosados a unas paredes pétreas que superan los cien metros de desnivel. Aldeas y casas-cueva se asoman al vacío sobre pronunciados meandros, casas de labor, balsas para riego, huertas fecundas, o vigilan desde agrestes peñascos, las cascadas, olivos, viñas, y bosques de ribera. La ruta de los Cañones del Júcar, se limitan al espacio comprendido entre Jorquera y Alcalá del Júcar, pero el tramo más salvaje va de Valdelanga a Alcozarejos y Cubas, a pie de río, enmarcado entre el agua y las casas-cueva empotradas en las paredes. Chopos ocres y amarillos alegran el cauce y marcan el contraste entre la llanura manchega de trigales y encinas, y la exuberante geografía y vegetación de un desfiladero que el otoño ilumina con un arco iris de mil colores. Un insólito paraíso donde los lugareños cultivan sus huertos diminutos y los descubridores rehabilitaron algunas casas-cueva, y viven o disfrutan los fines de semana paseando por los sotos del río y pescando barbos y carpas. Los yacimientos ibéricos de los Villares, la Asomá y Cerro Pelao, el puente romano de Alcalá y los castillos árabes que coronan los escarpes más elevados son la muestra del valor estratégico que siempre gozó la vega del Júcar. Entre moreras, álamos de plata, nogales, cipreses, castaños, olivos y verduras, se impone un vistazo a la ermita rupestre de Cubas, engastada en la roca, a la escuela de ventanas azules, pequeños viñedos, farallones de piedra caliza tallados por el viento y la lluvia, puentes y casas rurales tan pintorescas como El Fortín, uno de los restaurantes más recomendables de la zona. Jorquera, que hoy cuenta 500 vecinos, se independizó de la Corona, tan orgullosa como su torre Blanca, para constituir el Estado de Jorquera. Un mirador en el punto más alto de la hoz regala la más impresionante panorámica de tierra, agua y avifauna, águilas reales, halcones peregrinos, búhos, cernícalos, cuervos y grajos, golondrinas y vencejos que tienen aquí su feliz morada Alcalá del Júcar fue aldea de Jorquera y aduana del camino real de Castilla a Levante. Por la ribera, hay que recorrer el puente de origen romano y asentarse en una pequeña isla rodeada por un azud caudaloso en forma de herradura, alquilar una barca y remontar un tramo del río entre los sauces, las hileras de chopos, los robledales y los plátanos. Al otro lado, en el cerro, aparece una plaza de toros insólita por su ubicación e irregular estructura. Arriba, la silueta del castillo, y a sus pies un laberinto de calles en cuesta y de cuevas abocadas al vacío que han sido declaradas conjunto histórico artístico. Entre naranjos Aquí, entre Villa de Ves y Cofrentes, en la frontera valenciana, el río se rebautiza Xúquer y deja al norte las fastuosas hoces de su afluente, el Cabriel, que son el mejor ornato de Utiel-Requena. Pero de eso ya hablamos en su sitio. Ahora la incursión en Valencia va a ser sólo parada y fonda, a pocos kilómetros de la capital, en un Relais&Chateau enmarcado en un primoroso naranjal, Mas de Canicatti. Sara Calabrese y su madre han abierto su casa remozada como hotel y adecuada, en instalaciones, entorno y servicio, al viajero más caprichoso y exigente. A la masía original de siete espaciosas habitaciones le añadieron un restaurante acristalado envuelto en palmeras, y otras 20 alcobas, con jacuzzi dentro o piscina privada en la terraza, en un edificio anexo. Pero es imposible adivinarlo bajo la discreta cubierta vegetal del tejado que es una continuidad del inmenso jardín silvestre, poblado con exuberante flora autóctona, desde erguidas palmas a fragante monte bajo y, por supuesto, un inmenso marco de naranjos. Son el eje de la casa, se dibujan en las paredes, dan color a los manteles y a las toallas del balneario donde, además, forman parte de tratamientos. Por ejemplo, su corteza seca y micronizada se mezcla con aceite de naranja para un peeling o se combina con otras hierbas de jardín para los masajes. Hay que partir, con pena Los últimos tramos del curso, encajado entre montañas, facilitan la alimentación subterránea de algunos manantiales artesianos, los “ojos” del río Verde, los manantiales del antiguo canal de la Reva. El Canal Júcar-Turia sale artificialmente en forma subterránea desde el embalse de Tous para aflorar junto la nueva población de Tous, desde donde se dirige hacia el noreste, para regar una buena parte de la Ribera Alta y de la Huerta de Valencia, de gran importancia económica gracias a una potente agricultura tradicional. Es la zona más poblada de su curso. La Valencia vinícola se ha nutrido históricamente de la cantidad y la exportación a través del Grao de Valencia, pero eso es ya historia. Ahora, Murviedro, Cherubino Valgiacomo, Vicente Gandía, siguen siendo gigantes, pero con pies en la tierra, en las raíces, y elaboran vinos de altura, de autor, de alta expresión, en fin, de talante moderno y calidad incontestable. Pero la subzona de moda para los pequeños cosecheros-elaboradores es el Clariano, que se extiende entre los montes y los recovecos del río, que nos lleva a poblaciones recuperadas como La Font de la Figuera, Fontanars dels Aforins, Moixent, Ontinyent... vamos, llega hasta de la linde con la D.O. Almansa. El aliciente lo ponen bodegas como la de Daniel Belda, Rafael Cambra y sus excelentes tintos, el Celler del Roure de Pablo Calatayud y su joya Maduresa, Bodega Los Frailes y su apuesta por la Monastrell (amén de otras famosas), Heretat de Taverners, cuyo envite llega a elaborar una buena Graciano, y Josep Tortosa, la Viña, una cooperativa con grandes miras de futuro. La experiencia más original, vital y vanguardista está en la frontera con Alicante: es Celler de la Muntanya, en Muro de Alcoy. Consiste en potenciar el concepto de “microviña” dotándolo de rentabilidad social, cultural, medioambiental... en fin, como un proyecto sostenible a base de elaborar vinos de los que se sientan tan satisfechos los elaboradores como los bebedores. Así lo define su fundador, Juan Cascant, mientras predica la buena nueva entre estudiantes de instituto y viejos viticultores que rejuvenecen al ritmo en que restauran sus viñas olvidadas. El Xaló, los Gorgos y otras aguas Quizá ese tipo de locura creativa y artística lo da en Levante la tierra, el agua o el vino, pero el caso es que un poco más al sur, en la Marina, hay otro ejemplo paradigmático, las barricas que Felipe Gutiérrez de la Vega acuna a ritmo de ópera, sus Casta Diva y etiquetas literarias y musicales como el Ulises. Recorrimos buena parte de la D.O. Alicante y sus hitos, como la bodega Enrique Mendoza y la propia Casta Diva, siguiendo el curso del río Segura, publicado en el número de Diciembre de 2008, pero entre los dos cauces, entre sus aguas huidizas, La Marina interior es un territorio fronterizo, de Moscatel que ha ido cediendo terreno a naranjos y frutales, que merece otra mirada. Felipe y su hija Violeta, la enóloga, nos sirven de guía por andurriales embarrados, por cauces que antes de verano serán seca piedra, y por playas ahora desiertas que para entonces serán un hervidero de turistas. Gandía, Denia, Jávea y su refugio paradisíaco de El Rodat, Altea, Benidorm... El interior, sin embargo lucha por conservar su carácter rural y plácido, aunque a veces le cueste, como en Parcent, defenestrar alcaldes tentados por el demonio de la construcción y las urbanizaciones. Aún así no será fácil conservar la imagen que cantó Gabriel Miró: Alcalalí, “pequeñito y agudo como un esquilón”; Agres, “umbrío y ermitaño”; la aldea de L’Abdet, “un panal en el corte de la quebrada”; Tárbena, “lirio del campanario”... En Callosa, las fuentes del Algar son uno de los rincones fluviales más hermosos, y sus cascadas y pozas un paseo o un baño refrescante en cualquier época. En el entorno merece una visita el jardín de cactus y los pequeños museos del Agua y del Medio Ambiente. El Xaló, sin embargo, es río de avenida, y el agua que a lo largo de 53 kilómetros -de Facheca a Xabia- ha de regar todos los pueblos de la Marina, donde Gorgos le cambia el nombre, escasea. Y aún más desde que los cultivos de secano como la viña se trocaron en frutales de regadío. Para demostrar la riqueza y el potencial de la flora autóctona, y predicar los peligros de la sobreexplotación del agua en la zona, Enrique Montoliu se convirtió en el mecenas del Jardín de la Albarda, en Pedreguer, un vergel donde conviven 500 especies mediterráneas que no precisan riego, y apenas dos jardineros. Un proyecto en el que colabora la Universidad de Valencia, y que se puede visitar en fin de semana. Pero no es el único hito verde. En Gata de Gorgos es admirable un olivo que conocieron los moros, de ahí su nombre, y que tiene más de 10 metros de perímetro en el tronco, incluso más que el secular algarrobo vecino, de la Era de Cirera. Y en un alto de Fleix, Gutiérrez de la Vega cultiva una sana viña añosa y ventilada, en una terraza cuyo muro marca -¿por azar?- la línea en la que el GPS sitúa la línea del meridiano 0, el de Greenwich. Abajo, en la carretera que une Pedreguer y Alcalalí, un mapa de cerámica reseña, sin demasiada exactitud, la línea imaginaria. La viña es parte de las much Ricard Belenguer i Vicent juez del agua Desde hace dos años, este agricultor, síndico de su acequia, preside el tribunal más antiguo y poderoso, el que rige las aguas de riego del Turia en la Vega de Valencia. Antiguo porque está documentado desde hace 1.050 años; poderoso porque sus sentencias no admiten apelación, y así lo reconoce el Supremo y hasta el Parlamento Europeo, aunque su poder se ciscuscribe a 7.000 hectareas de regadío y unos 12.000 minifundistas. Ricardo fue elegido como dictan las ordenanzas , por ser “un honrado labrador de buena fama”. Cada jueves acude a la casa vestuario, unas dependencias del Ayuntamiento de Valencia, frente a la Catedral, y allí cambia sus pantalones vaqueros y la chupa de calle por el típico blusón negro de labrador valenciano. Y cuando suena la última campanada del mediodía ya esta sentado en el centro de los 8 síndicos en “el corralet”, un cercado de rejería bajo el atrio barroco de la Puerta de los Apóstoles. Paco Roca, el histórico alguacil pregona a gritos “Quien quiere justicia? Y, en inmutable ritual va repitiendo los nombres de las ocho grandes acequias para convocar a los demandantes. Así se hacía en el mercado que los musulmanes celebraban los jueves, víspera de su fiesta semanal, y así se conserva. No hay juicios pendientes, ni siquiera protestas o enconos porque todos reconocen la imparcialidad del jurado, algo que junto a las peculiares características del procedimiento -concentración, oralidad, rapidez y economía- los convierten en una ejemplar institución de justicia. Un ejemplo que, por desgracia, no cunde. Esa es la queja del Presidente. Esa, y que ya es imposible para un agricultor vivir de su parcela, competir en el mercado con su fruta y verdura artesanal. Pilar Sapena Sánchez manos prodigiosas Mientras su compañero, Felipe Gutiérrez de la Vega, brujulea en la cava, entre los Fondillones y los Casta Diva, Pilar reina tras el espléndido mirador de la bodega, en la placidez de los patios, en el orden de las alacenas, en la moderna cocina rústica donde amasa y hornea el pan y las pastas cada semana, y donde, en temporada, muele y especia las carnes para sus embutidos. Todo de la forma más artesanal, rebuscando los ingredientes más puros, la sutileza de los sabores auténticos y la memoria de su infancia. Aquella infancia en Aduana del Mar, de la pedanía de Jávea, poblada por un puñado de agricultores y pescadores. En la pequeña bodega vieja, Pilar instaló su almazara y una docena de barricas para criar vinagres. El aceite sale de unos olivos de la cima del Col de Rates, el monte que preside casa y bodega en Parcent. El más intenso es el “Verde”, de olivas Arbequinas y Blanquetas. A base de investigación ha conseguido un aceite brillante como una esmeralda, que sale con apenas 0,08 grados de acidez. Eso sí, con una mínima extracción, del 8 al 10%, es decir, la lágrima de la aceituna, la que conserva el mayor contenido de vitamina E. Para los vinagres la materia prima es el vino que sale de su bodega y que cría en soleras, diferenciando variedades, elaboraciones y concentración. El último paso ha sido vestirlos para poner en el mercado frascos joya, junto con un tarro de gelee de Casta Diva. Pero sus principios se siguen basando en el fondo. “Ahora se habla mucho de gastronomía pero se come peor, los alimentos han perdido su sabor. Se habla de variedad pero solo varían las formas. Hay que mantener la artesanía”. D.O. Ribera del Júcar Buena relación calidad/precio La Ribera del Júcar debe su nombre al río que lo atraviesa: el Júcar. Está situada al sur de la provincia de Cuenca y su Denominación de Origen apareció, por primera vez, en 2003. La idea de formar una D.O. se debió al empeño entusiasta de cooperativas y pequeños bodegueros. Así, con nueve bodegas físicas y otra de prestado (elviwines, con un vino kosher) se esboza un panorama por ahora sencillo. Y proponemos éste adjetivo último porque la apuesta era más que justificada. El terreno es una verdadera delicia, con predominio de grandes guijarros en la superficie y terrenos arcillosos en el subsuelo que prometen, en el vino, aromas minerales nítidos. El clima, gracias a la proximidad del río, no es tan severa como en otras zonas de Castilla-La Mancha. Además, la variedad reina, la Tempranillo, vive en viñedos antiguos, que aunque ya sabemos que no es determinante para la calidad sí ayuda en gran manera. También se han incorporado con éxito otras foráneas, que enriquecen los coupage. Pero todo ello no sería suficiente para su éxito: el precio ha sido el principal argumento para parte de los consumidores. Aquí encontraremos vinos que van desde los 3 a los 8 euros, con una calidad y presentación más que aceptable. D.O. Manchuela La gran desconocida El territorio que abarca esta denominación de origen se encuentra a caballo entre las provincias de Cuenca y Albacete. Hasta hace muy poco la D.O. Manchuela era toda una desconocida -y para algunos todavía lo sigue siendo- en Castilla-La Mancha. La explicación hay que buscarla en las cooperativas, que son las que han dominado el mercado de la zona, y todavía lo siguen haciendo. Sin embargo, la inquietud de Víctor de la Serna, reconocido periodista del mundo del vino, acabó siendo la causante de una nueva imagen de calidad. Víctor encontró en esta tierra los ingredientes necesarios para crear su sueño: riqueza de suelos (arcilloso y aluvial), diferente orografía, altitud entre 600 y 900 metros, clima nada severo por las noches, y variedades de identidad como el Bobal o Cencibel apoyadas de las ya clásica foráneas, tanto blancas como tintas. Pronto esta mecha prendería en otros bodegueros vehementes que han sabido estimar, y hasta adivinar, las notabless cualidades de la zona como Altolandon y Ponce, entre otros. D.O. Utiel-Requena La feliz aventura de la Bobal Está entre las primeras denominaciones que se formaron en España, cuando nació “El Estatuto de la Viña, el Vino y los Alcoholes” que reconoció a Utiel-Requena en 1976 como denominación de Origen. Situada al oeste de Valencia, lindando, en algunas zonas, con la D.O. Manchuela. Era, y todavía lo sigue siendo, una tierra prometedora, con orografía ondulada, cotas de hasta 900 metros, suelos de arcilla y caliza, y un clima mediterráneo con influencia continental en algunas zonas altas. Tradicionalmente, creemos que no se ha sabido aprovechar su potencial, y el escaparate vinícola se mueve en torno al volumen y la máxima producción de las viñas. Ahora bien, si todo sigue su curso, es decir, el cambio de filosofía actual de las grandes bodegas exportadoras -que buscan elaborar un producto mejor manteniendo la cantidad y competitividad de precios para bregar en el mercado internacional- el consumidor saldrá ganando. Sería nuestra pequeña Australia, porque tan difícil es elaborar poco muy bien como mucho. También, el conjunto se enriquecería más con las pequeñas bodegas que ya llevan tiempo elaborando excelentes vinos a la sombra de estos colosos. Y, si algo sigue quedando claro es la inminente calidad de sus rosados elaborados con Bobal, la uva mayoritaria que supone el 80% del total. Sin embargo, hace apenas un puñado de años, algunas bodegas demostraron que la variedad Bobal podía ofrecer vinos tintos poderosos, a pesar de ser considerada como una varietal débil. Así, el Consejo Regulador tomó la decisión de potenciarla con las siguientes menciones para vinos tintos: tinto tradición, elaborado con un 30% de Bobal mínimo, pudiendo ser joven, madurado en barrica (seis meses máximo); reserva o gran reserva; y Bobal clásico, que exige contener el 100% de esta variedad, con viñas de más de 50 años, sin riego y con una producción inferior a 3.000 kg/ha. Cierto es que al principio, la gran mayoría de los vinos salieron apoyados por variedades foráneas (Cabernet, Syrah, Merlot, entre otras) por si acaso. Pero pronto los más avezados la dejaron caminar sola, obteniendo unos resultados sorprendentes. La actualidad más reciente centra toda su atención en los espumosos de calidad -que traen de cabeza a más de un elaborador catalán por la calidad que alcanzan-, algo impensable en una zona tan soleada. Juan S. Cascant la viña es la vida Es delineante, y junto a un amigo, Toni Boronat, -industrial textil y hoy encargado del campo- se lanzaron hace siete años a la insólita aventura de revivir el remoto pasado de viñas y vinos de El Comptat (Alicante). Eran meros aficionados, sin el más elemental conocimiento vinícola, ni siquiera como bebedores, y sin un fin empresarial. En 2002 compraron su primer libro sobre vino, y a los dos años estaban recuperando viñitas de Garchacha, de Messeguera, de Verdil... cubiertas por selva, olvidadas por los viejos viticultores. La primera misión fue implicarlos, al principio apenas tres, ahora 28, y con otros 12 en lista de espera. Juan pidió asesoramiento a José Luis Pérez, uno de los magos del Priorato, que les proveyó de algo tan imprescindible como dos jóvenes enólogos, Marc y Adriá. Con ellos empezaron a ensayar roble francés en diferentes barricas y tostados, y pusieron de etiqueta el Almoroig de excelsa calidad. Han puesto en pie una Vinoteca en Alcoy y un congreso sobre “El minifundio como defensa del ecosistema mediterráneo”. Ahora dan los últimos toques a un libro en el que el vino y la tierra son poesía en imagen, “El Tast de la Terra”. En los escasos ratos libres también editaron en Londres un CD, “Brass and Wines” del prestigioso grupo de cámara de viento y metal “Spanish Brass luur Metall” con tres movimientos que llevan el nombre de cada uno de sus vinos. Y, sobre todo, sacan al mercado Expectativa, Albir y Almoroig, al principio con 4.500 botellas y hoy con 26.000, de las que el 15% se exportan a EEUU. Pero su talante didáctico y comprometido se sigue centrando en recuperar viñas como una joya de Garnacha de 60 años, a 600 m. de altitud sobre Alcoy. D.O. Valencia El empuje de los nuevos bodegueros Es una joven denominación que nace en el año 2000 y que ha sabido, en poco tiempo, entender la demanda del mercado. Antaño, toda la uva entraba en la D.O. Utiel-Requena, aunque en la actualidad se permite cierta flexibilidad en el trasiego. El éxito reciente se debe a un puñado de bodegueros, jóvenes mayoritariamente, que han cambiando las tradicionales elaboraciones, de granel o licorosos, a vinos de calidad. Parte de culpa, en el buen sentido, la tiene Pablo Calatayud, con su vino Maduresa, que supo entender las posibilidades de la zona. Por ahora, de las cuatro subzonas que abarca la denominación -Alto Turia, Valentino, Moscatel de Valencia y Clariano- sólo en ésta última es donde se concentran el mayor número de bodegas, con elaboraciones de vino tinto destacadas. Aquí se encuentra la mayor altitud y cierto carácter mineral en los suelos (pardo-calizos), aspectos fundamentales para obtener vinos tintos con equilibrio y personalidad. Y, si bien las dos grandes uvas, Monastrell y Garnacha, deberían dominar las mezclas o los varietales, lo cierto es que abundan las foráneas que, además, se expresan muy bien. No hay que olvidar que existe un amplio abanico de autóctonas (la tinta Forcayat, o las blancas Merseguera, Plantanova, Tortosí y Verdil) todavía sin explotar que, seguramente, con buenas técnicas ofrecerán muchas sorpresas. Las regatas de vela, con el turismo internacional que ha captado, y el apoyo incondicional de los profesionales de la restauración valencianos y de la prensa, han sido claves para encumbrar a los vinos tintos, en un corto periodo de tiempo, a lo más alto. Al otro lado se encuentran los grandes Moscateles que sufren las modas y se ven condenados al anonimato hasta que vuelvan tiempos mejores. Seguramente, una inyección de modernidad, de nueva imagen -como ha ocurrido en Málaga- resultaría muy estimulante para el consumidor. Agenda direcciones útiles C.R.D.O. Alicante crdo.alicante@info-negocio.com www.crdo-alicante.org C.R.D.O. Manchuela www.do-manchuela.com C.R.D.O. Ribera del Júcar do@vinosriberadeljucar.com www.vinosriberadeljucar.com C.R.D.O. Utiel Requena comunicación@utielrequena.org www.utielrequena.org C.R.D.O. Valencia info@vinovalencia.org www.vinovalencia.org ACTIVIDADES diversas Ciudad de las Artes y las Ciencias Instituto Obrero, s/n, Valencia Tel.: 902 100 031 Centro de Información Parque Natural de La Albufera Ctra. de El Palmar, s/n, Valencia Tel.: 961 627 345 www.albufera.com Ekiaventura – La Casa del Caballo Requena (Valencia) Tel.: 676 653 333 – 675 464 112 info@ ekiaventura.com www.ekiaventura.com Fuentes del Algar Callosa d’En Sarria, Valencia www.lasfuentesdelgariespana.es Museo Arqueológico Provincial de Alicante Plaza Doctor Gómez Ulla, s/n, Alicante Tel.: 965 149 000 www.marqalicante.com Museo del Arroz de la Ciudad de Valencia Calle del Rosario, 1, Valencia Tel.: 963 525 478 www.museoarrozvalencia.com Comer Amapola Avda. Arrabal, 6. Requena (Valencia) Tel.: 962 304 082 Calvo San Blas, 20. Muro de Alcoy (Alicante) Tel. 965 530 956 El Carro Héroes del Tollo, 21. Utiel (Valencia) Tel.: 962 171 131 www.restauranteelcarro.com Casa Salvador L’Estanyi de Cullera, Cullera (Valencia) Tel.: 961 720 136 www.casasalvador.com El Poblet Ctra. de Les Marines, km 2,5 Urb. El Poblet, 43, Denia (Alicante) Tel.: 965 784 179 elpoblet@elpoblet.com www.elpoblet.com Venta de L’Home Autovía Madrid – Valencia, km 306. Buñol (Valencia) Tel.: 962 503 515 www.ventadelhome.com dormir Bodega Pago de Tharsys Paraje de Fuencaliente, s/n N-3 km. 274. Requena (Valencia) Tel.: 962 303 354 www.pagodetharsys.com Hotel Doña Anita Plaza de Albornoz, 15 – bajo. Requena (Valencia) Tel.: 962 305 3447 www.hoteldonaanita.es Hotel Entre Viñas Finca “El Renegado”. Caudete de las Fuentes (Valencia) Tel.: 961 235 076 avensport@avensport.com www.entrevinas.com Mas de Canicatti Ctra. de Pedralba Km 2,9. Villamarxant (Valencia) Yel. 961 650 534. Fax 961 650 535 hotel@masdecanicatti.com www.masdecanicatti.com El Rodat Ctra. Cabo de la Nao, s/n, Javea (Alicante) Tel.: 966 470 710 info@elrodat.com - www.elrodat.com Hospedería Real San Juan del Castillo Recadero Baillo, 9, Belmonte (Cuenca) Tel.: 967 170 442 info@hospederiarealsanjuandecastillo.com www.hospederiarealsanjuandelcastillo Parador de Alarcón Avda. Amigo de los Castillos, 3. Alarcón (Cuenca) Tel.: 969 330 315 – alarcón@parador.es - www.parador.es ACTIVIDADES ENOTURÍSTICAS La Bodega Redonda Museo del Vino de la D.O. Utiel-Requena Sevilla, 12. Utiel (Valencia) Tel.: 962 171 062 www. utielrequena.org museodelvino@utielrequena.org Museo de la Vida Rural y Vitivinícola Avda. Arrabal, 43 ( Km 16), Requena (Valencia) Ruta del Vino de Utiel – Requena Cuesta Carnicerías 9. Requena (Valencia) Tel.: 962 303 772 www.rutavino.com

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